EL ZORRO QUE GUIÓ A DOS CAZADORES HASTA UN POZO EN MEDIO DE LA NIEVE… LO QUE VIERON EN EL FONDO LOS DEJÓ SIN PALABRAS

PARTE I — LAS HUELLAS QUE NO DEBÍAN SEGUIR
En los inviernos más duros de la sierra, el silencio puede engañar.
Parece paz.
Pero a veces solo significa que algo está esperando.
Aquella mañana, Álvaro Serrano y Mateo Rivas llevaban casi cinco horas caminando por un monte cubierto de nieve en la provincia de Burgos.
Los dos conocían aquel terreno desde niños.
Sabían leer huellas.
Sabían distinguir por el sonido una rama rota por un corzo de otra movida por el viento.
Sabían cuándo un bosque estaba tranquilo.
Y aquel bosque estaba demasiado tranquilo.
No habían encontrado prácticamente nada.
Ni jabalíes.
Ni corzos.
Ni siquiera rastros recientes.
—Nos volvemos —gruñó Mateo, ajustándose la escopeta al hombro—. Como sigamos otra hora, tendremos que sacarnos nosotros mismos de aquí con una grúa.
Álvaro sonrió.
—Cinco minutos más.
—Llevas diciendo cinco minutos desde las nueve.
—Esta vez va en serio.
Mateo resopló.
—Eso también lo llevas diciendo desde las nueve.
El viento descendía desde las laderas y golpeaba sus rostros con una fuerza cortante.
Habían dejado el todoterreno a casi tres kilómetros.
El cielo comenzaba a cerrarse.
Y las previsiones anunciaban nieve más intensa por la tarde.
No tenía sentido continuar.
Álvaro estaba a punto de aceptarlo cuando algo rojo apareció entre los troncos.
Fue apenas un destello.
Una sombra rápida sobre la nieve.
—Mira.
Mateo se giró.
A unos cincuenta metros había una zorra.
Pelaje rojizo.
Cola espesa.
Una pequeña mancha blanca bajo el cuello.
El animal los observaba.
Quieto.
Demasiado quieto.
Mateo levantó el arma por puro reflejo.
—Ahí tenemos algo al menos.
La zorra arrancó a correr.
Mateo disparó.
El estampido atravesó el bosque.
La nieve cayó de algunas ramas.
Pero el animal no fue alcanzado.
Desapareció entre los árboles.
—Has fallado —dijo Álvaro.
—Gracias por la información.
—A esa distancia…
—Cállate.
Entonces vieron las huellas.
Pequeñas.
Perfectamente marcadas sobre la nieve fresca.
Mateo empezó a seguirlas.
—¿Qué haces?
—Recuperar mi dignidad.
—El coche está en la dirección contraria.
—Cinco minutos.
Álvaro soltó una carcajada.
—Ahora lo dices tú.
Y lo siguió.
Ninguno de los dos imaginaba que, años después, todavía recordarían aquella decisión como una de las más importantes de sus vidas.
La zorra no parecía intentar perderlos.
Eso fue lo primero que empezó a resultar extraño.
Corría.
Se detenía.
Los esperaba desde lejos.
Cuando los hombres se acercaban, volvía a avanzar.
—¿Has visto eso? —preguntó Álvaro.
—¿El qué?
—Nos está esperando.
—Es un zorro.
—Precisamente.
Mateo negó con la cabeza.
—Estás congelándote el cerebro.
Siguieron adelante.
El bosque comenzó a clarear.
Los pinos dieron paso a una enorme extensión blanca.
Un antiguo terreno de pastoreo que durante el invierno quedaba completamente vacío.
No había casas.
Ni carreteras.
Ni postes.
Nada.
Solo nieve.
Y viento.
La zorra cruzó hacia el centro del campo.
Álvaro se detuvo.
—No me gusta.
Mateo también frenó.
—¿Qué?
—El terreno.
Había zonas kársticas en aquella comarca.
Viejas cavidades.
Hundimientos.
Pequeños barrancos que la nieve podía ocultar por completo.
Los habitantes de la zona los conocían.
Pero un forastero podía caminar sobre uno sin darse cuenta.
Entonces la zorra desapareció.
—¿Dónde se ha metido? —preguntó Mateo.
Álvaro señaló hacia delante.
—Allí.
A unos doscientos metros, el animal había vuelto a aparecer.
Estaba completamente quieto.
Mirándolos.
Y detrás de él había algo negro en medio de aquella inmensidad blanca.
Una abertura.
Mateo frunció el ceño.
—Eso no estaba marcado en el mapa.
Se acercaron con cautela.
Cuanto más avanzaban, más grande parecía.
Era un hundimiento del terreno.
Una sima.
Un enorme agujero de bordes irregulares, parcialmente cubierto por nieve.
La zorra permanecía junto al borde.
No huía.
Movía las orejas de un lado a otro.
Miraba hacia abajo.
Después hacia los hombres.
—No te acerques demasiado —advirtió Álvaro.
Mateo dejó la escopeta en el suelo.
Se tumbó sobre el vientre y avanzó lentamente para repartir el peso.
—Voy a mirar.
—Mateo.
—Solo un segundo.
Asomó la cabeza.
Al principio no vio nada.
El fondo estaba sumido en sombras.
Tal vez diez metros.
Quizá doce.
Entonces oyó un ruido.
Muy débil.
Mateo se quedó inmóvil.
—Álvaro.
—¿Qué?
No respondió.
—¿Mateo?
El hombre volvió la cabeza.
Su rostro había cambiado.
—Ven.
Álvaro se arrodilló a su lado.
—¿Qué has visto?
Mateo señaló hacia el interior.
—Escucha.
Guardaron silencio.
El viento pasó sobre sus espaldas.
Entonces, desde el fondo de la sima, llegó algo que ninguno esperaba escuchar.
Una voz.
Lejana.
Rota.
—¡Ayuda!
Álvaro se acercó un poco más.
—¡¿Hay alguien ahí abajo?!
Durante unos segundos no hubo respuesta.
Después:
—¡SÍ!
Otra voz se unió.
—¡POR FAVOR!
Álvaro miró a Mateo.
Ambos palidecieron.
Mateo sacó una pequeña linterna de su mochila.
La dirigió hacia abajo.
Y entonces lo vieron.
Un vehículo de nieve había quedado volcado sobre uno de sus laterales.
A pocos metros había tres personas.
Dos hombres.
Y una mujer.
Uno de ellos estaba tumbado.
La mujer agitaba los brazos.
El tercero intentaba incorporarse, pero apenas podía moverse.
—Madre de Dios… —susurró Mateo.
Álvaro ya estaba sacando el teléfono.
Sin cobertura.
—La radio.
Mateo buscó frenéticamente en su mochila.
—Aquí.
Encendieron el transmisor.
—Central, aquí Rivas. Tenemos emergencia.
Solo ruido.
—Central, ¿me recibe alguien?
Estática.
Después una voz entrecortada.
—…Rivas… repita…
Mateo casi gritó.
—¡Tres personas atrapadas en una sima! Repito: tres personas atrapadas. Hay un vehículo volcado y posibles heridos.
Álvaro miró hacia la zorra.
Seguía allí.
A menos de diez metros.
Observándolos.
—Mateo.
—¿Qué?
—Mírala.
El hombre siguió su mirada.
—No puede ser.
La zorra volvió a mirar hacia el interior del pozo.
Después hacia ellos.
Como si comprobar que habían entendido fuera lo único que necesitaba.
Los atrapados llevaban allí desde primera hora de la mañana.
Se llamaban Javier Molina, Sergio Ortega y Lucía Ferrer.
Habían alquilado motos de nieve para recorrer una pista autorizada cercana.
Pero la tormenta de la noche anterior había borrado varias señales.
Se desviaron.
Cuando Javier vio el hundimiento, ya era demasiado tarde.
Intentó girar.
La capa de nieve cedió bajo el vehículo.
Los tres cayeron.
Sergio se había lesionado una pierna.
Javier tenía un hombro probablemente dislocado.
Lucía era la única que todavía podía moverse relativamente bien.
Llevaban horas gritando.
Habían probado los móviles.
Nada.
Habían intentado escalar.
La pared se desmoronaba.
—Pensábamos que nadie iba a encontrarnos —gritó Lucía desde abajo.
Álvaro se tumbó junto al borde.
—Ya os hemos encontrado.
—¡Tenemos muchísimo frío!
—¿Cuánto tiempo lleváis ahí?
—Desde las nueve.
Álvaro miró el reloj.
Pasaban de las tres de la tarde.
Seis horas.
Con aquellas temperaturas, era demasiado.
—¿Estáis mojados?
—Sí.
Aquella respuesta fue peor.
Ropa mojada.
Temperaturas bajo cero.
Heridos sin poder moverse.
Hipotermia.
El tiempo se estaba acabando.
—Escúchame —gritó Álvaro—. Ya hemos avisado. Vienen a por vosotros.
Lucía tardó en contestar.
—¿Seguro?
—Seguro.
Álvaro no sabía cuánto tardaría el rescate.
Pero algunas mentiras eran necesarias para mantener a una persona luchando.
—No os durmáis.
Sergio, desde abajo, apenas respondió.
—Tengo… sueño.
Álvaro sintió un escalofrío.
—¡No!
Su voz resonó dentro de la sima.
—Sergio, mírame.
—No puedo verlo desde aquí.
—Pues escucha mi voz. Puedes insultarme si quieres, pero no cierres los ojos.
Lucía comenzó a sacudir a su compañero.
—Sergio.
—Déjame descansar…
—¡No!
Álvaro gritó otra vez.
—¡Sergio! ¿Eres del Madrid o del Barça?
Hubo un silencio.
Después una respuesta muy débil:
—Del Athletic.
Mateo sonrió por primera vez.
—Bien. Pues ya tenemos una razón para discutir cuando salgas de ahí.
Lucía rio.
Pero la risa terminó convertida en llanto.
Álvaro comprendió que todos estaban al límite.
Pasaron veinte minutos.
Después treinta.
El cielo se oscurecía.
La nieve comenzaba a caer nuevamente.
Entonces escucharon un motor a lo lejos.
Después otro.
Mateo se puso de pie.
—Ya vienen.
Dos vehículos de rescate aparecieron desde el extremo del campo.
Guardia Civil.
Bomberos.
Equipo de montaña.
Un sanitario.
Los profesionales comenzaron a trabajar inmediatamente.
Anclaron cuerdas.
Aseguraron los bordes.
Prepararon mantas térmicas.
Uno de los rescatadores descendió.
Después otro.
Álvaro y Mateo se apartaron.
Ya no podían hacer nada más.
Fue entonces cuando Álvaro miró nuevamente hacia donde estaba la zorra.
Seguía allí.
Sentada sobre la nieve.
Esperando.
—No se ha ido —dijo.
Mateo la observó.
—¿Qué demonios hace?
—No lo sé.
Pero ambos empezaban a sospecharlo.
Lucía fue la primera en salir.
Cuando la levantaron, tenía los labios azulados y los dedos rígidos.
Aun así, lo primero que preguntó fue:
—¿Sergio?
—Está subiendo.
Después rescataron a Javier.
El último fue Sergio.
Inconsciente.
Los sanitarios corrieron hacia él.
Le quitaron parte de la ropa mojada.
Lo envolvieron.
Oxígeno.
Monitores.
Durante varios minutos nadie dijo nada.
Álvaro miró hacia la sima.
Después hacia el grupo de rescatadores.
Y finalmente hacia la zorra.
Ella permanecía inmóvil.
Hasta que uno de los sanitarios levantó la cabeza.
—¡Tiene pulso!
Mateo soltó el aire que llevaba conteniendo.
Álvaro sonrió.
Y en aquel mismo instante, la zorra se puso en pie.
Dio media vuelta.
Y caminó hacia el bosque.
—Eh.
Álvaro avanzó un paso.
El animal se detuvo.
Se giró.
Durante un segundo se miraron.
Un cazador con una escopeta.
Un animal al que había perseguido para matar.
Y entre ambos, tres vidas que quizá no habrían sobrevivido una hora más.
La zorra desapareció entre la nieve.
Solo quedaron sus huellas.
Mateo observó el camino que había recorrido desde el bosque hasta la sima.
La secuencia era extraña.
Demasiado directa.
No había rodeos.
No había vueltas.
La zorra había salido del bosque.
Había cruzado delante de ellos.
Había corrido exactamente hasta el agujero.
Y allí se había detenido.
Como si supiera.
Mateo bajó la mirada hacia su escopeta.
—Álvaro…
—Sí.
—Creo que nos ha traído hasta aquí.
Ninguno añadió nada.
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Porque decirlo en voz alta parecía absurdo.
Y, sin embargo, cualquier otra explicación resultaba todavía más difícil.