El Hombre Del Viejo Sedán

El salón del hotel Grand Brighton brillaba bajo enormes lámparas de cristal.
Trajes caros.
Vestidos elegantes.
Copas de vino.
Risas cuidadosamente ensayadas.
Era la reunión anual de ejecutivos de Westbridge Capital, uno de los grupos empresariales más poderosos de la ciudad.
Y en medio de toda aquella perfección apareció Ethan Cole.
Camisa negra sencilla.
Zapatos discretos.
Cabello ligeramente despeinado.
Y unas llaves viejas de un sedán plateado descansando tranquilamente en su mano.
No parecía importante.
No parecía rico.
No parecía alguien que perteneciera allí.
Y Madison Parker lo notó de inmediato.
Su sonrisa apareció lentamente, peligrosa y elegante.
Hacía cinco años que no veía a Ethan.
Cinco años desde que terminó con él diciendo:
—Necesito a alguien que ya tenga éxito.
En aquel entonces Ethan trabajaba hasta tarde desarrollando pequeños proyectos empresariales desde un apartamento diminuto mientras ella soñaba con una vida llena de lujo y hombres influyentes.
Ahora Madison tenía exactamente eso.
Vestido rojo de diseñador.
Tacones italianos.
Un puesto ejecutivo.
Y lo más importante:
un CEO poderoso que la llevaba a eventos como aquel.
Cuando vio el viejo automóvil estacionado afuera, soltó una pequeña risa.
—Dios mío… todavía conduces esa cosa.
Algunas personas cerca de ella sonrieron incómodamente.
Ethan simplemente levantó la mirada.
Tranquilo.
Sin vergüenza.
—Todavía funciona —respondió.
Madison cruzó los brazos.
—Claro. Eso suena exactamente como tú.
Siempre conformándote con lo básico.
Ethan no respondió.
Y esa calma la irritó todavía más.
Porque Madison siempre había odiado que Ethan jamás compitiera por impresionar a otros.
Ella necesitaba reconocimiento.
Necesitaba demostrar algo.
Ethan nunca pareció necesitarlo.
Uno de los ejecutivos jóvenes preguntó:
—¿Se conocen?
Madison soltó una risa elegante.
—Salimos juntos en la universidad.
Hace mucho tiempo.
Antes de que nuestras vidas fueran… tan diferentes.
La indirecta quedó flotando en el aire.
Varias personas observaron discretamente la ropa sencilla de Ethan.
El reloj barato.
Las llaves viejas.
La ausencia total de lujo.
Y asumieron exactamente lo que Madison quería que asumieran.
Que Ethan había fracasado.
Entonces las puertas principales del salón se abrieron nuevamente.
Todos se giraron.
Richard Hale acababa de entrar.
CEO de Westbridge Capital.
Uno de los hombres más influyentes del país.
Los empleados comenzaron a acomodarse nerviosamente.
Madison sonrió inmediatamente.
—Ese es mi CEO.
Alisó su vestido y caminó con seguridad hacia él.
Pero entonces ocurrió algo extraño.
Richard ni siquiera la miró.
Sus ojos se movieron directamente hacia el fondo del salón.
Hacia Ethan.
Y de pronto, el poderoso CEO cambió completamente de expresión.
Sorprendido.
Respetuoso.
Casi nervioso.
Entonces caminó rápidamente entre la multitud.
Directo hacia Ethan.
Todo el salón quedó en silencio.
Richard llegó frente a él y estrechó su mano con ambas manos.
—Señor Cole… no sabía que vendría esta noche.
Madison se congeló.
Las sonrisas desaparecieron.
Alguien dejó caer una copa.
Porque el hombre del viejo sedán…
acababa de ser tratado como la persona más importante del edificio.
Richard sonrió ampliamente.
—No tendríamos esta compañía sin usted.
Un murmullo recorrió todo el salón.
—¿Qué?
—¿Quién es él?
—¿Qué acaba de decir?
Madison sintió cómo el color abandonaba lentamente su rostro.
Richard continuó:
—Ethan Cole es uno de los principales inversionistas silenciosos detrás de Westbridge y varias compañías más.
Técnicamente…
yo trabajo para él.
El silencio se volvió absoluto.
Madison miró a Ethan como si estuviera viendo a un extraño.
Porque de repente todos los recuerdos regresaron violentamente.
Las noches donde Ethan trabajaba hasta las tres de la mañana.
Las veces que hablaba emocionado sobre construir algo propio.
Las ocasiones en que ella lo llamó “demasiado ambicioso”.
El día que lo abandonó por no parecer exitoso todavía.
Y ahora…
el hombre que ella dejó atrás era dueño parcial de la empresa donde trabajaba orgullosamente.
La humillación se sintió brutal.
Un hombre cerca del bar intentó aliviar la tensión con una risa incómoda.
—Entonces… si es tan rico… ¿por qué conduce un coche tan viejo?
El salón volvió a quedarse en silencio.
Ethan sonrió apenas.
—Porque todavía funciona.
La respuesta golpeó más fuerte de lo esperado.
Porque mientras todos allí gastaban fortunas intentando parecer importantes…
el hombre más rico de la sala no sentía necesidad alguna de demostrar nada.
Richard soltó una carcajada.
—¿Saben qué es lo más gracioso?
Todavía usa el mismo reloj barato de la universidad.
Varias personas observaron el reloj sencillo en la muñeca de Ethan.
Y de pronto la imagen se volvió imposible de ignorar.
Ropa sencilla.
Auto viejo.
Reloj barato.
Y aun así…
más poderoso que todos juntos.
La atmósfera cambió completamente.
Las mismas personas que lo ignoraban minutos antes comenzaron a acercarse.
Ejecutivos ofreciendo tarjetas.
Inversionistas intentando conversar.
Gente sonriendo demasiado.
Pero Ethan notó todo aquello.
Y extrañamente…
eso le decepcionó más que las burlas.
Madison intentó recuperar algo de control.
—Ethan… nunca le dijiste nada a nadie.
Él la miró tranquilamente.
—Dejaste de escucharme antes de que pudiera hacerlo.
Aquella frase la destruyó por dentro.
Porque comprendió algo terrible:
Ethan no se volvió exitoso de la noche a la mañana.
Siempre estuvo construyendo silenciosamente su futuro mientras ella lo juzgaba por no presumirlo lo suficientemente rápido.
Y entonces llegó el golpe final.
Las puertas del salón se abrieron otra vez.
Una mujer elegante de vestido negro caminó directamente hacia Ethan.
Hermosa.
Serena.
Segura.
Se acercó sonriendo y lo besó suavemente en la mejilla.
Richard sonrió divertido.
—Ah… ahí está la futura señora Cole.
Madison apartó la mirada inmediatamente.
Porque en ese instante entendió la verdad completa.
Ethan ya no pertenecía a su pasado emocional.
Había seguido adelante.
En la vida.
En el amor.
En todo.
La mujer miró alrededor confundida.
—¿Todo bien aquí?
Ethan sonrió suavemente.
—Sí.
Solo estamos recordando viejos tiempos.
Aquella frase terminó de romper algo dentro de Madison.
Porque para Ethan…
ella ya no era dolor.
Ni arrepentimiento.
Solo un recuerdo.
Entonces Ethan la miró una última vez antes de dirigirse al ascensor privado junto a varios ejecutivos.
—Una vez me dijiste que jamás sería el tipo de hombre que la gente respetaría.
El salón entero guardó silencio.
Ethan observó tranquilamente a todos los ejecutivos rodeándolo ahora.
Y añadió:
—Supongo que ambos nos equivocamos sobre cosas diferentes.
Nadie supo qué responder.
Mientras caminaba hacia el ascensor, las llaves del viejo sedán seguían descansando casualmente en su mano.
Y extrañamente…
eso fue lo que todos recordaron más tarde.
No el dinero.
No el poder.
No las compañías.
Sino el hecho de que el hombre más rico de la sala nunca necesitó aparentar ser importante.
Mientras que todos los demás sí.
Madison permaneció inmóvil observando las puertas cerrarse lentamente.
Y por primera vez en muchos años…
entendió exactamente lo que había perdido.
CREYÓ QUE SU PROMETIDO HABÍA MUERTO EN LA EPIDEMIA… HASTA QUE LA CRIATURA DE LA CALLE LE DEVOLVIÓ EL ANILLO CON EL QUE LE HABÍA PEDIDO MATRIMONIO

PARTE I — EL HOMBRE AL QUE CLARA ESTUVO A PUNTO DE DISPARAR
Clara Navarro llevaba casi dos años convencida de que Mateo Serrano estaba muerto.
Por eso, aquella mañana de invierno, cuando levantó el rifle en mitad de una calle cubierta de nieve, lo último que esperaba encontrar frente a ella era una promesa que había enterrado mucho antes que a él.
—No te acerques.
Su voz salió firme.
Sus manos, no.
El hombre que avanzaba entre los coches sepultados bajo la nieve se detuvo.
O lo que quedaba de un hombre.
Llevaba un abrigo largo, gris verdoso, desgastado por el hielo y el tiempo. Tenía las manos oscuras, agrietadas, con la piel endurecida por aquella enfermedad que había cambiado el mundo. Su rostro había perdido casi todos los rasgos que permiten reconocer a una persona desde lejos.
Los pómulos hundidos.
La piel gris.
Los labios deformados.
Los ojos cubiertos por aquella opacidad que los supervivientes habían aprendido a temer.
Uno de los contagiados.
Uno de los cenicientos.
Así los llamaba la gente desde que comenzó la epidemia.
Clara apoyó mejor la culata contra el hombro.
—Te he dicho que pares.
La figura obedeció.
Eso fue lo primero que no encajó.
Los cenicientos no obedecían.
Al menos, eso era lo que todos repetían.
Si te veían, corrían.
Si te oían, perseguían el sonido.
Si tenían hambre, no distinguían entre un desconocido y alguien a quien habían amado.
Durante veintidós meses, Clara había vivido según aquellas reglas.
No estaba dispuesta a morir por olvidarlas.
—Un paso más y disparo.
El hombre no avanzó.
Nevaba suavemente.
A ambos lados de la calle se levantaban edificios de ladrillo abandonados. Los escaparates estaban rotos. Los coches permanecían cubiertos por capas de hielo desde el invierno anterior.
No había voces.
Ni motores.
Sólo el viento.
Clara respiró despacio.
Había salido del refugio aquella mañana para buscar antibióticos en una farmacia que, según un mapa antiguo, podía no haber sido saqueada del todo.
Había esperado hambre.
Frío.
Algún contagiado aislado.
No aquello.
El hombre levantó lentamente una mano.
Clara apretó el gatillo hasta notar la resistencia previa al disparo.
—No.
Él volvió a detenerse.
Después llevó los dedos hacia el interior del abrigo.
—¡Las manos fuera!
La figura tembló.
Pero no atacó.
Sacó algo pequeño.
Metálico.
Clara tardó en comprender qué era.
Un anillo.
Algo se rompió dentro de ella.
No bajó el rifle.
Pero dejó de respirar.
La figura sostuvo el anillo entre aquellos dedos deformados y lo extendió hacia ella.
Un aro fino de oro blanco.
Una piedra pequeña en el centro.
No era especialmente caro.
Nunca lo había sido.
Mateo había bromeado sobre ello la noche en que se lo entregó.
—Cuando me haga rico te compro otro.
Clara había reído.
—Como cambies éste, te dejo.
—¿Aunque el nuevo tenga un diamante enorme?
—Especialmente si tiene un diamante enorme.
Había ocurrido junto al lago de Valdemora.
Septiembre.
Antes de la epidemia.
Antes de los controles militares.
Antes de que las ciudades cerraran.
Antes de que los hospitales dejaran de contestar.
El sol estaba bajando detrás de los pinos cuando Mateo había sacado aquel anillo del bolsillo.
No se arrodilló inmediatamente.
Primero lo dejó caer.
Clara siempre se burlaba de él por aquello.
Había tardado casi un minuto en encontrarlo entre la hierba.
—Muy romántico —dijo ella.
—Cállate, que estoy viviendo el peor momento de mi vida.
—Todavía no te he dicho que no.
—Clara.
Entonces sí se arrodilló.
Nervioso.
Sonriendo.
El hombre que nunca tenía miedo a nada no conseguía abrir correctamente la cajita.
—Tenía un discurso.
—¿Y?
—Se me ha olvidado entero.
Clara se tapó la boca para no reír.
Mateo respiró.
—Así que voy a decir sólo esto. Cuando me pasa algo bueno, eres la primera persona a la que quiero contárselo. Cuando todo sale mal, también. Y cuando pienso en hacerme viejo… siempre estás ahí.
Clara dejó de sonreír.
—Mateo…
—No sé si eso es una buena definición de matrimonio.
—Es bastante mala.
—Gracias.
Ella empezó a llorar.
—Pero me sirve.
—¿Eso significa que sí?
Clara se arrodilló también y lo abrazó antes de dejarle terminar.
Aquella tarde él le puso el anillo.
Tres meses después comenzó la epidemia.
Y nunca llegaron a casarse.
Clara volvió al presente.
El rifle seguía apuntando al pecho de la criatura.
El anillo seguía allí.
—¿Dónde has conseguido eso?
El hombre inclinó la cabeza.
Clara sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Dónde?
Nada.
—¡Contéstame!
Sólo viento.
La figura intentó acercar el anillo un poco más.
Clara retrocedió.
—No.
Su mente buscaba una explicación.
Tal vez lo había encontrado.
Tal vez había matado a alguien que lo llevaba.
Tal vez…
No.
Clara conocía aquel anillo.
En el interior había una pequeña marca provocada durante una excursión, cuando Mateo cayó contra una roca mientras intentaba impresionar a unos amigos.
Y una inscripción.
Tan pequeña que apenas podía leerse.
C + M. Siempre.
Ella misma había elegido las palabras.
El anillo desapareció con Mateo.
El último día que lo vio fue el 17 de febrero.
La epidemia llevaba seis semanas extendiéndose.
Mateo trabajaba como técnico de emergencias médicas.
Al principio decía que todo estaba controlado.
Después dejó de decirlo.
Aquella mañana se estaba poniendo la chaqueta junto a la puerta.
Clara había pasado toda la noche pidiéndole que no saliera.
—El hospital está desbordado.
—Precisamente.
—Mateo, hay gente atacando ambulancias.
—Hay gente esperando ayuda.
—Y también hay gente que vuelve enferma.
Él se acercó.
—Será mi último turno.
—Eso dijiste ayer.
—Esta vez es verdad.
Clara lo miró.
—Siempre dices eso cuando quieres que deje de discutir.
Mateo sonrió débilmente.
—Funciona fatal.
Ella lo abrazó.
No quería soltarlo.
—Quédate.
La sonrisa desapareció.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Clara…
—No eres responsable de salvar a todo el mundo.
Mateo apoyó la frente contra la suya.
—No.
Pausa.
—Pero sí soy responsable de intentar ayudar a quien tenga delante.
Fue la última conversación normal que tuvieron.
Horas después, una ambulancia desapareció cerca del Hospital Norte.
Hubo una explosión.
Después un incendio.
Las autoridades declararon muertos a los cuatro sanitarios que viajaban en ella.
Uno era Mateo.
Nunca recuperaron los cuerpos.
Clara había esperado.
Una semana.
Dos.
Tres meses.
El anillo permanecía en su dedo.
Después llegaron los rumores de personas infectadas que podían caminar durante meses.
Clara siguió esperando.
Al cumplirse un año, su hermano Javier le dijo:
—Tienes que aceptar que no va a volver.
Ella respondió:
—Lo sé.
Pero no era verdad.
No del todo.
A los dieciséis meses se quitó el anillo.
No porque hubiera dejado de quererlo.
Porque cada vez que lo miraba sentía que el mundo seguía ocurriendo y ella continuaba detenida en febrero.
Guardó la alianza provisional en una caja metálica.
La del compromiso, sin embargo, nunca apareció.
Mateo la llevaba consigo aquella última mañana porque necesitaban repararla.
Una de las pequeñas garras de la piedra se había aflojado.
—La recojo después del turno —había dicho.
Nunca volvió.
Ahora alguien la sostenía frente a ella.
Clara miró al ceniciento.
—Mateo…
El hombre reaccionó.
Fue mínimo.
Un movimiento de la cabeza.
Pero reaccionó.
El rifle descendió unos centímetros.
—No.
Clara negó.
—No puede ser.
Él dio un paso.
Ella volvió a apuntarlo.
—¡Para!
Mateo —si era Mateo— se detuvo inmediatamente.
Clara estaba llorando.
—Haz algo.
No sabía qué estaba pidiendo.
—Si eres tú… haz algo.
La figura permaneció quieta.
Después levantó la mano libre.
Se tocó dos veces el pecho.
Luego señaló a Clara.
Ella perdió el color.
Ese gesto.
Era absurdo.
Pequeño.
Ridículo.
Pero Mateo lo hacía desde que empezaron a salir.
Dos golpes sobre el corazón.
Después un dedo hacia ella.
Tú.
Cuando Clara le preguntaba qué significaba, siempre respondía:
—Que el problema está aquí.
Señalaba su pecho.
—Y la culpable eres tú.
Ella le pegaba en el brazo.
Era su broma.
Suya.
De nadie más.
El rifle empezó a temblar.
—Mateo.
La criatura intentó pronunciar algo.
De su garganta salió un sonido áspero.
Nada parecido a una palabra.
Pero Clara vio sus ojos.
Debajo de la opacidad seguían teniendo un color.
Azul.
Los mismos ojos.
—Dios mío…
Mateo extendió de nuevo el anillo.
Clara avanzó.
Un paso.
Después otro.
Sabía que estaba haciendo exactamente lo que llevaba casi dos años diciendo a otros supervivientes que jamás hicieran.
Nunca te acerques a un contagiado.
Nunca confundas un recuerdo con humanidad.
Nunca esperes que reconozca quién eras.
Pero nada de aquello explicaba el anillo.
Ni el gesto.
Ni que se hubiera detenido cada vez que ella se lo ordenaba.
Clara quedó a un brazo de distancia.
Mateo no se movió.
Ella llevó lentamente la mano hasta la joya.
Sus dedos tocaron los de él.
Estaban helados.
Mateo abrió la mano.
Clara cogió el anillo.
La piedra capturó la poca luz gris de aquella mañana.
En el interior estaba la marca.
Y la inscripción.
C + M. Siempre.
Clara se llevó una mano a la boca.
—Eres tú.
Mateo bajó la cabeza.
Ella dio otro paso.
Él retrocedió.
Aquello la desconcertó.
—No voy a hacerte daño.
Mateo volvió a retroceder.
Entonces levantó las manos.
Las miró.
Después miró a Clara.
Comprendió.
Él no tenía miedo de ella.
Tenía miedo de sí mismo.
—¿Sigues ahí dentro?
Mateo la miró.
—¿Me entiendes?
Un movimiento.
Casi imperceptible.
Sí.
Clara sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
No llegó a caer.
Mateo hizo instintivamente el gesto de acercarse.
Se detuvo antes de tocarla.
Aquello fue peor.
Porque era exactamente lo que habría hecho Mateo.
Siempre respetaba las distancias cuando ella estaba asustada.
Incluso ahora.
Incluso convertido en algo que todos consideraban incapaz de pensar.
Clara bajó por completo el arma.
—¿Dónde has estado?
No podía responder.
—¿Por qué no volviste?
Los ojos de Mateo se movieron hacia el final de la calle.
Clara siguió la mirada.
Nada.
—¿Hay más?
Mateo tensó el cuerpo.
Después asintió lentamente.
Clara sintió miedo otra vez.
—¿Te siguen?
Otra pequeña inclinación.
Sí.
A lo lejos sonó un motor.
Clara levantó el rifle.
No eran contagiados.
Era peor.
Una camioneta gris apareció al final de la avenida.
El símbolo blanco pintado en la puerta era perfectamente reconocible.
Unidad Sanitaria 7.
Patrullas de limpieza.
Su trabajo consistía en localizar infectados dentro de zonas recuperadas.
Y eliminarlos.
—No.
Mateo dio media vuelta.
—Espera.
Él comenzó a alejarse.
Clara agarró su abrigo.
Mateo se volvió con violencia.
Por primera vez mostró algo animal.
Un sonido bajo salió de su garganta.
Clara soltó la tela.
Él retrocedió inmediatamente.
Parecía horrorizado por su propia reacción.
—Está bien.
Clara levantó ambas manos.
—Está bien.
La camioneta se acercaba.
Mateo miró hacia un callejón.
Después hacia ella.
—Ven conmigo.
No reaccionó.
—Mateo.
Clara señaló una puerta lateral rota.
—Si todavía confías en mí, ven.
El motor sonaba cada vez más cerca.
Mateo miró el anillo en la mano de Clara.
Y entró.
Se escondieron en una antigua lavandería.
Clara cerró la puerta.
La oscuridad olía a humedad y detergente viejo.
Mateo se pegó a la pared opuesta.
Nunca intentó acercarse.
Fuera, la camioneta se detuvo.
Voces.
—Hemos visto movimiento.
—Revisad ambos lados.
Clara volvió a levantar el rifle.
Mateo señaló la puerta.
Después se señaló a sí mismo.
Y finalmente hizo un gesto hacia fuera.
—¿Quieres salir para que no me encuentren contigo?
Asintió.
Clara sintió un nudo.
—No.
Mateo insistió.
—He dicho que no.
Él bajó la cabeza.
—Llevo casi dos años pensando que estás muerto.
Pausa.
—No pienso encontrarte durante cinco minutos para volver a perderte porque a ti te parezca una buena idea.
Durante una fracción de segundo, algo ocurrió en la cara deformada de Mateo.
Casi una sonrisa.
Clara comenzó a llorar otra vez.
—Idiota.
El ruido de las botas pasó frente a la puerta.
No entraron.
Cinco minutos después el motor desapareció.
Clara sabía que no podía llevarlo al refugio.
Allí vivían cuarenta y dos personas.
Entre ellas seis niños.
Aunque Mateo mantuviera recuerdos, nadie sabía hasta qué punto podía controlar los impulsos de la infección.
Así que lo llevó a otro sitio.
La antigua clínica veterinaria de su amiga Inés Robles.
Inés había sido microbióloga antes del colapso sanitario.
Ahora curaba fracturas, infecciones, heridas y cualquier cosa que no matara de inmediato.
Cuando Clara abrió la puerta trasera y entró con Mateo, Inés sacó una pistola.
—¿Qué coño haces?
—No dispares.
—Clara.
—Escúchame.
—¡Aléjate de él!
Mateo retrocedió voluntariamente hasta una esquina.
Inés lo vio.
Se quedó quieta.
—¿Ha hecho eso solo?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que lo encontré.
—No significa nada.
Clara abrió la mano.
El anillo brilló.
—Es Mateo.
Inés dejó de hablar.
También lo había conocido.
Había estado en aquella cena en la que anunciaron su compromiso.
—No.
—Sí.
—Mateo murió.
—Eso creíamos.
—Clara…
—Me ha reconocido.
—Los infectados imitan comportamientos.
—Me dio esto.
Inés miró el anillo.
—Podría llevarlo encima.
—Hizo nuestro gesto.
—¿Qué gesto?
Clara se tocó dos veces el pecho y la señaló.
Inés perdió parte de su dureza.
—Eso…
—Nadie lo sabía.
Mateo observaba desde la esquina.
Inés bajó lentamente el arma.
—No significa que sea seguro.
—No he dicho que lo sea.
—Entonces ¿qué quieres?
Clara miró al hombre que había amado.
—Quiero saber cuánto queda de él.
Inés tardó tres horas en examinarlo.
Mateo permitió que lo atara a una camilla.
No opuso resistencia.
Cada vez que Inés le explicaba lo que iba a hacer, él parecía comprender.
Su pulso era anormalmente lento.
La temperatura corporal, muy baja.
La infección había alterado tejidos, circulación y respuesta neurológica.
Pero había una cosa imposible.
La actividad cerebral.
—Clara.
Inés miraba un monitor alimentado por un generador.
—Ven aquí.
—¿Qué?
—Mira.
Clara no entendía las líneas.
—Explícamelo.
—Hay respuesta organizada.
—¿Eso significa…?
—Significa que no está vacío.
Clara se agarró al borde de la mesa.
—¿Cuánto?
—No puedo saberlo.
—Pero está ahí.
Inés miró a Mateo.
—Sí.
Pausa.
—Alguien está ahí.
Clara empezó a llorar.
Mateo giró lentamente la cabeza hacia ella.
Y una lágrima descendió por aquella piel endurecida.
Inés dio un paso atrás.
—Dios.
Clara se acercó.
—Mateo.
Él cerró los ojos.
Aquella noche encontraron algo dentro de su abrigo.
Un cuaderno.
Protegido por varias capas de plástico.
Las primeras páginas eran de Mateo.
La letra empezaba normal.
19 de febrero. No sé dónde estoy. Nos llevaron al centro de aislamiento de San Gabriel. Jorge murió esta madrugada.
Más adelante:
23 de febrero. Tengo fiebre. No quiero que Clara venga. He pedido que le digan que morí en la ambulancia.
Clara dejó de leer.
—No.
Inés la miró.
—Clara…
—Él sabía que yo lo estaba buscando.
Siguió.
No puedo dejar que me vea así.
Otra página.
La letra se volvía irregular.
3 de marzo. Empiezo a olvidar palabras. Recuerdo su cara. Tengo miedo de que sea lo último.
Después:
12 de marzo. Hay momentos en los que despierto lejos de donde estaba. No sé qué hice mientras tanto.
Clara temblaba.
17 de marzo. He escondido el anillo. Cuando no pueda recordar mi nombre, quiero recordar al menos a quién pertenecía.
Las últimas páginas apenas podían leerse.
Frases.
Palabras.
Después sólo nombres.
Clara.
Lago.
Septiembre.
Siempre.
Y finalmente, una única frase escrita meses después con enorme esfuerzo:
Volver cuando pueda detenerme.
Clara levantó la cabeza.
Mateo la estaba mirando.
Comprendió.
No había desaparecido porque hubiera olvidado volver.
Había pasado casi dos años intentando aprender a no hacerle daño.