EL MOTERO QUE CONSTRUYÓ UNA HARLEY AMARILLA PARA UNA NIÑA… Y CUANDO SU MADRE DESCUBRIÓ POR QUÉ, NO PUDO DEJAR DE LLORAR

PARTE 1 — LA MOTO QUE NO PODÍA COMPRARSE CON DINERO
La primera vez que Emma vio a Gunter, pensó que era el hombre más grande del mundo.
No porque realmente lo fuera.
A sus sesenta y siete años, Harold Gunter medía casi un metro noventa, llevaba una barba gris que le cubría media cara y tenía unos hombros enormes incluso debajo de su vieja chaqueta de cuero.
Para una niña de ocho años, aquello bastaba.
Gunter vivía tres casas más abajo, al final de una tranquila calle residencial donde las tardes olían a césped recién cortado y los vecinos dejaban las bicicletas de los niños tiradas junto a las entradas de los garajes.
Su casa era diferente.
Del garaje siempre salía música antigua.
Había herramientas colgadas en la pared.
Cajas llenas de tornillos.
Piezas de motores.
Y, justo en el centro, una Harley-Davidson negra de casi treinta años que Gunter cuidaba como si todavía fuera nueva.
Emma la contemplaba cada vez que pasaba.
La niña vivía con su madre, Laura Bennett, en una pequeña casa alquilada situada frente a la de Gunter.
Laura tenía treinta y cuatro años y llevaba demasiado tiempo haciendo cuentas.
Alquiler.
Electricidad.
Seguro médico.
Comida.
Gasolina.
La cuota del colegio.
Una deuda que todavía arrastraba del hospital.
Y todo aquello con el sueldo de recepcionista de una clínica dental y las horas extra que hacía tres noches por semana organizando inventario en un supermercado.
No vivían en la miseria.
Pero cualquier gasto inesperado podía convertirse en un problema.
Emma había aprendido aquello antes de lo que una niña debería.
Nunca pedía juguetes caros.
Nunca protestaba cuando Laura decía:
—Este mes no podemos.
Y cuando veía algo que deseaba, no preguntaba cuánto costaba.
Preguntaba cuánto tendría que ahorrar.
Por eso guardaba monedas en un bote de cristal.
En la tapa había pegado una etiqueta escrita con rotulador amarillo:
MI HARLEY.
Laura lo había descubierto una tarde.
—¿Tu qué?
Emma levantó el bote.
—Mi Harley.
—Emma, cariño, una Harley de verdad cuesta más que nuestra casa.
—Por eso estoy ahorrando.
Laura miró las monedas.
Había once dólares con treinta y siete centavos.
—Vas por buen camino.
—Ya tengo más de once.
—Eso he visto.
—Y para mi cumpleaños quizá llegue a veinte.
Laura se echó a reír.
Emma no.
—Hablo en serio.
Su madre terminó sentándose frente a ella.
—¿Por qué quieres una moto?
La niña se encogió de hombros.
—Porque parecen libres.
Aquella respuesta dejó a Laura sin palabras durante un momento.
Emma continuó:
—Cuando el señor Gunter sale con la suya, parece que puede ir donde quiera.
—También puede recibir una multa donde quiera.
—Mamá.
—Es importante conocer todos los detalles.
Emma sonrió.
—Quiero una amarilla.
—Naturalmente.
—Con cromados.
—Por supuesto.
—Y un asiento negro.
—¿Alguna otra exigencia?
Emma pensó.
—Que haga ruido.
Laura la señaló.
—Eso queda prohibido.
La niña resopló.
—Entonces muy poquito ruido.
No volvieron a hablar del asunto.
Pero Gunter sí.
Porque lo había escuchado todo desde su garaje.
Dos días después, Emma regresaba del colegio cuando vio al viejo motero agachado junto a su Harley.
Se detuvo.
—Señor Gunter.
Él levantó la cabeza.
—Señorita Emma.
—¿Qué hace?
—Intento averiguar por qué una mujer de treinta años ha decidido empezar a perder aceite.
Emma observó la motocicleta.
—¿La moto es una mujer?
—Naturalmente.
—¿Cómo se llama?
Gunter guardó silencio.
—No tiene nombre.
La niña abrió mucho los ojos.
—Eso es horrible.
—Llevamos treinta años entendiéndonos sin presentaciones.
Emma se acercó un poco.
—Mi moto se llamará Estrella.
Gunter se apoyó en la rodilla.
—¿Qué moto?
—La que voy a comprarme.
Él miró hacia el bote de monedas que la niña llevaba dentro de la mochila.
Conocía ya la historia.
—¿Cuánto llevas ahorrado?
Emma respondió orgullosa:
—Trece dólares con doce.
Gunter asintió con absoluta seriedad.
—Cuidado. Como sigas así, Harley-Davidson te llamará directamente.
Emma sonrió.
Después miró la moto negra.
—¿Los niños pueden conducir una?
—Una como esta, no.
—¿Y una pequeña?
—Hay motos infantiles.
Los ojos de Emma se iluminaron.
—¿De verdad?
Gunter se arrepintió casi inmediatamente de haberlo dicho.
—Sí, pero…
—¿Harley?
—No exactamente.
—Entonces no cuenta.
Gunter soltó una carcajada.
—Eres bastante exigente para tener trece dólares.
Emma apoyó las manos en las caderas.
—Trece con doce.
—Perdón.
La niña permaneció un rato mirando cómo trabajaba.
Después se sentó en el suelo del garaje.
Gunter la miró.
—¿No tienes deberes?
—Sí.
—¿Y?
—Siguen allí aunque yo esté aquí.
—Argumento sólido.
A partir de aquella tarde, Emma empezó a pasar por el garaje casi todos los días.
Nunca tocaba nada sin permiso.
Preguntaba el nombre de cada herramienta.
Aprendió qué era una bujía.
Qué hacía una cadena.
Por qué los neumáticos necesitaban presión.
Y, sobre todo, aprendió la regla más importante de Gunter:
—Una moto no es un juguete.
Emma repetía:
—Casco siempre.
—¿Y?
—Zapatos cerrados.
—¿Y?
—Nada de correr.
—¿Y?
—Hacer caso a los adultos.
Gunter levantó una ceja.
—Esa última todavía la estamos trabajando.
Laura observaba aquella relación desde cierta distancia.
Al principio no le gustó.
Gunter imponía.
Tenía amigos que aparecían en motos enormes.
Hombres con chalecos de cuero, barbas, tatuajes y voces capaces de llenar una calle entera.
Pero nunca bebían cuando iban a conducir.
Nunca dejaban basura.
Y cada diciembre reunían juguetes para niños del hospital.
Laura descubrió además que Gunter había tenido durante más de cuarenta años un pequeño taller mecánico.
Lo cerró al jubilarse.
Desde entonces arreglaba motos de amigos por puro aburrimiento.
—No cobra casi nunca —le explicó una vecina.
—¿Entonces de qué vive?
—De su pensión y de haber trabajado como un condenado toda la vida.
—Parece bastante…
Laura buscó la palabra.
—Intimidante.
La vecina sonrió.
—Hasta que lo ves dando de comer a los pájaros.
Aquella misma tarde, Laura encontró a Emma en el garaje de Gunter, sentada en un taburete, con unas enormes gafas protectoras.
—¿Qué hacéis?
Emma levantó una llave inglesa.
—Estoy aprendiendo mecánica.
Gunter se volvió.
—Solo le he enseñado a reconocer herramientas.
Laura cruzó los brazos.
—Espero que no le esté enseñando a conducir.
—Todavía no.
—Gunter.
El viejo sonrió.
—Es broma.
Emma protestó:
—Mamá.
—Ni lo sueñes.
—Pero cuando tenga mi Harley…
Laura suspiró.
—Cuando tengas treinta años y te la compres con tu dinero, hablamos.
Emma bajó la mirada.
Fue solo un segundo.
Pero Gunter lo vio.
Laura también.
La niña sonrió enseguida.
—Entonces tengo mucho tiempo para ahorrar.
Aquella noche, cuando Emma se marchó, Gunter se quedó solo en el garaje.
Durante varios minutos no trabajó.
Miró una estantería alta.
Después arrastró una silla.
Se subió con dificultad.
Y bajó una vieja caja metálica.
La abrió.
Dentro había fotografías.
Unos dibujos infantiles.
Una pulsera de hospital.
Y una hoja de papel doblada cuatro veces.
Gunter la desplegó.
El dibujo estaba hecho con ceras.
Una motocicleta amarilla.
Dos ruedas enormes.
Un manillar torcido.
Un sol azul.
Y debajo, con letras infantiles:
PAPÁ Y GRACE EN MOTO.
Gunter cerró los ojos.
Habían pasado treinta y cuatro años.
Y aun así aquel papel seguía sabiendo dónde golpear.
Grace había sido su hija.
Su única hija.
Tenía nueve años cuando enfermó.
Leucemia.
Primero médicos.
Después hospitales.
Meses en los que Gunter y su esposa, Martha, aprendieron palabras que nunca quisieron conocer.
Remisión.
Recaída.
Plaquetas.
Trasplante.
Durante una época en que Grace parecía mejorar, la niña le pidió algo.
—Papá, quiero una moto como la tuya.
Gunter se había reído.
—Tú no llegas ni al suelo.
—Entonces hazme una pequeña.
—Cuando estés fuerte.
—Prometido.
—Prometido.
Grace dibujó la moto.
Amarilla.
Gunter compró algunas piezas.
Un pequeño motor usado.
Un chasis incompleto.
Pero el trabajo se quedó detenido.
Siempre había una consulta.
Un tratamiento.
Una noche difícil.
Y después dejó de existir la posibilidad de terminarlo.
Grace murió tres meses antes de cumplir diez años.
Martha guardó las piezas durante años.
Gunter no volvió a mirarlas.
Cuando ella murió mucho después, le dejó una nota dentro de aquella misma caja.
Harold, no permitas que el dolor convierta todo el amor que tuvimos en algo inútil.
Durante mucho tiempo Gunter no entendió lo que quería decir.
Aquella noche miró nuevamente el dibujo amarillo.
Después miró hacia la casa de enfrente.
A través de una ventana pudo ver a Emma colocando monedas dentro de su bote.
Gunter dobló lentamente el papel.
Y dijo para sí:
—Muy bien, pequeña.
Al día siguiente llamó a Duke.
Duke Sanders había sido amigo suyo durante treinta y ocho años.
Respondió:
—Si esto es para ayudar a mover el sofá otra vez, tengo la espalda rota.
—Necesito construir una moto.
—Eso sí me interesa.
—Pequeña.
Pausa.
—¿Para cuánto de pequeña?
—Para una niña de ocho años.
Otro silencio.
—Gunter.
—¿Qué?
—¿Te has vuelto loco?
—Hace tiempo.
—Eso es verdad.
Gunter explicó la idea.
No quería comprar una minimoto y pintarla.
Quería hacer algo único.
Un pequeño vehículo eléctrico.
Velocidad limitada.
Acelerador progresivo.
Freno automático.
Ruedas estabilizadoras desmontables.
Chasis ligero.
Aspecto inspirado en una Harley clásica.
Amarillo.
Mucho cromado.
Asiento negro.
Duke soltó un silbido.
—Eso son muchas horas.
—Tengo horas.
—Y dinero.
—También tengo algo.
—Emma no puede saberlo.
—Entendido.
—Su madre tampoco.
Duke rio.
—Eso terminará estupendamente.
Durante las siguientes siete semanas, el garaje de Gunter volvió a parecer un taller.
Trabajaban después de que Emma se marchara.
Duke consiguió un pequeño motor eléctrico.
Ray fabricó soportes.
Tommy, que tenía una tienda de pintura, prometió encargarse del amarillo.
—¿Qué tono?
Gunter miró el dibujo de Grace.
—El más alegre que tengas.
Emma seguía pasando cada tarde.
Y cada tarde Gunter escondía el proyecto detrás de una lona oscura.
—¿Qué hay ahí?
—Nada.
—Si fuera nada no tendría una lona.
—Es nada delicada.
Emma entrecerraba los ojos.
—Está escondiendo algo.
—Naturalmente.
—¿Qué?
—Un dragón.
—No le creo.
—Haces bien.
Un día intentó mirar por debajo.
Gunter apareció detrás.
—Señorita Emma.
La niña se incorporó inmediatamente.
—Se me cayó una cosa.
—¿Qué?
Emma miró el suelo vacío.
—La dignidad.
Gunter tuvo que girarse para que no viera que estaba riendo.
La construcción resultó más difícil de lo esperado.
Gunter ya no tenía las manos de los cuarenta años.
La artritis aparecía en los días fríos.
Le dolía la espalda.
Sus ojos se cansaban antes.
Una noche dejó caer una llave inglesa.
Duke lo observó.
—Podemos terminar mañana.
—No.
—No tienes veinte años.
—Gracias por recordarlo.
—Tampoco va a desaparecer la niña si tardamos una semana más.
Gunter se quedó inmóvil.
Duke comprendió demasiado tarde sus propias palabras.
—Perdona.
Gunter negó.
—No pasa nada.
Volvió a coger la herramienta.
—Pero esta vez quiero acabarla a tiempo.
Duke lo observó.
Sabía lo de Grace.
Todos los amigos antiguos lo sabían.
—Esto no es para Grace.
Gunter levantó la cabeza.
—Lo sé.
—Emma no puede arreglar lo que pasó.
—También lo sé.
—Entonces ¿por qué te estás destrozando las manos?
Gunter miró el pequeño chasis.
—Porque durante treinta y cuatro años he mirado aquel dibujo pensando en algo que no hice.
Pausa.
—Y un día comprendí que no puedo terminar la moto de mi hija.
Duke permaneció callado.
—Pero sí puedo cumplir la promesa de ser el tipo de hombre que habría terminado esa moto.
Duke bajó los ojos.
—Eso ha sido demasiado profundo para un miércoles.
Gunter sonrió.
—Dame la llave del doce.
Laura descubrió mientras tanto que Emma seguía ahorrando.
El bote llegó a veintinueve dólares.
Después treinta y cuatro.
Un sábado la niña montó una pequeña mesa delante de casa.
Vendía dibujos.
En un cartón escribió:
DIBUJOS — 1 DÓLAR
FONDO PARA MI HARLEY
Gunter lo vio desde el garaje.
Se acercó.
—¿Negocio nuevo?
Emma asintió.
—Necesito capital.
—¿Quién te ha enseñado esa palabra?
—Mamá.
Gunter miró los dibujos.
Había gatos.
Casas.
Motocicletas.
Compró uno.
—¿Cuál?
—Elija.
Gunter señaló una motocicleta amarilla.
Emma negó.
—Esa no.
—¿Por qué?
—Es mi favorita.
—Entonces quiero esa.
—Cinco dólares.
Gunter levantó una ceja.
—El cartel dice uno.
—Oferta y demanda.
El viejo la miró.
—Vas a terminar dirigiendo bancos.
Pagó cinco.
Emma puso el billete dentro del bote.
—Gracias.
Gunter sostuvo el dibujo.
—¿Por qué amarilla?
La niña se encogió de hombros.
—Porque las motos grandes casi siempre son negras.
—No todas.
—Pero muchas.
—¿Y?
Emma sonrió.
—Si voy a ser pequeña, por lo menos quiero que me vean.
Gunter sintió un nudo en la garganta.
—Eso tiene sentido.
Dos semanas después, la moto estaba terminada.
Duke, Ray y Tommy permanecieron alrededor en silencio.
Era pequeña.
Pero no parecía un juguete barato.
Depósito decorativo amarillo brillante.
Guardabarros del mismo color.
Falsos escapes cromados.
Manillar reducido.
Faro delantero.
Un pequeño velocímetro digital.
Asiento negro cosido a mano.
Motor eléctrico limitado a una velocidad segura.
Sistema remoto de corte que llevaría un adulto.
Y una diminuta placa lateral diseñada por Gunter.
Duke se inclinó.
—Falta algo.
—¿Qué?
—El nombre.
Gunter había pensado en aquello.
Podía poner Estrella, como Emma había dicho.
Pero decidió no hacerlo.
—La moto es de ella.
—¿Y?
—Que decida ella cómo llamarla.
Tommy recorrió la pintura con la mirada.
—Está preciosa.
Gunter no respondió.
Sacó de un bolsillo una pequeña placa de latón.
Ray leyó:
PARA EMMA.
SUEÑA A LO GRANDE, CONDUCE CON CUIDADO
Y NO DEJES NUNCA DE CREER EN LA BONDAD.
—GUNTER
Duke lo miró.
—¿Seguro?
Gunter asintió.
Atornilló la placa.
Después apagó las luces del garaje.
—Mañana.
Al día siguiente, Laura regresó del trabajo agotada.
Había tenido un problema con una factura médica.
El coche necesitaba neumáticos.
Y el propietario de la vivienda había anunciado una subida del alquiler para el año siguiente.
Solo quería preparar algo rápido de cenar y acostarse.
Emma estaba en pijama.
Blanco.
Con pequeñas estrellas amarillas.
—¿Puedo comer cereales?
—Eso no es cenar.
—Tiene leche.
—Impresionante argumento nutricional.
Entonces llamaron a la puerta.
Emma corrió.
—No abras sin preguntar.
—¿Quién es?
—Gunter.
La niña abrió.
El viejo estaba al pie del porche.
—Buenas noches.
Laura apareció.
—Gunter.
—Necesito enseñaros algo.
—¿Ahora?
—Solo serán cinco minutos.
Emma ya estaba bajando las escaleras.
—Zapatos —dijo Laura.
—Está aquí mismo.
—Emma.
La niña regresó corriendo, aunque solo se puso unas zapatillas sin atar correctamente.
Fuera estaba aparcada la vieja camioneta de Gunter.
Junto a ella había algo cubierto con una lona.
Emma lo vio.
Después miró al hombre.
—¿Es el dragón?
—Peor.
Gunter sujetó la lona.
—¿Preparada?
—Sí.
La retiró.
Durante unos segundos Emma no hizo ningún sonido.
La pequeña Harley amarilla brillaba bajo la luz del porche.
El cromado reflejaba las farolas.
El asiento negro parecía recién salido de fábrica.
El manillar estaba exactamente a su altura.
Emma abrió la boca.
—No…
Después:
—¡Guau!
Bajó los últimos escalones.
Corrió hacia la moto.
Se agachó.
Pasó los dedos a pocos centímetros del guardabarros sin atreverse a tocarlo.
—Es amarilla.
Gunter sonrió.
—Buena observación.
—Tiene cromados.
—También.
Emma miró el asiento.
Después el manillar.
Después el pequeño faro.
—Es…
Lo miró.
—Es mi Harley.
Gunter no corrigió aquella frase.
—Sí.
La niña levantó la cabeza.
—¿La ha hecho usted?
—He tenido algo de ayuda.
Emma se lanzó hacia él.
Abrazó una de sus piernas con toda la fuerza que tenía.
Gunter se quedó quieto.
Después apoyó una enorme mano sobre sus trenzas.
Laura había permanecido en el porche.
No comprendía todavía.
Bajó lentamente.
Miró la moto.
Después a Gunter.
—No.
Él levantó la vista.
—¿Qué?
—No puedo aceptar esto.
—Claro que puedes.
—Gunter, yo no puedo pagar algo así.
—No tienes que pagarlo.
Laura negó.
—No.
—Laura.
—No sé cuánto cuesta, pero no puedo.
—La moto es gratis.
Ella se quedó quieta.
—¿Qué?
Gunter señaló sus propias manos.
—Las piezas las hemos conseguido entre varios.
Pausa.
—Y el trabajo es el regalo.
Laura lo miró.
Las manos de aquel hombre estaban llenas de pequeñas heridas.
Una uña partida.
Arañazos.
Grasa todavía atrapada bajo la piel pese a habérselas lavado.
—¿Cuánto tiempo…?
Gunter se encogió de hombros.
—Unas semanas.
Duke, que observaba desde una camioneta aparcada más lejos, murmuró para sí:
—Mentiroso.
Habían sido casi dos meses.
Laura se llevó ambas manos a la cara.
—No puedo creerlo.
Emma seguía abrazada a Gunter.
—Gracias, señor Gunter.
Él miró hacia abajo.
—De nada, pequeña motera.
Laura comenzó a llorar.
Intentó contenerse.
No pudo.
—No sé cómo darle las gracias.
Gunter sonrió.
—Ya lo has hecho.
Ella bajó las manos.
—¿Cuándo?
Él señaló a Emma.
—Mira su cara.
Laura la miró.
La niña contemplaba la motocicleta como si alguien hubiera colocado delante de ella un trozo físico de un sueño.
Gunter añadió:
—Con eso basta.
Emma vio entonces la pequeña placa lateral.
—Hay letras.
Se agachó.
Leyó lentamente.
—“Para Emma. Sueña a lo grande…”
Su voz se volvió más baja.
—“…conduce con cuidado y no dejes nunca de creer en la bondad.”
Miró al viejo.
—¿Lo escribió usted?
—Sí.
—¿Por qué?
Gunter guardó silencio unos segundos.
—Porque alguien debería recordártelo cuando yo no esté delante para hacerlo.
Laura dejó de respirar.
Había algo en aquella respuesta.
Una tristeza escondida.
Pero Emma no la percibió.
Volvió a abrazarlo.
—¿Podemos montar juntos algún día?
Gunter rio.
—Primero tendrás que aprender.
—Sé aprender.
—Casco.
—Siempre.
—Nada de correr.
—Nunca.
Gunter arqueó una ceja.
Emma corrigió:
—Bueno… casi nunca.
—Nunca.
—Vale.
—Y haces caso a quien esté supervisando.
—Vale.
—Aunque sea tu madre.
Emma suspiró.
—Eso complica las cosas.
Laura soltó una carcajada entre lágrimas.
Gunter también.
Después miró aquella pequeña moto amarilla bajo la luz del porche.
Y durante un instante vio otra.
Una moto dibujada con ceras.
Una niña llamada Grace.
Una promesa que no pudo cumplir.
Tuvo que apartar la mirada.
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Laura lo vio.
Y comprendió que aquella motocicleta escondía una historia que Gunter todavía no les había contado.