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PARTE 2 — LA MUJER QUE HABÍA ESTADO ESPERÁNDOME VEINTIDÓS AÑOS

Ramón Serrano estaba vivo.

Pero no era mi padre.

Y, cuando por fin pude verlo a través de las cámaras, comprendí que tampoco era el hombre derrotado que recordaba de mi infancia.

Vestía un traje oscuro.

Su espalda estaba recta.

Su voz era firme.

No quedaba rastro del hombre que se dormía borracho frente al televisor.

Aquella versión de Ramón había sido una interpretación.

Una vida fabricada para esconderme.

La seguridad consiguió controlar la situación sin que nadie de la casa resultara herido de gravedad.

Ramón fue retenido.

Adrián quiso interrogarlo.

Yo insistí en estar presente.

—¿Por qué fingiste tu muerte?

Ramón me miró.

—Porque era la única manera de salir del mapa.

—¿Y dejarme sola?

Su expresión se quebró.

—Nunca estuviste sola.

Solté una risa amarga.

—Te enterré.

—Lo sé.

—Tenía dieciocho años.

—Lo sé.

—¡Entonces deja de decir que lo sabes!

Golpeé la mesa con las manos.

—No sabes lo que fue pensar que todos los adultos de mi vida habían decidido abandonarme.

Ramón cerró los ojos.

—Tienes razón.

Aquella respuesta me desarmó.

—¿Dónde está mi madre?

Tardó demasiado.

—Viva.

—¿Dónde?

—Protegida.

—¿De quién?

Ramón miró a Adrián.

—De su familia.

Adrián endureció la expresión.

—Habla.

Ramón respiró profundamente.

Veintidós años atrás, Marina había descubierto que Esteban Montoro, el padre de Adrián, había creado una red de sociedades para mover dinero procedente de extorsiones, sobornos y contratos amañados.

Pero aquello no era lo más grave.

Guardaba información capaz de comprometer a personas con poder real.

Funcionarios.

Magistrados.

Empresarios.

Mi madre copió los registros.

Esteban lo descubrió.

Irene, todavía adolescente, ayudó a Marina a esconder parte del material.

Ramón fue contratado para sacarme de Barcelona.

—¿Por quién?

—Por tu padre biológico.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Quién era?

Ramón miró al suelo.

—Tomás Vidal.

Adrián dejó de moverse.

Yo lo miré.

—¿Lo conoces?

—Sí.

Su voz cambió.

—Fue el socio más importante de mi padre.

Ramón asintió.

—Y el único hombre que intentó detenerlo.

Tomás Vidal había descubierto la red al mismo tiempo que Marina.

Se enamoraron.

Tuvieron una hija.

Yo.

Cuando intentaron entregar la documentación, alguien dentro del sistema los traicionó.

Tomás murió en un accidente preparado para parecer una colisión.

Marina desapareció.

Irene permaneció cerca de la familia Montoro porque era la única forma de seguir buscando pruebas.

Años después se casó con Adrián.

—¿Tu matrimonio era una misión? —pregunté.

Adrián palideció.

Ramón negó.

—Al principio Irene se acercó a él para obtener información.

Adrián cerró los ojos.

—Lo sabía.

Lo miré.

—¿Qué?

—Me lo confesó antes de casarnos.

Su voz tembló.

—Y aun así la amé.

Ramón continuó.

Irene y Adrián habían pasado años reuniendo documentación sin que Esteban lo supiera.

Pero Esteban murió antes de que pudieran derribar la estructura.

El control pasó a otros.

Uno de ellos era Gonzalo Ferrer, el abogado de confianza de la familia.

Un hombre que aparecía en todas las fotografías importantes y jamás llamaba la atención.

Fue él quien descubrió que Irene había encontrado la segunda mitad de la clave.

Y ordenó su secuestro.

—¿Dónde está? —preguntó Adrián.

Ramón deslizó un papel sobre la mesa.

—En una antigua fábrica de papel cerca de Manresa.

Adrián se puso de pie.

—Voy a buscarla.

Ramón negó con la cabeza.

—Si apareces con tus hombres, la trasladarán.

—Entonces ¿qué propones?

Ramón me miró.

—Quieren a Alba.

—No.

La respuesta de Adrián fue inmediata.

Yo lo observé.

—No decides por mí.

—No voy a entregarte.

—No soy tuya para que puedas entregarme o protegerme.

Nos quedamos mirándonos.

Finalmente pregunté a Ramón:

—¿Qué necesitan de mí?

—La mitad de la clave.

—¿Y después?

—Tu identidad.

—¿Para qué?

Ramón bajó la mirada.

—Porque el archivo no se abre únicamente con una contraseña.

Sentí frío.

—Está vinculado a la hija de Tomás Vidal.

A mí.


El plan era sencillo solo sobre el papel.

Yo acudiría a la fábrica con Ramón.

Adrián se mantendría fuera.

La policía especializada, contactada a través de un fiscal que Irene llevaba meses utilizando como enlace secreto, estaría preparada.

Mi única tarea consistía en entrar.

Confirmar que Irene estaba viva.

Y ganar tiempo.

Adrián discutió conmigo hasta el último minuto.

—No tienes entrenamiento.

—Tampoco Irene.

—No sabes a qué tipo de gente vas a enfrentarte.

—Llevo toda la vida enfrentándome a las consecuencias de lo que hicieron.

—Eso no significa que debas arriesgarte.

Lo miré.

—Tu hija confió en mí cuando no confiaba en nadie.

Adrián guardó silencio.

—Ahora yo necesito que tú confíes en mí.

Su mandíbula se tensó.

Después bajó la mirada.

—Tengo miedo.

Aquella confesión me sorprendió más que cualquier amenaza.

—Yo también.

—Si te pasa algo…

—No termines esa frase.

Nos quedamos frente a frente.

Por primera vez comprendí que Adrián no intentaba controlarme.

Intentaba no perder a otra persona.

Toqué su brazo.

—Voy a volver.

No era una promesa.

Solo era esperanza.


La fábrica estaba abandonada.

Grandes ventanales rotos.

Paredes húmedas.

Viejas máquinas cubiertas de polvo.

Ramón y yo entramos por una puerta lateral.

Un hombre nos esperaba.

Gonzalo Ferrer.

Sesenta años.

Abrigo gris.

Aspecto impecable.

Parecía un profesor universitario.

No el hombre que había destruido varias vidas.

—Alba Serrano.

Sonrió.

—Te pareces muchísimo a Marina.

—¿Dónde está Irene?

—Siempre tan directa. Igual que tu madre.

—Quiero verla.

Gonzalo levantó una mano.

Dos hombres abrieron una puerta metálica.

Irene apareció.

Estaba pálida.

Cansada.

Pero viva.

Sus ojos me encontraron.

Y algo en su rostro cambió.

—Alba…

No recordaba haberla visto nunca.

Pero ella me miró como si llevara veinte años esperando aquel momento.

—¿Eres tú?

Las lágrimas llenaron sus ojos.

—Dios mío.

Gonzalo se interpuso.

—Las reuniones familiares son conmovedoras, pero tenemos trabajo.

Colocó una caja sobre una mesa.

Dentro había un dispositivo antiguo de almacenamiento.

—La clave.

Saqué mi colgante.

—Primero Irene.

—Primero el código.

—Entonces nos quedaremos toda la noche.

Gonzalo sonrió.

—Marina tenía exactamente ese carácter.

—¿Está viva?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Gonzalo me observó.

—Sí.

Sentí que el mundo se inclinaba.

Irene gritó:

—¡No le creas!

Me volví.

—¿Qué?

—Tu madre está viva, pero no porque ellos la hayan protegido.

Gonzalo perdió la sonrisa.

Irene continuó:

—Ella dirige la red que queda.

Nadie se movió.

—Eso es mentira.

—Ojalá.

Irene estaba llorando.

—Marina no pasó veinte años escondida.

Se acercó todo lo que permitían las personas que la vigilaban.

—Pasó veinte años esperando controlar aquello que una vez intentó destruir.

Sentí que el corazón se detenía.

Toda mi vida había deseado descubrir que mi madre no me había abandonado.

Y ahora resultaba que la verdad podía ser todavía peor.

—¿Dónde está?

Una voz respondió desde la planta superior.

—Aquí.

Levanté la cabeza.

Una mujer apareció en la pasarela.

Cabello gris oscuro.

Rostro delgado.

Ojos idénticos a los míos.

No necesité que nadie me dijera quién era.

—Mamá.

Marina Dalmau descendió lentamente las escaleras.

Yo no podía respirar.

Durante veintidós años había imaginado aquel encuentro.

Había preparado insultos.

Preguntas.

Abrazos.

Pero cuando por fin estuvo delante de mí, lo único que conseguí decir fue:

—¿Por qué?

Marina me miró con una tristeza insoportable.

—Porque tenía que elegir entre ser tu madre o mantenerte viva.

—Ya no era una niña cuando Ramón fingió morir.

—Para entonces todo había cambiado.

—¿Y nunca pudiste llamarme?

Ella cerró los ojos.

—Cada llamada podía llevarlos hasta ti.

—Pero Irene dice que tú eres quien manda ahora.

Marina miró a su hermana.

—Irene siempre vio el mundo en blanco y negro.

—¿Es verdad?

Mi madre permaneció callada.

Y ese silencio me dio la respuesta.

Retrocedí.

—Dios mío.

—Alba, escucha.

—No.

—Tomé el control porque era la única forma de evitar que hombres como Gonzalo destruyeran a más familias.

Gonzalo soltó una risa.

Marina lo ignoró.

—Pensé que, si controlaba el dinero, podría controlar el daño.

—Eso es exactamente lo que dicen todos antes de convertirse en aquello que odiaban.

Su expresión se quebró.

—Quizá.

Irene me miró.

—El archivo contiene todos los nombres.

Marina se volvió bruscamente.

—Cállate.

—Políticos, jueces, empresas, cuentas.

Irene continuó:

—Pero también contiene las órdenes firmadas por Marina durante los últimos diez años.

Miré a mi madre.

—¿Qué órdenes?

Nadie respondió.

Sentí náuseas.

—¿Qué hiciste?

Marina comenzó a llorar.

—Cosas que creí necesarias.

Aquella frase acabó con cualquier esperanza.

Durante toda mi vida había esperado encontrar a mi madre para saber por qué me dejó.

Ahora comprendía que la pregunta importante era otra.

¿Quién se había convertido mientras yo esperaba?


El sonido de un disparo rompió el silencio.

No vi de dónde vino.

Las luces se apagaron.

Se escucharon gritos.

La policía había entrado antes de lo previsto porque Ramón había enviado la señal.

Gonzalo intentó escapar.

Marina gritó mi nombre.

Irene cayó al suelo para protegerse.

Yo corrí hacia ella.

—¡Ven!

—¡Alba!

Agarré su mano.

Nos movimos hacia una puerta lateral.

Entonces apareció Adrián.

Había desobedecido el plan.

Por supuesto.

—¡Irene!

Ella levantó la cabeza.

Durante un segundo todo desapareció.

No había policías.

Ni secretos.

Ni criminales.

Solo dos personas que se creían perdidas para siempre.

Adrián corrió hacia ella.

La abrazó.

Irene se aferró a su cuello.

—Lucía…

—Está bien.

Adrián lloraba.

—Te está esperando.

Irene cerró los ojos.

—Mi niña.

Yo me aparté.

Aquella familia merecía ese momento.

Entonces escuché mi nombre.

Marina estaba a pocos metros.

Dos agentes se acercaban.

Ella sostenía una pequeña memoria.

—Alba.

—No.

—Escúchame.

—Ya he escuchado suficiente.

—El archivo necesita tu autorización.

—Entonces lo tendrá la Fiscalía.

Mi madre comenzó a llorar.

—Si lo entregas, destruirás todo.

—Eso espero.

—También destruirás mi vida.

La miré.

Durante treinta años había deseado una madre.

Pero aquello no significaba que tuviera que proteger a la mujer que tenía delante de las consecuencias de sus decisiones.

—Tú tuviste veintidós años para decidir quién querías ser.

Una lágrima descendió por su mejilla.

—Ahora me toca decidir a mí.

Entregué mi colgante al fiscal que acababa de entrar.

Marina cerró los ojos.

Y por primera vez en toda mi vida, dejé de esperar que ella me eligiera.


Las consecuencias duraron meses.

Las pruebas permitieron abrir una investigación enorme.

Empresas fueron intervenidas.

Funcionarios fueron interrogados.

Cuentas congeladas.

Contratos revisados.

Gonzalo intentó negociar.

Marina también.

Adrián entregó voluntariamente información sobre sus propias empresas.

No salió limpio.

Tuvo que responder por decisiones tomadas años atrás.

Vendió varias sociedades.

Abandonó negocios que habían formado parte del poder de su familia.

Muchas personas dijeron que aquello significaba el final de los Montoro.

A Adrián dejó de importarle.

Cuando le pregunté por qué, respondió:

—Porque Lucía me llama papá. Eso vale más que cualquier apellido.

Irene regresó a casa.

Pero la recuperación no fue inmediata.

Había pasado semanas encerrada.

Dormía con las luces encendidas.

Se despertaba gritando.

Lucía tampoco se recuperó de un día para otro.

Seguía teniendo miedo de las puertas cerradas.

Durante un tiempo apenas hablaba.

Pero había algo que ayudaba.

El restaurante.

La Viña Roja.

Volvía conmigo algunas tardes.

Se sentaba en la misma mesa donde se había quedado dormida aquella primera noche.

Julián le preparaba chocolate caliente.

Y poco a poco empezó a sonreír otra vez.

Un día me preguntó:

—¿Sigues siendo mi amiga aunque mamá haya vuelto?

Sentí que el pecho se me rompía.

—Claro.

—¿Siempre?

Sonreí.

—Mientras tú quieras.

Lucía pensó.

Después señaló mi delantal.

—¿Puedo quedármelo?

—¿Mi delantal?

—El primero.

El que había apretado durante tres días.

Lo había guardado.

Tenía manchas de café imposibles de quitar.

Se lo entregué.

Lucía lo abrazó.

—Huele a restaurante.

—Eso no sé si es un cumplido.

Ella rio.

Fue la primera carcajada verdadera que escuché de ella.

Adrián estaba junto a la puerta.

Cuando levanté la mirada, tenía los ojos húmedos.


Irene y yo tardamos meses en entender qué significaba ser familia.

Era mi tía.

Pero durante treinta años había sido una desconocida.

No podíamos fabricar intimidad simplemente porque compartiéramos sangre.

Empezamos con cafés.

Después comidas.

Fotografías.

Historias sobre mi madre antes de que todo cambiara.

Irene me enseñó una foto de Marina con veintidós años.

Estaba en una playa de Tarragona.

Reía.

Parecía libre.

—Esta era tu madre antes de que empezara todo.

Miré la fotografía.

—¿La echas de menos?

Irene pensó.

—Echo de menos a la hermana que tuve.

—¿Crees que todavía existe?

—No lo sé.

Aquella respuesta me gustó.

No intentaba suavizar nada.

Marina aceptó colaborar parcialmente con la investigación.

Nunca regresó a mi vida como madre.

Nos vimos una vez antes de su juicio.

Fue ella quien pidió la reunión.

Nos sentamos frente a frente separados por una mesa.

—No espero que me perdones —dijo.

—Bien.

Sonrió con tristeza.

—Sigues teniendo mi carácter.

—Eso no siempre parece una ventaja.

—No.

Permanecimos en silencio.

Después pregunté:

—¿Me quisiste?

Marina cerró los ojos.

—Todos los días.

—Entonces ¿cómo pudiste mantenerte lejos?

—Porque al principio creí que te protegía.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Después pasaron tantos años que ya no sabía cómo regresar sin obligarte a conocer a la persona en la que me había convertido.

—Eso no era decisión tuya.

—Lo sé ahora.

La miré.

—Yo habría preferido una madre imperfecta a una madre muerta.

Marina lloró.

—Lo siento.

—Yo también.

No la abracé.

Tampoco la odié.

Simplemente me marché entendiendo algo que había tardado toda una vida en aprender.

A veces puedes querer a alguien y aun así no permitir que vuelva a ocupar el mismo lugar en tu vida.


Un año después, Adrián apareció en La Viña Roja justo antes del cierre.

Irene había llevado a Lucía a casa de unos amigos.

Yo estaba limpiando una mesa.

—Estamos cerrando.

—Lo sé.

—Entonces eres un cliente bastante malo.

Se sentó.

—He vendido el último club.

Lo miré.

—¿El del puerto?

Asintió.

—Ya no queda nada de los negocios de mi padre.

—¿Te da pena?

Pensó.

—Me da miedo.

—Eso es diferente.

—Sí.

Le serví café.

—¿Qué harás ahora?

—Tengo propiedades legales. Empresas normales.

Sonrió.

—Quizá descubra cómo es ganarse dinero sin que nadie me tenga miedo.

—Concepto revolucionario.

Adrián rio.

Después se puso serio.

—Alba…

—No.

—Todavía no he dicho nada.

—Pero conozco esa cara.

—¿Qué cara?

—La de un hombre a punto de complicar una conversación sencilla.

Sonrió.

—Me gustas.

Suspiré.

—Ahí está.

—Desde hace mucho.

—Adrián…

—No quiero destruir nada.

—Tienes mujer.

—Tengo una exmujer.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Irene y yo nos separamos hace seis meses.

—Nunca me lo dijiste.

—Porque no fue por ti.

Aquello importaba.

Mucho.

—Nos queríamos. Quizá todavía nos queremos.

Miró el café.

—Pero después de todo comprendimos que llevábamos años unidos también por la guerra contra nuestras familias. Cuando la guerra terminó, ya no sabíamos quiénes éramos juntos.

—¿Lucía?

—Seguimos siendo sus padres.

Permanecí en silencio.

Adrián continuó:

—No te estoy pidiendo una respuesta.

—Bien.

—Solo estoy intentando dejar de ocultar cosas.

Sonreí.

—Eso sí parece revolucionario.

Durante meses no ocurrió nada.

Nos vimos.

Hablamos.

Discutimos.

Lucía intentó organizar citas entre nosotros con la sutileza de una niña de seis años.

—Papá, Alba está libre el sábado.

—Lucía.

—¿Qué?

—Eso no es asunto tuyo.

—Pero tú dijiste que te gustaba.

Adrián casi dejó caer la taza.

—¿Cuándo dije eso?

—Mientras hablabas con la tía Irene.

Yo levanté una ceja.

—Interesante.

Adrián cerró los ojos.

—Voy a cambiar de identidad.

Lucía sonrió satisfecha.


Dos años después de aquella noche de lluvia, La Viña Roja cambió de propietario.

Julián cumplió finalmente su amenaza de jubilarse.

Me ofreció el restaurante.

—No tengo suficiente dinero.

—No te he preguntado eso.

—Julián.

—He visto a demasiadas personas entrar por esa puerta creyendo que su vida había terminado.

Miró las mesas.

—Tú haces que salgan un poco mejor.

Me vendió el negocio con un acuerdo que podía pagar poco a poco.

Lo reformé mínimamente.

Conservé los azulejos.

La barra.

La mesa donde Lucía había dormido.

Sobre la pared colgué una fotografía pequeña.

No de Marina.

Ni de Adrián.

Ni de los Montoro.

Una foto de Lucía sosteniendo mi viejo delantal y enseñando un hueco enorme entre los dientes.

Debajo puse una frase:

A veces sentirse seguro empieza con alguien que simplemente decide quedarse.

El día de la reapertura, Irene llegó primero.

Después Lucía.

Finalmente Adrián.

No entró rodeado de hombres.

No llevaba coche negro.

Llegó caminando bajo la lluvia.

Se quedó frente a la puerta.

—¿Puedo pasar?

Lo miré.

Años atrás habría entrado sin preguntar.

—Sí.

Entró.

Lucía corrió hacia él.

—¡Papá!

La levantó en brazos.

Irene sonrió.

Yo observé aquella escena.

Una familia rota.

Reconstruida de otra manera.

No perfecta.

Pero honesta.

Más tarde, cuando todos se marcharon, Adrián se quedó ayudándome a recoger.

—No sabes limpiar mesas.

—Estoy aprendiendo.

—Llevas dos años diciendo eso.

—Soy lento.

Cerré la caja registradora.

Cuando levanté la cabeza, estaba mirándome.

—¿Qué?

—Nada.

—Mientes fatal.

—He mejorado mucho.

—No lo suficiente.

Se acercó.

—¿Puedo besarte?

Me reí.

—Has pasado de jefe criminal temido por toda Barcelona a hombre que pide permiso para un beso.

—El progreso es humillante.

—Y saludable.

—¿Eso es un sí?

Lo miré durante unos segundos.

Después asentí.

—Sí.

Me besó.

Suavemente.

Sin promesas.

Sin grandes declaraciones.

Y quizá por eso significó más.


Años después, Lucía seguía conservando aquel delantal.

Una tarde lo encontró dentro de una caja.

Ya tenía diez años.

Lo sostuvo frente a mí.

—Es feísimo.

—Muchas gracias.

—¿De verdad dormí agarrada a esto?

—Durante horas.

Adrián estaba preparando café.

—No dejabas que nadie lo tocara.

Lucía lo observó.

—¿Ni tú?

—Especialmente yo.

Ella rio.

Después se puso seria.

—¿Yo estaba muy asustada?

Adrián dejó la cafetera.

Se sentó junto a ella.

—Sí.

—¿Y mamá?

Irene estaba fuera de Barcelona por trabajo.

Seguíamos todos formando parte de la misma familia extraña que habíamos construido.

—Tu madre también tuvo miedo —respondí.

Lucía acarició el tejido.

—¿Y tú?

Pensé en mi madre.

En Ramón.

En Tomás Vidal.

En la mujer que había sido durante tantos años sin saber realmente de dónde venía.

—Muchísimo.

Lucía frunció el ceño.

—No parecía.

Sonreí.

—Ser valiente no significa no tener miedo.

—¿Entonces qué significa?

Adrián respondió antes que yo.

—Quedarte cuando tienes razones para huir.

Lo miré.

Había aprendido.

Lucía dobló cuidadosamente el delantal.

—Entonces Alba fue valiente.

Adrián sonrió.

—Más que cualquiera de nosotros.

—No exageres.

—Déjame quedar bien delante de mi hija.

Lucía puso los ojos en blanco.

—Los adultos sois rarísimos.

Salió de la habitación.

Adrián me miró.

—Tiene razón.

—Completamente.

Nos quedamos en silencio.

Después observé el viejo delantal.

Todo había comenzado con una niña aterrorizada que entró en un restaurante buscando un lugar seguro.

Pero aquella noche no solo cambió su vida.

También cambió la mía.

Durante treinta años había creído que era la hija de una mujer que no había querido quedarse.

Después descubrí algo mucho más difícil.

Mi madre sí me había querido.

Y aun así había cometido decisiones capaces de hacer daño.

Comprendí que amor y bondad no siempre eran la misma cosa.

Que compartir sangre no convertía automáticamente a alguien en familia.

Y que tener poder no hacía fuerte a una persona.

Adrián había tenido hombres, dinero, propiedades y miedo a su alrededor.

Pero no supo cómo ayudar a su propia hija hasta que una camarera desconocida se sentó en el suelo y simplemente la abrazó.

Yo había pasado toda mi vida buscando respuestas sobre mi familia.

Y al final encontré algo mejor.

La libertad de decidir quién merecía formar parte de ella.

Miré a Adrián.

—¿En qué piensas?

—En que aquella noche me ofreciste pagarme lo que quisiera.

Él sonrió.

—Fue una propuesta bastante mala.

—Muy mala.

—¿Qué habrías pedido si hubieras aceptado?

Pensé unos segundos.

Después miré hacia la puerta por la que Lucía acababa de salir.

—Nada que pudieras comprar.

Adrián asintió.

Ya entendía.

Porque las cosas que realmente nos habían salvado nunca habían tenido precio.

La confianza de una niña.

La verdad de una hermana.

La posibilidad de empezar de nuevo.

Y el valor de quedarse cuando todo dentro de ti te pide que corras.

Mi madre pasó décadas huyendo de su pasado hasta convertirse en parte de aquello de lo que intentaba escapar.

Yo elegí otra cosa.

No heredé su organización.

No heredé sus enemigos.

No heredé su guerra.

Me quedé con una pequeña pieza de plata.

Un restaurante.

Una familia imperfecta.

Y un viejo delantal que una niña seguía guardando porque, durante la peor noche de su vida, había olido a café, jabón y seguridad.

Eso fue todo.

Y terminó siendo suficiente.

Porque aquella niña no necesitaba al hombre más poderoso de Barcelona.

Necesitaba un lugar donde poder cerrar los ojos sin miedo.

Y yo tampoco necesitaba recuperar el pasado que me habían robado.

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Solo necesitaba dejar de vivir esperando que regresara.

FIN.

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