EL JEQUE QUISO HACER PASAR A SU SIRVIENTA POR SU ESPOSA… HASTA QUE UN COLGANTE CAYÓ DEL VESTIDO ROJO

PARTE I — EL VESTIDO ROJO, LOS DOS COLGANTES Y LA MUJER QUE HABÍA SIDO BORRADA DE LA FAMILIA
Maya Haddad nunca había oído tanto silencio dentro de una habitación llena de hombres poderosos.
Apenas unos segundos antes, el jeque Khalid Al-Rashid había estado delante de ella sosteniendo un vestido rojo entre las manos.
Detrás de él, bajo las enormes lámparas de cristal del palacio, esperaban seis asesores vestidos con túnicas blancas y capas ceremoniales.
Nadie sonreía.
Maya tampoco.
Miró el vestido.
Después a Khalid.
—Su Alteza… ¿para qué es?
Khalid tenía treinta y cuatro años, una barba oscura perfectamente recortada y la serenidad irritante de los hombres acostumbrados a que sus decisiones fueran obedecidas antes incluso de ser explicadas.
—Esta noche te pondrás este vestido.
Maya soltó una pequeña risa.
Nadie la acompañó.
Entonces dejó de sonreír.
—¿Y por qué iba a hacer eso?
Khalid sostuvo su mirada.
—Porque durante la cena serás presentada como mi esposa.
Maya creyó que no había escuchado bien.
—¿Su… esposa?
Uno de los consejeros bajó la cabeza.
Otro evitó mirarla.
Solo el más anciano, Faris Al-Najjar, permaneció completamente quieto.
Maya miró alrededor.
—Soy parte del servicio del palacio.
—Lo sé.
—Limpio habitaciones, preparo bandejas y llevo café a hombres que ni siquiera recuerdan mi nombre.
Khalid tuvo la decencia de parecer incómodo.
—Y hablas cuatro idiomas. Conoces el protocolo mejor que la mitad de las personas que asistirán esta noche y sabes guardar silencio.
—Qué romántico.
Uno de los asesores tuvo que disimular una sonrisa.
Khalid suspiró.
—No te estoy proponiendo matrimonio, Maya.
—Menos mal.
Él extendió el vestido.
—Solo necesito que representes un papel durante unas horas.
Aquella noche el palacio recibiría a varios socios internacionales para firmar la operación comercial más grande desde que Khalid había asumido la dirección del Grupo Al-Rashid.
Puertos.
Terminales logísticas.
Terrenos.
Participaciones en compañías energéticas.
Una operación valorada en miles de millones.
Durante meses, Faris había insistido en que la imagen de estabilidad familiar de Khalid era importante para algunos de los socios más tradicionales.
Una antigua mentira diplomática había empeorado la situación.
Después de la desaparición de Nour Al-Rashid, la mujer con quien Khalid había estado comprometido tres años atrás, alguien del consejo había permitido que circulara la versión de que Khalid había celebrado discretamente un matrimonio posterior.
Nunca ocurrió.
Pero corregir aquella historia en vísperas del contrato habría provocado preguntas que Faris consideraba peligrosas.
Maya seguía sin entender por qué tenía que ser ella.
—Contrate a una actriz.
—No quiero a una desconocida dentro de conversaciones privadas.
—Entonces utilice a alguna mujer de su círculo.
—Conocen demasiado a mi familia.
Maya cruzó los brazos.
—Eso debería preocuparle más que tranquilizarle.
Khalid casi sonrió.
—Probablemente.
Después bajó la voz.
—Serán tres horas. Nadie te tocará. Nadie podrá darte órdenes excepto yo y podrás marcharte en cualquier momento.
—¿Y si digo que no ahora?
—Diré a mis asesores que busquen otra solución.
Faris miró a Khalid.
Fue un gesto mínimo.
Pero Maya lo vio.
Como si aquella respuesta no fuera la que el viejo consejero esperaba.
Maya observó de nuevo el vestido rojo.
Finalmente lo tomó.
—Tres horas.
—Tres.
—Y después vuelvo a ser Maya Haddad.
—Nunca dejarás de serlo.
Aquella frase resultaría mucho más importante de lo que cualquiera de los dos podía imaginar.
Maya pasó la mano sobre la tela.
Era pesada.
Seda y bordados hechos a mano.
Antigua.
Demasiado hermosa para haber permanecido escondida.
Entonces sintió algo bajo la costura interior.
Frunció el ceño.
—Hay algo aquí.
Khalid se acercó.
Maya presionó la tela entre los dedos.
Un objeto metálico salió de una pequeña abertura oculta y cayó en su palma.
Era un colgante.
Un fino creciente de luna rodeando una estrella de ocho puntas.
Maya dejó de respirar.
Khalid lo notó.
—¿Qué ocurre?
Ella llevó automáticamente una mano bajo el cuello blanco de su uniforme.
Sacó la cadena que llevaba desde niña.
En su extremo colgaba exactamente el mismo símbolo.
La misma luna.
La misma estrella.
Incluso el diminuto grabado en la parte posterior.
Dos letras.
L. A.
Khalid dejó de sonreír.
Maya colocó ambos colgantes uno al lado del otro.
—Esto no puede ser.
Detrás de ellos se escuchó una respiración profunda.
Faris.
El anciano parecía haber envejecido diez años en pocos segundos.
Khalid se volvió hacia él.
—¿Qué sabes?
Faris no contestó.
—Faris.
El hombre miraba el cuello de Maya.
—¿Quién te dio ese colgante?
—Mi madre.
—¿Cómo se llamaba?
Maya apretó la cadena.
—Salma Haddad.
Faris cerró los ojos.
Khalid dio un paso hacia él.
—La conocías.
No era una pregunta.
Faris tardó demasiado.
—Sí.
Maya sintió un escalofrío.
—Mi madre decía que nunca había trabajado para familias importantes.
Faris la observó.
—Te mintió.
Maya quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Salma vivió en este palacio durante casi quince años.
—No.
—Fue institutriz.
—No.
—Primero de Nour.
El nombre hizo que Khalid levantara la cabeza.
—¿Qué tiene Nour que ver con esto?
Faris señaló los colgantes.
—Existían dos.
—Eso ya lo vemos —respondió Maya.
—No fueron fabricados por casualidad.
Faris respiró.
—Eran para dos niñas de la misma rama familiar.
Maya sintió que el suelo parecía moverse.
—¿Qué niñas?
Faris miró a Khalid.
Después a ella.
—Nour… y otra niña cuya existencia fue borrada de los registros.
Khalid se acercó.
—Nour no tenía hermana.
—Oficialmente, no.
—¿Qué significa “oficialmente”?
Faris guardó silencio.
Maya perdió la paciencia.
—¡¿Qué pasó con esa niña?!
El anciano la miró directamente.
—Salma se marchó del palacio con ella.
Nadie habló.
Maya bajó la vista hacia el colgante que había llevado toda su vida.
—¿Está diciendo que esa niña era yo?
Faris respondió:
—Estoy diciendo que debemos comprobarlo.
Khalid mandó cancelar todas las reuniones previas a la cena.
Maya quiso marcharse.
Él no se lo impidió.
Pero antes de alcanzar la puerta, la joven se volvió.
—Quiero saberlo.
Faris exhaló.
Khalid asintió.
Utilizaron el laboratorio privado de la clínica de la familia.
No pretendían determinar una identidad completa en unas horas, pero existían muestras genéticas antiguas de miembros de la rama familiar por motivos médicos.
El médico volvió antes del anochecer.
Su rostro decía más que el sobre.
Khalid preguntó:
—¿Resultado?
—La señorita Haddad pertenece biológicamente a la misma rama que Nour.
Maya se agarró al respaldo de una silla.
—¿Cuánto de cerca?
El médico dudó.
—Muy cerca. El primer análisis es compatible con parentesco familiar inmediato dentro de esa rama, aunque necesitaríamos muestras adicionales para determinar exactamente la relación.
Faris parecía todavía más preocupado.
Aquello desconcertó a Khalid.
—Deberías estar sorprendido.
—Lo estoy.
—No. Pareces asustado.
Faris respondió:
—Porque si Maya es quien creemos…
Miró el reloj.
—La cena de esta noche ya no es solo una cena.
Maya se negó a ponerse el vestido hasta revisarlo por completo.
No confiaba ya en ninguna costura.
Encontró una segunda abertura oculta en el forro.
Dentro había un pequeño trozo de papel doblado.
Tres palabras.
CENA. MESA 7.
Khalid leyó el mensaje dos veces.
—La mesa siete está preparada para Omar Vassal y sus socios.
Faris palideció.
—Omar asistió a la recepción de hace tres años.
—¿Qué recepción?
—La noche en que Nour desapareció.
Maya levantó la mirada.
El vestido rojo había pertenecido a Nour.
Tres años atrás, debía usarlo en una cena con algunos de los mismos hombres que estarían presentes aquella noche.
Nunca llegó a ponérselo delante de los invitados.
Horas antes del evento desapareció.
Su vehículo apareció dos días después cerca de la costa.
No había cuerpo.
Nadie volvió a verla.
Khalid había pasado meses buscándola.
Después años intentando aceptar que probablemente estaba muerta.
Maya miró el vestido.
—Entonces alguien cosió este mensaje antes de que desapareciera.
—Sí.
—¿Nour?
—Probablemente.
—¿Y el colgante?
Faris respondió:
—También.
Khalid se volvió hacia Maya.
—No tienes que ir a esa cena.
Ella miró el pequeño papel.
Después su propio colgante.
—Hace una hora era una criada a la que quería vestir como su mujer para salvar una mentira empresarial.
Khalid hizo una mueca.
—Dicho así…
—¿Hay otra forma de decirlo?
—No especialmente.
Maya sostuvo el vestido.
—Ahora resulta que perteneció a una mujer desaparecida que conocía a mi madre y llevaba una joya idéntica a la mía.
Pausa.
—Voy a esa cena.
—Puede ser peligroso.
—Entonces no vuelva a ocultarme información.
Khalid asintió.
—De acuerdo.
—Toda la verdad.
—Toda la que yo conozca.
Maya lo observó.
—Eso último no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
Dos horas después las puertas del gran salón se abrieron.
Maya entró vestida de rojo.
El cabello recogido.
El colgante de Salma visible alrededor del cuello.
Khalid caminaba a su lado.
La transformación provocó un silencio inmediato.
Los invitados conocían a Khalid.
Muchos nunca habían visto a la mujer que, según los rumores, se había convertido en su esposa.
Maya sintió decenas de miradas.
Pero buscó una sola mesa.
Siete.
Allí estaba Omar Vassal.
Sesenta años.
Traje occidental gris.
Viejo socio financiero de los Al-Rashid.
Cuando vio a Maya, dejó caer la copa.
El cristal golpeó el plato.
Khalid lo vio.
Maya también.
Se acercaron.
Omar estaba completamente pálido.
—Buenas noches —dijo Khalid.
El hombre apenas pudo responder.
Sus ojos permanecían sobre Maya.
Finalmente murmuró:
—Nour…
Maya inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Me conoce?
Omar reaccionó.
—No.
—Acaba de llamarme Nour.
—El vestido.
—¿Qué ocurre con él?
—Era suyo.
Maya se sentó frente a él.
—¿Cómo lo sabe?
—Todo el mundo lo sabía.
Pocos minutos después, Omar se inclinó sobre la mesa.
—No debería llevarlo.
Maya mantuvo la expresión tranquila.
—¿Por qué?
—Porque pertenece a una muerta.
—Nour nunca fue declarada muerta.
El hombre se quedó rígido.
Después se levantó.
—Necesito aire.
No llegó lejos.
Khalid ordenó discretamente que seguridad lo mantuviera dentro del recinto.
Maya miró bajo la mesa.
Había una diminuta marca circular en la madera.
Faris la vio.
—Espera.
Llamaron a un técnico.
Dentro de una cavidad antigua encontraron un módulo de almacenamiento.
Tres años escondido.
Dañado.
Pero todavía legible.
Reprodujeron el primer archivo en una sala privada.
La imagen mostraba aquel mismo comedor.
Nour llevaba el vestido rojo.
A su lado había otra mujer.
Maya se acercó a la pantalla.
—Mamá.
Salma.
Más joven.
Pero era ella.
Maya no había oído su voz desde que murió dieciocho meses atrás.
Tuvo que sentarse.
En el vídeo Nour hablaba deprisa.
—Si no vuelvo, te llevas a Maya.
Salma negó.
—Ya está preparada.
Maya sintió que el corazón se detenía.
Nour había pronunciado su nombre.
Tres años atrás.
Antes de que Maya hubiera trabajado jamás en el palacio.
Nour continuó:
—Algún día tendrá que saber quién es.
Salma respondió:
—No mientras Khalid ignore la verdad sobre su padre.
Khalid detuvo el vídeo.
—¿Mi padre?
Faris se puso blanco.
Maya lo miró.
—¿Qué tenía Rashid que ver conmigo?
Silencio.
Khalid reinició la grabación.
Nour volvió a hablar.
—Si descubre que Maya sigue viva, hará con ella lo mismo que hizo con su madre.
El archivo terminaba ahí.
Maya miró a Faris.
—Salma no era mi madre.
El anciano no respondió.
—Dígamelo.
—No.
—¡Dígamelo!
Faris cerró los ojos.
—Salma te crió.
—Eso no responde.
—Te quiso como una hija.
—¿Quién me dio a luz?
Faris parecía incapaz de continuar.
Khalid lo obligó.
—Habla.
El viejo consejero finalmente dijo:
—Layla Al-Rashid.
El nombre golpeó a Khalid.
—Mi tía.
Maya se volvió.
—¿Su tía?
—La hermana menor de mi padre.
Maya dejó escapar una pequeña risa de incredulidad.
—Entonces…
—Somos primos.
Ambos miraron el vestido.
Khalid murmuró:
—Y hace cuatro horas pretendía presentarte como mi esposa.
Maya soltó una risa nerviosa entre lágrimas.
—Su familia tiene formas particularmente extrañas de reunirse.
Ni siquiera Faris sonrió.
Porque todavía faltaba lo peor.
Layla Al-Rashid había muerto oficialmente veintiséis años atrás.
Un accidente de automóvil.
Sin supervivientes.
O eso decían los archivos.
Pero dentro de un antiguo cofre del archivo privado del palacio encontraron un certificado de nacimiento que jamás había sido incorporado al registro público.
MAYA AL-RASHID.
Madre:
LAYLA AL-RASHID.
Padre:
no declarado.
Maya tocó el papel.
—¿Por qué me borraron?
Faris respondió:
—Por dinero.
La explicación comenzó a aparecer pieza a pieza.
Layla había heredado una participación importante del patrimonio familiar.
Tierras.
Terminales.
Derechos de explotación.
Acciones.
Su hija heredaría esas participaciones.
Si Maya seguía oficialmente viva, determinados activos no podían venderse sin su consentimiento una vez alcanzara la edad correspondiente.
Khalid miró hacia el salón.
El contrato de aquella noche incluía exactamente algunos de esos activos.
—Yo creía que podía autorizar la operación.
Faris bajó la cabeza.
Maya entendió.
—Pero falta mi firma.
—Si ese certificado es válido —dijo Khalid—, sí.
—Entonces vuestra “falsa esposa” puede impedir vuestro contrato.
Khalid negó.
—Mi contrato ya no me importa.
—Hace cinco horas parecía importarle bastante.
—Hace cinco horas creía que era mío para venderlo.
Pausa.
—Ahora sé que quizá nunca lo fue.
Había un segundo archivo dentro del módulo.
Nour aparecía sola.
Mirando directamente a la cámara.
—Maya, si ves esto, significa que Salma no consiguió mantenerte lejos del palacio.
Maya contuvo el llanto.
—No confíes en nadie solo porque comparta tu apellido.
Khalid bajó los ojos.
La grabación continuó.
—Khalid no es tu enemigo.
Él levantó la cabeza.
—Pero todavía no sabe que el poder de su padre fue construido sobre la desaparición de tu madre.
Maya respiró con dificultad.
Nour dijo:
—Layla no murió en aquel accidente.
Pausa.
—La encerraron.
La pantalla se oscureció.
Durante varios segundos nadie habló.
Khalid se volvió hacia Faris.
—Mi padre está muerto.
Faris respondió:
—No.
Khalid quedó completamente quieto.
—Repite eso.
—Rashid está vivo.
—Vi su tumba.
—Viste un ataúd.
—Cuatro años, Faris.
—Lo sé.
—¿Dónde está?
—Fuera del país. O eso creía hasta hace poco.
Khalid caminó hasta él.
—¿Por qué fingió su muerte?
Faris respondió:
—Nour descubrió cuentas ocultas. Empresas pantalla. Transferencias. Propiedades vendidas sin la autorización de todos los herederos.
—¿Y por eso desapareció?
—Fue parte de ello.
Maya lo observaba.
Por primera vez notó algo extraño.
Faris respondía siempre.
Pero nunca del todo.
Como si administrara la verdad igual que administraba el palacio.
En pequeñas porciones.
Solo cuando ya no tenía otra elección.
Dentro del archivo había unas coordenadas.
Un antiguo palacio secundario perteneciente a Rashid.
Abandonado oficialmente desde hacía más de una década.
Khalid reunió a seis hombres de seguridad.
Maya exigió ir.
—No.
—Acabamos de descubrir que quizá mi madre estuvo encerrada allí.
—Precisamente.
—No me volverá a decir qué puedo saber sobre mi propia vida.
Khalid comprendió.
—Bien.
Faris insistió en acompañarlos.
Aquello sorprendería después a Maya.
En aquel momento solo pensó que un hombre que conocía la historia podía resultar útil.
Llegaron antes del amanecer.
El palacio era mucho más pequeño.
Polvo.
Muebles cubiertos.
Ventanas cerradas.
Bajo una biblioteca encontraron un mecanismo.
Después unas escaleras.
Un corredor subterráneo.
Y una habitación.
Había medicamentos.
Libros.
Vestidos.
Fotografías.
Una cama.
Alguien había vivido allí durante años.
Maya encontró un retrato.
Una mujer de unos treinta años.
Los mismos ojos.
La misma forma de las cejas.
Al cuello llevaba el creciente y la estrella.
—Layla —murmuró Faris.
Maya apenas podía sostenerse.
Sobre la mesa había una carta reciente.
Fecha:
tres semanas atrás.
Para Maya.
La abrió con las manos temblando.
Hija mía: si estás leyendo esto, significa que Nour consiguió acercarte a la verdad.
Maya empezó a llorar.
No busques únicamente quién me hizo desaparecer. Busca quién todavía mantiene a Nour prisionera.
Maya levantó la mirada.
—Nour está viva.
Entonces escucharon un ruido detrás.
Una puerta metálica.
Todos se volvieron.
Un hombre anciano apareció apoyado en un bastón negro.
Cabello gris.
Traje oscuro.
Khalid dejó de respirar.
—Padre.
Rashid Al-Rashid.
Vivo.
El viejo miró primero a su hijo.
Después a Maya.
Finalmente al vestido rojo.
—Salma debería haber quemado esa prenda.
Maya apretó la carta.
—¿Dónde está mi madre?
Rashid no respondió.
—¿Dónde está Nour?
El anciano la observó.
—Has heredado exactamente la misma impaciencia de Layla.
Khalid dio un paso.
—No vuelvas a hablarle así.
Rashid sonrió con cansancio.
—Por fin actúas como parte de esta familia.
—Usted renunció al derecho de hablar de familia cuando nos dejó enterrarlo.
Rashid no discutió.
Maya preguntó:
—¿Por qué esta cena?
El anciano la miró.
—Porque necesitábamos saber qué mujer acabaría llevando el vestido rojo.
Khalid frunció el ceño.
—¿Qué mujeres?
—Había dos personas capaces de destruir el contrato de esta noche.
Rashid levantó la mirada hacia el corredor.
—Tú.
Miró a Maya.
—Y ella.
Una figura salió de la oscuridad.
Una mujer delgada.
Cabello negro.
Piel pálida.
Cicatrices pequeñas alrededor de una muñeca.
Maya reconoció inmediatamente el rostro del vídeo.
Khalid susurró:
—Nour.
Nour no lo miró primero.
Miró a Maya.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Has crecido.
Maya sintió que las rodillas le fallaban.
—¿Me conoces?
—Desde que naciste.
—Entonces dime quién soy.
Nour miró a Rashid.
Después a Khalid.
Después a Faris.
—No aquí.
—¿Por qué?
La expresión de Nour cambió.
—Porque el hombre que hizo desaparecer a tu madre está dentro de esta habitación.
Maya miró inmediatamente a Rashid.
Nour negó.
—No fue él.
El silencio se volvió glacial.
Khalid miró a su padre.
Después a los guardias.
Maya se volvió lentamente hacia Faris.
El anciano consejero había dejado de parecer sorprendido.
Nour pronunció su nombre.
May you like
—Faris.
Y por primera vez en veinticinco años, el hombre que conocía todos los secretos del palacio no tuvo ninguna respuesta preparada.