La Mañana En Que Todo Todavía Era Normal


La alarma sonó a las 6:47.
Thomas Calloway la apagó sin abrir los ojos. Trece años despertando con el mismo sonido, mirando el mismo techo oscuro, disfrutando esos pocos segundos de silencio antes de que el día comenzara de verdad. Permaneció acostado un momento, escuchando cómo la casa respiraba a su alrededor.
Al fondo del pasillo, Emma ya estaba despierta.
Podía oír sus pequeños pasos, el crujido de la puerta de su habitación y el caos habitual de una niña de diez años que jamás encontraba el zapato izquierdo.
Thomas sonrió mirando al techo.
Luego se levantó.
La cocina olía a café y pan tostado. Sarah estaba junto a la encimera con su suéter blanco, el suave, el que Emma siempre le robaba los domingos fríos para envolverse en él como si fuera una manta. Estaba sirviendo jugo de naranja, de espaldas a la puerta, con el cabello oscuro cayéndole sobre los hombros.
Thomas se quedó observándola unos segundos sin que ella lo notara.
Trece años.
Y todavía parecía la mujer que conoció bajo la lluvia en una parada de autobús cuando tenía veintiséis años y su paraguas roto apenas servía para cubrirle la cabeza. Ella se había reído de él aquella tarde. No cruelmente. Solo con esa risa sincera de alguien que encuentra divertido el mundo.
Él le ofreció el paraguas roto de todos modos.
Y ella lo aceptó.
—Me estás mirando —dijo Sarah sin girarse.
—¿Cómo lo sabes siempre?
—Porque respiras diferente cuando crees que no te veo.
Se dio vuelta y le entregó una taza.
—Emma no encuentra sus zapatos.
—Nunca los encuentra.
—Thomas.
—Ya voy.
Encontró uno debajo del sofá y el otro escondido detrás, como si ambos hubieran intentado escapar juntos. Los llevó hasta la habitación de Emma. Ella estaba sentada en la cama con el uniforme escolar puesto y la mochila preparada junto a la puerta.
—El izquierdo estaba escondiéndose —dijo él arrodillándose.
—Siempre se esconde —respondió Emma muy seria.
Thomas le puso los zapatos y comenzó a atar los cordones. Emma permaneció quieta observándolo con esa expresión tranquila y confiada que había tenido desde pequeña. La expresión de una niña convencida de que su padre siempre sabría arreglar las cosas.
—¿Muy apretados? —preguntó él.
—Perfectos.
Thomas besó su frente.
—Que tengas un buen día, bichito.
—Tú también, papi.
Tomó su abrigo y las llaves.
Y salió por la puerta principal.
No sabía que aquella sería la última mañana en que los tres serían simplemente felices.
El Hombre Llamado Daniel
Daniel Marsh apareció en la vida de Sarah dieciocho meses antes.
Se conocieron durante un seminario empresarial en un hotel fuera de la ciudad. Dos días de etiquetas con nombres, café horrible y conversaciones obligatorias entre desconocidos.
Ella nunca planeó enamorarse.
Esa fue la mentira que se repetiría durante meses.
Porque no planear algo no significa no elegirlo.
Todo comenzó con conversaciones.
Largas conversaciones.
Las clases de conversaciones que Sarah y Thomas ya no tenían.
No porque Thomas fuera un mal hombre.
No porque ella hubiera dejado de quererlo.
Simplemente la vida los había convertido en especialistas de la rutina. Habían aprendido a hablar en el idioma de las responsabilidades.
La cita del dentista de Emma es el martes.
Hay que llamar al técnico de la calefacción.
¿Le devolviste la llamada a tu madre?
Con Daniel era distinto.
Él preguntaba cosas que nadie le preguntaba desde hacía años.
Qué soñaba.
Qué extrañaba.
Qué quería para sí misma.
Sarah debió detenerse ahí.
No lo hizo.
Aquel viernes se dijo que sería la última vez.
Ya se lo había dicho antes.
Daniel llegó cerca de las once.
Sarah había limpiado la casa esa mañana, y mientras lo hacía comprendió la ironía: intentaba ordenar un desastre imposible de ordenar.
Preparó café.
Se puso el suéter blanco porque tenía frío.
Abrió las cortinas porque entraba una luz bonita.
Se sentaron en el sofá.
Hablaron.
Luego se sentaron más cerca.
Y entonces—
La puerta principal se abrió.
Ocho Letras
El sonido fue pequeño.
Solo el clic suave de la cerradura y el roce de la puerta contra el marco.
Sarah apenas lo registró al principio.
Luego levantó la vista.
Y vio a Emma.
Seguía con el uniforme escolar puesto. La mochila aún colgaba de ambos hombros. El cabello ligeramente despeinado por el viento. El cordón izquierdo parcialmente desatado.
Había estado sonriendo al entrar.
Sarah alcanzó a verlo todavía en su rostro.
La expresión alegre de una niña que llega temprano a casa esperando sorpresa, abrazos y seguridad.
La sonrisa desapareció lentamente.
Sarah se puso de pie.
—Cariño…
La palabra salió mal.
Demasiado rápida.
Demasiado aguda.
La voz de alguien atrapado.
—¿Por qué llegaste tan temprano?
Emma no respondió.
Miró a su madre.
Luego a Daniel, completamente inmóvil en el sofá.
Después volvió a mirar a Sarah.
Y algo en su rostro se cerró.
Como una puerta.
Una pequeña puerta cuidadosa.
—¿Dónde está papá?
Tres palabras.
Nada más.
No quién es ese hombre.
No qué está pasando.
Solo la pregunta que iba directo al centro de todo lo importante para ella.
Sarah abrió la boca.
No salió nada.
Emma observó a su madre durante unos segundos eternos.
Luego caminó por el pasillo hasta su habitación.
Y cerró la puerta.
No de golpe.
Suavemente.
Con cuidado.
Como cierran las puertas los niños buenos.
Ese pequeño clic fue el peor sonido que Sarah había escuchado en su vida.
Las Horas Entre Medio
Daniel se fue diez minutos después.
Dijo algo inútil en la puerta. Alguna versión de “lo siento”.
Sarah apenas lo oyó.
Luego caminó hasta la habitación de Emma.
Levantó la mano para tocar la puerta.
No pudo hacerlo.
Terminó sentada sola en la cocina mirando las dos tazas de café.
Las lavó.
Las secó.
Las guardó en el armario exactamente como le gustaba a Thomas.
Después apoyó la cabeza sobre la mesa y lloró.
Lloró por Emma.
Por Thomas.
Por los trece años de mañanas normales.
Por el paraguas roto en aquella parada de autobús.
Y lloró también por sí misma, aunque sabía que no tenía derecho.
Cuando levantó la cabeza ya casi eran las cinco.
Thomas llegaría en dos horas.
Finalmente tocó la puerta de Emma.
—¿Em?
Silencio.
Luego:
—¿Qué?
No era una pregunta.
Era solo una palabra plana y cansada.
—¿Puedo entrar?
—Está bien.
Emma estaba sentada en la cama con un libro abierto que no estaba leyendo.
Los zapatos seguían puestos.
Sarah se sentó junto a ella.
Había preparado discursos.
Frases cuidadosas.
Frases de adultos intentando proteger a un niño de la verdad.
Pero al mirar el rostro de Emma entendió que su hija no necesitaba frases perfectas.
Necesitaba honestidad.
—Emma…
—¿Papá va a irse? —preguntó la niña.
Sarah sintió que la garganta se cerraba.
—No lo sé.
Emma asintió lentamente.
Como si hubiera esperado esa respuesta.
—¿Vas a decírselo?
—Sí.
Emma bajó la vista hacia el libro.
—Papá me ató los zapatos esta mañana.
Sarah cerró los ojos.
—Lo sé.
—Siempre los aprieta demasiado. Pero nunca se lo digo porque le gusta pensar que los hace perfectos.
Sarah no respondió.
Emma pasó una página que tampoco leyó.
—Está bien —susurró finalmente.
La palabra de alguien demasiado pequeño para cargar algo tan grande.
Sarah tomó su mano.
Emma no la apartó.
Y las dos permanecieron sentadas en silencio mientras el reloj avanzaba lentamente hacia las siete.
Las 7:13
Thomas llegó a casa a las 7:13.
Entró quitándose el frío del abrigo y dejó las llaves en el pequeño cuenco azul que Emma había pintado años atrás.
“LAS LLAVES DE PAPÁ”, decía todavía con letras torcidas.
—¿Hay alguien vivo aquí? —preguntó riendo.
Emma apareció inmediatamente en el pasillo y se lanzó contra él abrazándolo fuerte.
Thomas sonrió sorprendido.
—¿Y esto?
Ella no respondió.
Solo lo abrazó más fuerte.
Entonces él levantó la vista.
Y vio a Sarah.
Algo en su cara lo detuvo.
Él conocía todos sus rostros.
El de cansancio.
El de alegría.
El de las risas contenidas.
Pero nunca había visto ese.
—Emma —dijo Sarah con enorme esfuerzo—. ¿Puedes ir a tu habitación un ratito?
Emma soltó lentamente a su padre.
Lo miró con esa expresión antigua de confianza absoluta.
—Te quiero, papi.
Thomas sonrió confundido.
—Yo también te quiero, bichito.
Emma desapareció por el pasillo.
La puerta se cerró suavemente.
Thomas volvió a mirar a Sarah.
—¿Qué pasó?
Ella tragó saliva.
Había planeado esta conversación.
Pero no existía una manera elegante de destruir una vida.
—Hay algo que necesito decirte.
La casa entera pareció quedarse inmóvil.
El reloj seguía avanzando sobre la chimenea.
Thomas comprendió algo antes de escuchar una sola palabra más.
Aquella era una conversación que solo sucede una vez en la vida.
La clase de conversación que divide todo en un antes y un después.
Se quitó lentamente el abrigo.
Lo colgó con cuidado.
Y dijo:
—Está bien.
Dos Años Después
Emma tenía doce años ahora.
Era más alta.
Ya no usaba zapatos rosas.
Se ataba sola los cordones, siempre con doble nudo, exactamente como su padre le enseñó.
Thomas y Sarah ya no estaban juntos.
El divorcio tomó once meses silenciosos y dolorosos.
Thomas vivía en un apartamento a veinte minutos de distancia. Emma tenía allí su propia habitación pintada de amarillo claro, un color que ella decidió llamar “el color de no estar triste”.
Sarah nunca volvió a ver a Daniel.
Y aun así el matrimonio no se salvó.
Con el tiempo comprendió que Daniel no había destruido algo perfecto.
Solo había revelado una grieta que llevaba años creciendo.
Thomas y ella eran diferentes ahora.
Más honestos.
Más amables.
Ya no intentaban seguir enamorados.
Intentaban ser buenos el uno con el otro.
Y curiosamente, eso funcionaba mejor.
Emma nunca volvió a mencionar aquel viernes.
Había hecho sus preguntas poco a poco.
A cada uno por separado.
Y recibió respuestas honestas en pequeñas dosis.
No dejó de amar a ninguno de los dos.
Ni dejó de sentirse amada.
Lo que perdió fue la idea infantil de que los adultos siempre saben cómo hacer las cosas correctamente.
Y lo que ganó fue algo más complicado.
La comprensión de que sus padres eran humanos.
Frágiles.
Imperfectos.
Un domingo por la mañana estaba sentada en la cocina del apartamento de Thomas observándolo cocinar huevos y tostadas.
Y recordó aquella última mañana normal.
La alarma.
Los zapatos escondidos.
Los cordones demasiado apretados.
Para que no te caigas en el camino.
Emma sonrió levemente.
No se había caído.
Había tropezado.
Mucho.
Pero seguía caminando.
—¿Papá?
Thomas se dio vuelta.
—¿Sí?
Ella lo observó un momento. Había algunas canas nuevas en sus sienes.
—Nada —dijo finalmente—. Solo quería comprobar algo.
Thomas sonrió.
—Estoy aquí.
Emma asintió lentamente.
—Lo sé.
Y tomó el tenedor.
Y desayunaron juntos.
CREYÓ QUE SU PROMETIDO HABÍA MUERTO EN LA EPIDEMIA… HASTA QUE LA CRIATURA DE LA CALLE LE DEVOLVIÓ EL ANILLO CON EL QUE LE HABÍA PEDIDO MATRIMONIO

PARTE I — EL HOMBRE AL QUE CLARA ESTUVO A PUNTO DE DISPARAR
Clara Navarro llevaba casi dos años convencida de que Mateo Serrano estaba muerto.
Por eso, aquella mañana de invierno, cuando levantó el rifle en mitad de una calle cubierta de nieve, lo último que esperaba encontrar frente a ella era una promesa que había enterrado mucho antes que a él.
—No te acerques.
Su voz salió firme.
Sus manos, no.
El hombre que avanzaba entre los coches sepultados bajo la nieve se detuvo.
O lo que quedaba de un hombre.
Llevaba un abrigo largo, gris verdoso, desgastado por el hielo y el tiempo. Tenía las manos oscuras, agrietadas, con la piel endurecida por aquella enfermedad que había cambiado el mundo. Su rostro había perdido casi todos los rasgos que permiten reconocer a una persona desde lejos.
Los pómulos hundidos.
La piel gris.
Los labios deformados.
Los ojos cubiertos por aquella opacidad que los supervivientes habían aprendido a temer.
Uno de los contagiados.
Uno de los cenicientos.
Así los llamaba la gente desde que comenzó la epidemia.
Clara apoyó mejor la culata contra el hombro.
—Te he dicho que pares.
La figura obedeció.
Eso fue lo primero que no encajó.
Los cenicientos no obedecían.
Al menos, eso era lo que todos repetían.
Si te veían, corrían.
Si te oían, perseguían el sonido.
Si tenían hambre, no distinguían entre un desconocido y alguien a quien habían amado.
Durante veintidós meses, Clara había vivido según aquellas reglas.
No estaba dispuesta a morir por olvidarlas.
—Un paso más y disparo.
El hombre no avanzó.
Nevaba suavemente.
A ambos lados de la calle se levantaban edificios de ladrillo abandonados. Los escaparates estaban rotos. Los coches permanecían cubiertos por capas de hielo desde el invierno anterior.
No había voces.
Ni motores.
Sólo el viento.
Clara respiró despacio.
Había salido del refugio aquella mañana para buscar antibióticos en una farmacia que, según un mapa antiguo, podía no haber sido saqueada del todo.
Había esperado hambre.
Frío.
Algún contagiado aislado.
No aquello.
El hombre levantó lentamente una mano.
Clara apretó el gatillo hasta notar la resistencia previa al disparo.
—No.
Él volvió a detenerse.
Después llevó los dedos hacia el interior del abrigo.
—¡Las manos fuera!
La figura tembló.
Pero no atacó.
Sacó algo pequeño.
Metálico.
Clara tardó en comprender qué era.
Un anillo.
Algo se rompió dentro de ella.
No bajó el rifle.
Pero dejó de respirar.
La figura sostuvo el anillo entre aquellos dedos deformados y lo extendió hacia ella.
Un aro fino de oro blanco.
Una piedra pequeña en el centro.
No era especialmente caro.
Nunca lo había sido.
Mateo había bromeado sobre ello la noche en que se lo entregó.
—Cuando me haga rico te compro otro.
Clara había reído.
—Como cambies éste, te dejo.
—¿Aunque el nuevo tenga un diamante enorme?
—Especialmente si tiene un diamante enorme.
Había ocurrido junto al lago de Valdemora.
Septiembre.
Antes de la epidemia.
Antes de los controles militares.
Antes de que las ciudades cerraran.
Antes de que los hospitales dejaran de contestar.
El sol estaba bajando detrás de los pinos cuando Mateo había sacado aquel anillo del bolsillo.
No se arrodilló inmediatamente.
Primero lo dejó caer.
Clara siempre se burlaba de él por aquello.
Había tardado casi un minuto en encontrarlo entre la hierba.
—Muy romántico —dijo ella.
—Cállate, que estoy viviendo el peor momento de mi vida.
—Todavía no te he dicho que no.
—Clara.
Entonces sí se arrodilló.
Nervioso.
Sonriendo.
El hombre que nunca tenía miedo a nada no conseguía abrir correctamente la cajita.
—Tenía un discurso.
—¿Y?
—Se me ha olvidado entero.
Clara se tapó la boca para no reír.
Mateo respiró.
—Así que voy a decir sólo esto. Cuando me pasa algo bueno, eres la primera persona a la que quiero contárselo. Cuando todo sale mal, también. Y cuando pienso en hacerme viejo… siempre estás ahí.
Clara dejó de sonreír.
—Mateo…
—No sé si eso es una buena definición de matrimonio.
—Es bastante mala.
—Gracias.
Ella empezó a llorar.
—Pero me sirve.
—¿Eso significa que sí?
Clara se arrodilló también y lo abrazó antes de dejarle terminar.
Aquella tarde él le puso el anillo.
Tres meses después comenzó la epidemia.
Y nunca llegaron a casarse.
Clara volvió al presente.
El rifle seguía apuntando al pecho de la criatura.
El anillo seguía allí.
—¿Dónde has conseguido eso?
El hombre inclinó la cabeza.
Clara sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Dónde?
Nada.
—¡Contéstame!
Sólo viento.
La figura intentó acercar el anillo un poco más.
Clara retrocedió.
—No.
Su mente buscaba una explicación.
Tal vez lo había encontrado.
Tal vez había matado a alguien que lo llevaba.
Tal vez…
No.
Clara conocía aquel anillo.
En el interior había una pequeña marca provocada durante una excursión, cuando Mateo cayó contra una roca mientras intentaba impresionar a unos amigos.
Y una inscripción.
Tan pequeña que apenas podía leerse.
C + M. Siempre.
Ella misma había elegido las palabras.
El anillo desapareció con Mateo.
El último día que lo vio fue el 17 de febrero.
La epidemia llevaba seis semanas extendiéndose.
Mateo trabajaba como técnico de emergencias médicas.
Al principio decía que todo estaba controlado.
Después dejó de decirlo.
Aquella mañana se estaba poniendo la chaqueta junto a la puerta.
Clara había pasado toda la noche pidiéndole que no saliera.
—El hospital está desbordado.
—Precisamente.
—Mateo, hay gente atacando ambulancias.
—Hay gente esperando ayuda.
—Y también hay gente que vuelve enferma.
Él se acercó.
—Será mi último turno.
—Eso dijiste ayer.
—Esta vez es verdad.
Clara lo miró.
—Siempre dices eso cuando quieres que deje de discutir.
Mateo sonrió débilmente.
—Funciona fatal.
Ella lo abrazó.
No quería soltarlo.
—Quédate.
La sonrisa desapareció.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Clara…
—No eres responsable de salvar a todo el mundo.
Mateo apoyó la frente contra la suya.
—No.
Pausa.
—Pero sí soy responsable de intentar ayudar a quien tenga delante.
Fue la última conversación normal que tuvieron.
Horas después, una ambulancia desapareció cerca del Hospital Norte.
Hubo una explosión.
Después un incendio.
Las autoridades declararon muertos a los cuatro sanitarios que viajaban en ella.
Uno era Mateo.
Nunca recuperaron los cuerpos.
Clara había esperado.
Una semana.
Dos.
Tres meses.
El anillo permanecía en su dedo.
Después llegaron los rumores de personas infectadas que podían caminar durante meses.
Clara siguió esperando.
Al cumplirse un año, su hermano Javier le dijo:
—Tienes que aceptar que no va a volver.
Ella respondió:
—Lo sé.
Pero no era verdad.
No del todo.
A los dieciséis meses se quitó el anillo.
No porque hubiera dejado de quererlo.
Porque cada vez que lo miraba sentía que el mundo seguía ocurriendo y ella continuaba detenida en febrero.
Guardó la alianza provisional en una caja metálica.
La del compromiso, sin embargo, nunca apareció.
Mateo la llevaba consigo aquella última mañana porque necesitaban repararla.
Una de las pequeñas garras de la piedra se había aflojado.
—La recojo después del turno —había dicho.
Nunca volvió.
Ahora alguien la sostenía frente a ella.
Clara miró al ceniciento.
—Mateo…
El hombre reaccionó.
Fue mínimo.
Un movimiento de la cabeza.
Pero reaccionó.
El rifle descendió unos centímetros.
—No.
Clara negó.
—No puede ser.
Él dio un paso.
Ella volvió a apuntarlo.
—¡Para!
Mateo —si era Mateo— se detuvo inmediatamente.
Clara estaba llorando.
—Haz algo.
No sabía qué estaba pidiendo.
—Si eres tú… haz algo.
La figura permaneció quieta.
Después levantó la mano libre.
Se tocó dos veces el pecho.
Luego señaló a Clara.
Ella perdió el color.
Ese gesto.
Era absurdo.
Pequeño.
Ridículo.
Pero Mateo lo hacía desde que empezaron a salir.
Dos golpes sobre el corazón.
Después un dedo hacia ella.
Tú.
Cuando Clara le preguntaba qué significaba, siempre respondía:
—Que el problema está aquí.
Señalaba su pecho.
—Y la culpable eres tú.
Ella le pegaba en el brazo.
Era su broma.
Suya.
De nadie más.
El rifle empezó a temblar.
—Mateo.
La criatura intentó pronunciar algo.
De su garganta salió un sonido áspero.
Nada parecido a una palabra.
Pero Clara vio sus ojos.
Debajo de la opacidad seguían teniendo un color.
Azul.
Los mismos ojos.
—Dios mío…
Mateo extendió de nuevo el anillo.
Clara avanzó.
Un paso.
Después otro.
Sabía que estaba haciendo exactamente lo que llevaba casi dos años diciendo a otros supervivientes que jamás hicieran.
Nunca te acerques a un contagiado.
Nunca confundas un recuerdo con humanidad.
Nunca esperes que reconozca quién eras.
Pero nada de aquello explicaba el anillo.
Ni el gesto.
Ni que se hubiera detenido cada vez que ella se lo ordenaba.
Clara quedó a un brazo de distancia.
Mateo no se movió.
Ella llevó lentamente la mano hasta la joya.
Sus dedos tocaron los de él.
Estaban helados.
Mateo abrió la mano.
Clara cogió el anillo.
La piedra capturó la poca luz gris de aquella mañana.
En el interior estaba la marca.
Y la inscripción.
C + M. Siempre.
Clara se llevó una mano a la boca.
—Eres tú.
Mateo bajó la cabeza.
Ella dio otro paso.
Él retrocedió.
Aquello la desconcertó.
—No voy a hacerte daño.
Mateo volvió a retroceder.
Entonces levantó las manos.
Las miró.
Después miró a Clara.
Comprendió.
Él no tenía miedo de ella.
Tenía miedo de sí mismo.
—¿Sigues ahí dentro?
Mateo la miró.
—¿Me entiendes?
Un movimiento.
Casi imperceptible.
Sí.
Clara sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
No llegó a caer.
Mateo hizo instintivamente el gesto de acercarse.
Se detuvo antes de tocarla.
Aquello fue peor.
Porque era exactamente lo que habría hecho Mateo.
Siempre respetaba las distancias cuando ella estaba asustada.
Incluso ahora.
Incluso convertido en algo que todos consideraban incapaz de pensar.
Clara bajó por completo el arma.
—¿Dónde has estado?
No podía responder.
—¿Por qué no volviste?
Los ojos de Mateo se movieron hacia el final de la calle.
Clara siguió la mirada.
Nada.
—¿Hay más?
Mateo tensó el cuerpo.
Después asintió lentamente.
Clara sintió miedo otra vez.
—¿Te siguen?
Otra pequeña inclinación.
Sí.
A lo lejos sonó un motor.
Clara levantó el rifle.
No eran contagiados.
Era peor.
Una camioneta gris apareció al final de la avenida.
El símbolo blanco pintado en la puerta era perfectamente reconocible.
Unidad Sanitaria 7.
Patrullas de limpieza.
Su trabajo consistía en localizar infectados dentro de zonas recuperadas.
Y eliminarlos.
—No.
Mateo dio media vuelta.
—Espera.
Él comenzó a alejarse.
Clara agarró su abrigo.
Mateo se volvió con violencia.
Por primera vez mostró algo animal.
Un sonido bajo salió de su garganta.
Clara soltó la tela.
Él retrocedió inmediatamente.
Parecía horrorizado por su propia reacción.
—Está bien.
Clara levantó ambas manos.
—Está bien.
La camioneta se acercaba.
Mateo miró hacia un callejón.
Después hacia ella.
—Ven conmigo.
No reaccionó.
—Mateo.
Clara señaló una puerta lateral rota.
—Si todavía confías en mí, ven.
El motor sonaba cada vez más cerca.
Mateo miró el anillo en la mano de Clara.
Y entró.
Se escondieron en una antigua lavandería.
Clara cerró la puerta.
La oscuridad olía a humedad y detergente viejo.
Mateo se pegó a la pared opuesta.
Nunca intentó acercarse.
Fuera, la camioneta se detuvo.
Voces.
—Hemos visto movimiento.
—Revisad ambos lados.
Clara volvió a levantar el rifle.
Mateo señaló la puerta.
Después se señaló a sí mismo.
Y finalmente hizo un gesto hacia fuera.
—¿Quieres salir para que no me encuentren contigo?
Asintió.
Clara sintió un nudo.
—No.
Mateo insistió.
—He dicho que no.
Él bajó la cabeza.
—Llevo casi dos años pensando que estás muerto.
Pausa.
—No pienso encontrarte durante cinco minutos para volver a perderte porque a ti te parezca una buena idea.
Durante una fracción de segundo, algo ocurrió en la cara deformada de Mateo.
Casi una sonrisa.
Clara comenzó a llorar otra vez.
—Idiota.
El ruido de las botas pasó frente a la puerta.
No entraron.
Cinco minutos después el motor desapareció.
Clara sabía que no podía llevarlo al refugio.
Allí vivían cuarenta y dos personas.
Entre ellas seis niños.
Aunque Mateo mantuviera recuerdos, nadie sabía hasta qué punto podía controlar los impulsos de la infección.
Así que lo llevó a otro sitio.
La antigua clínica veterinaria de su amiga Inés Robles.
Inés había sido microbióloga antes del colapso sanitario.
Ahora curaba fracturas, infecciones, heridas y cualquier cosa que no matara de inmediato.
Cuando Clara abrió la puerta trasera y entró con Mateo, Inés sacó una pistola.
—¿Qué coño haces?
—No dispares.
—Clara.
—Escúchame.
—¡Aléjate de él!
Mateo retrocedió voluntariamente hasta una esquina.
Inés lo vio.
Se quedó quieta.
—¿Ha hecho eso solo?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que lo encontré.
—No significa nada.
Clara abrió la mano.
El anillo brilló.
—Es Mateo.
Inés dejó de hablar.
También lo había conocido.
Había estado en aquella cena en la que anunciaron su compromiso.
—No.
—Sí.
—Mateo murió.
—Eso creíamos.
—Clara…
—Me ha reconocido.
—Los infectados imitan comportamientos.
—Me dio esto.
Inés miró el anillo.
—Podría llevarlo encima.
—Hizo nuestro gesto.
—¿Qué gesto?
Clara se tocó dos veces el pecho y la señaló.
Inés perdió parte de su dureza.
—Eso…
—Nadie lo sabía.
Mateo observaba desde la esquina.
Inés bajó lentamente el arma.
—No significa que sea seguro.
—No he dicho que lo sea.
—Entonces ¿qué quieres?
Clara miró al hombre que había amado.
—Quiero saber cuánto queda de él.
Inés tardó tres horas en examinarlo.
Mateo permitió que lo atara a una camilla.
No opuso resistencia.
Cada vez que Inés le explicaba lo que iba a hacer, él parecía comprender.
Su pulso era anormalmente lento.
La temperatura corporal, muy baja.
La infección había alterado tejidos, circulación y respuesta neurológica.
Pero había una cosa imposible.
La actividad cerebral.
—Clara.
Inés miraba un monitor alimentado por un generador.
—Ven aquí.
—¿Qué?
—Mira.
Clara no entendía las líneas.
—Explícamelo.
—Hay respuesta organizada.
—¿Eso significa…?
—Significa que no está vacío.
Clara se agarró al borde de la mesa.
—¿Cuánto?
—No puedo saberlo.
—Pero está ahí.
Inés miró a Mateo.
—Sí.
Pausa.
—Alguien está ahí.
Clara empezó a llorar.
Mateo giró lentamente la cabeza hacia ella.
Y una lágrima descendió por aquella piel endurecida.
Inés dio un paso atrás.
—Dios.
Clara se acercó.
—Mateo.
Él cerró los ojos.
Aquella noche encontraron algo dentro de su abrigo.
Un cuaderno.
Protegido por varias capas de plástico.
Las primeras páginas eran de Mateo.
La letra empezaba normal.
19 de febrero. No sé dónde estoy. Nos llevaron al centro de aislamiento de San Gabriel. Jorge murió esta madrugada.
Más adelante:
23 de febrero. Tengo fiebre. No quiero que Clara venga. He pedido que le digan que morí en la ambulancia.
Clara dejó de leer.
—No.
Inés la miró.
—Clara…
—Él sabía que yo lo estaba buscando.
Siguió.
No puedo dejar que me vea así.
Otra página.
La letra se volvía irregular.
3 de marzo. Empiezo a olvidar palabras. Recuerdo su cara. Tengo miedo de que sea lo último.
Después:
12 de marzo. Hay momentos en los que despierto lejos de donde estaba. No sé qué hice mientras tanto.
Clara temblaba.
17 de marzo. He escondido el anillo. Cuando no pueda recordar mi nombre, quiero recordar al menos a quién pertenecía.
Las últimas páginas apenas podían leerse.
Frases.
Palabras.
Después sólo nombres.
Clara.
Lago.
Septiembre.
Siempre.
Y finalmente, una única frase escrita meses después con enorme esfuerzo:
Volver cuando pueda detenerme.
Clara levantó la cabeza.
Mateo la estaba mirando.
Comprendió.
No había desaparecido porque hubiera olvidado volver.
Había pasado casi dos años intentando aprender a no hacerle daño.