PARTE 2 — LA PROMESA QUE TARDÓ TREINTA Y NUEVE AÑOS EN CUMPLIRSE

Julián conoció a Rosa en 1984.
No en una discoteca.
Ni en una competición.
Ni siquiera porque a ella le gustara bailar.
La conoció porque Rosa estaba intentando cruzar una plaza y Julián, junto a otros tres idiotas de veinte años, había colocado enormes trozos de cartón justo en medio.
—¿Esto es vuestro? —preguntó ella.
Julián estaba practicando un giro.
—Sí.
—Pues está en medio.
—La plaza es grande.
Rosa lo miró.
—Entonces muévelo tú, que también eres grande.
Sus amigos se rieron.
Julián se levantó.
—¿Sabes quién soy?
Rosa miró alrededor.
—¿Tengo que saberlo?
Treinta y nueve años después, al recordar aquello, Julián sonrió.
Álex también.
—Eso le ha pasado otra vez hoy.
—Sí.
—¿Y no aprendió?
—Al parecer, muy despacio.
Rosa nunca quedó impresionada por sus movimientos.
Eso fue precisamente lo que enamoró a Julián.
Cuando ganaba una batalla, ella preguntaba:
—¿Has cenado?
Cuando llegaba enfadado porque alguien había sido mejor, ella respondía:
—Pues practica.
Cuando sus amigos empezaron a llamarlo Jota y algunos jóvenes acudían a verlo, Rosa seguía tratándolo exactamente igual.
Como Julián.
Nada más.
Nada menos.
Después nació su hija, Elena.
Llegaron una hipoteca.
Un trabajo estable.
Turnos.
Facturas.
Responsabilidades.
Julián siguió bailando durante años.
Por las noches.
Los fines de semana.
Cuando podía.
Hasta que una lesión en la espalda de Rosa complicó la vida familiar.
No era mortal.
Pero necesitaba ayuda.
Elena todavía era pequeña.
Y Julián tuvo que elegir dónde gastaba las horas que le quedaban después del trabajo.
Una noche guardó las zapatillas.
—Solo durante un tiempo —dijo.
Rosa lo miró desde la cocina.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Decirte mentiras para que duelan menos.
Julián sonrió.
—No pasa nada.
—A ti sí te pasa.
—Tengo una familia.
—También tienes una vida.
—Sois mi vida.
Rosa lo tomó de la cara.
—No utilices el amor como excusa para desaparecer dentro de él.
Julián no la entendió entonces.
O no quiso entenderla.
Dejó de bailar.
Primero una semana.
Después meses.
Después años.
El cuerpo cambió.
Los amigos dejaron de llamar.
Los cartones desaparecieron.
La ciudad siguió moviéndose.
La música cambió.
El baile también.
Julián se convirtió en trabajador.
Padre.
Marido.
Después abuelo.
Y Jota quedó enterrado en algún lugar donde él ya no tenía necesidad de buscarlo.
Rosa nunca le reprochó que hubiera elegido a su familia.
Pero tampoco dejó que mintiera sobre lo que había perdido.
Cada cumpleaños le decía lo mismo:
—Antes de morir quiero volver a verte bailar.
Julián respondía:
—A estas alturas me rompo una cadera.
—Pues procura hacerlo con ritmo.
Rosa murió siete meses antes de aquella tarde en la plaza.
Un cáncer rápido.
Demasiado rápido.
Durante los últimos meses Julián hizo lo que siempre había hecho.
Cuidar.
Medicinas.
Hospital.
Comidas.
Noches sin dormir.
Silencios.
Un día, cuando ella ya apenas podía levantarse de la cama, Rosa le pidió que abriera un cajón.
Dentro había unas zapatillas blancas.
Nuevas.
Julián las miró.
—¿Qué es esto?
—Un problema que tendrás que resolver cuando yo no esté.
—No hables así.
—Tengo cáncer, Julián, no falta de vocabulario.
Él bajó la cabeza.
Rosa siempre había odiado que la trataran como si estar enferma significara dejar de ser adulta.
—No puedo volver a hacer lo que hacía.
—No te he pedido que hagas lo que hacías.
—Entonces ¿qué quieres?
Ella sonrió.
—Que hagas lo que puedas.
Julián permaneció en silencio.
Rosa señaló las zapatillas.
—Una vez.
—¿Qué?
—Baila una vez más.
—Rosa…
—No para demostrar que sigues siendo joven.
Su voz era débil.
Pero sus ojos no.
—Baila para demostrarte que seguir vivo no consiste únicamente en no haberte muerto.
Julián se sentó junto a ella.
No pudo hablar.
Rosa tomó su mano.
—Prométemelo.
—No sé si podré.
—Eso no te he preguntado.
Julián rio mientras lloraba.
—Sigues siendo insoportable.
—Y tú sigues evitando la pregunta.
Él cerró los dedos alrededor de los suyos.
—Te lo prometo.
Rosa murió doce días después.
Durante siete meses las zapatillas permanecieron dentro de la caja.
Julián no podía mirarlas.
Hasta aquella mañana.
Se despertó a las seis.
Preparó café para dos personas por costumbre.
Cuando se dio cuenta, permaneció mirando la segunda taza durante casi un minuto.
Después la vació.
Entró en el dormitorio.
Abrió el armario.
Y vio la caja.
No hubo música.
Ni una señal.
Ni una voz del más allá.
Solo un hombre cansado comprendiendo que había convertido una promesa en otra forma de aplazar el dolor.
Se puso las zapatillas.
Polo gris.
Pantalones beige.
No buscó ropa especial.
No quería disfrazarse de la persona que había sido.
Salió como era ahora.
Un viudo de setenta y ocho años.
Y caminó.
Hasta escuchar música.
Cuando Julián terminó de contar la historia, nadie en el círculo se rio.
Álex miró las zapatillas blancas.
—Eran de ella.
—Las compró ella.
Jordi apartó la mirada.
—Lo de hoy era por Rosa.
Julián asintió.
—En principio sí.
—¿En principio?
El anciano observó a los jóvenes.
—Después empezó la música.
Una sonrisa apareció lentamente.
—Y durante unos segundos dejó de ser por nadie.
Pausa.
—Era porque me apetecía.
Álex sonrió.
—Eso creo que le habría gustado.
—Mucho.
El vídeo se difundió antes de que Julián llegara a casa.
Él no lo supo.
Su teléfono era tan antiguo que apenas utilizaba aplicaciones.
A la mañana siguiente su hija Elena llamó a las siete y cuarto.
—Papá.
—¿Qué ocurre?
—Necesito preguntarte algo.
—Pregunta.
—¿Por qué hay un vídeo tuyo haciendo el pino con la cabeza delante de doscientas personas?
Julián apartó el teléfono de la oreja.
—No eran doscientas.
—Ese no es el problema.
—Entonces no sé cuál es.
Elena comenzó a reír.
Después empezó a llorar.
Julián lo notó.
—¿Qué pasa?
—Mamá estaría feliz.
Él no respondió.
—Guardó esas zapatillas durante meses —continuó Elena—. Me hizo prometer que no te obligaría.
—Eso suena a ella.
—¿Te dolió?
Julián miró la espalda.
—Todo.
Elena rio entre lágrimas.
—¿Y vas a volver?
—No.
Pausa.
—Probablemente.
Volvió el domingo siguiente.
Esta vez había más gente.
Demasiada.
Cuando apareció al fondo del paseo, alguien gritó:
—¡JULIÁN!
Después otro:
—¡JOTA!
El anciano se detuvo.
—Oh, no.
Álex corrió hacia él.
—Pensábamos que no vendría.
—Yo también.
—Tenemos algo.
Julián frunció el ceño.
Los jóvenes abrieron el círculo.
En el centro habían colocado un gran trozo de cartón.
Como los que los primeros bailarines utilizaban décadas atrás para protegerse del suelo.
Encima habían escrito:
PARA ROSA.
Julián se quedó inmóvil.
Álex perdió la sonrisa.
—Si le molesta, lo quitamos.
El anciano negó lentamente.
Se llevó una mano a la boca.
Jordi estaba detrás.
—Esta vez nadie espera que hagas nada.
Julián miró el cartón.
—Eso es mentira.
Álex se encogió de hombros.
—Vale. Un poquito sí.
Julián soltó una carcajada.
No volvió a repetir la locura del primer día.
Al menos no entera.
Su cuerpo se lo recordó claramente durante una semana.
Pero entró.
Bailó.
Más despacio.
Con menos movimientos de suelo.
Con la misma precisión.
Y cuando terminó, no hubo sorpresa.
Hubo respeto.
Aquello le gustó más.
Porque el primer día habían aplaudido lo imposible.
El segundo empezaron a entender lo importante.
Julián no quería demostrar que setenta y ocho eran los nuevos veinte.
No lo eran.
Tenía artrosis en las manos.
Le dolía una rodilla cuando cambiaba el tiempo.
Necesitaba diez minutos para calentar antes de hacer algo que a los veinte hacía sin pensar.
Y el día después de bailar tenía músculos que parecía haber descubierto por primera vez.
La edad era real.
Lo que no aceptaba era que la edad pudiera decidir, por sí sola, cuándo una persona dejaba de pertenecer a lo que amaba.
Álex empezó a visitarlo.
Al principio para hablar de baile.
Después para hablar de otras cosas.
El chico tenía talento.
También prisa.
Quería seguidores.
Patrocinadores.
Competir.
Ser reconocido antes de cumplir veintiuno.
Una tarde le enseñó a Julián un vídeo.
—Ese soy yo con diecisiete.
—Bailabas mejor.
Álex abrió la boca.
—¿Perdón?
—Ahora piensas demasiado en quién está mirando.
—Eso es importante.
—Para internet.
—También para vivir de esto.
Julián asintió.
—Eso sí.
Después señaló el vídeo.
—Pero no confundas vivir del baile con bailar para que otros sepan que existes.
Álex guardó silencio.
—¿Rosa también te decía cosas así?
—Peores.
Meses después, Álex perdió una competición importante.
Se enfadó.
Dejó de aparecer por la plaza.
No respondió mensajes.
Julián fue a buscarlo.
Lo encontró sentado frente al mar.
—Me humillaron.
—Perdiste una batalla.
—Delante de todo el mundo.
—Eso ocurre cuando compites delante de todo el mundo.
Álex lo miró irritado.
—Para usted es fácil decirlo. Cuando entró allí, todos lo adoraron.
Julián se sentó lentamente junto a él.
—Cuando entré allí, todos se estaban riendo.
Álex no respondió.
—La diferencia es que a mí ya no me importaba parecer ridículo.
Julián miró hacia el agua.
—¿Sabes cuál es una de las pocas ventajas de hacerse viejo?
—¿Los descuentos?
—También.
Álex rio a pesar suyo.
—Pero sobre todo descubres cuánto tiempo desperdiciaste intentando controlar lo que otros pensaban de ti.
Pausa.
—Baila bien. Trabaja. Aprende. Pero si necesitas ganar para saber quién eres, estás entregando tu identidad al juez que tenga la tabla de puntuaciones.
Álex permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿Cómo sabe si sigue siendo bailarín si estuvo casi cuarenta años sin bailar?
Julián sonrió.
—Porque cuando volvió la música…
miró sus manos.
—mi cuerpo recordó antes que yo.
Un año después, la plaza seguía reuniendo gente al atardecer.
Había nuevos chavales.
Otros ya no iban.
Álex daba clases.
Jordi aparecía algunos domingos.
Y Julián no faltaba cuando las rodillas se lo permitían.
Nunca intentó convertirse en una celebridad.
Rechazó entrevistas.
No quiso campañas publicitarias.
Cuando alguien le preguntaba por el vídeo que se había hecho famoso, respondía:
—Duró quince segundos. He vivido setenta y ocho años. No exageremos.
Pero guardó una copia.
Elena la imprimió fotograma a fotograma y puso una imagen en su casa.
No era la del giro.
Ni la del equilibrio.
Ni la del momento en que todos gritaban.
Era la última.
Julián ya estaba de pie.
El polo ligeramente subido.
La respiración agitada.
Una mano corrigiéndose la ropa.
La otra levantada.
Detrás, decenas de jóvenes con la boca abierta.
Debajo de la fotografía, Elena escribió una frase de Rosa:
“Haz lo que puedas.”
Un domingo, un chico nuevo llegó a la plaza con su abuelo.
El hombre tendría unos setenta años.
Se quedó mirando desde fuera.
El nieto quiso entrar en el círculo.
Antes de hacerlo señaló a Julián.
—Ese es el señor del vídeo.
El abuelo sonrió.
—Ya lo sé.
Julián se acercó.
—¿Bailabas?
El hombre rio.
—Hace cuarenta años.
—Eso no responde.
—Entonces sí.
Julián señaló el centro.
—Está abierto.
El hombre levantó las manos.
—No, no. Ni hablar.
Algunos jóvenes empezaron a mirar.
Álex también.
Julián sonrió.
—Tranquilo.
Se colocó a su lado.
—Aquí ya hemos aprendido a no reírnos demasiado pronto.
El hombre lo miró.
Después miró el círculo.
Y dio un paso.
Solo uno.
Julián no dijo nada.
Porque lo entendía.
A veces todo empieza así.
No con un gran salto.
Ni con una acrobacia.
Ni con un cuerpo desafiando lo que los demás esperan de él.
A veces empieza simplemente dando un paso hacia un lugar que creías haber perdido para siempre.
Aquella primera tarde, los chavales pensaron que Julián Serrano había entrado en el círculo porque no comprendía dónde se estaba metiendo.
Se equivocaron.
Sabía exactamente dónde estaba.
Había pasado media vida intentando regresar allí.
No para ser joven otra vez.
Eso era imposible.
Ni para demostrar que podía hacer a los setenta y ocho lo mismo que a los veinte.
Tampoco.
Había entrado para cumplir una promesa.
Y terminó descubriendo que Rosa había tenido razón una última vez.
Él no había abandonado el baile porque su cuerpo fuera demasiado viejo.
Lo había abandonado mucho antes, cuando decidió que ciertas partes de una persona podían enterrarse mientras uno seguía viviendo.
Rosa no le había pedido que recuperara su juventud.
Le había pedido algo mucho más sencillo.
Que no confundiera envejecer con desaparecer.
Por eso, cuando el beat cayó y Julián puso una mano sobre el hormigón, no ocurrió ningún milagro.
No rejuveneció.
Seguía teniendo setenta y ocho años.
Seguía siendo viudo.
Seguía sintiendo dolor al levantarse algunas mañanas.
Nada de eso cambió.
Lo único que cambió fue que, durante quince segundos, dejó de pedir permiso a su edad para seguir siendo él mismo.
Y cuando volvió a ponerse en pie, se acomodó el polo y miró a aquella multitud de chavales que unos segundos antes había sonreído al verlo entrar…
ya no necesitaba demostrar nada.
Había cumplido su promesa.
Había bailado una vez más por Rosa.
Después había bailado otra vez por sí mismo.
Y mientras Álex gritaba desde el borde del círculo:
—¡Jota, otra ronda!
Julián levantó un dedo.
—Ni hablar.
Todos rieron.
Él miró sus zapatillas blancas.
Luego hacia el cielo que empezaba a oscurecer sobre las palmeras.
Y añadió:
—La semana que viene.
Porque quizá la edad sí cambia muchas cosas.
La fuerza.
La velocidad.
El cuerpo.
El tiempo que queda.
Pero aquella tarde, una plaza llena de jóvenes aprendió algo que ningún vídeo de quince segundos podía explicar por completo:
hacerse mayor no significa que la música haya terminado.
May you like
A veces solo significa que has aprendido a esperar…
hasta que vuelva a sonar tu parte.