EL ABUELO DEL QUE TODOS SE RIERON EN EL GIMNASIO… HASTA QUE SE COLGÓ DE LA BARRA Y NADIE VOLVIÓ A MIRARLO IGUAL

PARTE 1: EL HOMBRE DEL POLO GRIS
La primera carcajada nació al fondo del gimnasio.
No fue especialmente cruel.
Ni siquiera demasiado fuerte.
Fue peor.
Fue espontánea.
La risa de un grupo de chavales convencidos de que acababan de ver entrar en el lugar equivocado a la persona equivocada.
Manuel Rivas tenía setenta y cuatro años.
Cabello completamente blanco.
Bigote gris.
Gafas de montura fina.
Un polo gris metido dentro de unos pantalones beige.
Cinturón marrón.
Zapatillas blancas.
A su alrededor había barras, anillas, paralelas, trampolines y enormes colchonetas azules.
Los jóvenes que entrenaban allí vestían maillots y camisetas deportivas.
Brazos marcados.
Callos en las manos.
Magnesio sobre los dedos.
Manuel parecía un señor que hubiera salido a comprar el periódico y, por error, hubiese acabado en una sesión de gimnasia artística.
Uno de los chicos murmuró:
—¿Ese es tu abuelo?
Adrián Rivas, diecisiete años, apretó la mandíbula.
—Sí.
—Tiene pinta de haber venido a recogerte para llevarte a merendar.
Otro soltó una risa.
—Que no se acerque mucho a las barras, hombre.
Adrián no respondió.
Normalmente habría defendido a Manuel.
Aquella tarde no tenía fuerzas.
Porque su abuelo no estaba allí para recogerlo.
Estaba allí por culpa de él.
Tres semanas antes, Adrián había caído de la barra fija.
No fue una caída espectacular.
Tampoco hubo huesos rotos.
Falló una suelta que llevaba meses preparando, perdió la referencia del suelo y cayó mal sobre la colchoneta.
El cuerpo sobrevivió perfectamente.
La cabeza no.
Desde entonces podía hacer todo el ejercicio hasta llegar al mismo punto.
Balanceo.
Impulso.
Subida.
Preparación.
Y justo antes de soltar…
sus dedos se cerraban sobre la barra.
No obedecían.
Su entrenador, Sergio Molina, había probado de todo.
Más colchonetas.
Trabajo con arnés.
Progresiones.
Ejercicios más sencillos.
Vídeo.
Repeticiones.
Nada.
Adrián siempre terminaba igual.
Colgado.
Respirando demasiado deprisa.
Y diciendo:
—Otra vez.
Pero cada nuevo intento empeoraba el anterior.
Aquella tarde había sido especialmente mala.
Tras casi una hora, Sergio le pidió que bajara.
—Por hoy se acabó.
—No.
—Adrián.
—Otra.
—No estás entrenando el elemento.
Sergio señaló su cabeza.
—Estás entrenando el miedo.
El muchacho golpeó la colchoneta con el puño.
—No tengo miedo.
Desde la entrada llegó una voz:
—Claro que sí.
Adrián se volvió.
Su abuelo estaba allí.
Polo gris.
Gafas.
Manos en los bolsillos.
Como si llevara escuchando varios minutos.
El muchacho sintió vergüenza.
—Abuelo, no empieces.
Manuel se acercó despacio.
—No pasa nada por tener miedo.
—No sabes de qué estamos hablando.
Sergio levantó ligeramente la mirada hacia Manuel.
Y durante un instante ocurrió algo extraño.
No lo saludó como se saluda al abuelo de un alumno.
Lo miró con reconocimiento.
Incluso con cierto respeto.
Pero Adrián estaba demasiado enfadado para notarlo.
—Es una suelta —dijo—. Si abres las manos tarde, caes mal. Si las abres pronto, tampoco llegas.
—Lo entiendo.
—No, no lo entiendes.
Algunos compañeros habían empezado a escuchar.
Adrián lo vio y se sintió todavía más humillado.
—Tú vienes aquí, me ves cinco minutos y piensas que puedes solucionarlo con una frase de abuelo.
Manuel guardó silencio.
Aquello dolió más de lo que dejó ver.
—No he dicho que pueda solucionarlo.
—Entonces déjalo.
Manuel asintió.
—De acuerdo.
Se volvió.
Adrián creyó que se marcharía.
Pero su abuelo caminó directamente hacia la barra.
Sergio lo vio venir.
—Manuel.
—Una sola.
El entrenador miró sus pantalones.
Después sus zapatillas.
—Vas vestido para ir a tomar un café.
—No pensaba hacer esto cuando salí de casa.
Los chicos comenzaron a sonreír.
Uno murmuró:
—No puede hablar en serio.
Otro respondió:
—Como intente colgarse, Sergio nos mata.
Manuel se detuvo debajo de la barra.
Levantó la vista.
Calculó la altura.
Extendió un brazo.
No llegaba.
Detrás de él, uno de los adolescentes se tapó la boca para ocultar una carcajada.
Adrián sintió que se le encendían las mejillas.
—Abuelo, basta.
Manuel no lo miró.
—¿Está firme?
Sergio respondió:
—Sí.
—¿La colchoneta?
—También.
—Bien.
Adrián avanzó.
—¿Qué estás haciendo?
Su abuelo por fin se volvió.
—Nada que tengas que repetir.
—Pues baja de ahí.
—Todavía no he subido.
Algunos chavales rieron.
Manuel incluso sonrió.
Luego se quitó las gafas.
Se las entregó a Sergio.
Y aquello hizo que el entrenador dejara de sonreír.
Porque conocía ese gesto.
Hacía muchos años, antes de subir a una barra, Manuel Rivas siempre hacía exactamente lo mismo.
Adrián vio cómo su abuelo flexionaba ligeramente las rodillas.
—No.
Manuel dio un pequeño salto.
Sus manos agarraron la barra.
El cuerpo quedó suspendido.
Los pantalones beige colgaban rectos.
Las zapatillas blancas juntas.
Durante el primer segundo no ocurrió nada.
Uno de los chicos dijo:
—Bueno, colgarse todavía puede.
Manuel comenzó a balancearse.
Muy poco.
Hacia delante.
Atrás.
Otra vez.
No tiraba de los brazos inútilmente.
No se agitaba.
Utilizaba la cadera.
Los hombros.
La línea del cuerpo.
Sergio cruzó los brazos.
Adrián empezó a mirarlo de otra manera.
Había algo extraño en aquella posición.
Su abuelo no parecía estar buscando qué hacer.
Parecía recordar.
Manuel aumentó ligeramente el balanceo.
Después llevó las piernas hacia delante.
Rectas.
Juntas.
Las zapatillas subieron hasta la altura de la cintura.
Luego más.
Los murmullos desaparecieron.
—Espera…
Las piernas continuaron elevándose.
Manuel cerró el ángulo del cuerpo.
Los pies alcanzaron la barra.
Y antes de que los chavales pudieran procesarlo, el anciano utilizó el impulso para invertir completamente su cuerpo.
—¿Qué…?
Adrián dio un paso hacia delante.
Manuel pasó alrededor de la barra.
Las piernas subieron.
La cadera se elevó.
El cuerpo dejó de estar debajo.
Ahora estaba encima.
Un chico abrió la boca.
Otro bajó el móvil que acababa de sacar.
—No puede ser.
Manuel apoyó el peso sobre los brazos.
Controló la barra.
Su torso se elevó.
Las piernas siguieron subiendo hasta que, durante un instante imposible, aquel señor de setenta y cuatro años que había entrado con pantalones beige quedó prácticamente vertical sobre la barra.
**Cabeza abajo.
Pies hacia el techo.
Cuerpo extendido.**
El gimnasio se quedó en silencio.
Ni risas.
Ni bromas.
Ni conversaciones.
Adrián miraba a su abuelo con los ojos completamente abiertos.
—Abuelo…
Manuel descendió al otro lado.
El cuerpo tomó velocidad.
Pasó bajo la barra.
Volvió a subir.
Un gran balanceo.
Después otro.
Aquello ya no era un anciano demostrando que podía hacer una dominada.
Era gimnasia.
Técnica.
Control.
Memoria muscular construida durante años.
Uno de los chicos se llevó las manos a la cabeza.
—¡Pero qué hace este hombre!
Sergio sonrió.
—Ahora empieza lo interesante.
Adrián lo miró.
—¿Cómo que empieza?
El entrenador no respondió.
Porque Manuel acababa de aumentar el impulso.
Subió hacia atrás.
El cuerpo casi horizontal.
Bajó.
Pasó otra vez por debajo de la barra.
La velocidad era mucho mayor.
Adrián vio el movimiento de los hombros.
La apertura de la cadera.
La forma en que su abuelo miraba brevemente la colchoneta.
Conocía aquella preparación.
La había hecho cientos de veces.
—No…
Sergio no apartaba la vista de Manuel.
—Está bien.
—¿Qué va a hacer?
—Lo que todavía recuerde hacer.
—Tiene setenta y cuatro años.
Sergio lo miró de reojo.
—Él lo sabe mejor que tú.
Manuel completó otro balanceo.
Al subir, soltó la barra.
Hubo un grito colectivo.
Su cuerpo salió proyectado por el aire.
Polo gris.
Pantalones beige.
Zapatillas blancas.
Cabello completamente blanco.
Durante una fracción de segundo pareció suspendido bajo las luces del gimnasio.
Después recogió las piernas.
Giró hacia atrás.
Adrián dejó de respirar.
Manuel completó la rotación.
Abrió el cuerpo.
Buscó la colchoneta.
Los pies golpearon el azul.
Las rodillas se flexionaron.
El torso se inclinó.
Una mano casi buscó el suelo.
Pero no cayó.
Se quedó de pie.
Silencio.
Medio segundo.
Quizá menos.
Y entonces los chavales perdieron completamente la cabeza.
—¡NOOOOO!
—¡ABUELO!
—¡MADRE MÍA!
—¡¿QUÉ ACABA DE HACER?!
Corrieron hacia él.
Los mismos muchachos que minutos antes habían intentado esconder sus risas ahora rodeaban a Manuel con los brazos levantados.
Uno tenía ambas manos sobre la cabeza.
Otro gritaba mirando directamente a la cámara de su móvil.
Un tercero repetía:
—¡No me lo creo! ¡No me lo creo!
Manuel levantó las manos, medio riendo, medio intentando que no lo atropellaran.
Adrián no corrió.
Se quedó quieto.
Porque de todos los que estaban allí…
era el único que no estaba sorprendido únicamente por lo que acababa de ver.
Estaba herido.
Confundido.
Casi enfadado.
Porque aquel hombre era su abuelo.
Había comido con él cientos de domingos.
Lo había visto arreglar persianas.
Dormirse viendo el telediario.
Quejarse del precio del aceite.
Discutir con el médico porque no quería tomar una pastilla.
Y nunca…
nunca…
le había contado quién había sido antes.
Adrián miró a Sergio.
—¿Tú lo sabías?
El entrenador sostuvo sus gafas entre los dedos.
—Sí.
—¿Quién es mi abuelo?
Sergio miró a Manuel.
Después al muchacho.
—Esa pregunta deberías hacérsela tú.
Y de pronto Adrián comprendió que el salto no era lo más importante que Manuel había ocultado.
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Había algo anterior.
Algo que llevaba más de cuarenta años sin contarle.