CUATRO NIÑOS ENTRARON AL BAÑO ANTES DE SU PROPUESTA DE MATRIMONIO… Y DOMINIC ESCUCHÓ LA VOZ QUE LLEVABA SEIS AÑOS INTENTANDO OLVIDAR

PARTE I — LOS CUATRO ROSTROS QUE DESTRUYERON LA VIDA QUE OTROS HABÍAN ELEGIDO PARA ÉL
A las siete y media de aquella noche, Dominic Moretti debía pedirle matrimonio a otra mujer.
Todo estaba preparado.
El invernadero privado de la familia Moretti, junto al río Charles, había sido decorado con cientos de flores blancas.
Había músicos contratados.
Champán francés.
Fotógrafos.
Empresarios.
Abogados.
Familiares.
Y, sobre todo, dos apellidos muy poderosos esperando convertirse en uno solo.
Moretti y Barrett.
Dominic llevaba el anillo en el bolsillo interior de su chaqueta.
Un diamante enorme.
Perfecto.
Elegido con ayuda de su madre y aprobado casi como si se tratara de una inversión empresarial.
La mujer que debía recibirlo se llamaba Sloane Barrett.
Elegante.
Educada.
Hija de Cormac Barrett, uno de los promotores inmobiliarios más influyentes de Boston.
Sloane era inteligente, ambiciosa y comprendía perfectamente el mundo al que Dominic pertenecía.
Sobre el papel eran una pareja perfecta.
Ese era precisamente el problema.
Todo entre ellos funcionaba mejor sobre el papel.
Dominic tenía treinta y siete años y llevaba demasiado tiempo aceptando que ciertas decisiones no se tomaban por amor.
Se tomaban por estabilidad.
Por dinero.
Por alianzas.
Por apellido.
Su familia controlaba restaurantes, almacenes, empresas de construcción, compañías de seguridad y propiedades suficientes para que el apellido Moretti pesara en prácticamente cualquier habitación de Boston.
Había negocios completamente legales.
Otros pertenecían a una zona gris que Dominic llevaba años intentando limpiar.
Y había partes del antiguo imperio de su padre que prefería no examinar demasiado de cerca.
Aquella noche, sin embargo, nada de eso parecía importante.
Dominic solo necesitaba convencerse de que casarse con Sloane era una buena decisión.
Por eso, cuarenta y siete minutos antes de la celebración, pidió a su chófer que se detuviera cerca de Bellamy House, un restaurante discreto y antiguo de Back Bay.
—Quince minutos —dijo Dominic.
El conductor asintió.
Dominic entró.
Necesitaba una copa.
Silencio.
Quizá unos minutos para descubrir por qué un hombre a punto de comprometerse no sentía absolutamente nada.
Ni nervios.
Ni alegría.
Ni impaciencia.
Nada.
Había amado de verdad una sola vez.
Y seis años atrás decidió que no volvería a cometer aquel error.
La mujer se llamaba Elena Rossi.
Dominic había tardado años en dejar de pronunciar ese nombre dentro de su propia cabeza.
Se conocieron cuando Elena tenía veinticinco años.
Era especialista en restauración arquitectónica.
La empresa para la que trabajaba había sido contratada para asesorar sobre un edificio histórico perteneciente a los Moretti.
Su primera conversación fue una discusión.
Dominic quería derribar un muro interior.
Elena se negó.
—Es mi edificio —dijo él.
Ella ni siquiera pestañeó.
—Ser propietario de algo no significa entenderlo.
Nadie hablaba así a Dominic Moretti.
Mucho menos alguien que acababa de conocerlo.
Aquella tarde salió enfadado.
Tres días después volvió con la absurda excusa de preguntar por una cornisa.
Dos semanas después cenaban juntos.
Tres meses más tarde estaba enamorado.
Elena no parecía impresionada por su dinero.
No le interesaban sus contactos.
No cambiaba de opinión porque alguien pronunciara el apellido Moretti.
Le discutía.
Se reía de él.
Le decía que sus relojes eran ridículamente caros.
Y, por primera vez, Dominic podía imaginar una vida en la que no tuviera que preguntarse constantemente qué esperaba su familia de él.
Duraron once meses.
Entonces el padre de Dominic, Vittorio Moretti, enfermó.
Comenzaron las luchas internas por el control de los negocios.
Aparecieron amenazas.
Viejos socios empezaron a elegir bandos.
Dominic viajó tres días a Nueva York por una operación empresarial urgente.
Cuando regresó…
Elena había desaparecido.
Apartamento vacío.
Teléfono desconectado.
Trabajo abandonado.
Ninguna explicación.
Su padre le dijo:
—Descubrió lo que significaba vivir junto a nosotros y huyó.
Dominic no quiso creerlo.
La buscó.
Durante meses.
Después durante un año entero.
Nada.
Con el tiempo la rabia sustituyó a la preocupación.
Si Elena quería desaparecer, pensó, que desapareciera.
Aquella mentira le permitió sobrevivir.
Hasta el día en que cuatro niños entraron en un baño.
Dominic estaba ajustándose el puño de la camisa frente al espejo de Bellamy House cuando escuchó voces detrás.
—Luca, tú primero.
—Siempre dices que yo primero.
—Porque eres el que tarda más.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es.
Dominic levantó la mirada.
Cuatro niños estaban frente a los lavabos.
Parecían tener unos seis años.
Vestían de forma casi idéntica: camisa blanca, pantalones claros, pequeños jerséis en distintos tonos y zapatos formales.
Cuatrillizos, pensó.
Al principio no prestó atención.
Hasta que uno de ellos se echó el cabello hacia atrás.
Inclinó ligeramente la cabeza.
Y llevó la mano izquierda detrás del cuello.
Dominic dejó de respirar.
Él hacía exactamente aquel gesto.
Desde niño.
Su padre solía burlarse de él por hacerlo cada vez que estaba pensando.
Entonces el niño se volvió.
Dominic sintió cómo toda la sangre abandonaba su rostro.
Los ojos.
Las cejas.
La forma de la mandíbula.
Incluso aquella pequeña arruga entre las cejas.
Era como contemplar una fotografía de sí mismo cuando tenía seis años.
El segundo niño se giró.
Después el tercero.
Después el cuarto.
Dominic se quedó inmóvil.
Había estado frente a hombres armados sin perder la calma.
Había sobrevivido a amenazas empresariales.
Había visto desaparecer millones en cuestión de horas sin pestañear.
Pero cuatro niños consiguieron hacerle temblar las manos.
Uno de ellos lo observó.
—Señor, ¿está bien?
Dominic tragó saliva.
—Sí.
Mentira.
Se agachó lentamente.
—¿Cuántos años tenéis?
El niño más serio levantó seis dedos.
—Seis.
Seis.
La palabra cayó dentro de Dominic como una piedra.
Seis años.
Elena.
Su mente hizo un cálculo que su corazón ya había hecho antes.
—¿Cómo os llamáis?
—Luca.
El primero señaló al segundo.
—Él es Leo.
—Yo soy Nico —interrumpió el tercero.
El cuarto levantó la mano.
—Y yo Matteo. Siempre me dicen el último porque nací el último.
Por alguna razón, aquella frase casi consiguió que Dominic sonriera.
Casi.
—¿Y vuestro apellido?
Los cuatro se miraron.
Luca respondió:
—Rossi.
Dominic dejó de respirar.
Rossi.
Entonces oyó unos tacones en el pasillo.
Y una voz.
—¿Luca? ¿Leo? ¿Nico? ¿Matteo?
Seis años desaparecieron en un segundo.
Dominic no necesitó verla.
Conocía aquella voz.
Había pasado noches enteras intentando olvidarla.
Los cuatro niños corrieron hacia la puerta.
—¡Mamá!
Elena Rossi apareció.
Tenía treinta y un años.
Cabello castaño recogido de forma sencilla.
Un vestido rosa apagado.
El mismo pequeño gesto de preocupación entre las cejas.
Estaba algo distinta.
Más madura.
Más cansada.
Pero seguía siendo ella.
Elena vio a Dominic.
Y se detuvo.
Él esperaba sorpresa.
Encontró terror.
—Hola, Elena.
Sus dedos se cerraron alrededor del bolso.
—Dominic.
Luca miró a ambos.
—¿Os conocéis?
Nadie respondió.
Dominic avanzó.
Elena retrocedió.
Aquello le dolió más que cualquier palabra.
—Seis años.
Ella cerró los ojos.
—Lo sé.
Dominic miró a los niños.
Después volvió a mirarla.
—Necesito preguntarte algo.
Elena sabía exactamente qué.
Las lágrimas aparecieron antes de que él terminara.
—¿Son míos?
Silencio.
Cuatro niños observando.
Dos adultos con seis años de dolor entre ellos.
Finalmente Elena respondió:
—Sí.
Dominic sintió que su vida entera se partía.
Cuatro hijos.
Cuatro.
Seis cumpleaños perdidos.
Seis Navidades.
Primeras palabras.
Primeros pasos.
Enfermedades.
Días de colegio.
Pesadillas.
Caídas.
Abrazos.
Todo.
Su voz salió rota.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Elena levantó la cabeza.
—Lo intenté.
Dominic sintió que algo dentro de él se detenía.
—¿Qué?
—Intenté decírtelo.
—Desapareciste.
—No.
Elena negó lentamente.
—Me hicieron desaparecer.
El teléfono de Dominic comenzó a vibrar.
Sloane.
No respondió.
—¿Quién?
Elena observó a los niños.
Después a Dominic.
—Tu padre.
Dominic sintió frío.
—Mi padre murió hace cinco años.
—Lo sé.
—Él me dijo que tú habías huido.
Las lágrimas bajaron por las mejillas de Elena.
—Y a mí me dijo algo mucho peor sobre ti.
Dominic se acercó.
—¿Qué?
Elena bajó la voz.
—Que si alguna vez intentaba decirte que estaba embarazada, alguien acabaría muerto.
Dominic se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—Al principio dijo que tú.
Pausa.
—Después mencionó a mi madre.
Dominic miró a sus cuatro hijos.
Y comprendió que no estaba descubriendo únicamente una familia perdida.
Estaba abriendo una puerta que su padre había cerrado desde la tumba.
Dominic canceló su propuesta de matrimonio minutos después.
Sloane llamó.
—¿Dónde estás? Todo el mundo ha llegado.
—No voy a ir.
Hubo un silencio.
Después una risa incrédula.
—Dominic, deja de bromear.
—No estoy bromeando.
—Mi padre ha venido desde Nueva York. Tu madre está aquí. Hay doscientas personas esperando.
—Entonces tendrás que decirles que no habrá anuncio.
La voz de Sloane cambió.
—¿Por qué?
Dominic observó a Elena junto a los niños.
—Porque acabo de descubrir que mi vida no es la que creía.
—¿Hay otra mujer?
Él podría haber mentido.
—Sí.
Elena lo miró.
Dominic añadió:
—Y cuatro niños.
Silencio.
Sloane no dijo nada durante varios segundos.
—¿Qué has dicho?
Dominic terminó la llamada.
Después telefoneó a Mara Keene, responsable de su seguridad.
Mara había sido detective.
No pertenecía al antiguo círculo de Vittorio.
Eso era exactamente lo que Dominic necesitaba.
—Ven a Bellamy House.
—¿Problema?
Dominic miró a sus hijos.
—Trae gente en la que confíes personalmente.
Nada de antiguos empleados de mi padre.
—¿A cuántas personas vamos a proteger?
Dominic dudó.
—Cinco.
Miró otra vez a Elena.
—Seis.
En una sala privada del restaurante, Elena empezó a contarle la verdad.
Seis años atrás, Dominic viajó a Nueva York.
Elena descubrió que estaba embarazada.
Compró dos pruebas porque no podía creer la primera.
—Tenía miedo —confesó—. Pero también estaba feliz.
Dominic bajó la mirada.
—Yo habría sido feliz.
—Ahora lo sé.
—¿Y entonces?
—Entonces tu padre llegó antes que tú.
Vittorio tenía vigilada a Elena.
Supieron de su cita médica.
Un coche de los Moretti la recogió con la excusa de que Dominic quería verla.
En lugar de encontrarlo a él, la llevaron al despacho de Vittorio.
Sobre la mesa había una carta.
Supuestamente escrita por Dominic.
Elena todavía la conservaba.
La sacó del bolso.
Dominic reconoció inmediatamente el papel de la familia.
También una imitación casi perfecta de su firma.
Leyó.
El contenido era frío.
Decía que la relación había terminado.
Que Dominic no reconocería al niño.
Que Elena debía abandonar Boston y no volver a ponerse en contacto con él.
Dominic levantó los ojos.
—Yo jamás escribí esto.
—Lo sé ahora.
—¿Ahora?
—En aquel momento no sabía qué creer.
Vittorio no se limitó a una carta.
Mostró fotografías de Elena.
De su apartamento.
De su madre comprando en el supermercado.
De Dominic saliendo de una oficina.
Después reprodujo una grabación editada.
La voz de Dominic decía que estaba cansado de “ella” y que quería acabar con “el problema”.
En realidad Dominic estaba hablando de un promotor conflictivo.
El audio había sido manipulado.
—Me convencieron de que me odiabas —dijo Elena—. Y al mismo tiempo me dijeron que si intentaba hablar contigo te pondría en peligro.
Dominic cerró los puños.
—¿Qué hizo mi padre cuando te negaste a irte?
—Me enseñó una fotografía de mi madre.
Pausa.
—Y dijo que el siguiente aviso no sería una fotografía.
Dominic tuvo que levantarse.
Caminó hacia la ventana.
El hombre al que había enterrado con honores.
El hombre cuya fotografía todavía presidía la mansión familiar.
El padre cuyos últimos consejos había seguido durante años.
Había aterrorizado a una mujer embarazada para arrancarla de su vida.
—¿Adónde fuiste?
—Vermont.
Mi tía tenía una casa.
Dominic volvió a sentarse.
—¿Cuándo descubriste que eran cuatro?
Elena soltó una pequeña risa rota.
—A las doce semanas.
El médico dejó de hablar durante la ecografía.
Pensé que algo iba mal.
Después señaló la pantalla y dijo que había cuatro latidos.
Dominic miró hacia el otro lado del cristal.
Sus hijos comían pastel con la propietaria del restaurante.
—¿El embarazo fue bien?
Elena tardó en responder.
—No.
Pasó semanas guardando reposo.
Fue hospitalizada dos veces.
Los niños nacieron a las treinta y una semanas.
Muy pequeños.
Durante días, Elena no pudo sostenerlos a todos.
Máquinas.
Monitores.
Oxígeno.
Miedo constante.
—Hubo una noche en que Nico dejó de respirar unos segundos.
Dominic cerró los ojos.
—No me cuentes eso.
Elena lo miró.
—Tengo que contártelo.
Él asintió.
Tenía razón.
No podía recuperar aquellos años evitando escuchar cuánto habían dolido.
—Yo estaba allí —continuó Elena—. Sola. Mirando cuatro incubadoras y pensando que, si perdía a uno de ellos, tú nunca sabrías que había existido.
Dominic se cubrió la cara.
—Yo debería haber estado contigo.
—Sí.
No lo consoló.
No era culpa directa de Dominic.
Pero aquella ausencia era real.
Y ambos necesitaban admitirlo.
—¿Les hablaste de mí?
—Les dije que tenían un padre.
Que había razones por las que no estaba.
Nunca les dije que los abandonaste.
Dominic levantó los ojos.
—Gracias.
—No lo hice por ti.
Elena señaló discretamente a los niños.
—Lo hice por ellos.
Mara llegó con nuevas noticias.
Alguien había fotografiado a los cuatrillizos entrando en Bellamy House.
La imagen estaba circulando entre investigadores privados relacionados con Barrett Development.
Dominic sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Barrett?
Elena palideció.
—Conozco ese apellido.
Dominic la miró.
—¿Desde cuándo?
Elena abrió su bolso.
Sacó unos viejos planos arquitectónicos.
En la parte superior se leía:
HARBOR NINE.
Dominic reconoció el lugar.
Viejas instalaciones industriales junto al puerto.
Almacenes abandonados.
Edificios de ladrillo.
Una antigua estación de bombeo.
Durante décadas había sido uno de los proyectos más importantes de Vittorio Moretti.
Ahora Dominic pretendía cerrar una operación multimillonaria con Cormac Barrett para reconstruir toda aquella zona.
Y el compromiso con Sloane facilitaría precisamente aquella alianza.
Elena señaló los planos.
—Antes de trabajar para los Moretti en Beacon Hill, mi empresa participó en la documentación histórica de Harbor Nine.
—¿Y?
—Encontré irregularidades en los informes ambientales.
Dominic permaneció inmóvil.
Elena explicó que antiguos registros mostraban canales subterráneos utilizados por instalaciones industriales.
Los informes oficiales afirmaban que ciertos residuos contaminantes habían sido retirados.
Pero las facturas no coincidían.
Algunas empresas cobraron por trabajos que físicamente nunca parecían haberse realizado.
—¿Qué estás diciendo?
—Que parte de los residuos probablemente no fueron retirados.
—¿Dónde están?
—Enterrados.
Mara se inclinó hacia delante.
—¿Y lo denunciaste?
Elena miró a Dominic.
—Se lo comuniqué a Vittorio.
Dominic sintió que cada pieza empezaba a encajar.
Embarazo.
Amenazas.
Documentos.
Harbor Nine.
—¿Guardaste pruebas?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el propio lugar.
Dominic abrió la boca.
Elena continuó:
—Antes de irme escondí documentos originales dentro de una cavidad de mantenimiento en la antigua estación de bombeo.
—¿Por qué?
—Porque comprendí que alguien estaba sustituyendo archivos.
Mara preguntó:
—¿Quién sabía que tenías esas copias?
—Vittorio.
Y quizá alguien de Barrett.
Dominic se puso de pie.
Todo el acuerdo de matrimonio adquiría de repente otro significado.
Tal vez su compromiso con Sloane no era solo una buena alianza.
Tal vez llevaba años siendo conducido hacia una operación diseñada para cerrar definitivamente el capítulo de Harbor Nine.
Salieron por una entrada privada.
Los niños fueron llevados a una casa segura perteneciente a una antigua jueza amiga de Mara.
Durante el trayecto llamó Teresa Moretti, madre de Dominic.
Estaba furiosa.
—¿Qué has hecho?
Cormac está amenazando con cancelar el acuerdo.
Sloane está humillada.
Todo el mundo está preguntando dónde estás.
Dominic no respondió a nada de eso.
—Mamá.
—No me interrumpas.
—¿Sabías que Elena estaba embarazada?
Silencio.
Elena levantó lentamente la cabeza.
—Mamá.
Teresa respiró.
—No deberíamos hablar de esto por teléfono.
—Responde.
Silencio otra vez.
Finalmente:
—Sí.
Dominic sintió que algo se rompía.
—¿Desde cuándo?
—Tu padre me lo dijo antes de que ella abandonara Boston.
Elena cerró los ojos.
Dominic miró hacia delante.
—No abandonó Boston.
La obligaron a marcharse.
—Dominic…
—Sabías que estaba embarazada.
—Tu padre me dijo que no estaba seguro de que el niño fuera tuyo.
Dominic miró a los cuatro rostros sentados detrás.
Cuatro versiones infantiles de sí mismo.
—Hay cuatro.
La respiración de Teresa cambió.
—¿Qué?
—Cuatro hijos.
Mis hijos.
Silencio.
Dominic continuó:
—Tienes cuatro nietos de seis años.
Uno de los niños, Leo, susurró:
—¿Abuela?
Aquella palabra fue suficiente.
Teresa empezó a llorar.
Dominic terminó la llamada.
No podía escuchar más.
Todavía no.
Aquella noche, en la casa segura, Dominic se sentó frente a Elena.
Por primera vez en años no estaba hablando como un Moretti.
No era el empresario.
Ni el heredero.
Ni el hombre al que todos obedecían.
Era alguien que acababa de descubrir que tenía cuatro hijos.
—¿Preguntan por su padre?
—A veces.
—¿Qué dices?
—Que existe.
Que hubo razones por las que no podía estar.
—¿Me odian?
Elena negó.
—No les enseñé a odiarte.
Dominic miró hacia la sala.
Matteo sostenía un dinosaurio de peluche.
Nico hablaba sin parar.
Leo hojeaba un libro.
Luca lo observaba desde lejos.
—No sé ser padre.
Elena lo miró.
—Yo tampoco sabía ser madre.
—Pero aprendiste.
—Exacto.
Dominic tragó saliva.
—¿Crees que ellos me permitirán aprender?
Elena tardó unos segundos.
—Eso dependerá de lo que hagas desde este momento.
Antes de que pudiera responder, Mara entró.
—Tenemos un problema.
Un SUV negro había pasado varias veces frente a la propiedad.
Tenía equipo de vigilancia.
En una imagen de seguridad apareció el conductor.
Dominic lo reconoció.
Derek Vale.
Un antiguo hombre de confianza vinculado a negocios de su padre.
Elena perdió el color.
—Ese hombre estuvo en casa de Vittorio la noche que me amenazaron.
Dominic sintió que la rabia subía.
Pero entonces miró a los niños.
Y entendió algo.
Su antigua forma de resolver problemas ya no podía continuar.
Si quería ser su padre, no podía enseñarles que el miedo otorgaba permiso para convertirse en aquello que los había perseguido.
Minutos después llamó Sloane.
Esta vez parecía aterrorizada.
—Dominic, escucha.
Mi padre sabe lo de los niños.
—¿Cómo?
—No lo sé.
He encontrado archivos.
Harbor Nine.
Pagos.
Investigadores.
Dominic miró a Mara.
Sloane siguió hablando.
—Creo que mi padre sabía quién era Elena.
Mucho antes de esta noche.
—Sloane, sal de esa casa.
—Hay algo más.
Encontré documentos antiguos entre él y tu padre.
Entonces una voz masculina apareció al fondo.
—Sloane. Dame el teléfono.
Cormac Barrett.
Se escuchó un golpe.
La llamada terminó.
Dominic se levantó.
Seis años atrás habría mandado hombres.
Habría utilizado contactos.
Tal vez habría provocado otra cadena de violencia.
Esta vez dijo:
—Llama a la policía.
Mara lo miró.
Dominic añadió:
—Y busca un abogado completamente independiente.
Nadie relacionado con los Moretti.
Quiero que todo quede registrado.
Elena lo observó.
Por primera vez desde su reencuentro vio algo distinto.
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No al hombre poderoso que recordaba.
A un hombre intentando elegir qué clase de padre quería ser.