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PARTE 2: El Nombre Que Habían Enterrado

La primera ronda terminó con una sorpresa.

La segunda con una advertencia.

Y para cuando comenzó la semifinal, todo el estadio había dejado de reír.

Ahora observaban.

Porque Evelyn Cross seguía allí.

Porque seguía ganando.

Y porque algo en ella comenzaba a resultar inquietante.

No celebraba.

No levantaba los brazos.

No buscaba las cámaras.

Simplemente disparaba.

Y acertaba.

Como si el ruido no existiera.

Como si el estadio estuviera vacío.

Como si hubiera hecho aquello miles de veces.

Logan Hayes comenzó a sentir algo que no había experimentado en años.

Incomodidad.

No era miedo.

Todavía no.

Pero sí algo parecido.

Cada vez que miraba el marcador, el nombre de Evelyn seguía junto al suyo.

Cada vez que completaba una ronda perfecta...

ella hacía exactamente lo mismo.

Y eso empezaba a molestarle.

Mucho.

—¿Quién demonios es esa mujer? —preguntó a su entrenador.

El hombre observó a Evelyn desde la distancia.

—No lo sé.

—Pues averígualo.

—¿Por qué?

Logan guardó silencio.

Porque ni él mismo tenía una respuesta.

Solo sabía que algo no encajaba.

Nadie aparecía de la nada para competir así.

Nadie.

Mientras tanto, en el palco principal, Arthur Bennett ya no observaba el campeonato.

Observaba a Evelyn.

Especialmente su muñeca.

Aquella pequeña estrella de seis puntas.

Aquella marca imposible.

Cada vez que la veía...

sentía que el pasado regresaba.

Treinta años atrás.

Otro campeonato.

Otra mujer.

Otra estrella.

Margaret Vale.

El nombre apareció en su mente como una bala.

Y el corazón le dio un vuelco.

Margaret.

La mejor tiradora que había visto jamás.

La mujer capaz de derrotar a cualquier hombre bajo presión.

La mujer que desapareció después del escándalo que destruyó su carrera.

Arthur recordaba perfectamente aquel día.

Recordaba los rumores.

Las acusaciones.

Las portadas.

Las mentiras.

Y recordaba algo peor.

Recordaba haber guardado silencio.

Porque sabía que las pruebas contra Margaret eran débiles.

Porque sabía que la investigación tenía agujeros.

Porque sabía que algo olía mal.

Pero era joven.

Y tenía miedo.

Miedo de enfrentarse a los patrocinadores.

Miedo de enfrentarse al sistema.

Así que no dijo nada.

Y Margaret fue destruida.

Aquella culpa jamás lo abandonó.

Por eso ahora no podía apartar los ojos de Evelyn.

Porque aquella estrella...

era exactamente igual.

Cuando comenzó la ronda final, el estadio entero estaba de pie.

Quince objetivos móviles.

El recorrido más difícil del campeonato.

Nadie había conseguido una puntuación perfecta en años.

Primero disparó Logan.

Once aciertos.

Excelente.

La multitud rugió.

Luego llegó el turno de Evelyn.

El silencio cayó sobre el estadio.

Un silencio extraño.

Pesado.

Como si todos sintieran que algo importante estaba a punto de ocurrir.

La señal sonó.

Evelyn levantó el rifle.

Respiró.

Y disparó.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cada impacto sonaba limpio.

Perfecto.

Implacable.

La multitud comenzó a contar.

Cinco.

Seis.

Siete.

Ocho.

Nueve.

Diez.

Arthur dejó de respirar.

Once.

Empate.

Doce.

Nuevo récord.

Trece.

La multitud ya gritaba.

Catorce.

Logan estaba completamente inmóvil.

Y entonces apareció el último objetivo.

El más difícil.

El más rápido.

El imposible.

El estadio entero observó.

Evelyn apretó el gatillo.

Y el acero explotó.

Quince.

Perfecto.

El estadio estalló.

Pero Arthur Bennett no aplaudió.

Porque acababa de comprender la verdad.

Bajó corriendo desde el palco.

Ignoró periodistas.

Ignoró árbitros.

Ignoró cámaras.

Hasta detenerse frente a Evelyn.

La multitud guardó silencio.

Arthur observó la estrella.

Después la miró a los ojos.

Y formuló la pregunta que llevaba treinta años esperando.

—¿Quién era tu madre?

Evelyn cerró los ojos.

Durante un segundo pareció una niña.

Luego volvió a abrirlos.

Y respondió.

—Margaret Vale.

El estadio entero quedó paralizado.

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Porque algunos nombres jamás desaparecen.

Solo esperan el momento adecuado para regresar.

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