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PARTE II — EL ANIMAL AL QUE HABÍAN IDO A MATAR

Sergio despertó en el hospital casi veinte horas después.

No recordaba la caída.

Ni el rescate.

Solo fragmentos.

Frío.

Oscuridad.

La voz de Lucía diciéndole que no se durmiera.

Y una voz desconocida desde arriba preguntándole de qué equipo era.

Cuando abrió los ojos, Lucía estaba sentada junto a su cama.

Tenía una venda en una mano.

—Bienvenido.

Sergio tardó unos segundos en comprender dónde estaba.

—¿Javier?

—Dos habitaciones más allá.

—¿Y yo?

—Te has llevado la peor parte.

Él intentó incorporarse.

Lucía lo detuvo.

—Tienes que descansar.

—¿Quién nos encontró?

Ella guardó silencio un momento.

—Dos cazadores.

—¿Cómo?

—Eso es lo extraño.


Dos días después, Álvaro y Mateo fueron al hospital.

Lucía insistió en conocerlos.

Cuando entraron en la habitación, Sergio intentó sentarse.

—¿Usted era el del Athletic?

Mateo rio.

—No. Ese era él.

Señaló a Álvaro.

—Yo solo estaba allí para dar apoyo moral.

Sergio sonrió débilmente.

—Me mantuvieron despierto.

—Eso era la idea.

Lucía se acercó.

—¿Cómo llegaron hasta la sima?

La pregunta cambió el ambiente.

Álvaro miró a Mateo.

Mateo metió las manos en los bolsillos.

—Siguiendo a una zorra.

Sergio frunció el ceño.

—¿Una zorra?

—Sí.

—¿La estaban siguiendo porque la habían visto?

Álvaro asintió.

—La estábamos cazando.

Lucía dejó de sonreír.

—¿La dispararon?

Mateo bajó la cabeza.

—Sí.

—¿La hirieron?

—No.

Hubo un silencio incómodo.

Álvaro continuó.

—Salió delante de nosotros en el bosque. La seguimos.

—¿Hasta el agujero?

—Exactamente.

—¿Y después?

—Se quedó en el borde.

Lucía lo miró como si esperara que se riera.

No lo hizo.

—No se marchó hasta que Sergio estaba fuera.

Sergio observó a ambos.

—¿Están diciendo que un zorro buscó ayuda?

—Estoy diciendo que eso fue lo que ocurrió —respondió Álvaro—. Lo que significara… no lo sé.

Lucía se quedó inmóvil.

Después comenzó a llorar.

No fue un llanto ruidoso.

Solo lágrimas silenciosas.

—¿Qué pasa? —preguntó Sergio.

Ella se secó la cara.

—Hay algo que no les conté.

Todos la miraron.

—Cuando caímos, fui la primera en despertarme.

Su voz temblaba.

—Javier y Sergio estaban mal. Yo grité durante horas.

Se frotó las manos.

—En un momento escuché algo arriba.

—¿Qué?

—Pasos.

Álvaro sintió que se le erizaba la piel.

—Pensé que era una persona.

Lucía respiró lentamente.

—Entonces vi una cabeza asomarse.

—¿La zorra?

Lucía asintió.

—Se quedó mirándome desde arriba.

Mateo no dijo nada.

—Le grité. Sé que suena ridículo. Le dije: “Por favor, busca a alguien”.

Sergio abrió mucho los ojos.

Lucía rio entre lágrimas.

—No esperaba que entendiera. Estaba desesperada.

Miró a los cazadores.

—Después desapareció.

—¿Cuánto tiempo antes de que nosotros llegáramos? —preguntó Álvaro.

Lucía pensó.

—Quizá cuarenta minutos.

La habitación quedó completamente en silencio.


La historia se extendió por el pueblo.

Al principio como un rumor.

Después como una anécdota.

Finalmente, como algo que nadie sabía explicar.

Había quien decía que los zorros son animales curiosos y que todo había sido casualidad.

Otros aseguraban que podía haber escuchado los gritos.

Un guarda forestal explicó que algunos animales aprenden a asociar personas con alimento, refugio o peligro, pero admitió que aquello era una conducta poco común.

Álvaro no discutía con nadie.

No necesitaba convencer a nadie.

Él había visto al animal esperar junto al agujero.

Había visto cómo miraba hacia el fondo.

Y cómo se marchó únicamente cuando las tres personas estuvieron fuera.

Eso era suficiente.


Una semana después, Álvaro volvió al campo.

Fue solo.

No llevaba escopeta.

La nieve había cubierto gran parte de las huellas, pero todavía podía distinguir el lugar exacto donde habían encontrado a los turistas.

Los equipos de emergencias habían instalado señales alrededor de la sima.

También una barrera provisional.

Álvaro permaneció allí durante varios minutos.

Recordó el disparo.

El animal corriendo.

Su propia obsesión por alcanzarlo.

Después imaginó qué habría ocurrido si hubiera acertado.

Si la bala hubiese alcanzado a la zorra dentro del bosque.

Nadie habría llegado hasta la sima.

Lucía habría seguido gritando.

Sergio probablemente se habría quedado dormido.

La nevada de aquella tarde habría terminado de cubrir parte del agujero.

Y quizás, cuando alguien encontrara el vehículo días después, ya sería demasiado tarde.

Álvaro sintió náuseas.

Escuchó un ruido.

Se giró.

Nada.

Solo árboles.

Entonces dejó algo sobre una roca.

Un pequeño trozo de carne que había llevado en una bolsa.

—No sé si fuiste tú —murmuró.

Se sintió ridículo hablando solo.

Pero continuó.

—Pero gracias.

Se alejó.

A unos cien metros miró hacia atrás.

Una silueta rojiza había aparecido junto a los árboles.

Álvaro se quedó quieto.

La zorra también.

Era imposible saber si se trataba del mismo animal.

Pero tenía una pequeña mancha blanca bajo el cuello.

El cazador sonrió.

No levantó nada.

No intentó acercarse.

Simplemente se quitó la gorra.

Como quien saluda a alguien.

La zorra cogió la comida.

Y desapareció.


Mateo tardó algo más en cambiar.

Había cazado toda su vida.

Su padre lo llevaba al monte desde los doce años.

Para él, aquella actividad estaba ligada a recuerdos familiares, tradiciones y mañanas enteras compartidas con personas que ya no estaban.

No renunció al campo.

Pero nunca volvió a disparar a un zorro.

Cuando alguien le preguntaba por qué, siempre respondía lo mismo:

—Porque una vez uno tuvo más sentido de la urgencia que nosotros.

La gente se reía.

Él no.


Tres meses después, cuando Sergio pudo caminar con muletas, los tres rescatados regresaron al pueblo.

Querían agradecer personalmente a los equipos de emergencia.

Lucía llevaba algo más.

Una pequeña placa.

Pidió permiso al ayuntamiento para colocarla cerca del sendero que conducía hacia el campo.

No mencionaba milagros.

Ni decía que los zorros entendieran el lenguaje humano.

Solo tenía unas palabras:

A QUIENES SE DETIENEN CUANDO OTROS PIDEN AYUDA,
AUNQUE NADIE PUEDA EXPLICAR POR QUÉ.

Debajo había una pequeña silueta de un zorro.


Ese día, después del acto, Sergio se quedó hablando con Álvaro junto al aparcamiento.

—He pensado mucho en una cosa.

—¿Cuál?

—Ustedes estaban intentando matarla.

Álvaro asintió.

No tenía sentido fingir lo contrario.

—Sí.

—Y aun así los llevó hasta nosotros.

Álvaro miró hacia las montañas.

—Esa es la parte que más me cuesta olvidar.

Sergio guardó silencio.

—Si hubiera sabido lo que querían hacer…

Álvaro sonrió tristemente.

—Quizá lo sabía.

—Entonces ¿por qué volvió?

El cazador tardó en responder.

—Supongo que algunas criaturas no necesitan decidir primero si merecemos ser salvados.

Aquella frase acompañó a Sergio durante años.


Con el tiempo, cada uno siguió con su vida.

Javier recuperó el hombro.

Sergio volvió a caminar con normalidad.

Lucía empezó a colaborar como voluntaria con equipos de búsqueda en montaña.

Mateo siguió saliendo al campo, pero cambió la escopeta por una cámara muchas más veces de las que habría admitido años antes.

Y Álvaro comenzó a acompañar a grupos escolares en actividades sobre seguridad en zonas rurales.

Cuando llegaban al sendero cercano a la sima, los niños siempre preguntaban por la pequeña placa.

—¿De verdad un zorro salvó a tres personas?

Álvaro nunca decía que sí.

Tampoco decía que no.

Contaba exactamente lo ocurrido.

La caída.

Los gritos.

La zorra.

El disparo fallido.

Las huellas.

El agujero.

El rescate.

Después dejaba que los niños decidieran.

Una tarde, una niña de siete años le hizo una pregunta.

—¿Y qué habría pasado si usted hubiera acertado cuando disparó?

Álvaro dejó de hablar.

Habían pasado casi seis años.

Pero aquella pregunta todavía dolía.

Miró hacia el bosque.

—Probablemente no estaríamos contando esta historia.

La niña pensó unos segundos.

—Entonces fue bueno que fallara.

Álvaro sonrió.

—Sí.

—¿Mucho?

El hombre miró la sima situada a lo lejos.

—Fue el mejor disparo que fallé en toda mi vida.


Aquella noche de invierno, los cazadores creyeron que perseguían a una presa.

Pero cada huella roja sobre la nieve los acercó a tres personas que se estaban quedando sin tiempo.

Nunca pudieron demostrar que la zorra comprendiera lo que hacía.

Tal vez había escuchado los gritos.

Tal vez actuó por curiosidad.

Tal vez todo fue una extraordinaria coincidencia.

Pero Álvaro jamás olvidó una imagen.

Cuando el último herido salió del agujero, el animal no corrió inmediatamente.

Se quedó unos segundos en medio del campo.

Mirándolos.

Después giró hacia el bosque.

Y desapareció.

La mañana había comenzado con dos hombres intentando quitarle la vida.

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Terminó con aquellos mismos hombres comprendiendo que quizá estaban vivos tres desconocidos…

porque el animal al que habían ido a cazar decidió llevarlos hasta ellos.

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