LA ESTRELLA DEL BÉISBOL SE BURLÓ DEL CHICO DE LOS BATES Y APOSTÓ SU FERRARI… PERO LAS VIEJAS BOTAS DEL MUCHACHO REVELARON UN SECRETO ENTERRADO DURANTE VEINTE AÑOS

PARTE 1 — LAS BOTAS ROTAS, EL NÚMERO 17 Y EL HOMBRE QUE SUPUESTAMENTE HABÍA MUERTO
El día en que Mateo Brooks estuvo a punto de ganar un Ferrari amarillo de doscientos ochenta mil euros, llevaba en los pies unas botas que no valían ni diez.
La suela izquierda estaba separada.
El talón derecho tenía una grieta.
Varias vueltas de cinta aislante negra mantenían unido lo que quedaba del cuero.
Y, aun así, Mateo estaba sonriendo.
No porque creyera que el Ferrari podía ser suyo.
Sino porque desde la primera base podía ver a su madre.
Allá arriba.
En la última grada del Estadio del Turia, en Valencia.
Denise Brooks llevaba un uniforme gris de limpieza y empujaba un cubo azul entre filas de asientos vacíos.
Había salido de casa a las seis de la mañana para limpiar habitaciones en un hotel.
A las cuatro entró en el estadio.
Y probablemente no regresaría hasta pasada la medianoche.
Mateo tenía quince años.
Y odiaba verla trabajar así.
No porque le avergonzara.
Todo lo contrario.
Su madre era la persona más fuerte que conocía.
Pero cada vez que la veía frotarse la espalda después de una jornada de dieciséis horas, pensaba lo mismo:
Algún día voy a sacarla de esto.
Solo que aquel día no esperaba que la oportunidad apareciera en forma de un hombre llamado Bruno Hayes.
Bruno era el receptor más famoso de la liga profesional europea.
Treinta y tres años.
Cinco selecciones al partido de las estrellas.
Tres premios como mejor defensor.
Un brazo derecho tan potente que los narradores deportivos decían que intentar robarle una base era «correr hacia una sentencia».
También tenía dinero.
Mucho.
Y le gustaba que todo el mundo lo supiera.
Aquel viernes había llegado al estadio conduciendo un Ferrari amarillo que dejó estacionado junto a la entrada privada de jugadores.
Mateo lo había visto desde lejos.
No porque le interesaran especialmente los coches.
Sino porque calculó automáticamente cuántos alquileres de su madre cabían dentro de aquel automóvil.
Demasiados.
—¡Eh, chico!
Mateo se volvió.
Bruno estaba detrás del plato observándolo.
—¿Sí, señor?
—¿Por qué miras tanto a nuestro lanzador?
Mateo señaló discretamente hacia Rubén Cooper, que calentaba sobre el montículo.
—Estoy mirando su pie izquierdo.
Varios jugadores empezaron a reír.
Bruno levantó una ceja.
—¿El pie?
—Sí, señor.
—¿Quieres robarle las botas?
Las carcajadas aumentaron.
Mateo bajó la mirada.
—No.
—Entonces explícate.
El muchacho dudó.
Después señaló.
—Cuando va a lanzar al plato, levanta un poco el talón izquierdo antes de empezar el movimiento.
Rubén dejó de lanzar.
—¿Cómo?
Mateo continuó:
—Pero cuando piensa lanzar a primera para sorprender al corredor, mantiene el talón completamente apoyado.
El campo quedó más silencioso.
Rubén miró a Bruno.
—¿Hago eso?
Bruno sonrió.
—Todo el mundo hace algo.
Después volvió la mirada hacia Mateo.
—Así que eres un experto.
—No.
—Pero crees que podrías robarme segunda.
Mateo observó el campo.
—Podría intentarlo.
Un jugador soltó una carcajada.
—Bruno, no seas cruel.
Pero Bruno estaba disfrutando.
Señaló hacia el aparcamiento.
El Ferrari amarillo brillaba detrás de la valla.
—¿Ves ese coche?
Mateo asintió.
—Si consigues llegar a segunda antes que mi lanzamiento…
Pausa.
—Te doy las llaves.
Las risas explotaron.
Uno de los jugadores gritó:
—¡Está apostando un Ferrari contra unas botas sujetas con cinta!
Bruno abrió los brazos.
—Precisamente.
Mateo no rio.
Miró hacia las gradas superiores.
Su madre estaba limpiando.
Después volvió a mirar a Bruno.
—¿Lo promete?
La pregunta provocó otra ronda de carcajadas.
Pero algo en la voz del chico hizo que Bruno dejara de sonreír durante un instante.
—¿Qué?
—Que si gano, el coche será mío.
—Sí.
—¿De verdad?
Bruno levantó una mano.
—Te doy mi palabra.
Mateo respiró.
—Entonces acepto.
Esta vez las risas tardaron un poco más en volver.
Mateo Brooks trabajaba en el estadio desde hacía once meses.
Recogía pelotas.
Ordenaba material.
Limpiaba cascos.
Transportaba cajas.
Por las mañanas, antes de que llegaran los jugadores, practicaba.
Nadie se lo había autorizado.
Pero tampoco molestaba a nadie.
Corría de primera a segunda.
Cronometraba sus salidas con un viejo reloj digital.
Observaba vídeos de lanzadores.
Estudiaba sus hombros.
Sus caderas.
Sus tobillos.
Su padre le había enseñado.
Marcus Brooks.
Para Mateo, su padre había sido tres cosas.
Su primer entrenador.
Su mejor amigo.
Y el muerto del que nadie en casa conseguía hablar sin bajar la voz.
Marcus había fallecido tres años atrás después de un supuesto accidente de tráfico.
El féretro llegó cerrado.
La compañía responsable del traslado explicó que las lesiones habían sido demasiado graves.
Denise no pudo ver el cuerpo.
Mateo sí asistió al funeral.
Recordaba el sonido de la tierra cayendo.
Recordaba a su madre agarrándole la mano.
Recordaba pensar que a los doce años uno no debería saber cuánto pesa una pala de tierra sobre un ataúd.
Desde entonces dejaron de jugar al béisbol.
No oficialmente.
Porque pagar una escuela deportiva era imposible.
Denise apenas conseguía cubrir alquiler, electricidad, comida y transporte.
Una noche reunió setenta y cinco euros para comprarle botas nuevas.
Guardó los billetes dentro de un cajón.
A la mañana siguiente habían desaparecido.
Denise encontró un recibo sobre la mesa.
FACTURA DE ELECTRICIDAD — PAGADA.
Mateo estaba junto a la ventana colocando cinta aislante sobre sus botas.
—¿Qué has hecho?
—Pagar la luz.
—Ese dinero era para ti.
Mateo levantó la cabeza.
—Las botas sirven aunque sean viejas.
—Mateo…
—Una casa sin electricidad no.
Denise se volvió para que su hijo no la viera llorar.
Lo que tampoco vio fue el pequeño símbolo plateado oculto bajo la plantilla desgastada de la bota izquierda.
Un rayo.
El número 17.
Y un nombre escrito a mano:
MARCUS BROOKS.
Cuando Mateo llegó a primera base para aceptar el desafío de Bruno, apareció desde el túnel un hombre de setenta años.
Walter Jenkins.
Había entrenado jugadores durante cuatro décadas.
Tres de sus antiguos alumnos habían llegado a los salones de la fama de sus respectivas ligas.
Los jugadores podían bromear con entrenadores jóvenes.
Con Walter no.
—¿Qué está pasando?
Bruno sonrió.
—Un poco de entretenimiento.
—Define entretenimiento.
—El chico cree que puede robar segunda contra mí.
—¿Y?
—Le he apostado el Ferrari.
Walter lo miró como se mira a alguien que acaba de admitir una estupidez monumental.
—Tienes treinta y tres años.
—Gracias por recordarlo.
—Compórtate como si los tuvieras.
Algunos jugadores desviaron la mirada para esconder la risa.
Walter se volvió hacia Mateo.
—¿Cómo te llamas?
—Mateo Brooks.
Algo cambió en los ojos del entrenador.
—¿Brooks?
—Sí, señor.
—¿Juegas en algún equipo?
Mateo negó.
—Ya no.
—¿Por qué?
—No podemos pagar las cuotas.
Walter miró sus botas.
—¿Vas a correr con eso?
—Aguantan.
—Eso dicen todos los que terminan en urgencias.
Se arrodilló.
—Déjame ver.
Mateo comenzó a retirar la cinta.
La suela se abrió casi por completo.
Algunos jugadores rieron.
Walter no.
Su mano se quedó inmóvil.
Había visto el interior de la bota.
El rayo.
El 17.
Las letras.
MARCUS BROOKS.
El viejo entrenador palideció.
—¿De quién eran estas botas?
—De mi padre.
Walter levantó lentamente la cabeza.
—¿Cómo se llamaba?
—Marcus Brooks.
El entrenador perdió el equilibrio y tuvo que apoyar una mano sobre la tierra.
—Coach —dijo Bruno—. ¿Está bien?
Walter no respondió.
Agarró a Mateo por el antebrazo.
No con violencia.
Con desesperación.
—¿Tu padre murió hace tres años?
Mateo frunció el ceño.
—Sí.
Walter miró las botas otra vez.
Después sacó el teléfono.
—¡NADIE EMPIEZA NADA!
Treinta jugadores se quedaron inmóviles.
—¡Y NADIE TOCA A ESTE CHICO!
El estadio quedó en silencio.
Bruno dejó de sonreír.
—Walter, ¿qué demonios pasa?
El entrenador levantó los ojos hacia él.
Por primera vez había miedo en ellos.
—Eso mismo quiero saber yo.
Bajo el estadio había un pequeño despacho que Walter utilizaba desde hacía años.
Cerró la puerta.
Dentro estaban Mateo, Bruno y dos entrenadores.
Walter abrió un viejo armario metálico.
Sacó una fotografía.
En ella aparecía él veinte años más joven junto a un jugador negro de piernas largas y sonrisa enorme.
El uniforme llevaba el número 17.
Mateo cogió la foto.
—Papá.
Walter asintió.
—Tu padre fue uno de los corredores más rápidos que entrené en toda mi vida.
Mateo lo miró desconcertado.
Marcus nunca le había contado demasiado sobre aquella etapa.
—Me dijo que una lesión acabó con su carrera.
—No exactamente.
Bruno cruzó los brazos.
Walter continuó:
—Tu padre formó parte de un programa privado de desarrollo deportivo. Trabajaban aceleración, lectura corporal del lanzador, reacción, salida desde base…
Mateo murmuró:
—Me enseñó eso.
—Lo sé.
Walter abrió otra carpeta.
—El problema es que la academia empezó a apropiarse de los métodos de los jugadores. Los convertía en material comercial y obligaba a firmar cesiones de derechos.
—¿Mi padre se negó?
—Sí.
Walter sostuvo su mirada.
—Y encontró documentos que demostraban que estaban haciendo lo mismo con chicos de dieciséis y diecisiete años.
Mateo apretó la fotografía.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo?
Walter abrió un sobre amarillento.
—Esto llegó hace seis meses.
El sello estaba fechado.
El nombre de Walter aparecía escrito a mano.
Mateo vio la letra.
Sintió que el estómago se le hundía.
—No.
—Mateo…
—Esa es la letra de mi padre.
Walter asintió.
—Lo sé.
—Mi padre murió hace tres años.
—Eso creíamos.
La habitación perdió sonido.
Walter desplegó la carta.
No leyó todo.
Solo el final.
—«Si mi hijo algún día aparece buscando la verdad, protégelo.»
Bruno dejó de moverse.
Walter continuó:
—«Y no confíes en el hombre que lleva el número veinticuatro hasta que descubras de qué lado está.»
Todos miraron a Bruno.
En su camiseta:
24.
Mateo retrocedió.
—¿Conocías a mi padre?
Bruno no respondió.
—¡Te he preguntado si conocías a mi padre!
La arrogancia había desaparecido por completo.
Bruno se sentó.
—Sí.
Mateo apretó los puños.
—¿Desde cuándo?
—Desde que yo tenía dieciséis años.
Walter frunció el ceño.
Bruno se llevó ambas manos al rostro.
—Marcus me entrenó.
Mateo quedó inmóvil.
—Me arregló el brazo cuando todos los demás decían que mi carrera estaba acabada antes de empezar.
—Entonces ¿por qué mi padre escribió eso?
Bruno levantó la cabeza.
Tenía los ojos húmedos.
—Porque alguien lleva años utilizando mi nombre.
La historia que siguió transformó al hombre al que Mateo había considerado un arrogante en algo mucho más complicado.
Bruno había entrado a los dieciséis años en la misma academia donde trabajaba Marcus.
Tenía talento.
Pero lanzaba mal.
Su hombro sufría constantemente.
Marcus dedicó meses a corregirle la mecánica.
—Tu padre nunca me cobró un euro —explicó Bruno—. Decía que un chico no debería perder una carrera porque sus padres no podían pagar otro entrenador.
Mateo bajó la mirada.
Sonaba exactamente a Marcus.
—Después descubrió contratos.
—¿Qué contratos?
—La academia obligaba a jugadores jóvenes a firmar derechos sobre técnicas, imágenes y futuros ingresos. Algunos ni siquiera entendían lo que estaban entregando.
Walter apretó los dientes.
—¿Quién dirigía aquello?
Bruno respondió:
—Víctor Hale.
El nombre le sonaba a Walter.
Director financiero.
Gestor.
Hombre elegante.
Siempre sonriente.
Siempre detrás de otros.
Bruno continuó:
—Marcus reunió copias.
—¿Y luego?
—Desapareció.
Mateo cerró los ojos.
—Murió.
Bruno negó lentamente.
—Eso es lo que todos pensamos.
Sacó de su cartera una fotografía vieja.
Marcus aparecía con un Bruno adolescente.
En la parte posterior había escrito:
“A Bruno. Cumple tu promesa. 24.”
Mateo preguntó:
—¿Qué promesa?
Bruno tragó saliva.
—Cuando firmé mi primer contrato profesional dije que, si algún día tenía dinero, ayudaría a su familia.
—Pues no lo hiciste.
No había rabia en la voz de Mateo.
Eso resultó peor.
Bruno bajó los ojos.
—Llevo años buscándoos.
Sacó varios papeles.
Informes de investigadores privados.
Direcciones erróneas.
Familias con el mismo apellido.
Registros manipulados.
—Cada vez que parecía acercarme, aparecía información falsa.
Walter tomó la carta.
—Entonces la advertencia sobre el veinticuatro…
Bruno asintió.
—Marcus sabía que alguien estaba enviando mensajes haciéndose pasar por mí.
Walter se quedó quieto.
—¿Para mantener a su familia lejos?
—Probablemente.
Mateo apretó las botas contra el pecho.
—¿Está vivo?
Nadie respondió.
Porque todavía no lo sabían.
La persona que podía averiguarlo se llamaba Daniel Cruz.
Antiguo investigador de delitos financieros.
Había trabajado casos relacionados con organizaciones deportivas y fundaciones privadas.
Examinó la carta.
Papel.
Tinta.
Sobre.
Sellos.
Después hizo algo que nadie más había hecho.
Miró un pequeño código de procesamiento postal.
—¿Dónde recibiste esto?
—Aquí.
—No pregunto dónde llegó.
Señaló el sello.
—Pregunto dónde entró en el sistema.
Horas después tenía una respuesta.
La carta había pasado por un centro postal que también gestionaba correspondencia de una institución médica privada cerca de Cádiz.
Instituto Neurológico Mar Azul.
Mateo sintió que el corazón empezaba a golpearle.
—¿Por qué saldría una carta de mi padre desde un hospital?
Daniel lo miró.
—Eso es precisamente lo que vamos a averiguar.
Denise llegó al estadio todavía vestida con el uniforme de limpieza.
Cuando vio la carta, tuvo que sentarse.
Mateo la observó.
—Mamá.
Ella no respondió.
—¿Sabías algo?
—No.
—No te he preguntado si sabías que estaba vivo.
Denise empezó a llorar.
—Mateo…
—¿Había alguna duda?
Silencio.
Y esa pausa fue la respuesta.
—¿Mamá?
Ella cerró los ojos.
—Nunca vi su cuerpo.
Mateo dio un paso atrás.
—¿Qué?
—El hospital me dijo que el accidente había sido terrible.
—Yo estuve en el funeral.
—Yo también.
—Había un ataúd.
—Cerrado.
Mateo sintió náuseas.
—¿Quién organizó todo?
Denise miró a Bruno.
—Un representante de la academia.
Daniel preguntó:
—Nombre.
—Víctor Hale.
Bruno golpeó la mesa con la palma.
—Ese hombre.
Daniel abrió el portátil.
Buscó.
—Víctor Hale desapareció de registros públicos hace dos años.
Mateo miró la carta.
Después a su madre.
Después las viejas botas de su padre.
Un padre muerto.
Un ataúd que nadie había abierto.
Una carta escrita seis meses atrás.
—Quiero encontrarlo.
Denise lloró.
—Yo también.
Pero Walter se negó a permitir que Mateo olvidara por completo el motivo por el que había bajado a aquel campo.
Dos días después, mientras Daniel investigaba el centro médico, Walter llevó al muchacho de nuevo al estadio.
—Primera base.
Mateo lo miró.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Mi padre puede estar vivo.
—Precisamente.
—No entiendo.
Walter señaló el campo.
—Marcus jamás permitió que el miedo le quitara una oportunidad.
Bruno apareció desde el dugout.
Tenía las llaves del Ferrari.
Mateo lo observó.
—¿La apuesta sigue en pie?
Bruno asintió.
—Di mi palabra.
Walter protestó:
—Bruno…
—No.
El receptor miró a Mateo.
—Esta vez no estoy riéndome.
Walter había comprado unas botas nuevas.
Profesionales.
Negras.
Mateo las miró.
—Son demasiado caras.
—Entonces corre lo bastante rápido como para que parezca una inversión.
Algunos jugadores rieron.
Esta vez Mateo también.
Se colocó en primera.
Rubén Cooper estaba en el montículo.
Bruno detrás del plato.
Mateo se separó de la base.
Rubén miró.
Talón plano.
Mateo volvió.
Lanzamiento a primera.
Seguro.
Segunda oportunidad.
Mateo se alejó.
Rubén respiró.
Y entonces ocurrió.
Talón izquierdo arriba.
Un centímetro.
Quizá menos.
Mateo salió.
Primer paso.
Segundo.
Tercero.
Parecía que alguien hubiera disparado una flecha.
Rubén lanzó.
Bruno recibió.
Giró.
Su brazo salió como un látigo.
La pelota cruzó el campo.
Mateo se lanzó de cabeza.
El segunda base bajó el guante.
Polvo.
Silencio.
El árbitro abrió los brazos.
—¡SAFE!
El estadio explotó.
Jugadores gritando.
Walter riendo.
Denise llorando desde el campo.
Mateo permaneció unos segundos tendido sobre la tierra.
Después levantó la cabeza.
Bruno caminaba hacia él.
Se quitó la máscara.
Sacó un pequeño mando amarillo.
Lo dejó en su mano.
—Una promesa es una promesa.
Mateo miró las llaves.
Después miró a su madre.
Por primera vez pensó:
Podemos salir de las deudas.
Y entonces sonó el teléfono de Bruno.
Contestó.
Escuchó.
Su sonrisa desapareció.
—¿Dónde?
Walter se acercó.
—¿Qué pasa?
Bruno bajó el móvil.
—Han encontrado a Víctor Hale.
Pausa.
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—Y ha dicho que Marcus Brooks sobrevivió al accidente.
Mateo dejó caer las llaves.