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PARTE 2 — LA HABITACIÓN DEL SÉPTIMO PISO Y EL PRECIO DE LLEVAR UNA INSIGNIA

La puerta estaba detrás de un armario móvil.

No parecía una puerta.

Esa había sido precisamente la idea.

Durante una inspección judicial de la séptima planta encontraron el mecanismo.

Al otro lado había una estancia de apenas doce metros cuadrados.

Sin ventanas.

Dos archivadores.

Un ordenador antiguo.

Tres discos duros.

Y cuarenta y siete carpetas.

Cada una llevaba un nombre.

Algunas correspondían a agentes.

Otras a fiscales.

Otras a empresarios.

Muchas a ciudadanos anónimos.

Inés abrió la primera.

Fotografías.

Informes médicos.

Deudas.

Relaciones extramatrimoniales.

Aficiones.

Problemas familiares.

Información suficiente para presionar a una persona.

Marcos abrió otra.

Reconoció a un antiguo comisario.

Otra.

Un periodista.

Otra.

Un juez.

—Esto no es un archivo —dijo Inés.

Marcos respondió:

—Es un seguro.

La corrupción de Carrasco y Alcázar no había sobrevivido veinte años únicamente porque pagaran a gente.

Había sobrevivido porque guardaban debilidades.

Quien aceptaba un favor quedaba documentado.

Quien cometía un error podía ser controlado.

Quien intentaba denunciar descubría que alguien conocía algo que prefería esconder.

Después encontraron una carpeta con el nombre:

MARCOS SALVATIERRA.

Marcos no quiso tocarla.

Inés la abrió.

Dentro había fotografías de Isabel entrando en una clínica oncológica seis años antes de que su enfermedad se hiciera pública.

Informes financieros de Marina.

Fotografías de Adrián saliendo de una discoteca cuando tenía diecisiete años.

Y una copia del expediente de Nerea con la firma de Marcos rodeada en rojo.

Debajo alguien había escrito:

“ÚTIL SI ALGUNA VEZ SE PONE MORALISTA.”

Inés miró a Marcos.

—Te tenían preparado.

Él siguió mirando la frase.

—Y nunca tuvieron que utilizarlo.

—Porque confiabas en ellos.

Aquello dolía más.

—Sí.


La noticia no podía mantenerse en secreto mucho tiempo.

Antes de que terminara la semana, varios medios publicaron que una investigación interna había descubierto una posible red de corrupción de larga duración.

Los periodistas empezaron a esperar frente al domicilio de Marcos.

Marina estaba furiosa.

No con la prensa.

Con su padre.

—¿Vas a declarar públicamente?

—Sí.

—¿Vas a decir que firmaste el expediente?

—Sí.

—¿Aunque nadie te esté acusando de formar parte de la red?

—Precisamente.

—Papá.

—Marina.

—Has pasado cuarenta años trabajando.

—Y una firma mía ayudó a cerrar la boca de una niña.

—No sabías lo que había detrás.

—Eso explica mi decisión.

La miró.

—No la convierte en correcta.

Marina lloró de rabia.

—Estoy cansada de que conviertas cada cosa en una cuestión de honor.

Marcos permaneció callado.

—Mamá pasó media vida esperando que llegaras a cenar.

—Lo sé.

—Yo crecí escuchando que no podías venir a cumpleaños porque estabas protegiendo a gente.

—Lo sé.

—Y ahora que por fin puedes irte, vas a destruir tu reputación por un informe de hace dieciocho años.

Marcos respiró.

—Si mi reputación depende de que nadie lea ese informe, entonces no vale gran cosa.

Marina cerró los ojos.

—Te odio cuando hablas así.

—Tu madre también.

Aquello la hizo reír entre lágrimas.

Después se sentó.

—¿Tienes miedo?

Era la primera vez que alguien se lo preguntaba.

Marcos tardó en responder.

—Sí.

—¿De qué?

—De descubrir que pasé demasiados años pensando que era de los buenos solo porque nunca acepté un sobre.

Marina levantó la cabeza.

Marcos continuó:

—No basta con no robar.

—Papá…

—Si alguien te dice que un compañero hace daño y tú eliges no mirar porque resulta incómodo…

Se quedó callado.

—También dejas una huella.

Marina tomó su mano.

—Entonces di la verdad.

—Eso haré.

—Pero después te jubilas.

Marcos sonrió.

—Eso ya lo veremos.

—No. Eso no lo veremos.

Por primera vez en días, rio.


Nerea llegó a Madrid para declarar.

Marcos la reconoció inmediatamente, aunque habían pasado dieciocho años.

La misma forma de mirar.

Como si antes de confiar necesitara encontrar todas las salidas de la habitación.

Se sentaron frente a frente.

Ella dejó una fotografía sobre la mesa.

Samuel.

Más mayor.

Con dos niñas.

—Mi hermano.

Marcos la miró.

—¿Cómo está?

—Vivo.

Aquella respuesta contenía demasiado.

—Trabaja en una empresa de transporte.

—Me alegro.

—No le gustan los policías.

—Lo entiendo.

Nerea lo observó.

—¿De verdad?

—Sí.

Ella señaló su antigua firma.

—Dime por qué.

Marcos no buscó excusas.

—Porque Carrasco me dijo que había una grabación que demostraba que tu hermano llevaba la droga.

—¿Y la viste?

—Vi un fragmento.

—¿El completo?

—No.

—Entonces ¿por qué firmaste?

Marcos bajó la mirada.

—Porque confiaba en él.

Nerea rio con amargura.

—Yo también confiaba en usted.

Él recibió el golpe.

—Lo sé.

—Tenía dieciséis años.

—Lo sé.

—Fui sola a esa oficina porque mi padre ya no estaba y mi madre no hablaba bien español jurídico y pensé…

Su voz se quebró.

—Pensé que si llegaba lo bastante arriba, alguien tendría que escucharme.

Marcos no podía mirarla.

—Y llegué a usted.

Silencio.

—Lo siento.

Nerea negó.

—No he venido a escuchar eso.

—Ya.

—He venido porque hay chicos de dieciséis años hoy que todavía creen que si dicen la verdad alguien debe escucharlos.

Marcos levantó los ojos.

—Entonces hagamos que tengan razón.

Por primera vez, la expresión de Nerea se suavizó.

Solo un poco.

—No hagas promesas grandes.

—Tienes razón.

—Haz algo concreto.

Marcos asintió.

—Empezaremos por Samuel.


La revisión judicial anuló la condena de Samuel meses después.

No porque fuera perfecto.

Samuel había cometido pequeños delitos años antes.

Había estado cerca de personas equivocadas.

Pero la droga que provocó aquella condena concreta había sido colocada.

El tribunal lo reconoció oficialmente.

Cuando recibió la resolución, Samuel no celebró.

Se quedó sentado en su cocina.

Nerea llamó a Marcos.

—Ya está.

—¿Cómo está él?

—Llorando.

Marcos cerró los ojos.

—Dieciocho años tarde.

—Sí.

No hubo frase capaz de mejorar eso.


Bruno Roldán decidió colaborar plenamente.

No porque se hubiera convertido repentinamente en un buen hombre.

Tenía miedo.

Quería reducir su condena.

Quería proteger a su mujer y a sus dos hijos del desastre económico.

También estaba cansado.

Todas aquellas cosas podían ser ciertas a la vez.

Durante el interrogatorio dijo algo que Marcos no olvidaría.

—La primera vez que coloqué una bolsa no dormí en dos días.

Inés preguntó:

—¿Y la segunda?

—Dormí mal.

—¿La décima?

Roldán miró la mesa.

—No recuerdo cuál fue la décima.

Marcos sintió un escalofrío.

Ahí estaba el verdadero peligro.

No el primer acto.

La costumbre.

Roldán continuó:

—Carrasco decía que era por información.

Que nadie era completamente inocente.

Que si el tipo no había hecho aquello, habría hecho otra cosa.

—¿Y tú lo creíste?

—Quise creerlo.

—¿Por qué?

—Porque entonces podía seguir mirándome al espejo.

Inés preguntó:

—¿Y por qué intentaste hacerlo con Salvatierra?

Roldán levantó los ojos.

—No sabía que era él.

—Eso ya lo sabemos.

—La orden decía que buscara a un hombre mayor con abrigo oscuro que caminaría solo.

Marcos se inclinó.

—¿Quién dio la orden?

—Carrasco.

—¿Por qué yo?

Roldán respondió:

—Porque Alcázar sabía que estaba a punto de jubilarse.

—¿Y?

—Querían una salida sucia.

Marcos entendió.

Un escándalo por drogas.

Un inspector general desacreditado.

Todas las investigaciones que hubiera tocado quedarían bajo sospecha.

Y, si años después aparecía algo sobre Carrasco o Alcázar, podrían decir:

Salvatierra estaba resentido.

Salvatierra era un consumidor.

Salvatierra no era fiable.

La bolsita no pretendía enviarlo a prisión.

Pretendía destruir su palabra.

—¿Por qué ahora? —preguntó Inés.

Roldán tragó saliva.

—Porque alguien encontró la libreta de Nerea en el inventario digital hace dos semanas.

Marcos se quedó inmóvil.

La red sabía que el pasado estaba despertando.

Por eso intentaron retirarlo antes.


Carrasco fue detenido primero.

Ramón Alcázar, en cambio, permaneció libre.

No había suficientes pruebas directas.

Las carpetas lo señalaban.

Roldán lo señalaba.

Pero los fiscales necesitaban algo que demostrara que todavía dirigía decisiones.

Entonces llegó la oportunidad.

Alcázar llamó a Roldán desde un teléfono no registrado.

—Tenemos que terminar esto.

Roldán informó inmediatamente.

Se solicitó autorización judicial para grabar un encuentro.

El lugar elegido por Alcázar fue casi irónico.

El Retiro.

El mismo parque.

El mismo paseo.

Domingo por la mañana.

Marcos quiso ir.

Inés se negó.

—No eres operativo en esta investigación.

—Es mi caso.

—Precisamente.

—Inés.

—No.

Marcos respiró.

—Quiero verlo.

—Puedes verlo desde el vehículo de coordinación.

—Eso no es lo mismo.

—Exacto.

Él la miró.

—Disfrutas demasiado diciéndome que no.

—Alguien tenía que empezar.

Marcos aceptó.

Roldán llegó al banco acordado.

Alcázar apareció diez minutos después.

Setenta años.

Abrigo caro.

Sombrero gris.

Parecía un abuelo que hubiera salido a dar de comer a los patos.

Se sentó.

—¿Tienes la libreta?

—No.

—Te dije que la consiguieras.

—Está en manos de Fiscalía.

Alcázar cerró los ojos.

—Eres inútil.

Roldán no respondió.

—¿Qué has contado?

—Lo suficiente.

El anciano se giró.

—¿Lo suficiente para qué?

—Para dormir.

Alcázar soltó una carcajada.

—¿Ahora tienes conciencia?

—No lo sé.

—No me hagas reír.

Sacó un sobre.

—Cincuenta mil.

Roldán lo miró.

—¿Para qué?

—Te vas.

—¿Y mi familia?

—Tu mujer recibirá otro tanto.

—¿A cambio?

Alcázar se inclinó.

—Dices que Salvatierra organizó todo.

En el vehículo, Marcos cerró los ojos.

Alcázar continuó:

—Que te presionó.

—¿Por qué haría eso?

—Porque está obsesionado con proteger su legado.

Roldán casi sonrió.

—No lo conoce tan bien como cree.

Alcázar perdió la paciencia.

—Conozco a Marcos desde antes de que tú aprendieras a afeitarte.

—Entonces debería saber que ha contado lo de su propia firma.

Silencio.

Alcázar dejó de moverse.

—¿Qué?

—El expediente Castillo.

El rostro del anciano cambió.

—No.

—Sí.

—No haría eso.

Roldán lo miró.

—Lo hizo.

Por primera vez, Ramón Alcázar pareció asustado.

No por las pruebas.

Por no comprender a su adversario.

Había construido toda una carrera sobre una creencia:

todo el mundo tenía algo que proteger más que la verdad.

Dinero.

Familia.

Sexo.

Prestigio.

Carrera.

Marcos acababa de romper la regla.

Había utilizado su propia vergüenza antes de que Alcázar pudiera utilizarla contra él.

—Ese idiota —murmuró.

Roldán preguntó:

—¿Por qué?

—Porque acaba de destruir cuarenta años de carrera.

—Tal vez ya no le importa.

Alcázar lo miró.

—A todo el mundo le importa.

Roldán respondió:

—Ese fue siempre vuestro problema.

Agentes de paisano se acercaron desde ambos extremos del paseo.

Alcázar comprendió demasiado tarde.

Miró alrededor.

Después a Roldán.

—Me has vendido.

Roldán negó.

—No.

Miró el sobre.

—Eso es lo que hicimos durante veinte años.

Y dejó las manos sobre las rodillas mientras los agentes se identificaban.

No hubo disparos.

No hubo persecución.

Solo un anciano mirando cómo el sistema que había manipulado durante décadas finalmente funcionaba contra él.


Los juicios duraron casi tres años.

Carrasco recibió una condena por corrupción, falsedad, obstrucción y otros delitos vinculados a manipulación de pruebas.

Alcázar fue condenado por dirigir parte de la estructura de encubrimiento y extorsión institucional.

Bruno Roldán también fue condenado.

Su cooperación redujo la pena.

No la eliminó.

Antes de conocer la sentencia pidió declarar.

El juez le preguntó:

—¿Desea añadir algo?

Roldán miró a varias de sus antiguas víctimas.

Nerea estaba allí.

Samuel no.

Había decidido no asistir.

—Sí.

Roldán respiró.

—Pasé muchos años diciendo que obedecía órdenes.

Miró al juez.

—Es verdad.

Pausa.

—Pero no es una excusa.

La sala permaneció en silencio.

—Nadie me obligó a disfrutar de que la gente me tuviera miedo.

Nerea levantó lentamente la vista.

Roldán continuó:

—Al principio hacía cosas malas para conservar mi puesto.

Después conservaba el puesto porque me permitía hacerlas.

No pidió perdón directamente.

Quizá comprendió que algunas víctimas no necesitaban cargar además con la obligación de responder a unas disculpas.

Recibió su condena.

Y se la llevaron.


Marcos también fue investigado.

No penalmente.

Pero sí por su actuación en expedientes antiguos.

Podía haberse jubilado antes de que terminara el proceso.

No lo hizo.

Esperó.

La comisión concluyó que no había participado conscientemente en la red.

También estableció que en el caso Castillo había actuado con negligencia al aceptar una investigación incompleta.

La resolución fue pública.

Marina la leyó.

Después llamó a su padre.

—Ya está.

—Sí.

—¿Cómo estás?

Marcos miró la caja que contenía cuarenta años de objetos de despacho.

—Ligero.

—Mentiroso.

Él sonrió.

—Un poco.

—¿Te van a hacer despedida?

—Querían.

—¿Y?

—He dicho que no.

—Claro.

—Habrá café.

—Eso no es una despedida.

—Habrá pastas.

—Ahora sí.

Marina rio.

Después preguntó:

—¿Te arrepientes de contarlo?

Marcos miró la copia de la resolución de Samuel.

—No.

—¿De haber firmado aquel expediente?

—Todos los días.

—Papá…

—Pero eso es distinto.


Su último día de servicio no hubo gran ceremonia.

Marcos no quiso uniforme de gala.

No quiso discursos.

No quiso que transformaran el final de una investigación sobre corrupción en una celebración sobre él.

Había unas treinta personas.

Inés.

Carmen, la archivera.

Varios agentes jóvenes.

Marina.

Adrián.

Y, en el fondo de la sala, Nerea.

Marcos no esperaba verla.

Se acercó.

—Gracias por venir.

—No he venido por ti.

—Lo imaginaba.

Nerea señaló a varios agentes jóvenes.

—He venido porque quería ver quién se queda.

Marcos sonrió.

—Eso es más importante.

Ella sacó algo del bolso.

La vieja libreta azul.

—Fiscalía ya no la necesita.

Marcos no la tocó.

—Es tuya.

—Lo sé.

—Entonces quédatela.

Nerea negó.

—No.

Se la entregó.

—Quiero que esté donde alguien tenga que verla.

Marcos la sostuvo.

—Ya no trabajo aquí.

—Entonces encuentra a alguien que sí.

Miró a los jóvenes.

—Y esta vez elige mejor.

Marcos sintió que se le humedecían los ojos.

—Lo intentaré.

Nerea levantó una ceja.

—Nada de promesas grandes.

Él rio.

—Algo concreto.

—Eso.


Adrián acompañó a su abuelo hasta el coche.

Marcos llevaba una caja.

—Cuarenta años y todo cabe ahí.

—Eso demuestra que deberías haber comprado más cosas.

—Tu abuela decía lo mismo.

Llegaron al vehículo.

Adrián señaló el bolsillo del abrigo.

—¿Llevas la insignia?

Marcos la sacó.

La contempló.

La misma que había levantado en el parque.

La que había hecho palidecer a Roldán.

Adrián sonrió.

—Te salvó.

Marcos negó.

—No.

—Abuelo, si no hubieras tenido eso…

—La insignia hizo que me creyeran más rápido.

Guardó silencio.

—Ese es precisamente el problema.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Nerea tenía dieciséis años y no llevaba una.

—Ya.

—Don Julián tampoco.

—No.

—Samuel no.

Marcos miró a su nieto.

—La verdad debería pesar lo mismo aunque quien la diga no tenga metal en el bolsillo.

Adrián permaneció en silencio.

—¿Y entonces para qué sirve?

Marcos miró la insignia una última vez.

—Para recordarte que tienes más obligación que los demás.

No más derechos.

Se la entregó.

—Guárdala mientras coloco la caja.

Adrián la sostuvo con cuidado.

—Pesa.

Marcos abrió el maletero.

—Exactamente.


Un año después, Marcos volvió al Retiro.

Domingo.

Mismo horario.

Mismo recorrido.

Pero esta vez Adrián caminaba a su lado.

—¿No ibas a correr?

—Hoy descanso.

—Con veintidós años no necesitas descansar.

—Con sesenta y nueve tampoco necesitas opinar.

—Setenta.

—Todavía peor.

Marcos sonrió.

Llegaron al punto exacto donde Roldán había chocado contra él.

Se detuvo.

Adrián también.

—¿Piensas en aquello?

—A veces.

—¿Qué parte?

Marcos miró los árboles.

—La bolsa.

—¿Por qué?

—Era muy pequeña.

Adrián esperó.

—Todo empezó con algo que cabía en la palma de una mano.

Una bolsa.

Una mentira.

Un informe.

Una firma.

Marcos suspiró.

—La gente imagina la corrupción como habitaciones llenas de dinero.

—¿Y no?

—A veces.

—¿Y las otras?

—Las otras empieza cuando alguien ve algo incorrecto y piensa que no merece la pena hacer ruido.

Siguieron caminando.

Un hombre joven se acercó.

Uniforme.

Apenas treinta años.

—¿General Salvatierra?

Marcos se detuvo.

—Ya no.

—Para mí sí.

El agente sonrió nervioso.

—Entré en la academia después de leer sobre el caso.

Marcos hizo una mueca.

—Espero que no por mí.

—En parte.

—Mala idea.

El joven rio.

—Solo quería darle las gracias.

Marcos lo miró.

—No.

El agente parpadeó.

—¿No?

—Si algún día alguien de dieciséis años entra en tu despacho diciendo que un compañero ha hecho algo grave…

Pausa.

—Escúchalo.

El joven dejó de sonreír.

Marcos continuó:

—Aunque sea incómodo.

—Sí, señor.

—Aunque el agente sea amigo tuyo.

—Sí.

—Aunque el informe diga que todo está bien.

El joven asintió.

Marcos le dio una palmada ligera en el hombro.

—Entonces me das las gracias.

Y siguió caminando.

Adrián lo alcanzó.

—Eso ha sonado muchísimo a discurso.

—Estoy jubilado. Puedo hacer lo que quiera.

—Eso me preocupa.


Nerea y Marcos no se hicieron amigos.

Aquello habría sido demasiado fácil.

Se vieron algunas veces.

Participaron en un programa independiente de revisión de condenas basadas en pruebas cuestionadas.

Ella desconfiaba de la institución.

Él no intentaba convencerla de lo contrario.

A veces discutían.

Mucho.

Una tarde, después de una reunión, Nerea dijo:

—Sigues defendiendo demasiado a la gente de uniforme.

Marcos respondió:

—Y tú a veces crees que el uniforme vuelve culpable a quien lo lleva.

—Experiencia.

—La mía es distinta.

—Precisamente.

Se quedaron mirando.

Después ambos sonrieron.

No porque estuvieran de acuerdo.

Porque por fin podían discutir sin que una de las voces desapareciera del expediente.


Samuel recibió una indemnización.

No millonaria.

No suficiente para devolverle tres años.

Utilizó parte del dinero para ayudar a sus hijas con los estudios.

El resto lo dejó en el banco.

Cuando Nerea le preguntó por qué, respondió:

—Porque todavía no sé qué precio tiene que te devuelvan oficialmente algo que siempre supiste.

Nunca quiso conocer a Marcos.

Marcos respetó la decisión.

Eso también formaba parte de asumir responsabilidad.

No todas las historias necesitan reconciliación.

A veces basta con que el daño termine.


Años después, Adrián encontró la antigua insignia de su abuelo dentro de una caja.

Marcos ya tenía más de setenta.

Estaba cocinando una tortilla con resultados discutibles.

—Abuelo.

—¿Qué?

Adrián levantó la insignia.

—¿Puedo quedármela algún día?

Marcos apagó el fuego.

—¿Por qué?

—No sé.

—Mala respuesta.

—Porque representa tu carrera.

—Peor.

Adrián rio.

—Entonces ¿qué quieres que diga?

Marcos tomó la insignia.

—Quiero que no represente a una persona.

—¿Entonces?

—Una obligación.

La colocó sobre la mesa.

—El día del parque todo el mundo se quedó callado cuando la enseñé.

—Sí.

—Durante años pensé que esa era la parte importante.

—¿Y no?

Marcos negó.

—La parte importante fue todo lo que descubrimos después sobre quienes jamás tuvieron una insignia que enseñar.

Nerea.

Samuel.

Julián.

Los otros nombres.

Los expedientes archivados.

Las voces pequeñas.

Adrián entendió.

—Entonces ¿me la puedo quedar?

Marcos sonrió.

—Cuando aprendas a hacer tortilla.

—Eso es chantaje.

—Denúnciame.

Los dos rieron.


Marcos nunca volvió a trabajar oficialmente.

Pero cada domingo siguió caminando.

A veces solo.

A veces con Adrián.

A veces con Marina.

Y cada vez que pasaba junto al lugar donde una bolsa de polvo blanco había caído sobre el césped, recordaba lo cerca que había estado de jubilarse sin descubrir la verdad.

Roldán creyó que había elegido a un anciano indefenso.

Carrasco creyó que los expedientes viejos nunca hablaban.

Alcázar creyó que todos los hombres tenían un precio.

Y Marcos había cometido otro error quizá todavía más peligroso:

creer durante demasiado tiempo que ser honesto bastaba para ser justo.

No bastaba.

La honestidad personal no servía de mucho si se utilizaba para dormir tranquilo mientras otros eran ignorados.

Por eso, cuando le preguntaron años después qué había aprendido de todo aquello, Marcos no habló de corrupción.

Ni de valentía.

Ni de honor.

Respondió:

—Aprendí que una insignia no convierte tu palabra en verdad.

El periodista esperaba algo más.

—¿Y qué hace?

Marcos sonrió.

—Debería obligarte a escuchar mejor a quienes no llevan una.

Esa fue toda su respuesta.

Porque veinte años antes una adolescente había entrado en su despacho con una libreta azul y él no había escuchado lo suficiente.

Veinte años después, un agente corrupto metió una pequeña bolsa en el bolsillo equivocado.

Y aquel gesto abrió todos los expedientes que hombres poderosos habían intentado mantener cerrados.

La bolsa desapareció en una sala de pruebas.

Los culpables cumplieron sus condenas.

Las víctimas siguieron con sus vidas.

Y la famosa insignia acabó dentro de una caja de madera, lejos de cámaras, titulares y homenajes.

Pero la libreta azul de Nerea permaneció en una vitrina del nuevo centro de formación de integridad institucional.

Debajo había una placa con una sola frase.

No llevaba el nombre de Marcos.

Él insistió en ello.

Decía:

“ANTES DE ARCHIVAR UNA VOZ, ESCÚCHALA.”

Y quizá aquella fue la única distinción de toda su carrera que Marcos Salvatierra consideró realmente merecida.

No porque llevara su nombre.

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Sino precisamente porque no lo llevaba.

FIN.

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