teastorm
Oct 15, 2026 · 1 chapters

UNA YEGUA APARECIÓ MIENTRAS ÉL TRABAJABA EN LA MONTAÑA Y LE ROGÓ QUE LA SIGUIERA… LO QUE ENCONTRÓ ENTRE LAS ROCAS LO CAMBIÓ PARA SIEMPRE

PARTE I — LA YEGUA QUE VINO A BUSCARLO

Mateo Rivas pensó que estaba solo.

La mañana había comenzado como casi todas desde que regresó a la vieja casa de su padre.

Silencio.

Piedra.

Pinos.

Y el sonido seco de la madera rompiéndose bajo sus manos.

A pocos kilómetros del pueblo, el terreno ascendía hasta convertirse en una sucesión de barrancos, caminos estrechos y paredes de roca donde apenas crecían algunos arbustos.

Mateo llevaba más de una hora limpiando ramas caídas junto a un sendero.

Vestía un jersey azul oscuro, pantalones vaqueros y unas botas cubiertas de polvo.

Había encontrado un tronco seco atrapado entre dos piedras y trataba de partirlo para llevar la madera después a casa.

Fue entonces cuando sintió una respiración junto a su hombro.

Se volvió bruscamente.

Una yegua castaña estaba a menos de un metro de él.

Mateo retrocedió.

—¿De dónde has salido tú?

El animal no llevaba silla.

Ni brida.

Ni cuerda.

Nada.

Solo una pequeña mancha blanca en la frente y las patas cubiertas de polvo.

Mateo conocía prácticamente todos los caballos de las fincas cercanas.

Aquella yegua no pertenecía a ninguna que recordara.

—Tranquila.

Extendió lentamente una mano.

La yegua se acercó.

Pero no buscó comida.

Le tocó el hombro con el hocico.

Después retrocedió dos pasos.

Mateo sonrió.

—No llevo nada para ti.

La yegua volvió.

Esta vez empujó ligeramente su brazo.

Luego giró la cabeza hacia el sendero.

Dio unos pasos.

Se detuvo.

Y miró atrás.

Mateo frunció el ceño.

—¿Quieres que vaya contigo?

El animal movió las orejas.

Volvió a caminar.

Después se detuvo de nuevo.

Mateo soltó una pequeña risa.

—Estupendo.

Ahora hablo con caballos.

Regresó hacia la madera.

La yegua volvió inmediatamente.

Le empujó el hombro con más fuerza.

—Eh.

Mateo se incorporó.

El animal soltó un relincho corto.

No sonaba agresivo.

Sonaba urgente.

Mateo dejó de sonreír.

Había crecido rodeado de animales.

Su padre había tenido caballos, ovejas y perros durante casi cuarenta años.

Y aunque Mateo había pasado demasiado tiempo lejos de aquella vida, todavía reconocía algunas cosas.

Aquello no era curiosidad.

La yegua quería algo.

—Está bien.

Se limpió las manos en el pantalón.

—Enséñamelo.

La reacción fue inmediata.

La yegua giró.

Y comenzó a avanzar rápidamente por el sendero.

Mateo la siguió.


Al principio caminó.

Después tuvo que correr.

—¡Espera!

La yegua no esperaba.

Avanzaba entre las rocas con una seguridad que él no tenía.

El sendero se estrechó.

A la derecha se levantaba una pared de piedra.

A la izquierda descendía una ladera cubierta de pinos.

Mateo empezó a respirar con dificultad.

—¡Más despacio!

La yegua volvió la cabeza.

Comprobó que seguía detrás.

Y continuó.

Aquello confirmó su sospecha.

No estaba huyendo.

Lo estaba guiando.

Mateo sintió cómo desaparecía el cansancio.

Algo había ocurrido.

Un animal herido.

Quizá otro caballo.

Tal vez una persona.

Aceleró.

La yegua bajó por una pendiente de grava.

Mateo estuvo a punto de resbalar.

—¿Dónde demonios me llevas?

No hubo respuesta, naturalmente.

Solo el sonido de los cascos contra las piedras.

Pasaron junto a un pino partido por una tormenta.

Después cruzaron una zona estrecha entre dos grandes paredes de roca.

La yegua seguía adelante.

Cada pocos metros miraba atrás.

Mateo comenzó a preocuparse de verdad.

Había algo extraño en aquel comportamiento.

No era un caballo desorientado buscando compañía.

El animal parecía saber exactamente adónde iba.


Mateo había regresado a aquella montaña cuatro meses antes.

No por nostalgia.

Al menos, eso era lo que decía.

Su padre, Tomás Rivas, había muerto el invierno anterior.

Un infarto.

Rápido.

Inesperado.

Mateo vivía entonces en Madrid.

Trabajaba como veterinario en una clínica de animales de compañía.

Perros.

Gatos.

Algún conejo.

Una vida limpia, organizada y completamente diferente de aquella en la que había crecido.

Durante años, Tomás le había pedido que volviera más.

—La montaña no se mueve —decía Mateo.

—Yo sí envejezco —respondía su padre.

Siempre había otra guardia.

Otro fin de semana complicado.

Otra excusa.

Cuando finalmente recibió la llamada, llegó demasiado tarde.

Encontró la casa vacía.

Las botas de su padre junto a la puerta.

Su taza todavía en el fregadero.

Y el calendario abierto por una semana que Tomás nunca terminó.

Mateo vino para resolver la herencia.

Vender.

Cerrar.

Marcharse.

Cuatro meses después seguía allí.

Todavía no sabía explicar por qué.

Quizá porque marcharse por segunda vez se parecía demasiado a abandonarlo definitivamente.


La yegua entró en una zona todavía más rocosa.

Mateo reconoció el lugar.

El Paso del Águila.

Su padre le había prohibido jugar allí cuando era niño.

Una antigua fractura de la montaña había creado grietas estrechas entre bloques enormes.

Algunas eran superficiales.

Otras descendían varios metros.

Después de las lluvias, el terreno podía ceder.

—No.

Mateo comenzó a correr más rápido.

La yegua lanzó un relincho.

Uno largo.

Doloroso.

Y entonces escuchó otra cosa.

Una respuesta.

Mucho más débil.

Mateo se detuvo.

—¿Qué ha sido eso?

Otro sonido.

Agudo.

Pequeño.

Un relincho.

La yegua salió disparada hacia una abertura entre dos grandes rocas.

Mateo la siguió.

Al llegar se quedó inmóvil.

Abajo había un potrillo.

Castaño claro.

Pequeño.

No tendría más de unos pocos meses.

Había caído dentro de una grieta.

Su cuerpo estaba atrapado verticalmente entre las paredes de piedra.

Las patas delanteras buscaban desesperadamente apoyo.

Las traseras apenas podían moverse.

Tenía polvo alrededor de los ojos.

Respiraba con rapidez.

La yegua se acercó al borde.

Relinchó.

El potrillo respondió.

Mateo entendió.

—Es tu cría.

La yegua bajó la cabeza intentando acercarse.

No podía.

La grieta era demasiado estrecha.

Mateo se arrodilló.

—No te acerques más.

El terreno junto al borde estaba suelto.

Un paso en falso y la yegua también podía caer.

Mateo avanzó con cuidado.

Miró dentro.

El potrillo levantó la cabeza.

—Hola, pequeño.

El animal intentó moverse.

—No.

No te muevas.

El potrillo forcejeó.

Una piedra cayó varios metros más abajo.

Mateo escuchó el golpe.

Su expresión cambió.

La grieta era más profunda de lo que parecía.

Si el potro seguía resbalando, podría quedar encajado todavía más abajo.

O sufrir una fractura.

O asfixiarse entre las rocas.

Mateo se tumbó boca abajo.

Extendió un brazo.

No llegaba.

—Maldita sea.

Miró alrededor.

No tenía cuerda.

Su mochila estaba casi un kilómetro atrás.

El teléfono apenas tenía cobertura.

Sacó el móvil.

Una barra.

Marcó al vecino más cercano.

Nada.

Volvió a intentarlo.

Sin señal.

La yegua lo observaba.

—Lo sé.

Estoy pensando.

El animal golpeó el suelo.

—Ya sé que tienes prisa.

Mateo volvió a mirar al potrillo.

Había sangre en una de sus patas.

Muy poca.

Un raspón.

Pero había otro problema.

La respiración.

Demasiado rápida.

El miedo podía acabar agotándolo antes incluso de que las lesiones lo hicieran.

Mateo se inclinó.

—Escúchame.

La voz le salió automáticamente como cuando trabajaba con animales aterrorizados.

—No voy a sacarte tirando del cuello.

Necesito espacio.

Observó las rocas.

Una de las paredes se inclinaba ligeramente.

Quizá podía bajar por un lateral.

El problema era volver a subir.

Mateo examinó la grieta.

Había una repisa estrecha aproximadamente un metro más abajo.

Si conseguía colocar un pie allí…

La yegua volvió a relinchar.

Mateo la miró.

—Tu hijo ha elegido un sitio horrible.

El animal permaneció junto a él.

—Pero vamos a sacarlo.

Fue la primera promesa.

Todavía no sabía cómo cumplirla.


Mateo descendió.

Primero una pierna.

Después la otra.

Sus botas buscaron la pequeña repisa.

La encontró.

Apoyó el peso.

La piedra crujió.

—Perfecto.

Justo lo que necesitaba.

Se agarró al borde con una mano.

Con la otra alcanzó finalmente la cabeza del potrillo.

El animal se agitó.

—Tranquilo.

Tranquilo.

La madre observaba desde arriba.

Curiosamente, cuando Mateo empezó a acariciar al pequeño, la yegua dejó de moverse.

Como si comprendiera.

Mateo examinó rápidamente al potro.

No parecía tener ninguna fractura grave.

Era una buena noticia.

Pero estaba encajado.

Su cadera había quedado atrapada entre las paredes.

Tirar hacia arriba no bastaría.

Había que girarlo ligeramente.

Y para eso Mateo necesitaba meterse más dentro.

Miró hacia abajo.

No le gustó lo que vio.

—No estoy suficientemente viejo para tomar decisiones tan estúpidas.

La frase le recordó a su padre.

Tomás solía decir:

“Cuando un animal está atrapado, primero busca qué lo asusta. Después busca qué lo retiene.”

Mateo había escuchado aquello cien veces.

De niño.

De adolescente.

Después había estudiado veterinaria y aprendido términos más sofisticados.

Estrés.

Compresión.

Trauma.

Respuesta fisiológica.

Pero la idea de su padre seguía funcionando.

Qué lo asusta.

Qué lo retiene.

El potro estaba aterrorizado por no ver a su madre.

Y atrapado por la posición de las patas traseras.

Mateo levantó la vista.

—Acércate.

La yegua dio un paso.

—Más.

Otro.

La madre bajó el hocico hacia la grieta.

El potro la vio.

Dejó de forcejear durante unos segundos.

—Eso es.

Mateo aprovechó.

Colocó una mano bajo su pecho.

Con la otra intentó mover una pata.

No podía.

Demasiado peso.

Necesitaba palanca.

Miró una rama gruesa atrapada entre las piedras.

Estiró el brazo.

No llegaba.

Intentó otra vez.

Los dedos tocaron madera.

La cogió.

—Bien.

Introdujo la rama cuidadosamente junto a una de las rocas, sin tocar al animal.

Empujó.

Nada.

Otra vez.

La piedra cedió apenas unos milímetros.

Suficiente.

El potro movió una pata.

—Vamos.

Otra vez.

Mateo presionó.

La rama crujió.

La abertura aumentó un poco.

El potro intentó impulsarse.

—¡Ahora!

Mateo empujó desde abajo.

El cuerpo del animal subió unos centímetros.

Después volvió a caer.

Mateo recibió un golpe en el hombro contra la pared.

Gritó.

La yegua relinchó.

—Estoy bien.

No sabía si se lo decía a ella o a sí mismo.


El cielo comenzó a oscurecer.

No por la hora.

Nubes.

Mateo miró hacia arriba.

Aquello era malo.

Si llovía, la grieta podía llenarse de agua.

O simplemente volver las piedras demasiado resbaladizas.

El potro respiraba cada vez peor.

Mateo sintió miedo.

Un miedo antiguo.

No por él.

Por llegar tarde.

Otra vez.

La misma sensación que había tenido conduciendo desde Madrid después de la llamada sobre su padre.

Aquella carretera interminable.

El móvil sobre el asiento.

La absurda esperanza de que al llegar alguien dijera:

Ha sido un error. Está bien.

Pero cuando abrió la puerta, Tomás ya no estaba.

Mateo apretó los dientes.

—No.

Miró al potrillo.

—Esta vez no.

La yegua se acercó.

Mateo tomó una decisión.

—Necesito que tires.

Naturalmente, el animal no entendía aquellas palabras.

Pero quizá no necesitaba entenderlas.

Mateo llevaba un cinturón de cuero grueso.

Se lo quitó.

Lo pasó con cuidado alrededor del pecho del potro.

No era una herramienta ideal.

Ni siquiera buena.

Pero distribuía algo de fuerza.

Subió hasta el borde.

El animal quedaba todavía atrapado.

Mateo sujetó el cinturón.

—Vamos.

Tiró.

Nada.

Volvió a tirar.

El potro se movió.

La yegua comenzó a caminar nerviosa alrededor.

—Quédate.

Mateo tiró con toda su fuerza.

El potro intentó impulsarse.

Una pata apareció.

Después otra.

Pero la cadera seguía atrapada.

Mateo resbaló.

Cayó de rodillas.

El cinturón casi escapó de sus manos.

—¡No!

Lo recuperó.

El potro relinchó desesperadamente.

La madre respondió.

Durante unos segundos todo fue ruido.

Piedras.

Respiraciones.

Relinchos.

Mateo volvió a bajar.

Metió el hombro junto al animal.

—Una vez más.

Empujó.

El potro pateó.

La roca cedió.

Y de pronto salió.

No de manera elegante.

Ni limpia.

El pequeño animal prácticamente cayó sobre Mateo.

Ambos terminaron entre las piedras.

Mateo protegió la cabeza del potro como pudo.

La yegua bajó inmediatamente el hocico.

El potrillo intentó ponerse de pie.

Cayó.

Mateo contuvo el aliento.

—Vamos.

Otra vez.

Las patas delanteras temblaron.

La madre lo tocó.

El potro se levantó.

Una pierna.

Después otra.

Y finalmente quedó de pie entre las rocas.

Mateo permaneció arrodillado.

Respirando.

Cubierto de polvo.

Con el hombro dolorido.

La yegua comenzó a lamer el cuello de su cría.

El potro se apretó contra ella.

Mateo sonrió.

Pero cuando quiso levantarse, las piernas le fallaron.

Tuvo que sentarse.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

La yegua dejó a su potro.

Se acercó.

Y apoyó el hocico contra su hombro.

Mateo cerró los ojos.

—De nada.

La voz se le quebró.

No sabía por qué estaba llorando.

Quizá sí.

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Porque había llegado a tiempo.

Esta vez había llegado a tiempo.

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