PARTE II — EL NOMBRE QUE DANIEL NUNCA DEBIÓ OLVIDAR

El silencio que siguió fue distinto.
Elena dio un paso hacia Daniel.
—¿Qué está insinuando?
Daniel mantenía la mirada clavada en la puerta.
—No lo sé.
La voz respondió:
—Algo que quizá llevas toda la vida evitando recordar.
Daniel cerró los ojos.
Y apareció una imagen vieja.
Casi un sueño.
Una voz femenina cantando.
Una mano acariciándole el pelo.
Una pulsera de cuero oscuro.
Siempre había supuesto que pertenecía a la mujer que lo crió.
Abrió los ojos y volvió a mirar la fotografía.
Clara llevaba exactamente aquella pulsera.
—Clara…
El hombre permaneció en silencio.
Daniel respiró lentamente.
—¿Era mi madre?
Nada.
Elena miró hacia la puerta.
—Contesta.
Daniel volvió a preguntar:
—¿Clara era mi madre?
Finalmente la voz respondió:
—Era la mujer que te llevó hasta este túnel aquella noche.
Daniel apretó los dientes.
—No he preguntado eso.
—Lo sé.
—Entonces dime la verdad.
No obtuvo respuesta.
Daniel apretó la carta.
—¿Por qué has vuelto ahora?
—Vi el incendio.
—Eso no explica nada.
—Sabía que vendrías aquí.
Daniel se tensó.
—¿Cómo?
—Tu padre me dejó instrucciones.
Elena se quedó inmóvil.
Incluso muerto, el padre de Daniel parecía haber preparado aquel momento.
—¿Qué instrucciones?
—Si alguna vez regresabas al túnel con tu propia familia, debía entregarte la segunda parte de la carta.
—¿La tienes?
—Sí.
Daniel extendió una mano hacia la puerta.
—Dámela.
Se oyó movimiento al otro lado.
Después, una hoja doblada apareció lentamente por debajo del metal.
Daniel se agachó.
La recogió.
Sus manos temblaban.
La continuación decía:
“Te dirán que fui una amiga de tu padre. No les creas.
Él no era un hombre cruel, pero estaba aterrorizado. Temía perderte. Temía que algún día quisieras descubrir de dónde venías realmente.
Acepté marcharme porque me prometieron que podría regresar cuando fueras adulto. Esa promesa nunca se cumplió.
Nunca dejé de pensar en ti.”
Daniel tragó saliva.
Elena agarró su mano.
Lucas permanecía detrás, observando en silencio.
Mia seguía abrazada a su madre.
Había otra frase.
Daniel la leyó más despacio.
“Pero antes de llamarme madre, tienes que saber algo.”
Se quedó inmóvil.
—Antes de llamarla madre…
Elena lo miró.
—Sigue.
La voz detrás de la puerta dijo exactamente lo mismo:
—Continúa.
Daniel bajó la mirada.
“Clara Reyes no era mi verdadero nombre.”
Elena se acercó.
—¿Qué pone?
Daniel continuó.
“Y el hombre que tú conociste como tu padre no fue quien decidió separarnos.”
El aire pareció desaparecer del túnel.
—Entonces ¿quién lo hizo? —preguntó Elena.
Daniel llegó a la última parte.
“Si quieres entenderlo, pregunta al hombre que está detrás de esa puerta por qué llevaba mi apellido antes que tú.”
Daniel levantó lentamente la cabeza.
—¿Quién eres?
Durante varios segundos sólo se escuchó el incendio lejano y el viento golpeando la montaña.
Entonces el mecanismo interior de la puerta comenzó a girar.
Una vuelta.
Después otra.
La voz respondió:
—Yo también me apellido Reyes.
Mia se abrazó todavía más fuerte a Elena.
Lucas retrocedió medio paso.
Daniel permaneció frente a la puerta.
—¿Qué relación tienes conmigo?
El mecanismo volvió a girar.
—Antes de abrir esta puerta tienes que saber una última cosa.
—Dímela.
—Clara nunca fue simplemente una mujer relacionada con tu padre.
Daniel apretó la carta.
—Entonces ¿quién era?
La voz bajó casi hasta convertirse en un susurro.
—La única persona que podía demostrar que el hombre al que llamaste padre toda tu vida… nunca fue realmente quien te dijeron.
Daniel sintió que todo lo que sabía sobre su infancia comenzaba a derrumbarse.
—¿Qué significa eso?
La cerradura hizo un último clic.
La puerta se separó lentamente del marco.
Una delgada franja de oscuridad apareció entre ambos lados.
Daniel dio un paso hacia delante.
Después otro.
Durante horas había escuchado la voz de un desconocido que sabía dónde había estado aquella noche, conocía a Clara, poseía la otra mitad de la carta y utilizaba el mismo apellido que él.
Ahora estaba a segundos de verle la cara.
Elena tomó a Mia de la mano.
Lucas se quedó junto a su padre.
Daniel levantó la mirada hacia la abertura.
—Dime quién eres antes de salir.
Hubo una última pausa.
La voz respondió:
—Soy el hombre al que tu padre obligó a guardar silencio cuando Clara se marchó.
Daniel dejó de moverse.
—¿Por qué?
La puerta se abrió unos centímetros más.
—Porque si tú descubrías quién era yo… tarde o temprano también descubrirías quién eras tú.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿Quién soy?
El hombre respiró al otro lado.
Después empezó a salir de la oscuridad.
Daniel vio primero una mano envejecida.
Después una chaqueta cubierta de barro.
Finalmente, el borde de un rostro que despertó en él una sensación imposible de explicar.
Un parecido.
Algo familiar.
Algo que había visto cientos de veces sin darse cuenta.
En fotografías.
En el espejo.
Daniel apretó la carta contra el pecho.
Y comprendió que la verdad que su padre había enterrado durante más de dos décadas no trataba únicamente de Clara.
Trataba de él.
De su apellido.
De su nacimiento.
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Y del hombre que estaba a punto de cruzar aquella puerta.
FIN