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PARTE II — EL ANILLO QUE RECORDÓ CUANDO ÉL YA NO PODÍA RECORDAR SU PROPIO NOMBRE

Los días siguientes destruyeron todo lo que Clara creía saber sobre la epidemia.

No porque Mateo fuera completamente humano.

No lo era.

Había momentos buenos.

Y otros aterradores.

Algunas mañanas reconocía objetos.

Señalaba fotografías.

Entendía instrucciones.

Otras veces despertaba desorientado y golpeaba la pared hasta que Inés conseguía tranquilizarlo desde lejos.

Una noche intentó romper las correas.

No atacó a Clara.

Pero tampoco parecía verla.

Ella dio un paso.

Inés la sujetó.

—No.

—Mateo.

—Ahora mismo no es Mateo.

La frase dolió.

Porque era verdad.

Durante veinte minutos, el hombre de la camilla fue puro instinto.

Después se quedó quieto.

Clara pronunció su nombre.

Él abrió los ojos.

La reconoció.

Y empezó a llorar.


A partir de entonces establecieron reglas.

Nunca solos.

Nunca una puerta cerrada sin salida.

Nunca acercarse durante un episodio.

Clara aceptó todas.

Mateo también.

Incluso empezó a señalar la muñeca cuando percibía que iba a perder el control.

Una señal.

Átame.

Eso fue lo que más impresionó a Inés.

—Anticipa los episodios.

—Entonces sigue consciente.

—A ratos.

—Es suficiente.

Inés miró a Clara.

—Para ti quizá.

—¿Qué quieres decir?

—Que debes dejar de pensar en esto como una historia donde encontrarlo significa recuperarlo.

Clara se quedó en silencio.

—Puede que nunca vuelva a ser quien era.

—Lo sé.

—No.

Inés negó.

—Todavía dices su nombre esperando que responda como antes.

Clara miró a Mateo al otro lado del cristal.

—¿Qué quieres que haga?

—Querer a la persona que tienes delante.

Pausa.

—No obligarla a convertirse en el recuerdo que echas de menos.


El problema era que el refugio empezaba a sospechar.

Javier, hermano de Clara, llevaba días preguntando dónde iba cada noche.

—Estás desapareciendo.

—Estoy ayudando a Inés.

—¿Con qué?

—Un paciente.

—¿Qué paciente necesita que lleves comida que no puede comer nadie del refugio?

Clara evitó responder.

Javier la conocía demasiado.

—Es él.

Clara se quedó inmóvil.

—¿Quién?

—No me trates como un idiota.

Silencio.

—Encontraste a Mateo.

Ella cerró los ojos.

—Sí.

Javier dio dos pasos atrás.

—Está infectado.

—Sí.

—¿Y lo has escondido?

—No está en el refugio.

—¿Dónde?

—No puedo decírtelo.

—Clara, hay niños aquí.

—Precisamente por eso no lo he traído.

—Hay patrullas buscando cenicientos.

—Lo sé.

—Si descubren que lo estás protegiendo…

—Lo sé.

Javier se pasó ambas manos por la cara.

—Mateo murió.

—No.

—Míralo.

—Lo he hecho.

—Entonces entiende lo que estoy diciendo.

Clara levantó la voz por primera vez.

—¡Me dio el anillo!

Javier se quedó callado.

Ella se lo mostró.

Su hermano lo reconoció.

—Dios mío.

—Conservó esto durante casi dos años.

—Eso no significa que…

—Escribió mi nombre hasta que casi no podía sujetar un bolígrafo.

Javier cerró los ojos.

—Clara…

—No te estoy pidiendo que confíes en él.

Pausa.

—Sólo que no me obligues a fingir que ya está muerto porque eso sea más sencillo para todos.


Javier aceptó verlo.

No acercarse.

Mirar.

Mateo estaba sentado detrás del cristal de una sala de aislamiento cuando entró.

Su aspecto hizo que Javier retrocediera.

—Joder.

Clara no respondió.

Mateo levantó los ojos.

Reconoció a Javier.

O pareció hacerlo.

Se tocó la frente.

Después levantó dos dedos.

Javier perdió el color.

—¿Qué acaba de hacer?

Clara tampoco lo esperaba.

—No lo sé.

Javier comenzó a reír nerviosamente.

—El muy imbécil.

—¿Qué?

—Cuando jugábamos al fútbol siempre me hacía esto después de marcarme.

Repitió el gesto.

Dos dedos en la frente.

—Decía que necesitaba usar la cabeza.

Mateo volvió a hacerlo.

Javier dejó de reír.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Mateo.

La criatura apoyó una mano contra el cristal.

Javier tardó.

Finalmente puso la suya al otro lado.

—Sigues siendo un pesado.

Mateo inclinó la cabeza.

Clara tuvo que salir de la habitación para llorar.


Inés empezó a comparar muestras.

Tenía archivos antiguos de pacientes infectados.

Descubrió algo que los protocolos oficiales habían ignorado.

La infección no destruía el cerebro de la misma forma en todos.

En algunos pacientes parecía afectar primero las zonas relacionadas con control de impulsos y lenguaje.

La memoria emocional podía resistir mucho más.

—Puede que muchos recuerden —dijo Clara.

—Puede.

—Entonces llevamos dos años matando personas que…

—Cuidado.

Inés la interrumpió.

—No sabemos cuántas.

—Pero Mateo…

—Mateo es un caso.

—No puede ser el único.

—Probablemente no.

Aquella posibilidad era enorme.

Y peligrosa.

Porque si Inés tenía razón, la política de eliminación inmediata de infectados podía estar basada en una premisa falsa.

No todos habían desaparecido por dentro.

Algunos estaban atrapados.


Necesitaban pruebas.

Mateo se convirtió voluntariamente en ellas.

Inés diseñó pruebas sencillas.

Fotografías.

Objetos.

Nombres.

Instrucciones.

Mateo identificó a Clara repetidamente.

El anillo.

Una foto del lago.

Una canción.

También cometía errores.

A veces confundía objetos.

O no reaccionaba.

Pero el patrón era demasiado constante para explicarlo por azar.

Después llegó la prueba que cambió todo.

Inés colocó tres fotografías.

Clara.

Javier.

Una mujer desconocida.

—Mateo.

Él la miró.

—Dame la fotografía de Clara.

Tardó.

Su mano pasó primero sobre la mujer desconocida.

Clara contuvo la respiración.

Después llegó a su foto.

La tomó.

Pero no se la entregó a Inés.

Se la llevó al pecho.

Dos golpes.

Y señaló a Clara.

Inés se quedó mirando.

—Grábalo.

—Ya está grabando.

—Haz dos copias.


La información llegó a la doctora Amelia Torres, responsable de un pequeño equipo sanitario que intentaba estudiar la infección desde un centro protegido a cuarenta kilómetros.

Amelia no creyó una palabra.

Hasta que vio las imágenes.

—Quiero examinarlo.

Clara respondió:

—No.

—¿Perdona?

—¿Qué ocurre después del examen?

Amelia no respondió inmediatamente.

—Es un infectado.

—Eso no contesta.

—El protocolo exige aislamiento permanente.

Clara soltó una risa amarga.

—Ya.

—Si representa un riesgo…

—¿Y si representa una oportunidad?

Amelia volvió a mirar el vídeo.

—Precisamente por eso necesito estudiarlo.

—Sin garantías, no.

—No tienes autoridad para negociar.

Clara miró a Inés.

Después a Amelia.

—Entonces tampoco tienes paciente.


Negociaron durante dos días.

Finalmente acordaron que Mateo permanecería en la clínica de Inés bajo custodia sanitaria compartida.

Nadie podría trasladarlo sin consentimiento de dos médicos.

No era libertad.

Pero tampoco ejecución.

Amelia llegó con equipo.

Estudió los análisis.

Repitió las pruebas.

Al final de la primera jornada se sentó.

—Esto cambia cosas.

Clara sintió esperanza.

—¿Hay tratamiento?

Amelia negó.

—No he dicho eso.

La esperanza se rompió.

—Entonces ¿qué cambia?

—Nuestra definición de lo que significa estar perdido.


Durante los meses siguientes desarrollaron un tratamiento experimental.

No curaba.

Reducía los episodios.

Controlaba inflamación.

Mejoraba ligeramente la coordinación.

Un día Mateo produjo un sonido diferente.

Clara estaba leyendo junto a la ventana.

—Cla…

Ella dejó caer el libro.

—¿Qué?

Mateo cerró los ojos, frustrado.

—Cla…

Clara se acercó hasta el límite marcado en el suelo.

—No te esfuerces.

Él negó.

Respiró.

—Cla…ra.

Ella se tapó la boca.

Inés apareció desde el pasillo.

—¿Qué pasa?

Clara no pudo contestar.

Mateo volvió a intentarlo.

—Clara.

Una palabra.

Rota.

Áspera.

Pero su nombre.

Después de dos años.

Clara cayó de rodillas.

No se acercó.

Respetó la distancia.

Sólo lloró.

Mateo también.


El progreso nunca fue lineal.

Tres días después no consiguió decir nada.

Una semana más tarde sufrió el peor episodio desde que había llegado.

Clara comprendió finalmente lo que Inés había intentado explicarle.

No estaban caminando hacia atrás, hacia el Mateo anterior.

Estaban construyendo algo distinto.

Una vida con límites.

Con pérdidas.

Con pequeñas victorias.

Y con la certeza de que amar a alguien no significa negar lo que le ha ocurrido.


Seis meses después, Clara llevó a Mateo al lago.

No fue una decisión improvisada.

El tratamiento había estabilizado sus episodios.

Amelia autorizó el traslado.

Javier condujo.

Inés fue con ellos.

El lugar estaba casi igual.

Agua quieta.

Pinos.

Hierba larga junto a la orilla.

Mateo se quedó mirando durante varios minutos.

Clara sacó el anillo del bolsillo.

Nunca había vuelto a ponérselo.

—¿Te acuerdas?

Mateo miró la joya.

Después el lago.

Su mano tembló.

Se tocó dos veces el pecho.

La señaló.

Clara sonrió llorando.

—Sí.

Él extendió la mano.

Clara colocó el anillo en su palma.

Mateo lo observó.

Después intentó devolvérselo.

Igual que aquella mañana en la calle.

Pero Clara cerró sus dedos sobre los de él.

—No.

Mateo la miró.

—La primera vez que me lo devolviste pensé que significaba que querías despedirte.

Él permaneció quieto.

—Ahora creo que intentabas decirme otra cosa.

Mateo esperó.

Clara tomó el anillo.

Se lo puso.

—Que todavía recordabas a quién se lo habías dado.

Los ojos de Mateo se humedecieron.

—Sí.

La palabra salió casi inaudible.

Clara se quedó inmóvil.

—¿Qué has dicho?

Mateo respiró.

—Sí.

Ella empezó a reír y llorar al mismo tiempo.

—Pues podías haber aprendido esa palabra antes. Nos habría ahorrado bastantes problemas.

Algo parecido a una sonrisa apareció en la cara de Mateo.

Javier miró hacia otro lado para ocultar sus lágrimas.


La investigación sobre pacientes parcialmente conscientes continuó.

Encontraron otros casos.

No muchos.

Pero suficientes.

Personas que reaccionaban a nombres.

A canciones.

A fotografías.

Un hombre que todavía buscaba cada noche la puerta de la casa donde había vivido.

Una mujer que conservaba las llaves de su hija alrededor del cuello.

Un anciano que repetía una única palabra:

—María.

El protocolo cambió.

No de golpe.

No perfectamente.

Pero cambió.

Antes de clasificar a un infectado como totalmente perdido, debían realizar pruebas de respuesta cognitiva cuando las circunstancias lo permitieran.

No todos podían salvarse.

Algunos seguían siendo demasiado peligrosos.

Otros no mostraban señal alguna.

Pero ya nadie podía afirmar con absoluta seguridad que una apariencia monstruosa significaba ausencia total de humanidad.

Todo había empezado con un anillo.


Un año después, Clara regresó a la misma calle donde había encontrado a Mateo.

La nieve volvía a caer.

Esta vez no llevaba el rifle en las manos.

Mateo estaba con ella.

Seguía teniendo un aspecto que hacía que desconocidos retrocedieran.

Seguía sin poder hablar con fluidez.

Seguía necesitando medicación y supervisión.

Pero caminaba a su lado.

Al llegar al lugar exacto, se detuvo.

Clara también.

—Fue aquí.

Mateo asintió.

—Te apunté a la cabeza.

Él la miró.

—Lo siento.

Mateo levantó una ceja.

Aún conservaba perfectamente aquella expresión.

Clara sonrió.

—Vale, también tenías una pinta horrible.

Él emitió un sonido que ya era casi una risa.

Después señaló su mano.

El anillo seguía en su dedo.

—¿Esto?

Mateo asintió.

Clara lo miró.

—No voy a devolvértelo.

Él negó.

Se señaló.

Después señaló el anillo.

Clara tardó en entender.

—¿Quieres saber por qué lo conservaste?

Mateo asintió.

Ella miró la calle.

—Creo que porque cuando empezaste a olvidar palabras, lugares y quizá incluso tu propio nombre… necesitabas algo que demostrara que antes de todo aquello habías sido alguien.

Mateo la observó.

—Y supongo que yo era parte de ese alguien.

Él se tocó dos veces el corazón.

La señaló.

Clara sintió lágrimas.

—Sí.


Nunca celebraron la boda que habían planeado antes de la epidemia.

No tenía sentido intentar reconstruir exactamente una vida que ya no existía.

Dos años después del reencuentro organizaron otra cosa.

Pequeña.

Junto al lago.

Javier.

Inés.

Amelia.

Cuatro amigos.

Nada más.

Clara llevaba un vestido sencillo.

Mateo una chaqueta azul oscura que ocultaba parte de las cicatrices de la infección.

Cuando llegó el momento de hablar, Clara dijo:

—Hace años prometimos estar juntos en la salud y en la enfermedad antes incluso de llegar a pronunciarlas oficialmente.

Algunos rieron.

Ella miró a Mateo.

—Después descubrimos que esas palabras son muchísimo más difíciles de lo que parecen.

Mateo apretó su mano.

—No quiero prometerte que todo estará bien.

Pausa.

—Quiero prometerte que nunca voy a dejar de preguntarte quién eres hoy sólo porque recuerde quién eras ayer.

Mateo respiró.

Le costaba hablar.

Pero había practicado una frase durante semanas.

—Yo… volví.

Clara empezó a llorar.

Él continuó.

—Por… ti.

Ella negó sonriendo.

—No.

Mateo frunció el ceño.

—Volviste porque todavía quedaba algo de ti que quería vivir.

Puso una mano sobre su pecho.

—Yo sólo tuve la suerte de que ese algo todavía me recordara.


Años después, cuando la gente contaba la historia, solía quedarse con la imagen más fácil.

La mujer.

El rifle.

La criatura.

El anillo.

Decían:

—Ella reconoció a su prometido gracias a una joya.

Clara siempre los corregía.

No había sido exactamente así.

El anillo la hizo detenerse.

Pero no fue lo que le permitió reconocerlo.

Fue otra cosa.

Que se detuviera cuando ella se lo pidió.

Que tuviera miedo de acercarse.

Que intentara protegerla incluso de sí mismo.

El gesto sobre el corazón.

La forma de inclinar la cabeza.

Pequeños fragmentos de una persona que la enfermedad no había conseguido borrar.

El anillo sólo confirmó lo que Clara ya empezaba a sentir.

Mateo seguía allí.

No entero.

No intacto.

Pero allí.


La última página del cuaderno fue encontrada mucho tiempo después.

Había quedado pegada a la contraportada por humedad.

Inés consiguió separarla sin destruirla.

La letra era casi ilegible.

Clara tardó varios minutos en descifrarla.

Decía:

No sé cuánto voy a recordar.

A veces olvido dónde estoy.

Ayer olvidé la voz de Javier.

Hoy casi olvidé mi apellido.

Pero todavía recuerdo el lago.

Recuerdo que ella lloró cuando dije que quería hacerme viejo a su lado.

Si un día ya no recuerdo quién soy, devolveré el anillo.

Así sabrá que al menos recordé quién era ella.

Clara leyó aquellas líneas sentada junto a Mateo.

Él ya no recordaba haberlas escrito.

—¿Quieres que te las lea otra vez?

Asintió.

Lo hizo.

Cuando terminó, Mateo miró el anillo en su mano.

Después la miró a ella.

—Clara.

Su nombre salía ya mucho más claro.

—Sí.

Mateo levantó lentamente una mano.

Dos golpes sobre el corazón.

Un dedo hacia ella.

Clara apoyó su frente contra la suya.

Y sonrió.

Porque había pasado años creyendo que amar a alguien consistía en no perderlo.

Había aprendido algo diferente.

A veces amar consiste en encontrarlo otra vez.

Incluso cuando ha cambiado.

Incluso cuando el mundo asegura que ya no queda nada.

Incluso cuando la persona que regresa no puede decirte quién es.

Aquella mañana en la calle cubierta de nieve, Clara había tenido el dedo sobre el gatillo.

Un segundo más y toda la historia habría terminado allí.

Pero Mateo sacó algo del bolsillo.

Un pequeño anillo.

La última pieza de una vida que casi había olvidado.

Y antes de que Clara pudiera disparar, aquel hombre al que todos habrían llamado monstruo hizo lo único que llevaba casi dos años intentando hacer:

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cumplir la promesa de volver hasta ella.

FIN

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