LA CRIADA DEL ROSTRO HERIDO: EL SECRETO QUE DESTRUYÓ LA BODA DEL JEFE DE LA MAFIA

PARTE 1 — LA MENTIRA DE LA PROMETIDA Y EL NIÑO QUE TODOS CREÍAN MUERTO
Me quedaban tres invitados por servir.
Solo tres.
Después podría regresar a la cocina, esconderme entre los fogones y esperar a que terminara aquella maldita cena.
Pero cada vez que inclinaba la cabeza, un dolor agudo me atravesaba el pómulo izquierdo. Tenía el ojo hinchado, la mejilla amoratada y un pequeño corte cerca de la sien. Me había echado maquillaje hasta que la piel empezó a escocerme, y después me había peinado cuidadosamente el cabello sobre el lado izquierdo del rostro.
No había servido de mucho.
El hematoma estaba adquiriendo un tono violáceo imposible de disimular.
Me llamo Olivia Hayes. Tenía veintiocho años y llevaba nueve meses trabajando como empleada doméstica en la mansión de Luca Moretti, uno de los hombres más poderosos y temidos de Chicago.
En mi cuenta bancaria quedaban exactamente setenta y cuatro dólares.
Mi próximo sueldo llegaría dentro de seis días.
No podía permitirme faltar al trabajo, perder las horas de aquella noche ni, mucho menos, quedarme sin empleo.
Por eso seguía allí.
Sonriendo cuando algún invitado me miraba, sirviendo la cena con las manos firmes y fingiendo que cuatro horas antes no había ocurrido nada.
La mansión Moretti resplandecía aquella noche.
Veintiséis invitados estaban sentados alrededor de una mesa interminable, bajo enormes lámparas de cristal. Los manteles eran de lino blanco, las copas parecían hechas de hielo y los arreglos florales llegaban casi hasta los candelabros.
Todos celebraban el compromiso de Luca Moretti con Vanessa Bellini.
Vanessa era una mujer espectacular. Llevaba un vestido de seda roja, un collar de diamantes y una sonrisa que parecía cuidadosamente ensayada.
Todo en ella transmitía elegancia, seguridad y una clase de superioridad que hacía que las demás mujeres bajaran la mirada.
Yo había aprendido a temerle.
No porque gritara constantemente.
Sino porque Vanessa era capaz de destruirte la vida sin levantar la voz.
En la cabecera de la mesa estaba Luca.
Treinta y nueve años. Cabello negro, mirada oscura y un traje impecable que parecía confeccionado exclusivamente para él.
Luca no necesitaba hacer amenazas para imponer respeto. Bastaba con que entrara en una habitación para que las conversaciones perdieran intensidad.
Había oído muchas historias sobre él.
Hombres que habían desaparecido de sus negocios después de traicionarlo. Familias enteras que dependían de sus decisiones. Acuerdos que podían convertir a alguien en millonario o dejarlo sin nada.
Yo procuraba no pensar en eso.
Para mí, Luca era simplemente el hombre que firmaba mis nóminas.
Hasta aquella noche.
Me acerqué a su silla llevando una bandeja de verduras asadas.
Mantuve la cabeza inclinada, procurando ofrecerle únicamente mi perfil derecho.
—Olivia.
Su voz me paralizó.
—¿Sí, señor Moretti?
—Mírame.
Sentí que el estómago se me encogía.
—Perdone, señor. ¿Necesita algo?
Luca dejó lentamente el tenedor.
—Tu cara. ¿Qué te ha pasado?
Antes de que pudiera abrir la boca, Vanessa intervino.
—Se ha dado un golpe con la puerta de la despensa esta tarde, cariño. Ya sabes lo torpe que puede llegar a ser.
Mi mano se quedó inmóvil sobre la bandeja.
Luca volvió la cabeza hacia su prometida.
—¿La puerta de la despensa?
—Sí, querido. Lleva toda la tarde quejándose. Una tontería, la verdad.
Yo miré fijamente el mantel.
Porque no me había quejado a nadie.
Ni una sola vez.
Y Vanessa sabía perfectamente que no había sido la puerta de la despensa.
—Olivia —dijo Luca—. ¿Es cierto?
Noté los ojos de Vanessa clavándose en mí.
—Sí, señor.
—¿A qué hora ocurrió?
—Sobre las cuatro.
—¿Qué estabas haciendo?
—Guardando algunos suministros.
—Llevaba unas toallas y chocó contra la puerta —añadió Vanessa inmediatamente.
Luca dejó de mirarme.
—¿Lo viste?
La sonrisa de Vanessa vaciló.
—¿El qué?
—El accidente.
—No, Luca.
—Entonces, ¿cómo sabes lo que llevaba en las manos?
Vanessa soltó una pequeña carcajada.
—Porque me lo contó, naturalmente.
Luca volvió a mirarme.
—¿Se lo contaste?
Me costó varios segundos responder.
—Sí, señor.
Y fue precisamente aquella pausa la que lo cambió todo.
Luca entrecerró los ojos.
—Aparta el pelo de tu cara.
Se me secó la garganta.
—No es nada importante.
—Olivia. Quiero verlo.
Comprendí que ya no podría seguir ocultándolo.
Con dedos temblorosos, me recogí el cabello detrás de la oreja izquierda.
El comedor pareció quedarse sin aire.
Uno de los invitados dejó el tenedor sobre el plato.
La mujer sentada a su lado bajó la mirada.
Luca contempló mi rostro durante varios segundos.
Tenía el pómulo hinchado, un hematoma oscuro bajo el ojo y una rozadura que se extendía hacia la sien.
—¿Te ha visto un médico?
Negué con la cabeza.
Vanessa suspiró.
—Por el amor de Dios, Luca. Estamos celebrando nuestro compromiso. ¿De verdad vamos a convertir una torpeza de la criada en el acontecimiento de la noche?
Él ni siquiera la miró.
—Olivia, ¿alguien te ha hecho daño?
La pregunta me atravesó.
Y cometí el peor error posible.
Miré a Vanessa.
Fue un movimiento brevísimo, apenas un instante.
Pero Luca lo vio.
También vio cómo desaparecía la sonrisa de su prometida.
—¿Tienes miedo de perder tu trabajo? —preguntó.
Noté que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Sí.
—No lo vas a perder.
Vanessa dejó su copa sobre la mesa.
—Está exagerando, cariño.
Luca giró lentamente hacia ella.
—¿Estabas allí cuando ocurrió?
—Ya te he dicho que no.
—Entonces deja que responda ella.
El silencio resultaba insoportable.
Luca se levantó.
—Olivia, deja la bandeja.
—Puedo terminar de servir, señor.
—Has terminado por esta noche.
—Por favor... Necesito que me paguen estas horas.
Algo cambió en sus ojos.
No fue lástima.
Pareció comprender, de repente, lo desesperada que estaba.
—Cobrarás la jornada completa. Y mañana también, aunque necesites descansar.
Después llamó a la señora Carter, la encargada del personal.
—Acompáñala arriba. Quiero que el doctor Harris la examine.
—No necesita ningún médico —insistió Vanessa.
Luca la miró fijamente.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Esta vez, ella no respondió.
Me disponía a abandonar el comedor cuando Luca volvió a hablar.
—Olivia, una última pregunta.
Me detuve junto a la puerta.
—¿Vanessa estaba sola cuando te lesionaste?
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.
—No, señor.
Luca dejó escapar lentamente el aire.
—¿Quién más estaba allí?
Miré a Vanessa.
Ella me observaba con una frialdad espantosa.
Abrí la boca.
No salió ningún sonido.
Luca comprendió que no iba a responder delante de todos.
—Ve con el médico —dijo finalmente—. Después hablaremos.
Salí del comedor sintiendo que las piernas apenas me sostenían.
Creí que aquella conversación terminaría allí.
No sabía que, en realidad, acababa de poner en marcha una cadena de acontecimientos que destruiría una boda, destaparía una traición de cinco años y devolvería a Luca Moretti algo que él creía perdido para siempre.
Durante los cuarenta minutos siguientes, Luca se comportó como si nada hubiera sucedido.
Continuó cenando.
Habló de negocios.
Escuchó los planes de la boda.
Incluso sonrió cuando Vanessa mencionó el viaje de luna de miel que habían reservado.
Ella terminó relajándose.
Pensó que había conseguido convencerlo.
A las diez y diecisiete de la noche, Vanessa subió a su habitación.
Luca esperó a oír cómo se cerraba la puerta del dormitorio.
Después entró en su despacho y llamó a Daniel, su jefe de seguridad.
—Quiero las grabaciones del pasillo de las habitaciones de invitados —ordenó—. Desde las tres y media hasta las cuatro y media de esta tarde.
Cinco minutos después, las imágenes aparecieron en el monitor.
A las 15:47 se me veía entrando en una habitación del piso superior con un montón de toallas limpias.
Mi cara estaba perfectamente bien.
Dos minutos más tarde apareció Vanessa.
La acompañaba un hombre alto, de unos cuarenta años, vestido con un traje gris oscuro.
Ambos entraron en la misma habitación.
Luca se inclinó hacia la pantalla.
—¿Quién es ese hombre?
—No lo sé, jefe —respondió Daniel—. Voy a comprobarlo.
Las imágenes continuaron.
A las 15:53, la puerta volvió a abrirse.
Yo aparecí intentando salir.
Vanessa me sujetó del hombro y tiró de mí hacia el interior.
El hombre del traje gris se interpuso en mi camino.
Un segundo después, salí tambaleándome y golpeé el lado izquierdo de mi cara contra el marco de madera.
Luca se puso en pie.
—Detén la grabación.
Daniel obedeció.
—Retrocede.
El vídeo volvió a mostrarme golpeándome contra la puerta.
Luca permaneció inmóvil.
—¿Cuánto tiempo estuvo Olivia ahí dentro?
Daniel revisó las imágenes.
—Hasta las cuatro y dieciséis, jefe.
—¿Y el hombre?
—Salió por la escalera de servicio a las cuatro y nueve.
—Averigua quién es.
Diez minutos más tarde, Daniel regresó con una respuesta.
—Se llama William Mercer. Es investigador privado.
—¿Quién lo contrató?
Daniel dudó.
—Vanessa Bellini.
Luca no pronunció una sola palabra.
Se limitó a mirar el rostro congelado de Vanessa en la pantalla.
Entonces alguien llamó suavemente a la puerta.
Era yo.
El doctor Harris había examinado mi lesión. No parecía haber ninguna fractura, pero me había recomendado reposo, frío local y una revisión si la hinchazón empeoraba.
Me había dado permiso para marcharme.
Sin embargo, había algo que necesitaba contar.
Algo que llevaba toda la tarde quemándome por dentro.
—Entra, Olivia —dijo Luca.
Pasé al despacho.
Nunca antes había estado allí.
Las paredes estaban cubiertas de libros antiguos, cuadros oscuros y vitrinas de madera. Una lámpara iluminaba el gran escritorio de caoba.
Luca giró el monitor hacia mí.
—¿Conoces a ese hombre?
Miré la imagen de William Mercer.
Se me heló la sangre.
—Sí, señor.
—¿Qué hacía con Vanessa?
Miré instintivamente hacia la puerta cerrada.
Luca lo comprendió.
—Nadie va a entrar sin mi permiso.
Introduje una mano en el bolsillo del delantal y saqué una fotografía doblada.
La coloqué sobre su escritorio.
Luca la recogió.
En ella aparecía saliendo de un restaurante del centro de Chicago.
A su lado caminaba una mujer elegante, con un abrigo color crema y el cabello castaño.
Lo vi palidecer ligeramente.
—Elena...
Era su exmujer.
La mujer de la que se había divorciado tres años atrás y con quien apenas había tenido contacto desde mucho antes.
—¿De dónde has sacado esto?
—Vanessa tenía una carpeta llena de fotografías.
—¿De qué clase?
—De usted. De sus coches. De la mansión. Del restaurante donde estuvo el martes pasado.
Tragué saliva.
—Y muchas fotografías de su exmujer.
Luca dejó la imagen sobre la mesa.
—¿Qué quería hacer con ellas?
—Había documentos también. Informes, fechas, mensajes... William Mercer decía que podrían construir una historia convincente.
—¿Qué historia?
Me tembló la voz.
—Que usted llevaba cinco años teniendo una relación secreta con Vanessa. Incluso mientras seguía casado con Elena.
Luca frunció el ceño.
—Eso es mentira.
—Lo sé, señor.
El martes anterior se había reunido con Elena para hablar de la venta de una vivienda que ambos habían comprado durante su matrimonio.
No había ocurrido nada más.
Pero alguien los había seguido.
Y Vanessa pretendía utilizar aquella reunión como parte de una mentira cuidadosamente preparada.
—¿Por qué querría convencer a Elena de semejante cosa? —preguntó Luca.
Bajé la mirada.
—Porque decía que Elena tenía algo que le pertenecía.
Luca se quedó completamente quieto.
—¿Algo mío?
Asentí.
—Eso fue lo que dijo.
—Olivia, Elena y yo resolvimos nuestro divorcio hace años. Vendimos propiedades, dividimos cuentas y firmamos los acuerdos. No queda nada pendiente que justifique todo esto.
No respondí.
Porque todavía tenía algo más.
Algo que había escondido en mi bolsillo después de que Vanessa me empujara contra la puerta.
—Cuando Vanessa me sujetó, su bolso cayó sobre la cama —expliqué—. Se abrió y varias cosas se esparcieron por el suelo. El investigador la ayudó a recogerlas, pero no vieron esto.
Saqué un papel doblado y arrugado.
Era una hoja de cartulina barata.
Luca la cogió con desconcierto.
La desplegó cuidadosamente.
Y su expresión cambió.
Era un dibujo infantil.
Unos trazos torpes de ceras azules, verdes y amarillas representaban a un hombre alto vestido de negro, una mujer de pelo castaño y un niño pequeño situado entre los dos.
Encima del niño había un nombre escrito con letras grandes e irregulares.
MATEO.
Luca dejó de respirar durante un instante.
—¿Dónde... dónde ha conseguido Vanessa esto?
—No lo sé, señor.
Se quedó contemplando el dibujo.
Sus dedos rozaron las letras.
—Elena estaba embarazada cuando todo empezó a romperse entre nosotros —murmuró.
Lo miré sin atreverme a interrumpirlo.
—Hace cinco años me dijo que había perdido al bebé. Hubo complicaciones. Estábamos separados emocionalmente, discutíamos constantemente... Y después llegó aquella llamada.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Dijo que nuestro hijo no había sobrevivido.
Bajó la cabeza.
Por primera vez, vi algo que jamás habría imaginado en Luca Moretti.
Vi a un hombre destrozado.
No al jefe de una organización criminal.
No al hombre al que toda la ciudad temía.
Vi a un padre que llevaba cinco años llorando a un hijo que nunca había podido sostener entre sus brazos.
—Su nombre iba a ser Mateo —susurró.
Sentí que se me encogía el corazón.
—¿Cree que podría estar vivo?
Luca levantó la mirada.
—No lo sé.
Volvió a contemplar el dibujo.
—Pero voy a averiguarlo.
Giró la cartulina.
En la parte posterior había un sello azul, algo descolorido.
St. Jude's Children's Home — Chicago.
Al verlo, un recuerdo me golpeó con tanta fuerza que tuve que apoyarme en el escritorio.
—Dios mío...
Luca me miró.
—¿Qué ocurre?
Señalé el sello.
—Yo crecí en ese orfanato.
—¿Qué?
—Pasé allí mis primeros dieciocho años.
El rostro de Luca cambió de nuevo.
Le conté que St. Jude's había sido mi único hogar durante toda la infancia. Que conocía sus dormitorios, sus pasillos interminables y el viejo jardín donde los niños salíamos a jugar cuando hacía buen tiempo.
También conocía a la hermana Margaret, la mujer que se había ocupado de mí durante años.
Había algo más que recordaba perfectamente.
Los benefactores del centro recibían una pulsera de plata con el escudo de la institución.
Y los grandes donantes llevaban una versión especial, identificada con una pequeña placa.
En la grabación de seguridad, William Mercer lucía precisamente una de aquellas pulseras.
—Ese hombre no es un simple investigador —dije—. Tiene acceso al orfanato.
Luca volvió a observar el vídeo.
La pulsera aparecía claramente en la muñeca izquierda de Mercer.
—¿Cuánto hay que donar para recibir una así?
—Al menos cincuenta mil dólares.
Luca entrecerró los ojos.
—Un investigador privado no suele donar cincuenta mil dólares a un orfanato.
—Pero Vanessa puede hacerlo.
Nos miramos.
La misma posibilidad acababa de cruzarnos la mente.
Si Mateo estaba vivo y Vanessa había descubierto su existencia, aquel dibujo podía indicar algo mucho peor que un simple engaño.
Podía significar que el niño estaba en sus manos.
Luca cogió su abrigo.
—Vamos.
—¿Adónde?
—A St. Jude's.
Miré mi uniforme.
—Señor, yo...
—Olivia, necesito que me ayudes a encontrarlo. Pero no tienes obligación de venir.
Pensé en el dolor de mi cara.
En mis setenta y cuatro dólares.
En aquella vida en la que nadie se había preocupado por mí lo suficiente como para hacer una sola pregunta.
Después miré el dibujo.
Un niño pequeño había dibujado una familia con tres personas cogidas de la mano.
Era exactamente el tipo de dibujo que yo había hecho una y otra vez de pequeña.
Una familia que siempre imaginé.
Una familia que nunca tuve.
—Voy con usted —respondí.
Llegamos a St. Jude's a las once y cuarenta y cinco de la noche.
Chicago estaba sumida en un frío húmedo que anunciaba el invierno. Una fina niebla cubría las calles y el viento arrastraba hojas secas contra las aceras.
El edificio del orfanato apareció tras una verja de hierro negro.
Era una construcción antigua de ladrillo rojo, con ventanales altos, hiedra en los muros y una pequeña capilla adosada a uno de sus extremos.
Sentí un nudo en el pecho.
Había pasado años deseando escapar de aquel lugar.
Y ahora regresaba allí acompañada por uno de los hombres más peligrosos de la ciudad.
Luca estacionó su todoterreno cerca de la entrada lateral.
—¿Sabes si Margaret sigue siendo la directora?
Asentí.
—Sí. Siempre ha estado aquí.
Nos acercamos al edificio.
Desde el despacho de dirección llegaba una luz amarillenta.
Entonces oímos voces.
Luca me indicó que guardara silencio.
Reconocí inmediatamente la primera voz.
Era la hermana Margaret.
—Lleva toda la semana preguntando por su madre —decía—. No puedo seguir diciéndole que regresará mañana.
La segunda voz me hizo sentir náuseas.
Vanessa.
—Entonces haga que deje de preguntar.
—Es un niño de cinco años, señorita Bellini.
—Mañana será trasladado a otro centro. Los documentos están preparados.
—Usted dijo que esto sería temporal.
—Y lo ha sido.
—Su madre lo trajo aquí porque tenía miedo —insistió Margaret—. Me aseguró que había personas peligrosas siguiéndola. Yo acepté esconderlo porque creí que estaba protegiéndolo.
—Y lo está protegiendo.
—No pienso enviarlo a Nueva York sin hablar antes con ella.
Vanessa golpeó algo contra el escritorio.
—¡La madre de ese niño no está en condiciones de decidir nada!
Luca cerró los ojos un instante.
Después abrió la puerta.
Vanessa se volvió sobresaltada.
—¿Luca?
Llevaba todavía el vestido rojo de la cena.
El contraste con el despacho sencillo y envejecido del orfanato resultaba casi grotesco.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella.
Luca avanzó lentamente.
—He venido a buscar a mi hijo.
Vanessa palideció.
—No sé de qué estás hablando.
—Mateo.
La hermana Margaret se llevó una mano al pecho.
—¿Usted es su padre?
Luca asintió.
—Eso es lo que necesito confirmar.
Vanessa se apresuró a intervenir.
—Esta criada te ha llenado la cabeza de mentiras. Luca, por favor, estás dejando que una empleada resentida arruine nuestra boda.
Luca ni siquiera la miró.
—Hermana Margaret, ¿dónde está el niño?
La mujer vaciló.
Observó a Vanessa.
Después me reconoció.
—¿Olivia?
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Hola, hermana.
Margaret contempló mi rostro amoratado.
—Dios mío, hija. ¿Qué te ha pasado?
—No importa ahora. Por favor, díganos dónde está Mateo.
La anciana miró a Luca.
Quizá vio algo en sus ojos.
Quizá comprendió que aquella historia era mucho más oscura de lo que Vanessa le había contado.
—Segundo piso —respondió finalmente—. Habitación catorce.
Luca salió inmediatamente del despacho.
Lo seguí escaleras arriba.
Conocía cada peldaño de aquella escalera.
Sabía cuál crujía, dónde la madera estaba desgastada y qué ventana dejaba entrar el aire frío durante las noches de invierno.
La habitación catorce estaba al final del pasillo.
Luca se detuvo frente a la puerta.
Su mano quedó suspendida sobre el pomo.
Temblaba.
Aquel hombre había soportado amenazas, traiciones y guerras entre familias rivales sin mostrar debilidad.
Pero tenía miedo de abrir una puerta.
Me acerqué.
—No tiene que hacerlo solo —susurré.
Luca me miró.
Después giró lentamente el pomo.
La habitación estaba iluminada por una tenue luz nocturna.
Había una cama pequeña, una cómoda antigua y una caja con varios juguetes.
En el colchón, sentado con las rodillas contra el pecho, estaba un niño.
Tenía unos cinco años.
Cabello negro.
Ojos oscuros.
Y unas facciones que parecían una mezcla imposible de las dos personas de aquella fotografía.
Luca se quedó inmóvil.
—Mateo...
El niño levantó la cabeza.
Nos observó con desconfianza.
—¿Sois los que vienen a llevarme con la señora mala?
Se me partió el alma.
Me arrodillé lentamente.
—No, cariño. Nadie va a llevarte con ella.
Mateo abrazó algo contra su pecho.
Luca se agachó a mi lado.
—Hola, campeón.
El niño lo observó.
—¿Tú quién eres?
Luca abrió la boca.
Pero no pudo responder inmediatamente.
Se pasó una mano por la cara.
—Me llamo Luca.
Mateo lo miró durante varios segundos.
—Mi mamá también conoce a un Luca.
Sentí que el hombre que estaba a mi lado contenía la respiración.
—¿Ah, sí?
El pequeño asintió.
—Dice que era muy valiente. Pero también dice que hay gente mala que cuenta mentiras.
Luca bajó la cabeza.
—Tu mamá tiene razón.
El niño miró hacia la puerta.
—¿Dónde está ella?
—Estamos intentando encontrarla —respondí suavemente.
Mateo volvió a abrazar el objeto que sostenía.
Fue entonces cuando Luca lo vio.
Un rosario de cuentas negras, desgastadas por el uso.
En su extremo colgaba una pequeña cruz de plata.
El brazo izquierdo de la cruz estaba ligeramente doblado.
Luca extendió una mano.
—¿Me permites verlo?
Mateo dudó.
Después levantó el rosario.
Luca tocó la cruz con la punta de los dedos.
Su expresión se desmoronó.
—No puede ser...
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Este rosario era de mi padre.
Lo miré sorprendida.
—¿Está seguro?
—Se lo regaló mi madre cuando se casaron. Él lo llevó durante cuarenta años.
Tragó saliva.
—Cuando murió, lo dejé sobre su tumba. Pensé que nunca volvería a verlo.
Mateo acarició las cuentas.
—Mi mamá me lo dio. Dice que me protegerá.
Luca cerró los ojos.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—¿Te dijo algo más?
El pequeño asintió.
—Que pertenecía a mi familia. Y que mi papá lo había querido mucho.
Luca se llevó una mano a la boca.
Era la primera vez que veía llorar a aquel hombre.
No lloraba con grandes sollozos.
Las lágrimas simplemente le caían mientras intentaba recuperar la voz.
—Mateo...
El niño lo miró.
—¿Sí?
—Creo que soy tu padre.
El pequeño parpadeó.
—¿Mi papá?
Luca asintió.
—Sí, campeón.
Mateo contempló su rostro como si estuviera intentando reconocerlo de algún sueño antiguo.
—Mamá dijo que algún día podría conocerte.
Luca dejó escapar un sonido quebrado.
—He esperado cinco años para verte sin saber que debía seguir buscándote.
Abrió los brazos.
—¿Puedo darte un abrazo?
Mateo permaneció inmóvil unos segundos.
Después se acercó y se abrazó a él.
Luca lo estrechó suavemente contra su pecho.
Yo tuve que apartar la mirada porque estaba llorando.
Había pasado toda mi infancia viendo a otros niños marcharse con sus familias.
Algunos eran adoptados.
Otros se reunían con padres que habían conseguido recuperarse de situaciones difíciles.
Yo siempre había sido la niña que se quedaba junto a la ventana, esperando ver aparecer a alguien que preguntara por ella.
Y allí, en la misma habitación donde tantas veces había sentido el abandono, estaba presenciando algo que jamás olvidaría.
Un padre encontrando a su hijo.
Un niño descubriendo que alguien llevaba años queriéndolo sin saber siquiera que existía.
Pero aquella felicidad apenas duró unos segundos.
Una voz fría surgió desde el pasillo.
—Qué escena tan conmovedora.
Nos volvimos.
Vanessa estaba en la puerta.
Sostenía una pistola.
Luca se incorporó ligeramente, manteniendo a Mateo protegido entre sus brazos.
—Baja el arma, Vanessa.
Ella sonrió.
Aunque sus manos temblaban.
—No pienso perderlo todo por culpa de una criada y un niño.
—Se acabó.
—¡No! —gritó—. ¡Se acabará cuando yo lo diga!
El niño enterró el rostro en el hombro de Luca.
Yo me arrodillé a su lado.
—Por favor, Vanessa —murmuré—. Aquí hay un niño.
—¡Cállate, Olivia!
Me miró con un odio que me hizo retroceder.
—Todo esto es culpa tuya. Si hubieras aprendido a mantener la boca cerrada...
Luca avanzó un paso.
—No vuelvas a amenazarla.
—¿Ahora la defiendes? —preguntó Vanessa con una risa amarga—. ¿Eso es lo que ocurre? ¿Te has enamorado de tu criada?
—Estoy defendiendo a mi hijo.
Vanessa apretó los labios.
—Tu hijo iba a ser mi seguro, Luca. Mi garantía de que nunca podrías abandonarme.
El silencio resultó espantoso.
—Así que era eso —dijo él.
Vanessa soltó una carcajada histérica.
—¡Por supuesto! Los Bellini no íbamos a seguir viviendo a tu sombra. Nuestra boda uniría las familias, pero yo necesitaba asegurarme de que jamás cambiarías de opinión.
Luca la observó con una mezcla de incredulidad y desprecio.
—Has utilizado a un niño para conseguir poder.
—¡He hecho lo que tenía que hacer!
—¿Y Elena?
Vanessa sonrió con crueldad.
—Quizá ya sea demasiado tarde para ella.
Luca palideció.
—¿Qué has hecho?
—Mercer la encontró.
Mi corazón se detuvo.
—¿Dónde está? —preguntó Luca.
—Eso ya no importa.
Fue entonces cuando apareció la hermana Margaret detrás de Vanessa.
La anciana había cogido un extintor del pasillo.
Al ver el arma apuntando hacia nosotros, reaccionó por puro instinto.
Golpeó la parte posterior de las piernas de Vanessa.
Esta perdió el equilibrio.
Se produjo un disparo.
El cristal de la ventana estalló por encima de nuestras cabezas.
Mateo gritó.
Luca se lanzó hacia delante y consiguió arrebatarle la pistola a Vanessa antes de que pudiera incorporarse.
Yo abracé al niño.
—Tranquilo, cariño. Estoy aquí.
La hermana Margaret se apoyó contra la pared, jadeando.
Luca apartó el arma del alcance de Vanessa.
—Llama a la policía —ordenó.
Margaret asintió.
Pero antes de marcharse, sacó un sobre amarillento del bolsillo.
—Espere.
Luca se volvió.
—¿Qué es eso?
—La madre del niño me lo entregó hace tres semanas. Dijo que debía esconderlo y que solo lo abriera si alguien venía a llevárselo.
Le tendió el sobre.
—Me suplicó que protegiera a Mateo. Estaba aterrorizada. Me dijo que había descubierto una traición dentro de su propia familia.
Luca abrió la carta.
Reconoció inmediatamente la letra de Elena.
Comenzó a leer.
Yo observé cómo cambiaba su rostro.
Primero, sorpresa.
Después, dolor.
Y finalmente una expresión tan sombría que sentí miedo.
—¿Qué dice? —pregunté.
Luca levantó lentamente los ojos.
—Elena no se marchó porque quisiera alejarme de mi hijo.
Se quedó callado.
—Alguien le hizo creer que yo había ordenado hacer daño al bebé cuando naciera.
Me llevé una mano a la boca.
—Dios mío...
—Le dijeron que debía fingir que lo había perdido y desaparecer si quería mantenerlo con vida.
Luca arrugó ligeramente la carta entre los dedos.
—Y después utilizaron a Vanessa para encontrarlo.
—¿Quién?
Él no respondió inmediatamente.
Volvió a leer las últimas líneas.
—Elena recibió aquella advertencia de alguien en quien confiaba. Alguien de mi propia casa.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién era?
Luca levantó la mirada hacia la puerta.
Y pronunció un nombre.
—Daniel.
Su jefe de seguridad.
El hombre que llevaba diez años trabajando para él.
El hombre que controlaba las cámaras de la mansión.
El hombre que había identificado a William Mercer apenas una hora antes.
El hombre que conocía todas sus propiedades, sus horarios, sus negocios y sus secretos.
En ese preciso instante, escuchamos unos pasos detrás de nosotros.
Me volví.
Daniel acababa de entrar en la habitación.
Llevaba una pistola en la mano.
Y la tenía apuntada directamente hacia mí.
—Lo siento, jefe —dijo con una tranquilidad espantosa—. Pero esta vez has hecho demasiadas preguntas.
Abracé a Mateo con todas mis fuerzas.
Luca dio un paso hacia nosotros.
Daniel levantó ligeramente el arma.
—Ni uno más, Luca.
Vanessa comenzó a sonreír desde el suelo.
Y entonces comprendí la verdad.
Aquella noche nunca había tratado solamente de una prometida celosa.
Había una conspiración mucho mayor.
Una conspiración que llevaba cinco años preparándose.
May you like
Y el niño que tenía entre mis brazos no era únicamente el hijo perdido de Luca Moretti.
Era la persona que todos sus enemigos necesitaban controlar para apoderarse de su imperio.