AL AMANECER, TRESCIENTOS GUERREROS APACHES RODEARON EL RANCHO DE CORVIN TORNE… TODO POR UN CUCHARÓN DE AGUA QUE HABÍA DADO A UNA DESCONOCIDA

Relato completamente ficticio ambientado en un territorio fronterizo imaginario del Oeste norteamericano. Los personajes, compañías, documentos y acontecimientos narrados son ficticios.
PARTE I — LA MUJER DEL POZO Y LOS TRESCIENTOS HOMBRES DE LAS COLINAS
Al amanecer, Corvin Torne salió al porche con los tirantes todavía sueltos sobre los hombros y pensó, por primera vez en muchos años, que quizá no llegaría vivo al desayuno.
En la loma del norte había jinetes.
Primero distinguió diez.
Después veinte.
Luego dejó de contar.
A medida que la luz pálida descendía sobre el valle, aparecieron más siluetas en la pendiente oriental, otras junto al cauce seco del oeste y decenas sobre las rocas que dominaban la entrada del rancho.
Caballos.
Lanzas.
Rifles.
Hombres inmóviles.
Casi trescientos.
Corvin permaneció quieto en mitad del patio.
Detrás de él, sus caballos se apretaban contra la valla.
Uno resopló.
Otro golpeó la madera con una coz.
A su derecha, apoyado junto a la puerta de la casa, estaba su rifle.
Corvin miró el arma.
Después miró las colinas.
Una parte primitiva de su cerebro le pidió que la cogiera.
Morir de pie.
Disparar primero.
Demostrar que no tenía miedo.
Pero Corvin llevaba cuarenta y dos años aprendiendo algo mucho más difícil que hacerse el valiente.
Saber cuándo el orgullo era otra forma de estupidez.
Un rifle contra trescientos hombres no era resistencia.
Era suicidio.
Así que dejó el arma donde estaba.
Dio unos pasos hacia el centro del patio con las manos bien visibles.
Y esperó.
El día anterior había empezado de la forma más aburrida posible.
Calor.
Moscas.
Una bisagra rota.
Dos caballos que necesitaban agua.
Corvin llevaba un cubo desde el pozo cuando vio a alguien apoyado contra la valla.
Era una mujer.
Muy alta.
Tanto que, incluso medio derrumbada sobre el poste, parecía superar en altura a cualquier mujer que Corvin hubiera conocido.
Llevaba el cabello oscuro pegado a la cara por el sudor y el polvo.
Había sangre seca cerca de una sien y otra mancha más oscura sobre el hombro izquierdo.
Su ropa de piel estaba endurecida por el camino.
El collar de cuentas que llevaba al cuello había perdido color bajo el polvo.
Sus labios estaban casi blancos.
Corvin dejó el cubo.
No cogió el rifle.
Tampoco se acercó demasiado deprisa.
Simplemente sacó agua del pozo con un cucharón de lata.
Lo extendió.
La mujer lo miró.
No había súplica en sus ojos.
Ni agradecimiento anticipado.
Sólo vigilancia.
Evaluaba cada uno de sus movimientos.
Corvin esperó.
Finalmente ella aceptó el cucharón.
Bebió tres veces.
Despacio.
Como si incluso al borde del agotamiento se negara a beber de una forma que pudiera parecer desesperada.
Después se enderezó.
Corvin tuvo que levantar ligeramente la barbilla para mirarla.
—Hay más —dijo.
Ella no respondió.
Miró hacia las colinas del norte.
Después volvió a mirarlo a él.
Durante unos segundos lo observó con tal intensidad que Corvin tuvo la absurda sensación de que estaba memorizando su cara.
Entonces le devolvió el cucharón.
Se marchó.
Nada más.
Sin nombre.
Sin explicación.
Sin gracias.
Corvin la vio alejarse hasta que el calor deformó su silueta.
Después siguió trabajando.
Vivía solo desde hacía casi doce años.
Dos jornadas a caballo lo separaban del vecino más cercano.
Aquello le gustaba.
No había cotilleos.
Nadie preguntaba por qué nunca se había casado.
Nadie le decía cuándo tenía que vender.
Ni sembrar.
Ni mudarse.
Ni perdonar.
Corvin se ocupaba de las cercas, del ganado, de los caballos y de su libro de cuentas.
Cada noche anotaba lo importante.
El día anterior, exactamente a las siete y cuarenta y dos, había escrito:
Mujer apache junto al pozo. Herida. Le di agua. Se marchó al norte.
Nada más.
No añadió:
Parecía perseguida.
Ni:
Me inquietó.
Ni:
Puede que vuelva.
Corvin desconfiaba de la memoria cuando el miedo aparecía.
Los hechos escritos antes de saber que serían importantes solían ser más fiables que los recuerdos reconstruidos después.
Aquella noche, los caballos empezaron a ponerse nerviosos.
Una yegua lanzó un relincho agudo.
Corvin se incorporó en la cama y cogió el rifle.
Esperó.
Nada.
Sólo viento contra las paredes.
Por la mañana descubrió que el silencio podía ser peor.
Ninguno de los jinetes en las lomas avanzó.
Eso desconcertó a Corvin.
Había visto ataques antes.
Un ataque era velocidad.
Ruido.
Polvo.
Un golpe rápido antes de que la víctima pudiera pensar.
Aquello era distinto.
Los hombres permanecían inmóviles.
No parecían una tormenta.
Parecían una pregunta.
Finalmente, un jinete se separó del grupo del norte.
Era un hombre mayor.
Descendió despacio por la pendiente.
Cabello gris.
Rostro endurecido por décadas de sol y viento.
No llevaba pintura de guerra.
No la necesitaba.
Cuando llegó a unos quince metros del patio, detuvo el caballo.
Miró a Corvin.
Levantó una mano.
No como saludo.
Como señal.
Entonces señaló el pozo.
Corvin frunció el ceño.
Un movimiento recorrió la loma oriental.
Los jinetes se separaron.
Abrieron un pasillo.
Y por aquel pasillo apareció ella.
La mujer del día anterior.
Caminaba hacia el rancho.
Esta vez no parecía una desconocida perdida.
Los hombres abrían espacio a su paso.
Corvin sintió que el estómago se le cerraba.
Cuando llegó al patio, vio que llevaba el hombro vendado.
La mujer lo miró de nuevo.
El anciano habló.
Su inglés era lento pero claro.
—Ella dice que le diste agua.
Corvin miró a la mujer.
—Un cucharón.
—A ella.
—Sí.
—Mientras sangraba.
—Sí.
—Sin pedir dinero.
Corvin empezó a irritarse.
—Era agua.
El anciano lo observó.
Después dijo:
—Por eso sigues de pie.
Corvin tragó saliva.
—Eso no me tranquiliza demasiado.
Por primera vez, la mujer pareció contener una sonrisa.
El hombre mayor señaló hacia ella.
—Naya.
Corvin asintió.
—Naya.
Luego señaló su propio pecho.
—Taza.
Era tío materno de Naya y uno de los hombres con mayor autoridad entre los grupos reunidos en el valle.
No era rey.
No era una figura mágica.
Su autoridad venía de los años, de la familia, de acuerdos, de decisiones y del hecho de que otros hombres decidían escucharle.
Corvin lo entendería mucho después.
Aquella mañana sólo entendía una cosa:
trescientas personas estaban allí por algo relacionado con su pozo.
Naya habló.
Esta vez Corvin descubrió que sabía algo de inglés.
—Hombres siguieron ayer.
—¿Qué hombres?
Naya sacó un papel doblado de debajo del cinturón.
Estaba sucio.
Roto por una esquina.
Tenía una mancha de sangre.
Corvin lo abrió.
Era un plano.
Líneas de propiedad.
Marcas de agua.
Firmas.
Sellos del condado.
Y un nombre repetido varias veces:
BELLROSE CATTLE & LAND COMPANY.
Corvin conocía Bellrose.
Todo el territorio lo conocía.
Compraban ranchos arruinados.
Deudas.
Derechos de pastoreo.
Pozos.
Tierras abandonadas.
A veces legalmente.
A veces aprovechándose del momento exacto en que alguien ya no podía defenderse.
Corvin señaló una línea.
—Éste es mi límite norte.
Taza asintió.
—No sólo tuyo.
El mapa mostraba algo que Corvin nunca había visto completo.
La corriente subterránea que alimentaba su pozo continuaba hacia el norte.
Atravesaba terreno utilizado por familias apaches.
Después bajaba al sur.
Hacia parcelas controladas por Bellrose.
Naya señaló la zona.
—Bellrose dice toda agua suya.
Corvin soltó una carcajada seca.
—Eso no funciona así.
Taza respondió:
—Hombres con papeles dicen muchas cosas.
Corvin dejó de reír.
—Si necesitabais agua —dijo—, podíais haber enviado a cinco hombres.
Taza lo miró.
—Lo hicimos.
Corvin sintió el cambio antes de preguntar.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro días.
—¿Y?
—Dos volvieron.
Corvin miró a Naya.
—¿Los otros?
Taza señaló hacia el este.
—Muertos junto a una cerca de Bellrose.
Ahora el valle era diferente.
Ya no había sólo sed.
Había muertos.
—¿Quién los mató?
—No sabemos.
Aquella respuesta importaba.
Taza no dijo:
Bellrose.
Dijo:
No sabemos.
Después añadió:
—Bellrose dice que apaches mataron a dos de sus hombres.
Corvin cerró los ojos un instante.
Dos muertos de un lado.
Dos del otro.
Agua disputada.
Rifles.
Trescientos guerreros.
Era exactamente la clase de mezcla que convertía un problema de propiedad en una guerra.
—¿Qué hacías tú en el campamento de Bellrose? —preguntó Corvin a Naya.
—Miraba.
—¿Y el plano?
—Lo tomé.
—¿Lo robaste?
Naya sostuvo su mirada.
—Ellos roban agua.
Corvin suspiró.
—Eso no convierte automáticamente el robo en buena idea.
—No.
—Bien.
—Pero sirvió.
Corvin miró el mapa.
No podía discutirlo.
Taza señaló el pozo.
—Necesitamos agua hoy.
Corvin volvió la vista hacia las lomas.
Trescientos hombres.
Y sus caballos.
—Si todos bebéis aquí, puedo bajar demasiado el nivel.
—Lo sabemos.
Corvin hizo cálculos mentales.
Los dos depósitos.
Los abrevaderos.
El agua destinada al pasto oriental.
—Podría dar cuarenta barriles antes del anochecer si hoy no riego el este.
Taza habló con Naya.
Después respondió:
—Veinte.
Corvin frunció el ceño.
—¿Pedís menos?
—No necesitamos que mueras mañana por nuestra sed de hoy.
Aquella frase se quedó con Corvin durante décadas.
Bajaron por grupos.
Diez.
Quince.
Veinte.
No entraron en la casa.
No tocaron ganado.
No exigieron nada.
Llenaban odres.
Daban agua a los caballos.
Se retiraban.
Un muchacho joven ofreció a Corvin carne seca.
Él la aceptó.
Intercambio.
No deuda.
A mediodía, el paisaje dejó de parecer un cerco militar.
Parecía un campamento gigantesco y extremadamente incómodo.
Naya encontró el libro de cuentas de Corvin abierto sobre una mesa.
Leyó la entrada de la víspera.
—¿Escribes hora?
—Sí.
—¿Siempre?
—Casi siempre.
—¿Por qué?
Corvin respondió:
—Porque el miedo hace que la memoria mienta.
Naya lo miró.
Después sonrió por primera vez.
—Puede que seas útil.
Corvin resopló.
—Estupendo. Eso siempre acaba trayendo problemas.
No se equivocaba.
Aquella tarde apareció un jinete desde el sur.
Llevaba una tela blanca atada al rifle.
Se detuvo lejos del rancho.
Cuando vio el campamento, perdió parte del color.
Se llamaba Owen Pike.
Capataz de Bellrose.
Traía un aviso escrito.
Corvin lo leyó:
Ocupación armada ilegal de propiedad hídrica reconocida a Bellrose.
Corvin levantó la vista.
—Mi pozo está dentro de mi escritura.
—Bellrose posee derechos prioritarios sobre el manantial.
—¿Comprados a quién?
—Están registrados.
—Enséñame el documento.
—No lo llevo.
—Qué oportuno.
Owen tragó saliva.
—También está dando refugio a asaltantes.
Corvin miró hacia Taza.
—No.
—Hay trescientos hombres armados.
—Bebiendo agua.
—Eso parece un ejército.
Corvin respondió:
—Entonces deberías alegrarte de que sólo tengan sed.
Owen no sonrió.
Le entregó un segundo papel.
Amenaza de desalojo.
Embargo de ganado.
Cargos penales.
Corvin lo leyó dos veces.
—¿Desalojarme de mi propio rancho?
—El incumplimiento de derechos de agua puede afectar la propiedad.
—¿Cuándo registró Bellrose ese derecho?
Owen dudó.
—El mes pasado.
Corvin levantó las cejas.
—Llevo once años aquí.
—El derecho es anterior.
—¿De quién?
Silencio.
Entonces Naya hizo una pregunta.
—¿Qué hora vinieron hombres ayer?
Corvin la miró.
—No vino nadie.
Ella frunció el ceño.
Bellrose había informado al condado de que un grupo de exploradores apaches había amenazado el rancho de Corvin al caer la tarde.
Eso justificaba, según ellos, patrullas armadas alrededor de la zona.
Pero el libro de cuentas decía otra cosa.
A las siete y cuarenta y dos, Corvin había anotado a Naya sola.
Antes había registrado comida para caballos.
Una cerca reparada.
Una bisagra.
Nada más.
La historia de Bellrose colocaba una amenaza organizada exactamente en un momento en que Corvin sabía que no había ocurrido.
Taza preguntó:
—¿Dirás eso ante un marshal?
—Sí.
—¿Ante un juez?
—Sí.
Owen Pike palideció.
Corvin lo vio.
—¿Qué sabes?
—Nada.
—Eso no era cara de nada.
Owen miró alrededor.
Después susurró:
—Bellrose trae hombres mañana.
—¿Cuántos?
—Sesenta.
—¿Para qué?
Pausa.
—Limpiar el valle.
Aquella palabra cayó con más peso que cualquier amenaza.
Limpiar.
No negociar.
No verificar.
Eliminar el problema de la vista.
Corvin comprendió por fin el mecanismo.
Si sesenta hombres de Bellrose llegaban y encontraban trescientos apaches ocupando las lomas, bastaba un disparo.
Después otro.
Después el territorio entero recibiría una historia sencilla:
levantamiento apache.
Llegarían soldados.
Órdenes de expulsión.
Propiedades abandonadas.
Agua barata.
Tierra barata.
Y Bellrose compraría lo que quedara.
Taza dijo:
—Nos quedamos.
Corvin negó.
—No así.
Todos lo miraron.
—Si mañana seguís rodeando mi rancho como ahora, Bellrose tendrá exactamente la imagen que necesita.
Taza endureció la expresión.
—¿Dices que abandonemos el agua?
—No.
—¿Entonces?
Corvin levantó su libro.
—Quiero testigos.
No más guerreros.
Testigos.
Rancheros.
Un sacerdote.
El marshal territorial.
Alguien de la oficina de catastros.
Personas cuya presencia hiciera difícil convertir la mañana siguiente en una historia de salvajes atacando colonos.
Taza lo observó durante mucho tiempo.
—Crees que el papel detiene balas.
Corvin negó.
—Creo que las balas ayudan a quien controla después el papel.
Eso sí llamó la atención de Taza.
Antes del anochecer enviaron mensajeros.
Uno fue a buscar al marshal Daniel Reed.
Otro al padre Abel.
Otro a Luis Ortega, ranchero del oeste.
Otro hacia el registro del condado.
Owen Pike se ofreció a cabalgar al sur.
Nadie confiaba en él.
Pero Corvin le dejó una frase:
—Si mañana vas a estar allí, decide antes qué tipo de hombre quieres ser.
Los trescientos apaches abandonaron las posiciones de las lomas.
No se marcharon.
Bajaron a zonas abiertas junto a los álamos.
Sus armas seguían con ellos.
Pero no estaban desplegados como un cerco.
La imagen había cambiado.
Eso era exactamente lo que Corvin quería.
Aquella noche Naya se sentó frente a él junto al fuego.
—¿Por qué ayudas?
—Porque estabas sedienta.
—Eso fue ayer.
Corvin miró las llamas.
—Porque sé cómo queda una historia cuando alguien decide quién eres antes de quitarte la tierra.
Naya esperó.
—Mi hermano perdió su rancho.
—¿Bellrose?
—Una compañía anterior.
Corvin hizo una mueca.
—Papeles de impuestos. Deuda. Un proceso que probablemente era legal.
—¿Probablemente?
—Nunca pude demostrar lo contrario.
Su hermano Ezra había empezado a beber después de perder la finca.
Murió dos años más tarde.
Corvin nunca supo si el papel había sido fraude.
Pero aprendió algo.
Que se podía destruir a una familia sin disparar un arma.
Naya asintió.
No intentó consolarlo.
Eso le gustó.
—¿Tienes miedo? —preguntó ella.
—Sí.
—¿De nosotros?
Corvin sonrió sin humor.
—Un poco.
Naya sonrió también.
—¿De Bellrose?
—Sí.
—¿De perder rancho?
—Sí.
Corvin tardó antes de añadir:
—Pero sobre todo de decidir demasiado rápido quién tiene razón.
La sonrisa de Naya desapareció.
Corvin continuó:
—Si empiezo suponiendo que Bellrose es culpable de todo simplemente porque no me gusta, puedo terminar siendo útil para otra mentira.
Naya asintió lentamente.
—Pruebas.
—Pruebas.
La mañana siguiente demostraría si todavía les quedaba tiempo para encontrarlas.
Con la primera luz apareció polvo en el sur.
Sesenta jinetes.
Bellrose había llegado.
Al frente cabalgaba Gideon Bellrose.
Cuarenta y ocho años.
Chaleco negro.
Camisa blanca.
Cadena de reloj de plata.
Una sonrisa de hombre acostumbrado a que los documentos llegaran antes que los disparos.
A su lado venían el ayudante del sheriff Malcolm Rusk y el secretario del condado Henry Pell.
Gideon bajó del caballo.
—Señor Torne.
—Bellrose.
Gideon miró hacia los grupos apaches.
—Ha creado un problema bastante serio.
Corvin señaló su pozo.
—Parece que tengo agua popular.
Gideon le entregó una orden.
Corvin leyó.
Era un requerimiento del condado que le ordenaba detener toda extracción del llamado Bellrose Spring Reserve.
Después vio la fecha.
Tres días antes.
Corvin volvió a mirar.
—Curioso.
—¿Qué?
—Según esto, hace tres días ya estaba permitiendo que grupos armados utilizaran el agua.
—Así consta.
Corvin entró en la casa.
Regresó con su libro.
Lo abrió.
Tres días antes:
Arreglé abrevadero oeste. Marqué ternero 17. Luis Ortega se fue antes del mediodía con la yegua baya. Me debe seis dólares. Sin más visitas.
Corvin levantó el libro.
—Ese día estaba solo después de mediodía.
Gideon sonrió.
—Un hombre puede escribir lo que quiera.
Entonces alguien habló detrás.
—No después de que yo lo viera escribir.
Luis Ortega acababa de llegar.
Corvin lo miró.
Luis sonrió.
—Y todavía te debo los seis dólares.
Después llegó el padre Abel.
Dos transportistas.
Owen Pike.
Y finalmente el marshal Daniel Reed con cuatro ayudantes.
La sonrisa de Gideon Bellrose se hizo más pequeña.
Reed examinó la orden.
—Falta el sello personal del juez Morrison.
Henry Pell tragó saliva.
—Es copia del registro.
—¿Dónde está el original?
—En el juzgado.
—Lo comprobaremos.
Corvin señaló la fecha.
—Quiero saber cuándo se redactó.
Pell comenzó a sudar.
Reed lo miró.
—¿Cuándo?
Silencio.
—Ayer.
Nadie se movió.
—Pero lleva fecha de hace tres días.
Pell empezó a llorar.
—Me obligaron.
Reed preguntó:
—¿Quién?
Pell miró a Bellrose.
Aquello no demostraba todo.
Pero era una grieta.
Y Corvin había aprendido que las grietas podían revelar estructuras enteras.
Bellrose presentó otro plano.
Corvin lo comparó con el que había robado Naya.
Los mapas partían de la misma base.
Pero no decían lo mismo.
En el documento de Bellrose, el nacimiento del agua aparecía completamente dentro de su parcela.
En el de Naya, el sistema subterráneo atravesaba varias propiedades.
Ambos estaban firmados por el mismo agrimensor:
Amos Vale.
—¿Dónde está? —preguntó Reed.
Gideon respondió:
—California.
Owen Pike levantó la cabeza.
Corvin lo vio.
—¿Qué?
Owen tragó saliva.
—No está en California.
Gideon giró lentamente.
—Cuidado, Pike.
Reed se interpuso.
—Habla.
—Está en el campamento norte de Bellrose.
Reed envió dos hombres.
Taza permitió que dos de los suyos los guiaran.
Tres horas más tarde regresaron con Amos Vale.
Estaba vivo.
Cansado.
Con un moratón en la mandíbula.
No encadenado.
Pero tampoco parecía un hombre que hubiera podido marcharse cuando quisiera.
Reed colocó los dos mapas delante de él.
—¿Los hizo usted?
Vale miró a Bellrose.
Después a Naya.
Después a Corvin.
—Sí.
—¿Por qué son distintos?
Vale cerró los ojos.
El primero reflejaba su estudio preliminar.
El segundo había sido modificado a petición de Bellrose.
Le habían presionado con deudas.
Amenazado con destruir su reputación.
Obligado a desplazar líneas.
—¿Bellrose posee todo el sistema de agua?
Vale negó.
—Ningún plano de este tipo demuestra por sí solo propiedad absoluta de un acuífero.
Había derechos de superficie.
Derechos de pozo.
Usos previos.
Reclamaciones históricas.
Registros contradictorios.
Y derechos de comunidades que existían mucho antes que los archivos del condado.
No había un vencedor sencillo.
Pero una cosa sí estaba clara:
Bellrose no tenía el derecho exclusivo que afirmaba tener.
Gideon miró a los sesenta hombres que había traído.
Después a los cientos de apaches.
Luego al marshal.
—Supongamos que decido ejercer mis derechos igualmente.
Reed no fingió valentía.
—Con cuatro ayudantes no puedo detener a sesenta hombres.
Gideon sonrió.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No.
Reed dio un paso.
—Estoy diciendo que quizá no pueda detenerte.
Pausa.
—Pero puedo dejar registrado quién empieza la violencia.
Aquella frase cambió la mañana.
Porque Gideon necesitaba confusión.
Necesitaba una agresión apache.
Un enfrentamiento.
Una excusa.
No necesitaba seis testigos, un sacerdote, rancheros, un agrimensor y un marshal viendo cómo él ordenaba abrir fuego.
Uno de sus guardias bajó el rifle.
Después otro.
Gideon giró.
—¿Qué estáis haciendo?
El primero respondió:
—Me contrataron para vigilar ganado.
Miró a los apaches.
—No para empezar una guerra.
Un tercero bajó el arma.
Después un cuarto.
Y de repente sesenta hombres dejaron de parecer un ejército.
Parecieron lo que realmente eran.
Hombres pagados.
Con familias.
Y con muy pocas ganas de morir por un mapa que acababan de descubrir que podía ser falso.
Gideon Bellrose miró a Corvin.
—Esto no ha terminado.
Corvin asintió.
—Lo sé.
May you like
Y precisamente por eso no sonrió.
Porque la verdadera pelea empezaba entonces.