LA LETRA PEQUEÑA DE LA TRAICIÓN

PARTE 1: LA MALETA EN EL UMBRAL
El día que su marido apareció en casa con su amante y una maleta, Naya estaba sentada en la cocina, a pocos pasos de la cuna de su hija de cuatro meses.
No hubo gritos al principio.
Ni una discusión.
Ni siquiera una explicación.
Mateo entró en el salón acompañado de una mujer con un vestido azul petróleo, dejó unos documentos sobre la encimera y anunció, con una tranquilidad que resultaba escalofriante:
—Naya, quiero el divorcio. Claudia se viene a vivir aquí. Firma los papeles y empieza a recoger tus cosas.
Su amante sonrió satisfecha.
—Lo siento, cariño, pero él me ha elegido a mí. Será mejor que te marches sin montar un numerito.
Naya levantó lentamente la mirada.
Observó a aquella desconocida, después a su marido y, finalmente, los papeles que acababan de colocar delante de ella.
Durante unos segundos no dijo nada.
Mateo confundió su silencio con una derrota.
Lo que no sabía era que aquella mujer llevaba semanas esperando que cometiera precisamente ese error.
Y lo que acababa de firmar antes de entrar en la habitación estaba a punto de convertirse en la peor sorpresa de su vida.
Todo ocurrió una mañana de sábado, en una luminosa vivienda situada en una tranquila urbanización a las afueras de Sevilla.
Era finales de mayo.
El calor comenzaba a instalarse sobre los tejados, las persianas permanecían medio bajadas para proteger la casa del sol y el aroma del azahar llegaba desde el pequeño patio trasero.
Naya tenía treinta y cinco años.
Su cabello rizado estaba recogido en un moño improvisado y llevaba un vestido verde oliva bajo una rebeca de punto color crema.
Apenas había dormido durante la noche.
Su hija Alma, de cuatro meses, había pasado varias horas inquieta, y Naya todavía tenía sobre la mesa una taza de café que se había enfriado antes de que pudiera darle el primer sorbo.
La niña descansaba en un capazo junto a la isla de la cocina.
De vez en cuando movía las manos y soltaba pequeños sonidos mientras dormía.
Naya la miraba con una ternura inmensa.
Habían sido meses difíciles.
El embarazo no había resultado sencillo y, después del nacimiento, las noches sin dormir, el agotamiento y la ausencia constante de su marido habían terminado por dejarla sin fuerzas.
Sin embargo, cada vez que Alma abría los ojos y la buscaba con la mirada, Naya encontraba motivos para continuar.
Aquella mañana estaba revisando una lista de compras cuando escuchó la cerradura de la puerta principal.
Mateo había salido temprano.
Le había dicho que tenía una reunión urgente.
Naya levantó la cabeza.
—¿Mateo? ¿Ya has vuelto?
No obtuvo respuesta.
Escuchó pasos.
Después, el sonido de las ruedas de una maleta arrastrándose sobre el suelo.
Frunció el ceño.
Su marido apareció en la entrada del salón.
Era un hombre alto, de treinta y ocho años, cabello oscuro muy corto y expresión habitualmente segura.
Llevaba una camisa granate y unos pantalones negros.
Detrás de él apareció una mujer de unos treinta años.
Tenía el cabello liso, de un tono cobrizo, cortado a la altura de los hombros. Vestía con elegancia y sujetaba el asa de una pequeña maleta.
La mujer recorrió el salón con la mirada.
Observó el sofá de lino.
Los cuadros.
Las amplias ventanas.
La cocina de piedra clara.
Sonrió como quien acaba de llegar a un lugar que considera suyo.
Naya miró primero la maleta.
Después a su marido.
—¿Qué significa esto?
Mateo se acercó a la encimera.
—Tenemos que hablar.
—Eso parece.
—Voy a ser directo. Ya no quiero seguir casado contigo.
Naya sintió una punzada en el pecho.
Aunque llevaba semanas sospechando lo que estaba sucediendo, escucharlo pronunciado con tanta frialdad le produjo un dolor inesperado.
Mateo continuó:
—He tomado una decisión. Estoy enamorado de Claudia y vamos a empezar una vida juntos.
La mujer dio un pequeño paso hacia delante.
—Hola, Naya.
Aquella forma de saludarla, como si se encontraran casualmente en una cafetería, le resultó casi ofensiva.
Naya no respondió.
Miró a Mateo.
—¿La has traído aquí?
—Sí.
—¿A nuestra casa?
—Precisamente por eso tenemos que aclarar algunas cosas.
Mateo sacó un sobre blanco de una carpeta.
Lo dejó sobre la encimera.
—Son los documentos del divorcio. Ya he firmado mi parte. Solo falta la tuya.
Naya observó el sobre sin tocarlo.
—¿Y la maleta?
Mateo respiró profundamente, como si estuviera perdiendo la paciencia.
—Claudia va a quedarse aquí.
Naya parpadeó.
—¿Perdona?
—Has oído perfectamente.
—¿Estás diciendo que pretendes instalar a tu amante en esta casa mientras yo sigo viviendo aquí con nuestra hija?
Mateo apretó la mandíbula.
—No hace falta que lo digas de esa manera.
—¿De qué manera quieres que lo diga?
Claudia intervino.
—A ver, Naya, no queremos hacerte daño. Pero tienes que entender que las cosas cambian.
Naya giró la cabeza.
—¿Y tú quién eres para explicarme lo que tengo que entender dentro de mi propia casa?
La sonrisa de Claudia desapareció durante un segundo.
Mateo levantó una mano.
—Basta. No vamos a convertir esto en una pelea.
Naya lo miró con incredulidad.
—Traes a otra mujer a casa, me anuncias que quieres divorciarte y pretendes que me marche con una niña de cuatro meses. ¿Y te preocupa que discutamos?
—No he dicho que tengas que irte hoy mismo.
Claudia frunció el ceño.
—Mateo, me dijiste que lo solucionaríamos este fin de semana.
Él le dirigió una mirada rápida.
Después volvió a mirar a Naya.
—Lo que digo es que cuanto antes firmemos, antes podremos seguir adelante.
Naya sintió que algo dentro de ella comenzaba a enfriarse.
Durante años había conocido a Mateo como un hombre impulsivo.
A veces orgulloso.
Otras veces demasiado preocupado por lo que pensaban los demás.
Pero jamás había imaginado verlo actuar con semejante crueldad.
Ni siquiera se había acercado a la cuna.
Su hija llevaba varios minutos moviéndose, despertada por las voces.
Mateo no parecía haber reparado en ello.
—La niña está ahí —dijo Naya.
Él miró brevemente hacia el capazo.
—Ya la he visto.
—Ni siquiera le has dado un beso.
—Ahora estamos hablando de otra cosa.
Aquella respuesta terminó de desgarrarla.
Porque Naya comprendió que, para su marido, lo urgente no era la familia que estaba destruyendo.
Era instalar cuanto antes la vida nueva que había preparado a escondidas.
Siete años antes, Mateo había sido completamente diferente.
Naya lo conoció durante una celebración en casa de unos amigos, en Triana.
Era una noche templada de septiembre.
Había música, bandejas de tortilla de patatas, copas de vino y conversaciones que se prolongaban hasta bien entrada la madrugada.
Naya acababa de terminar un complicado proyecto de restauración arquitectónica.
Trabajaba por cuenta propia y estaba empezando a construir una pequeña cartera de clientes.
Mateo, que se dedicaba a la gestión comercial de proyectos inmobiliarios, se acercó a ella cuando la vio junto a una ventana.
—¿No te gusta la fiesta?
Naya sonrió.
—Me gusta. Pero a veces necesito escuchar mis propios pensamientos.
Él soltó una carcajada.
—Eso tiene fácil solución. Pensaré bajito.
Ella se rio.
Así comenzó todo.
Una conversación.
Después otra.
Un café a la semana siguiente.
Y un paseo por las calles iluminadas del centro de Sevilla que terminó cuando los primeros repartidores comenzaban a abrir los comercios.
Mateo era atento.
Le preguntaba por su trabajo.
Recordaba pequeñas cosas que ella le contaba.
La acompañaba a visitar edificios antiguos y fingía entender su entusiasmo cuando le explicaba la historia de una cornisa o el valor de unas baldosas originales.
Una tarde, después de varios meses de relación, Naya lo invitó a su casa.
Mateo se quedó impresionado.
La vivienda era amplia, luminosa y estaba cuidadosamente reformada.
Tenía paredes blancas, una cocina abierta y un patio donde crecía un pequeño limonero.
—Madre mía, Naya. ¿Vives aquí sola?
Ella sonrió.
—Con mis plantas. Aunque algunas están a punto de abandonarme.
Él observó el salón.
—Esto parece una casa de revista.
—No siempre tuvo este aspecto.
Naya le explicó que había comprado aquella propiedad varios años antes de conocerlo.
No había sido sencillo.
Su abuela Estrella, la mujer que prácticamente la había criado después de la muerte de su madre, le había dejado unos ahorros modestos.
Naya utilizó aquella herencia junto con el dinero que había conseguido trabajando durante años.
Compró una vivienda que necesitaba reparaciones importantes.
Durante casi tres años invirtió sus fines de semana, sus ahorros y buena parte de sus ilusiones en restaurarla.
Pintó paredes.
Recuperó puertas antiguas.
Cambió instalaciones.
Diseñó personalmente la distribución de la cocina.
Y plantó aquel limonero cuando terminó las obras.
El día que recibió las llaves, se sentó en el suelo vacío del salón y lloró.
No de tristeza.
Sino porque por primera vez sintió que había construido un lugar seguro al que siempre podría regresar.
Antes de morir, su abuela le había dicho:
—Naya, hija, procura tener siempre algo que sea tuyo. No para desconfiar de nadie, sino para que nunca confundas el amor con la necesidad.
Aquellas palabras se convirtieron en una de las enseñanzas más importantes de su vida.
Mateo escuchó la historia con una sonrisa.
—Menuda mujer estás hecha.
Naya se echó a reír.
—No te creas. También se me queman las lentejas y pierdo las llaves cada dos por tres.
Él la abrazó por la cintura.
—Pues cualquier día me invitas a quedarme.
Naya le dio un beso.
—Primero tendrás que aprender a cuidar el limonero.
Un año después comenzaron a vivir juntos.
Dos años más tarde se casaron.
Celebraron una boda pequeña, rodeados de familiares y amigos, en una finca cercana a Carmona.
Naya llevaba un vestido sencillo.
Mateo lloró cuando la vio aparecer.
Durante los votos matrimoniales le prometió que nunca permitiría que se sintiera sola.
Ella le creyó.
Y durante algún tiempo tuvo motivos para hacerlo.
Los domingos desayunaban tostadas con aceite de oliva y tomate en el patio.
En verano cenaban junto a las ventanas abiertas.
Cuando llovía, Mateo preparaba chocolate caliente y ambos se sentaban bajo una manta a ver películas antiguas.
La casa se llenó de fotografías.
De zapatos junto a la entrada.
De discusiones absurdas sobre dónde colocar los cuadros.
De planes.
Y de sueños compartidos.
Uno de aquellos sueños era tener un hijo.
Durante varios años lo intentaron sin conseguirlo.
Naya pasó por una pérdida gestacional que la dejó profundamente triste.
Mateo estuvo a su lado al principio.
La abrazó durante las noches difíciles y le aseguró que no tenían prisa.
Pero poco a poco comenzó a distanciarse.
Trabajaba más horas.
Llegaba tarde.
Se molestaba cuando Naya quería hablar del futuro.
Ella pensaba que estaba preocupado por sus negocios.
Él acababa de asociarse con otros dos profesionales para poner en marcha una empresa de intermediación inmobiliaria.
Había reuniones constantes.
Viajes.
Problemas con clientes.
Naya lo comprendía.
O al menos intentaba comprenderlo.
Cuando finalmente volvió a quedarse embarazada, creyó que todo cambiaría.
La noticia llegó una mañana de octubre.
Naya salió del baño con una prueba de embarazo entre las manos.
Mateo estaba preparando café.
—Tenemos que hablar —dijo ella.
Él levantó la cabeza.
—¿Pasa algo?
Naya no pudo contener las lágrimas.
Le mostró la prueba.
Mateo permaneció inmóvil.
Después la abrazó con tanta fuerza que ambos comenzaron a reír y llorar al mismo tiempo.
—Vamos a tener un bebé —susurró él.
Naya asintió.
—Sí.
Durante aquella mañana se sintió la mujer más feliz del mundo.
No sabía que, mientras ella comenzaba a imaginar la habitación de su hija, Mateo llevaba semanas intercambiando mensajes con otra mujer.
Claudia.
La había conocido en una presentación comercial.
Era divertida, elegante y sabía hacerle sentir importante.
Al principio fueron conversaciones aparentemente inocentes.
Después llegaron los mensajes nocturnos.
Los encuentros a escondidas.
Y finalmente una relación que Mateo comenzó a justificar ante sí mismo como una consecuencia inevitable de su matrimonio.
Decía que Naya estaba demasiado pendiente de su trabajo.
Que el embarazo había cambiado su relación.
Que ya no recibía la atención que necesitaba.
Nunca reconocía que había dejado de ofrecerle exactamente aquello que reclamaba.
A medida que avanzaba el embarazo, Naya empezó a sentirse cada vez más sola.
Mateo faltó a varias citas médicas.
Olvidó comprar algunas cosas necesarias para la niña.
En ocasiones pasaba noches enteras fuera, asegurando que tenía reuniones en otras ciudades.
Una tarde, cuando Naya estaba entrando en el último trimestre de embarazo, le pidió que la acompañara a elegir la cuna.
—No puedo, cariño. Tengo una reunión importante.
—Llevas tres semanas diciéndome lo mismo.
—Estoy trabajando por nuestro futuro.
Naya sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Yo pensaba que nuestro futuro también estaba aquí.
Mateo soltó un suspiro.
—No empieces otra vez.
Aquella frase comenzó a repetirse en todas sus discusiones.
No empieces.
Estás exagerando.
Son las hormonas.
No tengo tiempo para esto.
Naya terminó acostumbrándose a guardar silencio.
Pero no porque dejara de dolerle.
Sino porque estaba demasiado cansada para seguir intentando explicarse.
Cuando Alma nació, Mateo estuvo en el hospital.
Sonrió para las fotografías.
Abrazó a su esposa.
Envió mensajes a toda su familia anunciando que era padre.
Pero pocos días después regresó a sus ausencias.
Naya aprendió a calmar a la niña durante las madrugadas.
A preparar la comida con una sola mano.
A distinguir los diferentes tipos de llanto.
A continuar trabajando en pequeños proyectos mientras el bebé dormía.
Y a dejar de esperar que Mateo apareciera a tiempo para ayudarla.
Lo que todavía no sabía era hasta qué punto su marido había comenzado a planear una vida completamente distinta.
Las primeras sospechas aparecieron un miércoles por la noche.
Mateo había dejado su teléfono sobre la mesa de la cocina.
La pantalla se iluminó.
Naya no estaba intentando revisar sus mensajes.
Simplemente pasó junto al aparato cuando vio una notificación.
El nombre de Claudia apareció acompañado de una frase:
Estoy deseando que llegue el día en que no tenga que marcharme de tu casa.
Naya se quedó helada.
Leyó aquellas palabras una segunda vez.
Después escuchó los pasos de su marido.
Mateo entró en la cocina y cogió rápidamente el teléfono.
—¿Qué haces?
Naya lo miró.
—¿Quién es Claudia?
El rostro de Mateo cambió apenas un instante.
—Una compañera de trabajo.
—¿Por qué quiere vivir aquí?
Él frunció el ceño.
—¿Has estado mirando mi móvil?
—Ha aparecido un mensaje en la pantalla.
—No tienes derecho a invadir mi intimidad.
Naya sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—Solo te estoy preguntando quién es.
Mateo dejó el teléfono en el bolsillo.
—Una compañera. Tiene un problema con su piso y está buscando otro. Eso es todo.
—¿Y por qué dice que no quiere tener que marcharse de nuestra casa?
Él soltó una carcajada de desprecio.
—Porque estaba bromeando. Madre mía, Naya, últimamente no se puede hablar contigo.
Ella guardó silencio.
Mateo se acercó a la puerta.
—Cuando dejes de imaginar cosas, hablamos.
Se marchó.
Naya permaneció apoyada contra la encimera.
En el capazo, Alma comenzó a llorar.
Su madre se acercó inmediatamente.
La cogió en brazos.
Y mientras intentaba calmarla, comprendió que había algo profundamente equivocado en su matrimonio.
Durante las semanas siguientes comenzó a prestar atención a detalles que antes había ignorado.
Mateo hablaba por teléfono en el jardín.
Cambiaba de habitación cuando ella se acercaba.
Dejó de compartir algunos planes.
Y empezó a referirse a la vivienda de una forma que Naya nunca le había escuchado.
Mi casa.
Mi salón.
Mi cocina.
Al principio no le dio demasiada importancia.
Eran expresiones habituales dentro de un matrimonio.
Pero un día escuchó una conversación telefónica que la dejó desconcertada.
Mateo hablaba con alguien desde su despacho.
La puerta estaba entreabierta.
—No te preocupes por la casa —decía—. Eso está solucionado.
Hubo una pausa.
—Claro que se quedará conmigo. Llevo años pagando cosas aquí.
Naya permaneció inmóvil en el pasillo.
—Cuando firmemos el divorcio, Naya tendrá que buscarse otro sitio.
La joven sintió un escalofrío.
Al principio creyó haber entendido mal.
Pero después llegó otra frase.
—Tú tranquila, Claudia. No vas a tener que vivir de alquiler cuando estés conmigo.
Naya retrocedió lentamente.
Regresó al dormitorio.
Se sentó junto a la cuna.
Miró a su hija.
Y comenzó a llorar en silencio.
No podía comprender cómo aquel hombre, que había jurado amarla, estaba preparando su expulsión de una casa que ella había comprado antes de conocerlo.
Aquella misma noche abrió el armario donde guardaba los documentos importantes.
Sacó una carpeta azul.
En su interior estaban las escrituras de compraventa.
Los justificantes de los pagos.
Los documentos de cancelación de la antigua hipoteca.
Y las capitulaciones matrimoniales que ambos habían firmado antes de casarse, estableciendo un régimen de separación de bienes.
Naya pasó los dedos sobre su nombre.
Era la única propietaria de la vivienda.
Siempre lo había sido.
Mateo conocía la historia de aquella casa.
O al menos ella había creído que la conocía.
Sin embargo, ahora comprendía que su marido había confundido durante años vivir allí con ser su propietario.
Había dado por hecho que todo lo que utilizaba le pertenecía.
Y lo más doloroso era que estaba dispuesto a utilizar aquella mentira para echar de su propio hogar a la madre de su hija.
Naya sacó el teléfono.
Llamó a Sofía, una amiga de juventud que ejercía como abogada de familia.
—Necesito hablar contigo.
Sofía escuchó su voz.
—¿Qué ha pasado?
Naya miró la cuna.
—Creo que Mateo está preparando nuestro divorcio.
—¿Y tú qué quieres hacer?
La respuesta le salió entre lágrimas.
—No quiero que me quite mi casa. Y no quiero que mi hija tenga que pagar por lo que él está haciendo.
Sofía guardó silencio unos segundos.
—Naya, escucha. No firmes nada que no hayas revisado. Tráeme toda la documentación y estudiaremos la situación con calma.
—Tengo miedo.
—Lo sé. Pero no estás sola.
Al día siguiente se reunieron.
Sofía revisó los documentos y comprobó que la vivienda figuraba exclusivamente a nombre de Naya desde varios años antes del matrimonio.
Le explicó que una separación debía abordarse legalmente y que las cuestiones relacionadas con Alma tendrían que resolverse atendiendo a sus necesidades.
También revisaron los movimientos de una cuenta común que Naya y Mateo utilizaban para determinados gastos familiares.
Y allí apareció otro descubrimiento.
Durante los últimos meses se habían retirado importantes cantidades de dinero.
Al principio parecían pagos comerciales.
Pero algunos movimientos llevaban referencias a alojamientos, viajes y transferencias hacia una cuenta personal de Mateo.
Naya revisó las fechas.
Un hotel en Marbella durante un fin de semana en el que él había asegurado estar trabajando.
Una transferencia vinculada al alquiler de un apartamento.
Varias compras de alto valor.
Y otros pagos que no lograba identificar.
En total, las salidas que necesitaban explicación ascendían a 24.680 euros.
Naya sintió que le faltaba el aire.
Parte de aquel dinero estaba reservado para reformas pendientes de la vivienda y para gastos futuros relacionados con Alma.
—No puede ser —susurró.
Sofía no adelantó conclusiones.
—Tenemos que comprobar el origen y el destino de cada movimiento. Pero conserva estos extractos.
Naya comenzó a llorar.
—Mientras yo compraba pañales y calculaba cuánto podíamos ahorrar, él estaba gastando nuestro dinero para vivir con otra mujer.
Sofía le cogió la mano.
—Todavía tenemos que aclarar qué cantidades corresponden a cada uno. No tomes decisiones precipitadas.
Pero Naya apenas la escuchaba.
No era solamente el dinero.
Era la imagen de Mateo asegurándole que tenían que reducir gastos.
Que no podían comprar muebles nuevos para la habitación de Alma.
Que ella estaba exagerando cuando decía que necesitaban ayuda en casa.
Y ahora descubría que, mientras le pedía que ahorrase hasta el último euro, él estaba financiando una segunda vida.
Aquella tarde Naya regresó a casa diferente.
Seguía triste.
Seguía asustada.
Pero algo había cambiado.
Ya no estaba intentando convencer a Mateo de que la quisiera.
Estaba comenzando a entender qué necesitaba hacer para protegerse.
Una semana después, Mateo le envió por correo electrónico un documento.
El asunto decía:
Propuesta de acuerdo de divorcio.
En el mensaje apenas había escrito tres líneas.
He preparado algo razonable para los dos. Lo mejor será hacerlo rápido y evitar problemas. Léelo y después hablamos.
Naya abrió el archivo.
Era un borrador de convenio acompañado de varios anexos patrimoniales.
Mateo había utilizado un modelo que obtuvo a través de una gestoría y había insistido en incluir determinadas cláusulas de separación económica.
Quería que cada uno conservara exclusivamente aquello que legalmente le perteneciera.
También quería que ambos asumieran las obligaciones económicas de carácter personal que hubieran contraído.
Naya comprendió inmediatamente por qué había elegido aquella fórmula.
Mateo creía que la casa estaba a su nombre o que, por el simple hecho de haber vivido allí durante el matrimonio, podía adjudicársela.
Había preparado el documento convencido de que ella sería quien saldría perdiendo.
Pero había algo más.
Entre los anexos figuraba una descripción de la vivienda y de su titularidad registral.
El documento había sido elaborado con información que Mateo no se había molestado en comprobar.
Naya llamó a Sofía.
Le envió los archivos.
Su amiga los revisó cuidadosamente.
—Naya, no aceptes presiones. Esto es una propuesta, no un divorcio definitivo. Y hay cláusulas que tendremos que negociar, especialmente las relativas a la niña.
—Lo sé.
—Pero hay algo que quiero que entiendas. Su propia documentación reconoce determinados hechos importantes.
Naya guardó silencio.
—¿Qué hechos?
Sofía se los explicó.
Y durante varios minutos Naya permaneció mirando la pantalla, incapaz de creer hasta qué punto la arrogancia podía volver imprudente a una persona.
Mateo había preparado un acuerdo pensando que le garantizaría quedarse con todo.
Sin darse cuenta de que su propia redacción dejaba al descubierto exactamente lo contrario.
Aun así, Naya no celebró el descubrimiento.
No sentía deseos de arruinar a su marido.
Lo único que quería era impedir que él la despojara de aquello que había construido mucho antes de conocerlo.
Sofía la miró seriamente.
—Prométeme algo.
—Dime.
—No conviertas esto en una guerra por orgullo. Defiende lo que te corresponde y protege a Alma. Lo demás ya no merece tu energía.
Naya asintió.
—Eso es lo único que quiero.
Pero Mateo tenía otros planes.
Dos días después decidió llevar a Claudia a vivir a la casa.
Sin pedir permiso.
Sin llegar a un acuerdo.
Sin imaginar que Naya conocía ya la verdad.
Ahora, frente a la encimera de aquella misma cocina, Mateo miraba a su esposa con creciente impaciencia.
—Naya, ¿vas a firmar o no?
Ella contempló los documentos.
—¿Ya has firmado tú?
—Por supuesto.
—¿Todas las páginas que te correspondían?
Mateo resopló.
—Sí. ¿A qué viene tanta pregunta?
Naya levantó la primera hoja.
—¿Has leído todo lo que pone aquí?
Claudia soltó una pequeña risa.
—Por favor. No empieces a buscar excusas.
Naya la ignoró.
Continuó mirando a Mateo.
—Te estoy haciendo una pregunta.
Él apoyó ambas manos sobre la encimera.
—Lo he firmado porque sé perfectamente lo que quiero. Y quiero terminar este matrimonio.
Naya asintió lentamente.
—Muy bien.
Cogió un bolígrafo.
Claudia observó el gesto con satisfacción.
—¿Ves? Si al final las cosas se pueden hacer por las buenas.
Naya examinó la última página y escribió su nombre únicamente en el apartado que acreditaba la recepción de la propuesta, sin aceptar el convenio.
Mateo, que no se había molestado en comprobarlo, sonrió.
—Perfecto. Ahora podemos empezar a organizar tu salida.
Ella levantó la cabeza.
—¿Mi salida?
—Sí. La tuya.
—¿Y quién ha decidido que tengo que marcharme?
Mateo la miró con una mezcla de sorpresa e irritación.
—Naya, no compliques las cosas. Claudia y yo vamos a vivir aquí.
Su amante se cruzó de brazos.
—Creo que ya te ha quedado bastante claro. Él me ha elegido a mí. No tiene sentido que sigas aferrándote a una casa donde ya no te quieren.
Naya la observó durante varios segundos.
Después bajó la mirada hacia la cuna.
Alma estaba despierta.
Sus pequeños dedos se abrían y cerraban mientras contemplaba las luces del techo.
Naya se acercó, le acarició suavemente la mejilla y regresó a la encimera.
Tenía lágrimas en los ojos.
Pero cuando habló, su voz sonó sorprendentemente tranquila.
—Mateo, hay algo que deberías saber antes de seguir hablando.
Él soltó un suspiro.
—¿Ahora qué?
—Esta casa es mía.
Se produjo un silencio.
Claudia frunció el ceño.
Mateo soltó una carcajada incrédula.
—¿Cómo que es tuya?
—Exactamente lo que has oído.
—Naya, no empieces con tonterías.
Ella abrió la carpeta azul que había colocado discretamente junto a la mesa aquella mañana.
Sacó una copia de la escritura y un documento del Registro de la Propiedad.
Los extendió frente a él.
—Compré esta casa cinco años antes de conocerte. La adquirí con mis ahorros y con la herencia de mi abuela. La escritura está a mi nombre, Mateo. Siempre lo ha estado.
Claudia miró a su amante.
—¿Qué está diciendo?
Mateo se quedó rígido.
—Eso no puede ser.
Naya señaló el documento.
—Puedes leerlo.
Él cogió la hoja.
Sus ojos recorrieron las primeras líneas.
Después se detuvieron en el nombre de la propietaria.
Naya Martín.
Mateo palideció.
—Pero… nosotros estamos casados.
—Eso no convierte automáticamente en tuya una propiedad que compré antes del matrimonio.
—Yo he pagado cosas de esta casa.
—Y yo jamás he negado que hayas contribuido a determinados gastos. Lo que no puedes hacer es utilizar eso para adjudicarte una vivienda que nunca compraste.
Claudia dio un paso atrás.
—Mateo… tú me dijiste que la casa era tuya.
Él no respondió.
—¡Me dijiste que Naya vivía aquí porque tú se lo permitías!
Naya sintió una tristeza amarga.
Así que aquello era lo que su marido había estado contando.
Que ella dependía de él.
Que no tenía nada.
Que podía echarla cuando quisiera.
Mateo dejó el documento sobre la encimera.
Su respiración se había acelerado.
—Espera un momento…
Miró la carpeta del divorcio.
Después a su esposa.
—¿Qué… qué es exactamente lo que acabo de firmar?
Naya lo contempló en silencio.
Claudia se acercó a los papeles.
—Mateo, ¿qué pasa?
Él apenas podía articular las palabras.
—El documento… el acuerdo… ¿qué pone realmente?
Naya abrió lentamente la carpeta.
Pasó varias páginas.
Se detuvo en una cláusula.
—Deberías haber leído la letra pequeña antes de traer a otra mujer por la puerta de mi casa.
Mateo sintió que se le helaba la sangre.
—Naya…
Ella levantó los ojos.
—Porque la casa no es lo único sobre lo que te has equivocado.
Señaló el párrafo que él había firmado sin prestar atención.
Y entonces pronunció la frase que terminó de borrar cualquier rastro de seguridad de su rostro:
—Ahora vamos a hablar de los 24.680 euros que han desaparecido de nuestra cuenta familiar.
Claudia abrió los ojos.
—¿Qué dinero?
Mateo retrocedió un paso.
—Naya, espera…
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Pero ella ya había colocado los extractos bancarios junto al documento.
Y cuando Claudia reconoció una de las transferencias, comprendió que el hombre por el que había abandonado su propia vida llevaba meses engañándolas a las dos.