LA CAMARERA QUE HIZO SONREÍR A LA MADRE DEL HOMBRE MÁS TEMIDO DE MADRID

PARTE I — LA MUJER DE LA MESA NUEVE
Sofía Rossi había aprendido algo trabajando entre gente rica:
el miedo también tenía olor.
Los clientes podían ignorar el cansancio de una camarera, no ver las ojeras después de un turno doble o fingir que una persona no existía mientras retiraba sus platos.
Pero el miedo lo percibían enseguida.
Quizá porque muchos de ellos llevaban toda la vida utilizándolo.
Por eso, aquella noche helada de febrero, Sofía enderezó la espalda antes de acercarse a la mesa nueve del restaurante Veluto, uno de los locales italianos más exclusivos del barrio de Salamanca, en Madrid.
Fuera llovía.
Dentro, las lámparas de cristal derramaban una luz dorada sobre manteles blancos, cubiertos de plata y copas tan finas que Sofía temía romperlas solo con mirarlas.
La mesa nueve estaba reservada para Dante Moretti.
Todo el personal lo sabía.
Nadie necesitaba explicarlo.
Treinta y cuatro años.
Traje negro perfectamente cortado.
Cabello oscuro peinado hacia atrás.
Barba corta.
Una cicatriz casi invisible cerca de la ceja izquierda.
Y esa calma incómoda de los hombres que nunca necesitan repetir una orden.
Los periódicos hablaban de él como empresario.
Construcción.
Importaciones.
Restauración.
Inmobiliaria.
Los rumores utilizaban palabras distintas.
Contratos amañados.
Favores.
Amenazas.
Hombres que habían decidido marcharse de Madrid después de discutir con un Moretti.
Nada probado.
Nunca.
Dante no levantaba la voz.
Eso era precisamente lo que más intimidaba.
Aquella noche estaba acompañado por dos hombres de seguridad y una anciana de cabello blanco.
Elena Moretti.
Su madre.
Ochenta años.
Vestía de negro y tenía delante una carta de platos que llevaba diez minutos criticando.
Sofía se acercó.
—Buenas noches.
Elena levantó la mirada.
—Agua.
Sofía llenó su copa.
La anciana cerró la carta.
—Y dile al cocinero que si vuelve a poner nata en la carbonara me levanto y me voy.
Dante cerró los ojos.
—Mamá.
—¿Qué?
—Prometiste comportarte.
—Prometí cenar. No prometí tolerar delitos gastronómicos.
Sofía tuvo que contener una sonrisa.
Dante la vio.
Por primera vez sus ojos se fijaron realmente en ella.
Sofía bajó la mirada.
—¿Desea alguna otra cosa, señora?
Elena apartó la carta.
—Nada.
—Mamá...
—No tengo hambre.
Algo cambió en su voz.
No era simple mal humor.
Era tristeza.
Sofía la reconoció.
Su abuela Teresa había vivido treinta años en España después de abandonar Sicilia y había pasado treinta años diciendo que los tomates no sabían igual, que el pan no olía igual y que los españoles tomaban el café con una prisa casi ofensiva.
A veces no se echa de menos un país.
Se echa de menos la persona que uno era allí.
Sofía dudó.
Sabía que debía marcharse.
En lugar de hacerlo, se inclinó ligeramente hacia Elena y habló en el dialecto siciliano que su abuela le había enseñado de niña.
—Si confía en mí, puedo prepararle pastina. Caldo, pasta pequeña, un poco de corteza de parmesano. Nada sofisticado. De lo que se come cuando el frío se mete demasiado dentro.
Elena quedó inmóvil.
Dante también.
Uno de los escoltas giró apenas la cabeza.
La anciana levantó lentamente los ojos.
—¿Hablas como los de mi pueblo?
—Mi padre nació cerca de Palermo. Mi abuela se empeñó en que no olvidáramos de dónde veníamos.
Los labios de Elena temblaron.
—Pastina...
Sofía sonrió.
—Mi abuela decía que arreglaba casi todo.
—¿Todo?
—Todo menos un mal matrimonio.
Elena soltó una carcajada.
Pequeña.
Inesperada.
Pero auténtica.
Dante miró a su madre como si llevara meses esperando aquel sonido.
Elena tomó la mano de Sofía.
—Siéntate.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque mi encargado probablemente me despedirá.
Elena señaló a Dante.
—Mi hijo conoce gente.
Dante casi sonrió.
—Eso no tranquiliza especialmente.
Sofía retiró la mano con suavidad.
—Voy a preparar la sopa.
Durante los siguientes veinte minutos, el cocinero la llamó loca cuatro veces.
Sofía lo ignoró.
Preparó el caldo como lo hacía Teresa.
Sin inventos.
Sin decoración.
Sin intentar convertir un recuerdo en alta cocina.
Cuando Elena probó la primera cucharada, cerró los ojos.
Siguió comiendo.
Hasta terminar el plato.
Dante no apartó la mirada de ella.
Después miró a Sofía.
Aquella fue la primera vez que Sofía sintió que el hombre más temido del restaurante no la observaba como empresario.
La observaba como hijo.
A las dos de la madrugada Sofía salió de Veluto.
La lluvia se había convertido en aguanieve.
Se abrochó su viejo abrigo.
Tenía el alquiler atrasado.
Tres recibos pendientes.
Y cuatro llamadas perdidas de su padre.
No devolvió ninguna.
Antonio Rossi había sido un buen padre.
Al menos durante la infancia de Sofía.
Después murió su esposa.
Luego empezó a beber.
Después aparecieron las apuestas.
Primero fútbol.
Luego cartas.
Después cualquier cosa que pudiera hacerle creer durante cinco minutos que todavía controlaba su vida.
Sofía había pagado dos de sus deudas.
Había vendido unas pulseras de Teresa.
Había trabajado domingos.
Nada funcionó.
Ahora debía cuarenta mil euros.
A personas que no enviaban cartas certificadas.
Sofía caminaba hacia la parada de taxi cuando un todoterreno negro se detuvo junto a ella.
La ventanilla bajó.
Dante Moretti estaba dentro.
—Sube.
Sofía siguió andando.
—No.
Dante arqueó una ceja.
Probablemente llevaba tiempo sin escuchar aquella palabra.
—Son las dos de la mañana.
—Precisamente. Quiero llegar a casa.
—Tu padre está ahora mismo en un local de juego cerca de Usera.
Sofía se detuvo.
El frío dejó de importarle.
Dante tenía una carpeta sobre las piernas.
—¿Cómo sabes dónde está mi padre?
—Sé muchas cosas.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que pienso darte mientras te congelas en una acera.
La puerta se abrió.
Sofía quiso marcharse.
Pero su padre podía estar en peligro.
Subió.
Dentro hacía calor.
Dante le entregó la carpeta.
Había extractos.
Su contrato de alquiler.
Deudas.
Fechas.
Incluso el horario de Veluto.
Sofía sintió rabia.
—Me has investigado.
—Sí.
—No tenías derecho.
—No.
Ella levantó la cabeza.
No esperaba aquella respuesta.
—¿Y lo hiciste igualmente?
—Sí.
—Eres insoportable.
—Eso también me lo han dicho.
—¿Qué quieres?
La expresión de Dante cambió.
—Mi madre lleva seis meses apenas comiendo.
Sofía se quedó quieta.
—Ha echado a enfermeras, cocineros y acompañantes. Esta noche tú conseguiste algo que ninguno pudo.
—Le preparé una sopa.
—No.
Dante miró por la ventanilla.
—La trataste como Elena. No como la madre de Dante Moretti.
Aquella frase desarmó parte de la rabia de Sofía.
Solo parte.
Dante sacó un documento.
Cuarenta mil euros.
Sofía dejó de respirar.
—¿Qué es?
—La deuda de tu padre.
—¿Qué has hecho?
—La compré.
Sofía lo miró horrorizada.
—¿Ahora te la debe a ti?
—No.
—¿Perdón?
—Trabajas tres meses acompañando a mi madre. Te pago por tu trabajo. Esa deuda desaparece.
—¿Y qué ganas tú?
—Que ella coma.
—No me creo que sea tan sencillo.
—No necesito que me creas.
—¿Intereses?
—No.
—¿Condiciones ocultas?
—No.
—¿Algún papel que diga que ahora te pertenezco?
Los ojos de Dante se endurecieron.
—Ningún papel puede convertir a una persona en propiedad de otra.
Sofía soltó una risa incrédula.
—Sorprendentemente moderno para un mafioso.
—Presunto mafioso.
—Me has investigado sin permiso.
—Empresario meticuloso.
—¿Cuánto pagas?
—Diez mil euros al mes.
Sofía casi se atragantó.
—Eso es absurdo.
—Mi madre es difícil.
Desde el asiento delantero, uno de los hombres de seguridad carraspeó para disimular una risa.
Dante levantó los ojos.
El hombre volvió a quedar inmóvil.
Sofía miró el documento.
—Los domingos son míos.
—Mi madre tiene opiniones sobre los domingos.
—Yo también.
Dante la observó durante unos segundos.
—De acuerdo.
Sofía extendió la mano.
—Tres meses.
Dante la estrechó.
—Tres meses.
Su mano estaba caliente.
La de Sofía, helada.
El contacto duró apenas unos segundos.
Pero ambos retiraron la mano con demasiado cuidado.
Quince días después, Sofía conocía la casa Moretti mejor que su propio piso.
La finca estaba en La Moraleja.
Era enorme.
Mármol.
Madera oscura.
Jardines.
Seguridad.
Demasiadas habitaciones.
Y, sin embargo, Elena seguía quejándose de que no existía en Madrid una cocina suficientemente pequeña como para cocinar bien.
Con Sofía volvió a comer.
Después volvió a caminar por el jardín.
Más tarde empezó a contar historias.
De Sicilia.
De su marido.
De los años de pobreza.
De Marco.
El hijo mayor.
Cuando mencionaba aquel nombre, siempre cambiaba de tema.
Sofía no preguntó.
Dante aparecía algunas noches.
A veces cenaba.
A veces se quedaba en la puerta de la cocina escuchando a su madre discutir con Sofía.
Poco a poco empezó a quitarse la chaqueta al entrar.
Luego la corbata.
Después dejó de mirar el teléfono durante la cena.
Una tarde Sofía estaba haciendo pasta.
Tenía harina en la mejilla.
Dante entró.
—Te has manchado.
—Gracias por el informe.
Él levantó una mano.
Sofía pensó que iba a señalarla.
En lugar de eso, Dante pasó el pulgar por su mejilla.
Retiró la harina.
Ninguno se movió.
Sofía dejó de respirar.
Entonces escucharon tacones sobre el mármol.
Una mujer apareció en la puerta.
Alta.
Rubia.
Vestido rojo.
Perfectamente arreglada.
Su sonrisa parecía tallada.
—Dante, cariño.
Él se apartó.
Demasiado tarde.
La mujer había visto.
Se acercó.
—No sabía que teníamos compañía.
Dante volvió a adoptar aquella frialdad que utilizaba en público.
—Sofía, ella es Vanessa Genovese.
Vanessa extendió la mano.
En su dedo brillaba un diamante.
Dante terminó la presentación.
—Mi prometida.
Sofía sintió que algo se hundía dentro de su pecho.
Vanessa sonrió.
—Así que tú eres la camarera.
El compromiso no era exactamente un compromiso.
Al menos eso aseguró Dante aquella noche cuando siguió a Sofía hasta la despensa.
—Deberías habérmelo dicho.
—¿Por qué?
La pregunta la hirió más de lo que quería admitir.
Sofía se rio.
—Tienes razón.
—No era eso lo que quería decir.
—Trabajo para tu madre. Tu vida privada no me corresponde.
—Entonces ¿por qué estás llorando?
Ella se giró.
—Estoy cansada.
—Mientes fatal.
—Y tú manipulas gente profesionalmente.
Dante se acercó.
—Yo no le di ese anillo.
Sofía se detuvo.
—¿Qué?
—Lo hizo mi padre antes de morir.
—¿Tu padre prometió tu matrimonio?
—En familias como la mía se han hecho cosas peores.
—Tienes treinta y cuatro años.
—Soy consciente.
—Pues compórtate como si los tuvieras.
Una sonrisa casi invisible apareció en el rostro de Dante.
—Esta es una de las razones por las que...
Sofía levantó una mano.
—No termines esa frase.
—¿Por qué?
—Porque tienes prometida.
Dante la miró.
—No amo a Vanessa.
—Eso no arregla nada.
—Lo sé.
Sofía abrió la puerta.
—Entonces arréglalo antes de mirarme como me estás mirando.
Y se marchó.
Por primera vez en mucho tiempo, Dante Moretti se quedó sin respuesta.
La situación cambió tres días después.
Antonio llamó a Sofía.
—Han venido dos hombres.
Ella se levantó inmediatamente.
—¿Qué hombres?
—Dicen que la deuda sigue pendiente.
—Eso no puede ser.
—Sabían lo de Moretti.
Sofía corrió al despacho de Dante.
Entró sin llamar.
Él estaba reunido con tres hombres.
—Te necesito.
Todos la miraron.
Dante se levantó inmediatamente.
—Fuera.
Los otros obedecieron.
Sofía le entregó el teléfono.
Dante escuchó.
Su rostro perdió cualquier expresión.
—Antonio, cierre la puerta. No se acerque a las ventanas.
Hizo un gesto a Enzo, su jefe de seguridad.
En segundos empezaron las llamadas.
Vehículos.
Órdenes.
Sofía observó aquella maquinaria y comprendió algo incómodo.
Por mucho que Dante hablara de negocios, no era un hombre corriente.
Una hora después, los dos desconocidos habían desaparecido.
Pero dejaron una fotografía bajo la puerta.
Sofía saliendo de Veluto.
Su cara marcada con un círculo rojo.
Detrás había una frase:
MANDA A LA CAMARERA A CASA ANTES DE QUE TE CUESTE DEMASIADO.
Sofía palideció.
—¿Vanessa?
Dante guardó silencio.
—Dante.
—No acusaré sin pruebas.
—Me marcharé.
—No.
—Si vuelvo a mi casa...
—No.
Sofía lo miró.
—No puedes darme órdenes.
—Puedo impedir que salgas sola cuando alguien acaba de amenazarte.
—Eso no es protegerme. Es decidir por mí.
Dante apretó la mandíbula.
Ella se acercó.
—¿Por qué te importa tanto?
Él intentó mirar hacia otro lado.
No pudo.
—Porque no puedo perderte.
El mundo pareció quedar en silencio.
Dante continuó:
—Te traje aquí por mi madre. Eso era verdad.
Respiró.
—Después empezaste a convertir esta casa en algo que había olvidado.
—¿En qué?
—En un hogar.
Sofía sintió que los ojos le ardían.
—¿Y Vanessa?
Dante recuperó la dureza.
—Me ocuparé de Vanessa.
Antes de que Sofía pudiera responder, se escuchó un golpe fuera.
Elena cayó al suelo.
El médico habló de estrés.
Arritmia.
Cansancio.
No parecía grave.
Pero aquella noche, cuando Sofía permanecía sentada junto a su cama, Elena le agarró la muñeca.
—Hay algo que debes saber.
—Descanse.
—No.
El miedo en sus ojos no era por ella.
—Vanessa no puede casarse con mi hijo.
Sofía tragó saliva.
—Eso deben decidirlo ellos.
—No entiendes.
Elena miró hacia la puerta.
—Si ese matrimonio se celebra, dentro de un año los Moretti estarán en manos de los Genovese.
—¿Por qué?
Elena acercó a Sofía.
Y susurró:
—Porque el padre de Vanessa mandó matar a Marco.
Sofía se quedó helada.
—¿Marco? ¿El hermano de Dante?
Elena asintió.
—Él cree que murió en un accidente.
—¿Dante no lo sabe?
—No.
—¿Y pretende que se case con la hija del hombre responsable?
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Elena.
—Intenté evitar una guerra.
—¿Durante once años?
—Tenía veintiuno cuando Marco murió. Si hubiera conocido la verdad, habría llenado Madrid de funerales.
Sofía se levantó.
Todo adquiría una forma diferente.
El compromiso.
La alianza.
Las amenazas.
La hostilidad de Elena.
Vanessa.
Aquello nunca había sido simplemente una boda.
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Era una tregua.
Y alguien acababa de convertir a Sofía en el obstáculo que podía destruirla.