LA JOVEN QUE CASI DESAPARECIÓ ENTRE DOS BOLAS GIGANTES… Y TERMINÓ VOLANDO DE ESPALDAS HACIA LA META ANTE TODO EL PÚBLICO

PARTE 1: LA SEGUNDA BOLA
A Alba Martín le bastó mirar la piscina para recordar exactamente cómo se sentía el miedo.
No como una idea.
No como una palabra.
Como una sensación física.
Una presión debajo de las costillas.
Las manos demasiado frías a pesar del calor.
La boca seca.
Y aquella voz insoportable dentro de la cabeza:
«La última vez te caíste.»
Era una tarde de agosto en Valencia.
El sol todavía golpeaba con fuerza el agua azul del complejo deportivo, aunque comenzaba a descender detrás de las gradas.
Cientos de personas rodeaban la piscina.
Familias.
Adolescentes.
Deportistas.
Gente con el móvil preparado.
En medio del agua flotaban tres enormes esferas amarillas.
Redondas.
Brillantes.
Separadas entre sí por apenas la distancia suficiente para obligar a saltar.
Parecían infantiles desde fuera.
Hasta que alguien intentaba ponerse de pie encima.
Entonces dejaban de parecer juguetes.
Cada movimiento desplazaba el centro de gravedad.
Cada apoyo hacía girar la superficie.
Una pierna demasiado rígida bastaba para salir despedido.
Una mala recepción podía enviarte directamente al agua.
Y al final de las tres bolas esperaba una pequeña plataforma de madera.
La meta.
Quince segundos podían bastar para llegar hasta ella.
O para convertirte en el vídeo del que todo el mundo se reiría durante semanas.
Alba conocía ambas posibilidades.
Porque doce meses antes había terminado dentro de aquella misma piscina.
Tenía veinticuatro años.
Llevaba el cabello oscuro recogido en una coleta alta.
Un top deportivo naranja.
Parte inferior negra.
Calcetines blancos.
Nada más.
No llevaba rodilleras.
Ni casco.
Ni ningún elemento que pudiera ayudarla a agarrarse a las esferas.
Solo equilibrio.
Piernas.
Reflejos.
Y meses de entrenamiento que nadie entre el público podía ver.
Una mujer situada junto a la primera fila de espectadores levantó dos dedos.
Marta Soler.
Su entrenadora.
Cincuenta y tres años.
Exgimnasta.
La persona que durante ocho meses había visto a Alba aprender otra vez a confiar en su tobillo derecho.
Marta no gritó.
No hacía falta.
Alba sabía lo que significaban aquellos dos dedos.
Dos palabras.
Las mismas que había repetido durante toda la preparación.
«No corras.»
Ese era el gran engaño del recorrido.
Desde fuera parecía una prueba de velocidad.
No lo era.
Era una prueba de paciencia disfrazada de carrera.
Quien intentaba ganar tiempo saltando demasiado pronto perdía el control.
Quien se quedaba demasiado quieto permitía que la bola comenzara a girar debajo de sus pies.
Había que moverse.
Pero no precipitarse.
Esperar.
Pero nunca congelarse.
Alba respiró profundamente.
Del otro lado de la piscina alguien gritó:
—¡Vamos, Alba!
Otro respondió:
—¡Ahora sí!
Ella cerró los ojos durante medio segundo.
Ahora sí.
Un año antes también se lo habían dicho.
La primera vez había llegado demasiado confiada.
Había sido atleta desde niña.
Gimnasia.
Acrobacia.
Saltos.
Equilibrio.
Pensó que tres bolas flotantes serían poco más que un juego.
Subió a la primera.
Saltó a la segunda demasiado rápido.
La esfera giró debajo de ella.
Su pie derecho resbaló.
Intentó corregir.
La rodilla cayó hacia dentro.
Y un instante después desapareció entre dos enormes superficies amarillas.
El público gritó.
Algunos se rieron al comprobar que no se había hecho daño grave.
El vídeo circuló por redes aquella misma noche.
“La chica que pensó que podía hacerlo.”
“Demasiada confianza.”
“Duró tres segundos.”
Alba habría soportado las bromas.
Lo que no soportó fue el diagnóstico.
Esguince severo.
Lesión parcial de ligamentos.
Nada que destruyera una carrera.
Pero suficiente para obligarla a parar.
Durante semanas necesitó ayuda para bajar escaleras.
Durante meses su cuerpo comenzó a desconfiar de movimientos que antes hacía sin pensar.
Saltaba y protegía el pie derecho.
Giraba y frenaba antes de tiempo.
Se preparaba para caer incluso cuando no estaba cayendo.
Marta la observó una mañana durante rehabilitación.
—Tu tobillo está mejor.
Alba respondió:
—No lo parece.
—Porque ahora el problema no está ahí.
Marta señaló su cabeza.
—Está aquí.
Alba se enfadó.
—No tengo miedo.
—Claro que tienes miedo.
—Puedo volver a hacerlo.
—Entonces deja de intentar convencerme a mí.
Aquella frase la acompañó durante meses.
Y por eso había regresado.
No porque necesitara demostrar a internet que se había equivocado.
Internet olvidaba todo.
No porque hubiera un premio extraordinario.
No lo había.
Había vuelto porque cada vez que cerraba los ojos antes de un salto todavía veía aquella segunda bola girando debajo de ella.
Y no quería permitir que un segundo de su vida decidiera todos los que venían después.
Un organizador levantó el brazo.
El público se fue callando.
—¡Preparada!
Alba flexionó ligeramente las rodillas.
Miró la primera esfera.
Después la segunda.
Luego la tercera.
Por último, la plataforma.
No volvió a mirar la piscina.
Si miras el lugar donde no quieres caer, Marta solía decirle, muchas veces terminas moviéndote hacia allí.
—¡Tres!
Alba exhaló.
—¡Dos!
Sus manos se abrieron a ambos lados del cuerpo.
—¡Uno!
El brazo del organizador bajó.
—¡YA!
Alba avanzó.
Un paso.
Dos.
Saltó desde el borde.
Sus pies aterrizaron sobre la primera esfera amarilla.
La bola se hundió ligeramente.
El agua salió hacia ambos lados.
El público gritó.
Alba abrió los brazos.
La esfera rodó hacia delante.
Su tobillo derecho corrigió.
Luego el izquierdo.
Una fracción de segundo.
Eso era todo lo que tenía.
No podía quedarse.
Preparó el siguiente movimiento.
La segunda bola estaba delante.
Saltó.
Y en el instante de la recepción…
todo volvió.
Su pie derecho tocó primero.
Demasiado hacia un lado.
La esfera comenzó a girar.
—¡ALBA!
Marta lo vio antes que nadie.
La cadera de Alba se desplazó.
Su hombro salió de la línea.
Intentó recuperar el centro.
Pero el material mojado cedió bajo el calcetín.
Su cuerpo cayó hacia delante.
Durante una fracción de segundo, desde el ángulo de parte del público, Alba desapareció detrás de la enorme bola amarilla.
Se escuchó un grito colectivo.
La clase de sonido que hace una multitud cuando cree que una historia acaba de repetirse.
Marta apretó los dientes.
—No…
Alba sintió que el estómago se le hundía.
Agua debajo.
Bola girando.
La misma pierna.
El mismo error.
El mismo recuerdo.
Un año antes se había rendido en ese instante.
No conscientemente.
El cuerpo simplemente había entendido que ya no existía solución.
Esta vez sí la había.
Alba bajó el centro de gravedad.
Clavó una mano sobre la superficie.
No intentó ponerse recta.
Eso habría sido fatal.
Dejó que la bola girara.
Acompañó el movimiento.
Rodilla flexionada.
Cadera baja.
Brazo izquierdo extendido.
Por un momento quedó casi agachada sobre aquella esfera que intentaba expulsarla.
El público no sabía si estaba cayendo o recuperándose.
Marta sí.
—Eso es…
Alba desplazó el pie.
—Eso es…
La esfera volvió a girar.
—¡AGUANTA!
Alba apretó los dientes.
Corrigió otra vez.
Y reapareció por completo sobre la bola.
Seguía encima.
La grada estalló.
Pero ella no sonrió.
Todavía no.
Porque quedaban dos errores posibles.
Y solo una oportunidad.
La tercera esfera estaba delante.
Alba respiraba más rápido.
Los gritos del público comenzaron a convertirse en un ruido lejano.
Había entrenado esa sensación.
Cuando demasiadas voces entran en la cabeza, hay que reducir el mundo.
Bola.
Pie.
Respiración.
Bola.
Pie.
Respiración.
Nada más.
Saltó hacia la tercera.
Esta vez aterrizó más baja.
Las piernas absorbieron el movimiento.
La esfera amarilla se desplazó violentamente hacia atrás.
Alba extendió ambos brazos.
Parecía una funambulista sin cuerda.
Una corrección.
Otra.
El pie derecho buscó el centro.
La bola giró.
Ella giró con ella.
No luchó contra el movimiento.
Lo utilizó.
Por primera vez desde que había comenzado la prueba, Marta sonrió.
Porque Alba acababa de hacer algo que ocho meses antes parecía imposible.
No había obligado al cuerpo a olvidar el miedo.
Había aprendido a moverse con él.
Pero la tercera bola no dejó de oscilar.
Alba intentó ponerse más erguida.
El movimiento debajo de sus pies aumentó.
Derecha.
Izquierda.
Atrás.
Adelante.
La gente comenzó a gritar indicaciones contradictorias.
—¡SALTA!
—¡ESPERA!
—¡AHORA!
—¡NO!
Alba no obedeció a nadie.
Miró únicamente la plataforma de madera.
Estaba cerca.
Muy cerca.
Lo lógico era saltar hacia delante.
Dos pies.
Recepción sencilla.
Final.
Marta levantó la mano para indicarle exactamente eso.
Pero entonces vio cómo Alba modificaba la posición de sus pies.
Uno ligeramente delante.
El otro detrás.
Los brazos bajaron.
Las rodillas comenzaron a flexionarse.
Marta perdió la sonrisa.
Conocía aquella preparación.
—Alba…
La joven no podía oírla.
—Ni se te ocurra.
Alba siguió bajando.
El público comenzó a comprender que algo extraño estaba ocurriendo.
La plataforma estaba delante de ella.
Pero Alba estaba colocando el cuerpo como si fuera a lanzarse…
de espaldas.
Marta dio un paso hacia la piscina.
—¡ALBA!
La tercera esfera rodó otra vez.
Alba corrigió.
Esperó.
Una décima.
Dos.
Encontró el punto.
Y entonces levantó la mirada hacia el cielo.
Doce meses antes había terminado debajo de una bola.
Ahora estaba de pie sobre la última.
Podía escoger una llegada segura.
Podía saltar directamente.
Podía aceptar que simplemente completar el recorrido ya era suficiente.
Lo era.
Pero Alba no había entrenado únicamente para regresar.
Había entrenado un final.
Uno que Marta había prohibido durante semanas.
Uno que finalmente le permitió practicar solo después de que recuperara la fuerza, la movilidad y la estabilidad.
Una voltereta atrás desde una superficie fija ya exigía precisión.
Desde una esfera flotante…
todo dependía del instante.
Marta había repetido:
—Si la bola rueda medio segundo antes, abortas.
—Lo sé.
—Si dudas, abortas.
—Lo sé.
—Si llegas cansada…
—Aborto.
—Y si quieres hacerlo solo porque hay público…
Alba había tardado más en responder.
—También aborto.
Marta la miró entonces.
—¿Cuándo lo harás?
Alba sonrió.
—Cuando sepa que puedo.
Ahora, sobre aquella tercera esfera, Alba lo sabía.
El miedo seguía allí.
Pero ya no estaba decidiendo.
Flexionó las rodillas.
Los brazos fueron hacia atrás.
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Marta dejó de respirar.
Y Alba saltó.