PARTE II — LO QUE DORMÍA BAJO EL TRONO

Las campanas del palacio empezaron a sonar sin que nadie las tocara.
Una.
Dos.
Tres.
Hasta trece.
En Valdoria solo existía una leyenda sobre trece campanadas.
Nadie la contaba a los niños.
Cuando el Guardián despierte, el Umbral volverá a abrirse.
Elías miró las grietas.
—Mara…
Ella consiguió levantarse.
—No te muevas.
—¿Qué está pasando?
Mara lo miró como solo una madre puede mirar a un niño cuando sabe que está a punto de destruir la única mentira con la que consiguió protegerlo.
—Te prometí que algún día te contaría quién fue tu madre.
Elías tragó saliva.
—Dijiste que murió.
—Sí.
—¿Era una princesa?
Mara cerró los ojos.
—Sí.
El niño giró lentamente hacia Leandro.
El rey parecía casi incapaz de sostenerse en pie.
Elías había visto al monarca cientos de veces.
Desde lejos.
En procesiones.
En balcones.
En ceremonias.
Jamás había imaginado que aquel hombre fuera su abuelo.
—¿Tú eres…?
Leandro intentó acercarse.
Elías retrocedió.
El gesto fue pequeño.
Pero al rey le dolió más que cualquier herida recibida en guerra.
No tenía derecho a esperar otra cosa.
Para el niño, él era un extraño.
Octavio Varel aprovechó el caos.
—Majestad, debemos encerrar al muchacho.
Leandro giró lentamente.
—¿Encerrarlo?
—Habéis visto lo ocurrido.
Señaló a la criatura negra.
—Eso respondió a él.
El monstruo permanecía arrodillado.
No atacaba.
Pero cada respiración expulsaba humo oscuro por sus fosas nasales.
—El Sello de Aram fue creado para contener esas criaturas —continuó Octavio—. El niño lo ha roto.
Un anciano entre los sacerdotes habló:
—No exactamente.
Todos lo miraron.
Era el padre Aurelio, custodio de los archivos reales.
Casi ochenta años.
Ciego de un ojo.
Considerado por muchos poco más que un guardián de libros antiguos.
Aurelio se acercó lentamente al círculo.
—Las historias que enseñamos sobre el sello no son completas.
Octavio endureció la mandíbula.
—No es momento para leyendas.
Aurelio lo ignoró.
—El Códice no se abrió porque Elías destruyera el sello.
Señaló el gigantesco libro.
—Se abrió porque lo reconoció.
Leandro frunció el ceño.
—¿Reconoció qué?
Aurelio miró al niño.
—A su dueño.
Los primeros reyes de Valdoria no habían derrotado a los dragones.
Habían hecho un pacto con ellos.
Hacía ochocientos años, cuando criaturas procedentes del Abismo de Nareth cruzaron hacia el mundo humano, el primer rey, Edrian, comprendió que ningún ejército podía detenerlas.
Entonces apareció Aram, un guardián capaz de hablar con los seres antiguos.
Aram y Edrian sellaron el Abismo.
El rey aportó su sangre.
El Guardián, su poder.
Desde entonces, ambas familias compartieron una responsabilidad.
La Casa Real gobernaría.
Los Guardianes mantendrían el Umbral cerrado.
Durante siglos funcionó.
Hasta que los reyes empezaron a temer a aquellos que podían controlar fuerzas que ellos no comprendían.
Las dos familias se separaron.
Se prohibieron matrimonios entre ambas líneas.
Los Guardianes quedaron reducidos a una orden secreta.
Finalmente casi desaparecieron.
Cael Arven había sido el último.
—Mi padre —susurró Elías.
Aurelio asintió.
—Tu padre.
El niño miró a Mara.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
Ella apenas pudo responder.
—Porque me pidió que no lo hiciera.
—¿Quién?
Mara miró hacia el rey.
—Tu madre.
Helena no había sido una princesa obediente.
Desde niña había preguntado demasiado.
Por qué determinadas salas estaban prohibidas.
Por qué el ala norte tenía puertas sin cerraduras.
Por qué cada rey debía jurar ante un círculo que supuestamente ya no poseía magia.
Cuando conoció a Cael Arven, encontró respuestas.
Cael era seis años mayor.
Había crecido lejos de la corte.
Su familia llevaba generaciones protegiendo documentos que el palacio oficialmente negaba que existieran.
Helena se enamoró de él.
Leandro se opuso.
No porque Cael fuera pobre.
Porque Octavio le había mostrado una profecía.
Cuando la sangre de la Corona se una con la del Guardián, nacerá aquel que abrirá el Umbral y terminará con el reino de los hombres.
Leandro creyó que estaba protegiendo Valdoria.
Ordenó separar a su hija de Cael.
Helena huyó.
Meses después llegó la noticia de su muerte.
—Yo vi aquella profecía —dijo Leandro.
Aurelio lo miró.
—Visteis una parte.
El rey sintió frío.
—¿Qué quieres decir?
El sacerdote sacó de su túnica un pequeño rollo de pergamino.
—La página original fue cortada.
Octavio dio un paso.
—Eso es absurdo.
Aurelio abrió el documento.
—La frase completa decía: “Nacerá aquel que abrirá el Umbral cuando llegue el día en que deba cerrarse para siempre”.
Silencio.
Leandro giró lentamente hacia Octavio.
—Tú me entregaste aquella traducción.
Octavio no respondió.
—Tú.
El canciller apretó los labios.
—Hice lo necesario.
Mara soltó un sonido ahogado.
Elías miró al hombre.
—¿Qué hiciste?
Octavio no había querido destruir el reino.
Eso era lo que siempre se repetía.
Su padre había muerto sirviendo a un rey.
Su abuelo también.
Durante generaciones, los Varel habían estado a un paso del poder.
Siempre consejeros.
Nunca soberanos.
Cuando Helena se enamoró del último Guardián, Octavio comprendió algo que nadie más parecía ver.
Si aquel matrimonio producía un hijo, el niño poseería dos legitimidades.
La Corona.
Y el poder del antiguo pacto.
Ninguna familia podría competir con él.
Ni siquiera los Varel.
Así que modificó la profecía.
Alimentó el miedo del rey.
Ordenó vigilar a Helena.
Y cuando descubrió que estaba embarazada, actuó.
El carruaje de Helena fue interceptado camino a la frontera.
Cael intentó defenderla.
Murió.
Helena sobrevivió herida.
Mara, que había sido su doncella desde niña, consiguió sacarla de allí.
Se escondieron durante dos meses.
Elías nació en una pequeña casa en las montañas.
—¿Mi madre vivió después de que yo naciera? —preguntó el niño.
Mara empezó a llorar.
—Tres días.
Elías se quedó completamente quieto.
—¿Me vio?
—No dejó de mirarte.
Mara se llevó una mano al pecho.
—Estaba muy débil. Sabía que no sobreviviría.
Elías intentó hablar.
No pudo.
—Te puso en mis brazos —continuó Mara— y dijo: “No permitas que lo conviertan en un símbolo antes de que tenga edad para ser un niño”.
Elías bajó la cabeza.
Una lágrima cayó sobre el mármol.
El monstruo detrás de él emitió un sonido bajo.
Casi un lamento.
Leandro miraba a Mara como un hombre condenado.
—¿Por qué no volviste conmigo?
Mara estalló.
—¿Volver?
Toda la corte quedó en silencio.
Nadie hablaba así al rey.
A Mara ya no le importaba.
—¡Vuestra hija huyó porque creyó que vos ordenaríais matar a su hijo!
Leandro palideció.
—Jamás…
—Ella no lo sabía.
Mara señaló a Octavio.
—Porque este hombre llevaba meses convenciéndola de que vos considerabais a su hijo una amenaza.
Leandro miró al canciller.
—¿Es cierto?
Octavio no respondió.
El silencio fue respuesta suficiente.
El rey cerró los ojos.
Su hija había muerto creyendo que su propio padre podía destruir a su bebé.
No había corona capaz de proteger a un hombre de aquella verdad.
Un rugido interrumpió todo.
La criatura negra levantó la cabeza.
Pero esta vez no miró a Elías.
Miró el suelo.
Las grietas empezaron a emitir luz roja.
Aurelio se volvió hacia el Códice.
—No tenemos tiempo.
—¿Para qué? —preguntó Amalia.
—El sello se está abriendo.
—Pensaste que el niño debía cerrarlo.
—Puede hacerlo.
Aurelio miró a Elías.
—Pero no solo.
El gigantesco libro pasó páginas.
Sobre una de ellas aparecieron dos símbolos.
Una corona.
Y una mano rodeada de llamas.
—Sangre de rey —dijo Aurelio—. Sangre de Guardián.
Leandro miró al niño.
—Él tiene ambas.
—Por eso pudo despertarlo.
Aurelio negó.
—Pero abrir y cerrar no son lo mismo.
El anciano señaló la grieta.
—El pacto original necesitaba dos voluntades. Un rey que eligiera entregar poder y un Guardián que eligiera no utilizarlo para gobernar.
Leandro comprendió.
—Yo.
—Sí.
—¿Qué tengo que hacer?
Octavio gritó:
—¡Majestad, no!
Leandro giró.
—Cállate.
—Si entrega la Sangre de Corona al sello, puede perder el vínculo real.
—¿Y?
Octavio quedó perplejo.
—El trono.
Leandro miró a Elías.
Después a la grieta que amenazaba con partir el palacio.
—He perdido cosas más importantes que un trono por escucharte.
Octavio comprendió que todo terminaba.
Su poder.
Su familia.
El futuro de Darío.
Todo.
Sacó una pequeña daga oculta.
Amalia lo vio.
—¡Abuelo!
Octavio corrió.
No hacia Leandro.
Hacia Elías.
Si el niño moría antes de completar el pacto, la línea unida desaparecería.
Tal vez el sello podría reconstruirse después.
Tal vez aún quedaría una salida.
Nunca llegó.
La criatura negra se interpuso.
No atacó.
Solo abrió una enorme mano entre Octavio y el niño.
El canciller cayó hacia atrás.
La daga resbaló sobre el mármol.
Los guardias lo rodearon.
Leandro lo observó.
—Durante diez años viví creyendo que mi hija había muerto por desafiarme.
Octavio respiraba con dificultad.
—Yo protegí vuestro reino.
—No.
Leandro negó.
—Protegiste el lugar que querías ocupar dentro de él.
Los soldados se llevaron al canciller.
Darío permaneció en el suelo, mirando a su tío desaparecer.
Toda la arrogancia había desaparecido de su rostro.
El palacio volvió a sacudirse.
Esta vez el mármol se abrió.
Una columna de humo rojo surgió del centro del patio.
Bajo ellos se veía algo.
Un vacío.
Tan profundo que no alcanzaba a verse el fondo.
Y dentro…
ojos.
Docenas.
Cientos.
Aurelio gritó:
—¡El Abismo está despertando!
Elías retrocedió.
—No puedo.
Leandro avanzó hacia él.
—Sí puedes.
—Ni siquiera sé qué estoy haciendo.
—Yo tampoco.
—Eres el rey.
Leandro soltó una risa triste.
—Eso nunca significó que supiera lo que hacía.
Elías lo miró.
Por primera vez no vio un monarca.
Vio a un anciano que acababa de descubrir que su hija murió temiéndolo.
—¿Conociste a mi madre?
La pregunta llegó en mitad del caos.
Leandro quedó inmóvil.
—Desde el día en que nació.
—¿Cómo era?
A Leandro se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Terrible.
Elías parpadeó.
—¿Qué?
—Discutía todo.
Mara rio entre lágrimas.
Leandro continuó:
—No obedecía una orden sin preguntar por qué tres veces.
—Cuatro —corrigió Mara.
—Cuatro.
El rey sonrió.
—Una vez soltó doce caballos porque decidió que no era justo que pasaran una ceremonia atados.
Elías casi sonrió.
—Mara dice que yo pregunto demasiado.
—Entonces eso viene de ella.
La grieta rugió.
Leandro extendió una mano.
—No puedo devolvértela.
La voz se le quebró.
—Tampoco puedo recuperar los diez años que te hicieron vivir pensando que no tenías familia.
Elías miró aquella mano.
—Pero si me permites…
Pausa.
—Esta vez no voy a dejarte solo.
El niño tomó su mano.
El Códice se abrió de golpe.
Las letras empezaron a arder.
Aurelio gritó las palabras antiguas.
—¡Entrad juntos en el centro!
Leandro y Elías avanzaron.
La criatura negra los siguió hasta el borde.
—¿Qué es? —preguntó Elías.
Aurelio miró al enorme ser.
—Se llama Vaelor.
—¿Es un monstruo?
El sacerdote negó.
—Es el último Guardián Primordial.
Vaelor inclinó la cabeza ante Elías.
—Te ha esperado desde antes de que nacieras.
El niño abrió los ojos.
—¿Me conoce?
Una voz surgió directamente en su mente.
Conocí a tu padre.
Elías se estremeció.
—¿Cael?
La criatura cerró los ojos.
Murió manteniéndote vivo.
Elías empezó a llorar.
No había tiempo para preguntar más.
La grieta se abrió otro metro.
Una garra surgió del Abismo.
Luego otra.
Vaelor rugió y se lanzó sobre ellas.
El patio se llenó de humo y fuego oscuro.
Aurelio gritó:
—¡Ahora!
Leandro colocó una mano sobre el símbolo de la corona.
Elías hizo lo mismo sobre el del Guardián.
Dolor.
El rey cayó de rodillas.
El niño gritó.
Una luz recorrió sus brazos.
Imágenes invadieron la mente de Elías.
Helena corriendo por corredores de niña.
Cael leyendo libros prohibidos.
Ambos juntos bajo un árbol.
Helena embarazada.
Cael colocando una mano sobre su vientre.
Una casa en las montañas.
Mara sosteniendo un bebé.
Helena muriendo.
Y una última imagen.
Su madre besándolo en la frente.
—No eres una profecía —susurraba.
—Eres mi hijo.
Elías gritó.
Toda la luz del sello entró en su cuerpo.
Sus ojos ardieron.
Leandro también vio algo.
A Helena.
No como murió.
Como era cuando tenía ocho años.
Corriendo hacia él.
—Papá.
El rey se quebró.
—Perdóname.
La visión sonrió.
Y desapareció.
Entonces Leandro comprendió que el sello no pedía sangre.
Pedía renuncia.
El primer rey había entregado algo más importante.
Su derecho absoluto sobre la magia.
Leandro miró a Elías.
—¿Qué hago?
El Códice respondió.
Una frase apareció:
EL REY DEBE ELEGIR ENTRE EL TRONO Y EL PACTO.
Aurelio palideció.
Leandro sonrió tristemente.
—Al final era eso.
Elías lo miró.
—¿Qué?
—Una elección.
El rey retiró de su cabeza la pequeña corona ceremonial.
La colocó sobre el suelo.
—El reino puede tener otro rey.
Miró a Elías.
—Tú solo tienes una vida.
Aplastó la corona contra el centro del sello.
La luz explotó.
Todos los símbolos se encendieron a la vez.
Vaelor clavó las garras en los bordes de la grieta.
Elías levantó ambas manos.
No sabía de dónde provenían las palabras.
Simplemente llegaron.
—Lo que fue abierto por miedo…
Leandro continuó sin saber cómo conocía la frase.
—…será cerrado por elección.
Elías gritó:
—¡Vuelve!
El Abismo rugió.
El palacio entero tembló.
Las criaturas bajo la tierra intentaron subir.
Vaelor las empujó.
La grieta empezó a cerrarse.
Centímetro a centímetro.
Elías sentía que su cuerpo se partía.
—No puedo.
Leandro sostuvo su hombro.
—Sí puedes.
—¡No!
—Mírame.
El niño lo hizo.
—No eres lo que ellos dijeron que eras.
Las palabras llegaron a Leandro desde un lugar que desconocía.
—No eres un error.
Elías lloraba.
—Dijeron que yo no debía existir.
Leandro apretó su mano.
—Entonces se equivocaron.
La última grieta empezó a cerrarse.
—Tu madre eligió que vivieras.
Elías gritó con todas sus fuerzas.
La luz se volvió blanca.
Y el Abismo desapareció.
Después no hubo sonido.
Ni viento.
Ni campanas.
Nada.
Elías abrió los ojos.
Estaba tumbado sobre el mármol.
El Códice había desaparecido.
El sello estaba oscuro.
Vaelor también.
—¿Abuelo?
La palabra salió antes de que pudiera detenerla.
Leandro abrió los ojos.
Elías sintió alivio.
—Estoy aquí.
—¿Vaelor?
Aurelio se acercó.
—No ha muerto.
—¿Dónde está?
El anciano tocó suavemente el pecho del niño.
—Donde siempre debió estar.
Elías sintió calor bajo el corazón.
Por primera vez oyó una respiración enorme y tranquila dentro de su mente.
Vaelor dormía.
Pero ya no estaba encadenado debajo del palacio.
El pacto había cambiado.
La verdad sobre Helena no pudo seguir enterrada.
Octavio Varel fue juzgado.
Los documentos ocultos en sus propiedades demostraron que había organizado el ataque contra la princesa y Cael, alterado archivos reales y falsificado la profecía.
Darío no fue castigado por los crímenes de su familia.
Leandro fue muy claro.
—Un apellido no hace culpable a un hijo.
Había aprendido demasiado tarde lo peligroso que podía ser creer lo contrario.
Darío sí tuvo que responder por atacar a Elías durante la ceremonia.
Para sorpresa de muchos, el niño pidió que no lo encarcelaran.
—¿Por qué? —preguntó Leandro.
Elías se encogió de hombros.
—Porque es idiota.
Amalia se echó a reír.
—Definitivamente eres hijo de Helena.
Darío pasó un año fuera de la corte sirviendo en hospitales militares.
Cuando regresó, ya no se reía de la ropa de los sirvientes.
Leandro cumplió la promesa realizada al sello.
Abdicó.
El reino quedó temporalmente bajo un consejo presidido por Amalia mientras se preparaba una nueva sucesión.
Todos esperaban que Elías fuera proclamado heredero inmediatamente.
Él tenía diez años.
Cuando le preguntaron qué quería, respondió:
—Aprender a montar bien.
Los ministros quedaron desconcertados.
—¿Eso es todo?
—Y quiero saber quién fue mi padre.
Así que Leandro hizo algo que quizá ningún rey anterior habría hecho.
Permitió que el niño siguiera siendo niño.
Elías recibió educación.
Aprendió historia.
Magia.
Idiomas.
Pero también siguió viviendo parte del tiempo con Mara.
—Ella es mi familia —explicó.
Leandro nunca discutió.
Mara había hecho durante diez años lo que él no pudo hacer.
Criarlo.
El antiguo dormitorio de Helena permanecía cerrado desde su muerte.
Una tarde, Leandro llevó a Elías.
Abrió la puerta.
Nada había cambiado.
Libros.
Mapas.
Un caballo de madera sobre una mesa.
Un dibujo de cuando Helena tenía siete años.
Elías caminó lentamente.
Encontró un pequeño retrato.
Una joven de cabello oscuro sonreía junto a un hombre alto.
Cael.
—¿Son ellos?
—Sí.
Elías tocó el marco.
—Mi padre parece serio.
—Lo era.
Leandro sonrió.
—Hasta que tu madre aparecía.
El niño se sentó sobre la cama.
—¿Ella me quería?
Leandro sintió cómo se le cerraba la garganta.
—Más de lo que tú llegarás a entender.
Elías permaneció callado.
—¿Y tú?
Leandro lo miró.
—¿Yo qué?
—¿Me quieres porque soy su hijo?
La pregunta lo sorprendió.
El rey retirado se sentó a su lado.
—Al principio te miraba y solo veía todo lo que había perdido.
Elías bajó los ojos.
Leandro continuó:
—Eso no era justo contigo.
Pausa.
—Ahora cuando te miro veo al niño que pone barro en las alfombras, discute con profesores y roba pastel de la cocina.
Elías sonrió.
—Solo fue una vez.
—Cinco.
—No puedes probarlo.
Leandro rio.
Después se puso serio.
—Te quiero porque eres tú.
Elías apoyó lentamente la cabeza en su hombro.
Leandro cerró los ojos.
Aquello no reparaba diez años.
Pero era un comienzo.
Tres años más tarde, Elías volvió al patio donde todo había empezado.
El sello seguía allí.
Oscuro.
Los nobles ya no se acercaban con arrogancia.
Ahora conocían su verdadero origen.
Aurelio había traducido completamente el Códice.
La profecía final contenía otra frase que Octavio nunca llegó a leer:
El heredero no despertará al monstruo. Despertará al testigo.
Vaelor nunca había sido la amenaza.
Era el guardián encargado de reconocer al niño capaz de renovar el pacto.
El verdadero peligro siempre había sido el miedo de los hombres a perder poder.
Elías colocó una mano sobre el círculo.
Nada ocurrió.
Sonrió.
—¿Se ha roto?
Leandro, apoyado en un bastón, negó.
—Creo que simplemente ya no necesita gritar.
Dentro de la mente del muchacho apareció una voz profunda.
Todavía estoy aquí.
Elías sonrió más.
—Lo sé.
Sin embargo, una noche, poco después de cumplir quince años, despertó sobresaltado.
Vaelor también.
El muchacho se incorporó.
—¿Qué pasa?
No hubo respuesta inmediata.
Después sintió algo que jamás había sentido.
Miedo.
No suyo.
Del dragón.
Elías se levantó.
La ventana estaba abierta.
A lo lejos, más allá de las montañas del norte, una luz roja había aparecido en el cielo.
Leandro llegó pocos minutos después.
Amalia también.
Aurelio necesitó más tiempo.
El viejo sacerdote miró el horizonte.
Su rostro perdió color.
—Eso no pertenece al Umbral de Valdoria.
—¿Entonces qué es? —preguntó Elías.
Aurelio abrió un mapa antiquísimo.
Había siete símbolos.
Uno estaba bajo el palacio.
El símbolo de Valdoria.
Elías señaló los otros seis.
—¿Qué son?
Aurelio lo miró.
—Otros sellos.
El muchacho sintió frío.
—Pensé que solo existía uno.
—Nosotros también.
Vaelor habló dentro de su mente.
Dos palabras.
Están despertando.
Elías miró hacia las montañas.
Durante toda su infancia había querido saber de dónde procedía su poder.
Ahora lo sabía.
Había pasado años creyendo que despertar a Vaelor había sido el final de aquella historia.
Se equivocaba.
Porque muy lejos de Valdoria, bajo palacios olvidados, montañas y ciudades que ni siquiera aparecían ya en los mapas…
seis sellos antiguos acababan de empezar a responder.
Y algo del otro lado había descubierto que el último Guardián volvía a estar vivo.
Elías cerró la mano.
Sus ojos brillaron de nuevo.
Uno dorado.
El otro azul.
Leandro lo observó.
Esta vez no sintió miedo.
—¿Qué vas a hacer?
El muchacho miró el horizonte rojo.
Recordó a Helena.
A Cael.
A Mara.
A todos los que habían arriesgado la vida para que él tuviera derecho a elegir la suya.
Y respondió:
—Primero averiguaré qué está despertando.
Pausa.
—Después decidiré si debe volver a dormir.
Dentro de él, Vaelor abrió los ojos.
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Y en seis lugares distintos del mundo…
algo respondió.