LA NOCHE DE BODAS, DANTE SE QUITÓ DELANTE DE SOFÍA EL CUERPO QUE ELLA CREÍA SUYO… PERO LO QUE DESCUBRIÓ BAJO EL DISFRAZ SOLO ERA LA PRIMERA MENTIRA

PARTE I — CUATRO CUERPOS, UN SOLO ROSTRO Y LA MUJER QUE REGRESÓ DESPUÉS DE SEIS AÑOS
La habitación quedó en silencio poco después de medianoche.
Dos horas antes, Sofía Rivas todavía había escuchado copas chocando, música, risas y felicitaciones en el gran salón del Hotel Imperial de Madrid.
Ahora solo quedaban las lámparas encendidas junto a la cama, el resplandor de la ciudad detrás de los ventanales y su vestido de novia extendiéndose sobre la alfombra.
El velo seguía sujeto a su cabello.
Los pendientes que había pertenecido a su madre todavía temblaban ligeramente cada vez que respiraba.
Frente a ella estaba Dante Varela.
Su marido.
El hombre al que había conocido once meses atrás.
El hombre con quien acababa de casarse delante de ciento ochenta invitados.
Y el hombre cuyo cuerpo, de repente, empezó a desmontarse delante de sus ojos.
Dante llevó ambas manos hasta la parte superior de su torso.
Agarró algo bajo el cuello de la camisa.
Tiró.
Sofía frunció el ceño.
—¿Qué haces?
Él no respondió.
Volvió a tirar.
Entonces la piel se dobló.
Sofía retrocedió.
No era piel.
Era un material sintético de un color casi idéntico.
Dante bajó aquella enorme estructura acolchada por sus hombros.
El pecho voluminoso desapareció.
Después el abdomen.
Aquella barriga que Sofía había visto durante su boda se hundió como una carcasa vacía.
Debajo apareció un cuerpo completamente distinto.
Musculoso.
Delgado.
Hombros definidos.
Abdomen firme.
Brazos cubiertos de tatuajes negros y grises.
La prótesis terminó en el suelo con un golpe pesado.
Sofía dejó de respirar.
El rostro seguía siendo el mismo.
Los mismos ojos oscuros.
La misma nariz.
La misma pequeña cicatriz junto a la sien.
La misma voz.
Pero todo lo demás parecía pertenecer a otro hombre.
—¿Quién eres?
Dante miró el cuerpo falso.
Después a ella.
—El mismo hombre con el que te has casado hace dos horas.
—No.
—Sí.
—No me respondas como si esto fuera normal.
Dante tomó una camisa negra de una silla.
Se la puso lentamente.
Sofía lo miraba incapaz de procesar lo que estaba viendo.
—Durante once meses te he visto cambiar.
Él no respondió.
—Primero parecías más ancho de hombros. Después engordaste. Dijiste que era un tratamiento hormonal.
Dante empezó a abrocharse la camisa.
—Sí.
—Después perdiste peso.
Silencio.
—Y las últimas semanas volviste a engordar casi veinte kilos.
—Lo sé.
—Pensé que estabas enfermo.
Las manos de Dante se detuvieron.
Eso sí consiguió afectarlo.
—Lo sé.
Sofía se acercó.
—Me preocupé por ti.
—Sofía…
—Te acompañé a consultas que ahora empiezo a sospechar que ni siquiera eran reales.
—Algunas lo eran.
Ella soltó una risa incrédula.
—¿Algunas?
Dante cerró los ojos.
—Escúchame.
—No. Primero vas a escucharme tú.
Sofía se quitó el velo.
Lo dejó caer.
—Me he casado contigo sin saber siquiera cómo era tu cuerpo.
—Conocías mi cara.
—No es suficiente.
—Conocías mi voz.
—Tampoco.
—Conocías…
—¡Conocía lo que tú decidías enseñarme!
Dante guardó silencio.
La frase quedó suspendida entre los dos.
Sofía señaló el cuerpo falso.
—¿Por qué has fingido ser otro hombre?
Entonces apareció en los labios de Dante una sonrisa diminuta.
No era alegría.
Ni burla.
Era reconocimiento.
Como si hubiese esperado exactamente aquellas palabras.
Sofía lo vio.
Y sintió más miedo por aquella sonrisa que por el disfraz.
—Estabas esperando que preguntara eso.
La sonrisa desapareció.
—Dante.
Él bajó la mirada.
—Sí.
Sofía retrocedió.
—¿Por qué?
—Porque había una secuencia.
—¿Una qué?
Dante no respondió.
Entonces Sofía vio la puerta.
El vestidor.
Por la tarde, una empleada del hotel le había explicado que sus vestidos habían sido colocados en otra habitación porque aquel armario estaba reservado para equipaje privado de Dante.
En ese momento no le había parecido importante.
Ahora sí.
Caminó hacia allí.
Dante reaccionó.
—No.
Sofía se detuvo.
—¿Qué?
—No abras esa puerta.
Ella lo miró.
—Creo que ya has perdido el derecho a prohibirme armarios.
—Sofía.
Giró el pomo.
Cerrado.
—Dame la llave.
—No.
—Dante.
—No esta noche.
Ella soltó una carcajada nerviosa.
—¿No esta noche?
Señaló su vestido.
—Es nuestra noche de bodas.
Después indicó el cuerpo falso en el suelo.
—Creo que el concepto de “demasiado pronto para secretos” acaba de desaparecer.
Buscó alrededor.
Encontró una pequeña llave negra debajo de una bandeja de plata.
Dante dio un paso.
—Sofía.
Ella abrió.
Tres cuerpos artificiales colgaban dentro.
Sofía permaneció inmóvil.
Ninguno era igual.
El primero tenía hombros exageradamente anchos.
El segundo añadía volumen al abdomen.
El tercero modificaba pecho, espalda y cadera de una manera mucho más sutil.
Sofía tocó uno.
Espuma.
Silicona.
Correas.
—¿Cuántos hombres has fingido ser?
—Uno.
—¿Uno?
—Siempre he sido Dante.
—No me tomes por idiota.
—Nunca he cambiado la cara.
Sofía giró hacia él.
Aquella frase parecía importante.
Demasiado.
Volvió a los trajes.
Dentro del primero había una etiqueta.
A-1.
En otro:
A-2.
Después:
A-3.
Miró el cuerpo del suelo.
En la parte interior, cerca de la cintura:
A-4.
—No era un disfraz.
Dante no respondió.
—Era una serie.
—Sí.
En uno de los bolsillos encontró una tarjeta.
SECUENCIA A — NO MEZCLAR APARIENCIAS.
Debajo:
A-1: PRIMER ENCUENTRO.
A-2: VISITA PRIVADA.
A-3: PRESENTACIÓN OFICIAL.
A-4: MATRIMONIO.
Sofía tuvo que apoyarse contra el armario.
Recordó cada momento.
La cafetería donde conoció a Dante.
La primera vez que fue a su casa.
La cena donde él conoció oficialmente a su familia.
La boda.
No habían sido únicamente etapas de su relación.
Habían sido etapas de algo más.
Entonces vio una quinta línea.
A-5: DESPUÉS DE LA REVELACIÓN — SOLO SI ELLA SE QUEDA.
Sintió frío.
—¿Quién es “ella”?
Dante no necesitó responder.
—Soy yo.
—Sí.
Sofía miró hacia el fondo.
Había una funda vacía.
A-5.
—Falta uno.
Dante se acercó.
Y, por primera vez, pareció realmente alarmado.
—Eso no debería estar vacío.
—¿Qué había dentro?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Nunca se suponía que A-5 fuera un traje.
Sofía lo miró.
—Entonces ¿qué era?
—No llegué a saberlo.
—¿Quién creó todo esto?
Dante tardó demasiado.
—Claire Morel.
—¿Quién es?
—Era la mujer que me mantenía con vida.
—¿Era?
—Desapareció hace seis años.
Sofía sintió un escalofrío.
—¿Muerta?
—Nunca encontré un cuerpo.
—¿Y llevas once meses siguiendo instrucciones de una mujer desaparecida?
—Sí.
—Estás loco.
—Probablemente.
—No, Dante. Esto no es una respuesta romántica.
Él bajó la mirada.
—Lo sé.
El teléfono de Sofía vibró.
Había un mensaje enviado tres horas antes desde un número desconocido.
Lo había ignorado durante el banquete.
Ahora lo abrió.
DESPUÉS DE MEDIANOCHE, PREGÚNTALE POR QUÉ FALTA A-5.
Sofía sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Dante vio la pantalla.
—¿Cuándo recibiste eso?
—Antes de cortar la tarta.
Apareció otro.
SI RETIRA A-4 ANTES DE HABLAR, NO ABANDONES LA HABITACIÓN.
Sofía levantó la mirada.
—Alguien sabía que ibas a hacer esto.
Dante sacó su propio teléfono.
Revisó un mensaje recibido aquella mañana.
A-4 CONFIRMADO. A-5 CANCELADO. NO EXPLIQUES NADA ANTES DE LA PREGUNTA.
Sofía se quedó inmóvil.
—¿Tu silencio también estaba programado?
—Sí.
Aquello fue peor que el traje.
Su boda.
La revelación.
Su pregunta.
La reacción de Dante.
Alguien había imaginado aquel momento antes que ella.
—¿Quién manda estos mensajes?
—No lo sé.
—Deja de decir eso.
—Conozco el protocolo. No quién lo controla ahora.
—¿Ahora?
Dante respiró.
—Claire creó la secuencia antes de desaparecer. Me dijo que llegaría un día en que tendría que reaparecer públicamente.
—¿Reaparecer de dónde?
Dante no respondió.
—Dante.
—De una vida en la que oficialmente nadie sabía dónde estaba.
Sofía dio un paso atrás.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Nadie construye cuatro cuerpos falsos para alguien que no ha hecho nada.
—No eran para ocultar un crimen mío.
—¿Entonces?
—Eran para descubrir quién seguía buscándome.
Sofía lo miró.
Ahora empezaba a comprender la lógica.
El rostro siempre era el mismo.
El cuerpo cambiaba.
—No intentabas ser irreconocible.
—No.
—Querías que algunas personas te reconocieran.
Dante asintió.
—Sí.
—¿Quiénes?
—Eso es lo que Claire intentaba descubrir.
Otro mensaje.
A-5 NO HA SIDO ROBADO.
Y después:
YA ESTÁ EN LA HABITACIÓN.
Ambos buscaron.
Baño.
Cortinas.
Debajo de la cama.
Nada.
Sofía volvió a la funda.
Palpó el interior.
Encontró una costura diferente.
La abrió.
Una llave pequeña cayó a sus pies.
A-5 / ESPEJO.
Ambos miraron el enorme espejo dorado frente a la cama.
Dante encontró una pequeña cerradura detrás del marco.
La llave encajó.
El espejo se abrió unos centímetros.
Había una cavidad.
Y una caja negra.
Dentro encontraron una fotografía.
Dante.
Mucho más joven.
Sin ningún cuerpo artificial.
A su lado, Claire Morel.
Y un hombre cuyo rostro había sido recortado deliberadamente.
Sofía pasó el dedo por aquel hueco.
Algo en la camisa del hombre le resultaba familiar.
No supo qué.
Detrás de la fotografía había una frase.
A-5 NO ES UNA APARIENCIA.
Y otra.
A-5 ES EL MOMENTO EN QUE ÉL EXPLICA QUIÉN LO ESTÁ MIRANDO.
—¿Quién te mira?
—No lo sé.
Sofía lo fulminó con los ojos.
—Juro que no.
Había otra fotografía.
La habitación.
Tomada aquella misma tarde.
Sofía aparecía frente al tocador con el vestido de novia.
—Dios mío.
Dante palideció.
—No debería haber cámaras.
Encontraron una detrás de una rejilla.
Activa.
Debajo:
LA REVELACIÓN DEL CUERPO NO ERA LA PRUEBA.
LA PRUEBA ERA SABER SI SOFÍA HARÍA LA PREGUNTA CORRECTA.
En el ordenador de la suite apareció una pantalla negra.
Después una frase.
¿POR QUÉ EL ROSTRO NUNCA CAMBIÓ?
Sofía miró a Dante.
—Porque querían que te reconocieran.
—Sí.
Nueva línea.
CUATRO PERSONAS RECONOCIERON A DANTE DURANTE LA SECUENCIA A.
Después:
TRES MURIERON ANTES DEL MATRIMONIO.
Dante cerró los ojos.
—¿Lo sabías?
—Sabía que tres personas relacionadas con mi pasado habían muerto durante el último año. No sabía que habían reconocido mis apariencias.
—¿Quiénes?
—Un antiguo juez.
—¿Quién más?
—Un auditor.
Pausa.
—Y un hombre que trabajó para mi padre.
—¿Y la cuarta persona?
La pantalla cambió.
LA CUARTA ESTÁ EN EL HOTEL.
Una imagen del pasillo.
Una mujer de cabello gris.
Dante dejó de respirar.
—Claire.
Tres golpes.
Lentos.
En la puerta.
Y entonces la voz:
—Dante… esta vez no le mientas sobre la verdadera razón por la que te casaste con ella.
Sofía sintió que algo se rompía.
No abrió Dante.
Lo hizo ella.
Claire Morel tendría unos cincuenta y ocho años.
Vestido negro.
Cabello gris corto.
Una pequeña cicatriz desde la oreja hasta el cuello.
Entró.
Miró primero a Dante.
Después a Sofía.
Y dijo:
—Lo siento.
Sofía cerró la puerta.
—No sé ni quién es usted.
—Lo sé.
—Entonces empiece por ahí.
Claire vio el traje A-4.
—La secuencia llegó hasta el final.
—¿Qué secuencia?
Claire miró a Dante.
—¿Cuánto le has contado?
—Nada suficiente.
—Como siempre.
Sofía golpeó la mesa con la palma.
—¡Dejad de hablar de mí como si yo no estuviera aquí!
Ambos callaron.
Claire asintió.
—Tienes razón.
Se sentó.
—Hace seis años Dante, tu padre y yo intentamos demostrar que una red de empresas españolas y francesas estaba utilizando contratos de infraestructura para mover dinero ilegal, comprar funcionarios y eliminar pruebas.
Sofía dejó de moverse.
—¿Mi padre?
Claire sacó otra copia de la fotografía.
Esta no estaba mutilada.
El tercer rostro apareció.
Gabriel Rivas.
El padre de Sofía.
Muerto hacía cinco años en lo que la policía había llamado un accidente de carretera.
Sofía cogió la fotografía.
—No.
—Sofía…
—Mi padre era arquitecto.
—También auditaba contratos públicos para varios clientes —dijo Claire.
—No.
—Encontró algo.
Sofía miró a Dante.
—¿Tú conocías a mi padre?
Silencio.
—Dante.
—Sí.
El mundo desapareció.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de conocerte.
Ella retrocedió.
—No.
Dante avanzó.
—Déjame explicar…
—No me toques.
Se detuvo.
Claire habló.
—Gabriel descubrió una estructura de pagos escondida dentro de Varela Infraestructuras.
Sofía miró a Dante.
Su apellido.
Su empresa familiar.
—Mi tío Esteban dirigía entonces el grupo.
—¿Y ahora?
—Sigue siendo presidente.
Claire continuó:
—Gabriel descubrió que Esteban y otros tres hombres utilizaban contratos para financiar una red privada de sobornos y chantaje.
Dante añadió:
—Mi padre empezó a sospechar. Me pidió que ayudara a revisar cuentas sin que Esteban lo supiera.
—¿Y Claire?
—Seguridad interna.
Claire negó.
—Eso decía mi contrato. En realidad intentaba averiguar quién había ordenado dos muertes que se habían presentado como accidentes.
Sofía sintió náuseas.
—¿Y mi padre?
Claire bajó la mirada.
—Gabriel consiguió copiar el archivo principal.
Dante cerró los ojos.
—Tres días después murió.
Sofía no lloró.
Todavía no.
—La policía dijo que había perdido el control del coche.
Claire respondió:
—Manipularon los frenos.
Silencio.
Sofía miró a Dante.
—Tú lo sabías.
—No hasta semanas después.
—Pero cuando me conociste sí lo sabías.
—Sí.
Aquella palabra destruyó algo más importante que el traje falso.
—Entonces no me conociste por casualidad.
Dante no respondió.
—Contéstame.
—No.
Sofía retrocedió.
—Dios mío.
—Sofía…
—¡Me buscaste!
—Sí.
—¿Por mi padre?
Dante tardó.
—Al principio.
El golpe emocional fue silencioso.
No necesitó una mano.
—¿Y me pediste matrimonio por él?
Dante parecía incapaz de hablar.
Claire intervino:
—La secuencia requería…
Sofía se volvió.
—No quiero escuchar una palabra sobre la secuencia.
Después miró a Dante.
—Quiero escuchar a mi marido.
Él respiró.
—Sí. El matrimonio formaba parte del plan.
Sofía cerró los ojos.
—Perfecto.
—Pero no de la manera que piensas.
—No sé qué pensar porque aparentemente mi relación fue escrita por una mujer que desapareció seis años antes de que yo te conociera.
Dante aceptó el golpe.
—Tu padre dejó una copia de las pruebas.
—¿Dónde?
Claire respondió:
—En un depósito notarial.
—¿Por qué nunca me lo dieron?
—Gabriel estableció dos condiciones de liberación.
Sofía la miró.
—Tu trigésimo cumpleaños…
Pausa.
—O tu matrimonio civil.
Sofía quedó helada.
Cumplía treinta años dentro de siete meses.
—Queríais adelantar la entrega.
Dante habló:
—Queríamos obligar a la red a moverse antes de que encontraran otra forma de destruir las pruebas.
Sofía empezó a reír.
Una risa rota.
—Por eso te casaste conmigo.
—No.
—Acabas de decir que sí.
—Te conocí porque necesitaba llegar a ti.
Dante se acercó un paso.
—Pero me casé contigo porque te amo.
Sofía lo miró con lágrimas por fin apareciendo.
—¿Y cómo se supone que distingo una cosa de la otra?
May you like
Dante no tuvo respuesta.
Y aquella falta de respuesta fue probablemente la única honestidad absoluta de toda la noche.