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Aug 29, 2026 · 1 chapters

CINCO MUJERES PODEROSAS LO QUERÍAN… PERO EL JEFE DE LA MAFIA ELIGIÓ A LA CAMARERA

PARTE I — LA CAMARERA QUE HIZO QUE ADRIAN MORETTI ABANDONARA LA MESA

El salón principal del Hotel Carrington brillaba con tanto cristal que, durante unas horas, la pobreza parecía una historia inventada por otra clase de personas.

Tres enormes lámparas de araña descendían del techo pintado.

Un cuarteto de cuerda tocaba junto a unas columnas cubiertas de orquídeas blancas.

El champán circulaba sobre bandejas de plata.

Empresarios, diplomáticos, abogados y herederos hablaban en voz baja mientras fingían no observar quién entraba, quién se sentaba con quién y qué mano estrechaba a cuál.

En aquel mundo, una sonrisa podía valer millones.

Una invitación podía cerrar un acuerdo.

Y un matrimonio podía detener una guerra.

Liya Hart llevaba once horas de pie.

Vestía el uniforme negro del personal del Carrington, cuello blanco impecable y un delantal claro anudado a la cintura. Se había recogido el cabello oscuro en un moño tan apretado que empezaba a dolerle la cabeza.

Los zapatos le abrasaban los pies.

No había comido desde el mediodía.

Nada de aquello importaba.

Necesitaba terminar el turno.

Ochocientos dólares.

Eso era lo que cobraría por aquella gala privada, incluyendo las horas extraordinarias y la bonificación que el director de catering había prometido si nadie abandonaba el servicio antes de medianoche.

Ochocientos dólares significaban una semana más de enfermera para su madre.

Dos medicamentos.

Quizá tres.

Una parte del alquiler.

Liya había aprendido a medir la vida en facturas.

Su teléfono vibró dentro del bolsillo del delantal.

No debía mirarlo.

La política del hotel era estricta.

Pero conocía aquel patrón de vibración.

La enfermera de su madre.

Liya dejó una bandeja en la estación de servicio y sacó discretamente el teléfono.

Leyó el mensaje.

Tu madre tuvo una reacción a las 18:42. La hemos estabilizado. Llámame en cuanto puedas.

Durante cinco segundos, el salón continuó moviéndose.

Las copas siguieron chocando.

Los violines siguieron tocando.

Una mujer cubierta de diamantes soltó una carcajada.

Un camarero pasó junto a Liya con una botella de champán.

Pero Liya dejó de estar allí.

Su madre.

Eleanor Hart.

Cincuenta y nueve años.

Linfoma en estadio tres.

Una mujer que hasta hacía nueve meses trabajaba como bibliotecaria, arreglaba ella misma los grifos de casa y jamás aceptaba que otra persona cargara sus bolsas del supermercado.

Ahora pesaba doce kilos menos.

Había perdido el cabello.

Había aprendido a distinguir medicamentos por el color de sus envases.

Y Liya había abandonado la universidad a mitad del semestre para cuidarla.

A los veinticuatro años conocía palabras que nunca había querido aprender.

Tratamiento no incluido.

Autorización previa.

Reclamación denegada.

Alternativa genérica obligatoria.

Palabras educadas.

Palabras administrativas.

Palabras capaces de aterrorizar a una familia sin levantar nunca la voz.

Liya entró en el pasillo de servicio.

Llamó.

Una vez.

Nada.

Volvió a llamar.

Nada.

—Contesta, por favor...

Una lágrima cayó sobre la pantalla.

Llamó una tercera vez.

Buzón de voz.

—Liya.

Ella se giró.

El supervisor del catering, Daniel Webb, estaba al final del pasillo.

—¿Qué haces?

Liya se secó inmediatamente la cara.

—Mi madre está enferma. Ha tenido una reacción.

Daniel miró el reloj.

—¿Necesitas irte?

La pregunta parecía comprensiva.

Liya sabía que no lo era.

—No sé.

—Si abandonas el turno, pierdes la bonificación completa.

Ochocientos dólares.

Liya cerró los ojos.

—Entiendo.

—Lo siento.

Pero Daniel ya estaba mirando la lista de mesas.

—Necesito que vuelvas al salón.

Ella guardó el móvil.

—Sí.

Se miró en un pequeño espejo.

Ojos rojos.

Nariz ligeramente rosada.

Respiró profundamente.

Luego regresó.


Fue entonces cuando casi chocó contra Adrian Moretti.

Liya todavía no sabía exactamente quién era.

Solo sabía que el salón había cambiado cuando él entró.

No de forma evidente.

Nadie anunció su nombre.

Nadie dejó de hablar.

Sin embargo, hombres que ocupaban portadas de revistas financieras se apartaron discretamente de su camino.

Un juez retirado interrumpió una conversación para saludarlo.

La esposa de un embajador bajó la copa mientras fingía admirar las flores.

Adrian vestía completamente de negro.

Traje negro.

Camisa negra.

Corbata negra.

No llevaba ningún detalle llamativo salvo un reloj de acero oscuro.

Tendría treinta y siete o treinta y ocho años.

Cabello negro, ligeramente ondulado.

Mandíbula marcada.

Una expresión tranquila que resultaba mucho más intimidante que la arrogancia.

Estaba sentado en un amplio sillón de cuero cuando Liya se acercó con la bandeja.

Y alrededor de él estaban las cinco mujeres de las que todo el personal llevaba horas hablando.

No porque fueran hermosas.

Aunque lo eran.

Sino porque cada una podía cambiar la vida de cientos de personas con una firma.

Bianca Bellini, heredera de un imperio de transporte marítimo.

Vestido rojo oscuro.

Cabello negro.

Treinta y tres años.

Tres idiomas y dos másteres.

Su padre controlaba terminales portuarias desde Baltimore hasta Savannah.

Victoria Hale, abogada corporativa y miembro de una de las familias políticas más influyentes de Virginia.

Vestido verde esmeralda.

Sonrisa elegante.

Era el tipo de mujer que podía entrar en una sala llena de hombres y conseguir que fueran ellos quienes se sintieran invitados.

Celeste Arden, propietaria de una cadena de medios y productoras.

Vestido plateado.

Cabello rubio.

Una fortuna heredada que había conseguido triplicar antes de los treinta y cinco.

Nadia Kareem, directora de un fondo inmobiliario internacional.

Vestido dorado.

Educada en Londres.

Su familia tenía hoteles en cuatro continentes.

Y finalmente Sofia Romano.

La más silenciosa.

Vestido negro con detalles de pedrería.

Nieto y heredera empresarial de una familia italiana que llevaba generaciones haciendo negocios con los Moretti.

En otra vida, cualquiera de aquellas cinco mujeres habría podido elegir entre cien hombres poderosos.

Aquella noche estaban sentadas alrededor del mismo.

Adrian Moretti.

Y todos sabían por qué.

Cinco familias.

Cinco alianzas posibles.

Cinco maneras distintas de consolidar un imperio.

Liya no estaba pensando en nada de eso.

Solo quería terminar de servir aquella mesa sin derramar nada.

—¿Champán, señor?

Adrian levantó la mirada.

Liya sintió inmediatamente la intensidad de aquellos ojos.

Él no tomó una copa.

—Has estado llorando.

Liya se quedó inmóvil.

Bianca miró discretamente hacia ella.

Victoria dejó de hablar.

—Estoy bien —respondió Liya.

Adrian mantuvo los ojos en su rostro.

—No.

Una sola palabra.

Sin dureza.

Sin compasión fingida.

Solo certeza.

Liya bajó la mirada.

—Disculpe.

Intentó alejarse.

—Espera.

Ella se detuvo.

—¿Qué ha ocurrido?

—Nada que tenga que ver con su mesa, señor.

La respuesta hizo que Celeste arquease ligeramente una ceja.

Poca gente contestaba así a Adrian Moretti.

Pero Adrian no pareció molesto.

—Entonces no te preguntaré por la mesa.

Liya tragó saliva.

Quizá fue el agotamiento.

Quizá el miedo.

Quizá simplemente necesitaba decírselo a alguien antes de romperse.

—Mi madre está recibiendo tratamiento contra el cáncer.

Adrian no se movió.

—Esta tarde tuvo una reacción al medicamento. Dicen que está estable, pero nadie responde ahora.

—¿Dónde está?

—En casa.

—¿Sola?

—Con una enfermera.

Adrian sacó el teléfono.

—Dirección.

Liya parpadeó.

—¿Qué?

—La dirección de tu madre.

—No.

Fue tan inmediato que varias personas en la mesa la miraron.

Adrian también.

—¿No?

—No sé quién es usted.

Por primera vez, una sombra de sorpresa cruzó su rostro.

Después algo parecido a respeto.

—Eso es razonable.

Guardó el teléfono.

—Mi nombre es Adrian Moretti.

Liya lo miró.

El apellido le resultaba conocido.

No sabía de dónde.

—Puedo enviar un médico especializado en oncología para comprobarla. Nada más.

—No puedo pagar un médico privado.

—No he hablado de dinero.

—Precisamente.

Adrian sostuvo su mirada.

—No habrá deuda.

Liya negó.

—La gente como usted nunca hace cosas gratis.

Aquella frase provocó un silencio incómodo.

Sofia Romano sonrió ligeramente, como si alguien acabara de decir en voz alta algo que ella llevaba años pensando.

Adrian no se ofendió.

—Normalmente tienes razón.

—¿Y esta vez?

Él miró sus ojos todavía húmedos.

—Esta vez no quiero que tu madre esté sola mientras tú sirves champán a personas que pueden servírselo ellas mismas.

Bianca bajó lentamente su copa.

Liya no supo qué decir.

Adrian volvió a sacar el teléfono.

—Puedes llamarlo tú.

Le mostró un contacto.

Dr. Samuel Rice — Oncología.

—Pregúntale su nombre, su hospital, lo que necesites. Si después quieres que vaya, irá.

No había presión.

Eso fue lo que hizo que Liya aceptara.

Tres minutos después, el doctor Rice estaba hablando directamente con ella.

Cinco minutos después, una ambulancia privada se dirigía hacia la casa de Eleanor.

Y siete minutos más tarde, Adrian miró a Liya y dijo:

—Ahora vete.

Liya negó.

—Necesito terminar el turno.

—Te pagarán.

—¿Usted va a pagarme?

—Sí.

—No quiero caridad.

Adrian quedó callado.

Después asintió.

—Tienes razón.

Aquello la sorprendió más que todo lo demás.

Él miró hacia el director del catering, que acababa de acercarse nerviosamente.

—Señor Webb.

—Señor Moretti.

—¿La señorita Hart ha trabajado once horas?

—Sí.

—¿Y perderá su bonificación si sale ahora por una emergencia familiar?

Daniel parecía querer desaparecer.

—Es la política del evento.

Adrian sacó la cartera.

Liya levantó una mano.

—No.

Él la miró.

—No quiero que compre mi turno.

Adrian guardó la cartera.

—Bien.

Se volvió hacia Daniel.

—Entonces el Carrington le pagará las horas trabajadas y la bonificación completa.

—Señor Moretti, yo—

—Y si el hotel no puede asumir ochocientos dólares por una trabajadora que ha estado once horas de pie mientras su madre está enferma, mañana hablaré personalmente con el propietario sobre la estructura financiera del establecimiento.

Daniel palideció.

—Se pagará.

Adrian miró de nuevo a Liya.

—Así es mejor.

Ella casi sonrió.

—Mucho.

—Ve con tu madre.

Liya se quitó el delantal.

Y al hacerlo, vio las miradas alrededor de aquella mesa.

Cinco mujeres poderosas.

Cinco familias.

Cinco alianzas.

Todas observaban al hombre que acababa de levantarse de su propia gala por una camarera.

Ninguna dijo nada.

Pero todos en el salón habían visto suficiente.


Veinte minutos después, Liya iba dentro de un sedán negro hacia Alexandria.

Adrian estaba sentado al otro lado.

—No era necesario que viniera.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué está aquí?

—Porque el doctor Rice trabaja conmigo en una fundación médica. Si surge un problema con la coordinación, puedo resolverlo más rápido.

Liya lo observó.

—Tiene una respuesta para todo.

—No.

Adrian miró por la ventana.

—Simplemente tengo recursos.

La lluvia golpeaba el cristal.

Durante el camino, él realizó varias llamadas.

Ninguna fue para presumir.

No mencionó cuánto costaban el médico o la ambulancia.

No le tomó la mano.

No le prometió que Eleanor estaría bien.

No convirtió el miedo de Liya en una oportunidad para parecer generoso.

Cuando llegaron, la casa estaba iluminada.

El doctor Rice abrió la puerta.

—Liya.

Ella entró corriendo.

Eleanor estaba tumbada en el sofá.

Pálida.

Agotada.

Pero consciente.

—Mamá.

—Hola, cariño.

Liya cayó de rodillas a su lado.

—¿Qué pasó?

El doctor Rice explicó la reacción.

El tratamiento alternativo impuesto por la aseguradora había provocado una hipersensibilidad grave.

La enfermera asignada no tenía suficiente experiencia en oncología y había tardado demasiado en reconocer los síntomas.

Eleanor estaba estable.

Necesitaban modificar el tratamiento.

Pero estaba fuera de peligro inmediato.

Liya apoyó la frente contra la mano de su madre.

Lloró.

Una sola vez.

Profundamente.

Cuando levantó la cabeza, Adrian ya no estaba en la habitación.

Lo encontró casi una hora más tarde fuera de la casa.

De pie bajo la luz amarilla del porche.

—¿Por qué se fue?

—Era un momento entre tú y tu madre.

Liya se quedó junto a él.

—La mayoría de los hombres que hacen algo como lo que usted hizo esta noche se asegurarían de estar dentro para recibir las gracias.

—Conozco a esos hombres.

—¿Y usted no es uno de ellos?

Adrian tardó en responder.

—Estoy intentando no serlo.

Su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Contestó.

—Sí.

Escuchó menos de un minuto.

Su rostro cambió.

No mucho.

Pero lo suficiente para que Liya lo notara.

—¿Qué ocurre?

Adrian terminó la llamada.

—Mi tío sabe dónde estoy.

—¿Y qué?

Él miró hacia la calle mojada.

—La gala de esta noche no era realmente una gala.

—¿Entonces?

—Era una negociación.

Liya frunció el ceño.

Adrian señaló vagamente hacia Washington.

—Las cinco mujeres que estaban conmigo representan cinco alianzas distintas.

—¿Alianzas empresariales?

Adrian la miró.

—Algunas.

La palabra quedó flotando entre ambos.

—¿Quién es usted exactamente?

Adrian respiró lentamente.

—Eso es lo que debería haberte explicado antes de subirte a mi coche.

—Sí.

—Mi familia tiene empresas legales.

—¿Y?

—Y otras cosas que durante muchos años no lo fueron.

Liya sintió que el frío de la lluvia parecía entrarle bajo la piel.

—¿Está diciendo que es un criminal?

—Estoy diciendo que nací dentro de una familia que construyó su poder haciendo cosas que no pienso defender.

—Eso no responde.

—No.

Adrian sostuvo su mirada.

—Así que mañana volveré y te contaré exactamente quién soy.

Liya cruzó los brazos.

—¿Por qué mañana?

—Porque esta noche tu madre necesita que estés pensando en ella.

Adrian abrió la puerta del coche.

Después se detuvo.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—En aquella sala había personas que llevan años observándome para descubrir qué me importa.

Liya sintió un nudo en el estómago.

—Y esta noche lo vieron salir por una camarera.

Adrian negó.

—No.

La miró directamente.

—Me vieron salir porque tú estabas llorando.

Silencio.

—Ahora saben tu nombre.

Liya sintió verdadero miedo por primera vez.

—¿Qué significa eso?

Adrian respondió sin suavizarlo.

—Que estar cerca de mí puede costarte más de lo que crees.

Y se marchó.


Adrian regresó a la mañana siguiente.

Sin escolta visible.

Sin traje negro.

Llevaba una camisa blanca y un abrigo oscuro.

Eleanor dormía.

Liya lo hizo pasar a la cocina.

—Tiene cinco minutos.

Adrian se sentó.

—Mi abuelo construyó el Grupo Moretti mezclando negocios legítimos con contrabando, extorsión y apuestas.

Liya no dijo nada.

—Mi padre continuó parte de aquello.

—¿Y usted?

—Cuando murió hace seis años heredé todo.

—Eso tampoco responde.

Adrian asintió.

—He hecho cosas de las que no estoy orgulloso.

Liya sintió que la sinceridad le daba más miedo que cualquier mentira.

—¿Ha matado a alguien?

Adrian la miró durante varios segundos.

—Nunca personalmente.

No era exactamente alivio.

—Pero ha ordenado que hagan daño a personas.

—Sí.

Liya apartó la vista.

—Entonces debería irse.

Adrian se levantó inmediatamente.

Aquello la sorprendió.

—¿Eso es todo?

—Has dicho que me vaya.

—Pensé que hombres como usted no aceptaban un no.

—Entonces quizá todavía puedes aprender algo distinto sobre mí.

Llegó a la puerta.

—Mi tío, Lorenzo Moretti, cree que la única forma de mantener nuestra posición es una alianza matrimonial.

—¿Con una de las cinco?

—Sí.

—¿Y usted qué piensa?

Adrian abrió la puerta.

—Que no quiero casarme con una mujer porque su apellido haga subir el valor de mis empresas.

Liya sostuvo su mirada.

—Eso no significa que deba elegir una camarera.

Algo cambió en los ojos de Adrian.

—No he elegido a nadie.

—Bien.

—Pero si algún día lo hago...

Se detuvo.

—Quiero que sea porque esa persona me obliga a recordar quién quiero ser, no quién esperan que sea.

Y se marchó.


Durante los siguientes cuatro días, Adrian no llamó.

No mandó flores.

No envió regalos.

No apareció.

Eso molestó a Liya más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Eleanor la observó desde el sofá una tarde.

—Estás mirando mucho el teléfono.

—No.

—Liya.

—Estoy esperando noticias de la aseguradora.

—Claro.

Eleanor sonrió.

—¿Cómo se llama?

—¿Quién?

—El hombre de cara seria que pagó para que un oncólogo apareciera en mi casa en veinte minutos.

—No pagó para impresionarme.

—Eso no era lo que preguntaba.

Liya resopló.

—Adrian.

—Nombre peligroso.

—Mamá.

—¿Es guapo?

—Tiene relaciones con la mafia.

Eleanor se quedó en silencio.

—Ah.

Liya se cruzó de brazos.

—Exactamente.

—Pero ¿es guapo?

—¡Mamá!

Eleanor comenzó a reír.

Era una risa débil.

Pero era suya.

Y Liya tuvo que reír también.


El quinto día llegó una carta del seguro.

El medicamento que el doctor Rice recomendaba no estaba cubierto.

El coste mensual era una cantidad que Liya no podía ni pronunciar sin marearse.

Volvió a llamar.

Apelación.

Transferencia.

Espera.

Denegación.

Otra apelación.

Dos horas después estaba sentada en el suelo de la cocina llorando silenciosamente.

Eleanor dormía.

No podía verla así.

Su teléfono vibró.

Adrian Moretti.

Liya miró el nombre.

No contestó.

Volvió a sonar.

Nada.

Un mensaje.

No voy a preguntarte si estás bien porque mentirías. Solo dime si tu madre está estable.

Liya soltó una risa involuntaria.

Respondió:

Está estable. El seguro rechazó el nuevo tratamiento.

Adrian tardó menos de un minuto.

¿Quieres que te ayude a apelar?

Liya observó la pregunta.

No decía:

Voy a solucionarlo.

No decía:

Ya está pagado.

Preguntaba.

Eso importaba.

Sí. Solo con la apelación.

Adrian respondió:

Solo con la apelación.

Una hora después, un abogado especializado en cobertura sanitaria llamó a Liya.

No prometió milagros.

Revisó el expediente.

Encontró dos errores administrativos.

Presentó una apelación urgente firmada por el oncólogo.

Tres días después, el tratamiento fue aprobado.

Liya llamó a Adrian.

—Gracias.

—El abogado hizo el trabajo.

—Usted lo consiguió.

—Tú me permitiste hacer una llamada.

—No sabe aceptar agradecimientos.

—No tengo mucha práctica.

Silencio.

—¿Cómo está Eleanor?

—Enfadada porque no la dejo lavar los platos.

—Eso parece buena señal.

Liya sonrió.

—Sí.

Adrian permaneció en silencio.

—¿Algo más? —preguntó ella.

—Sí.

—¿Qué?

—Cena conmigo.

Liya cerró los ojos.

—Adrian...

—No esta noche.

—Entonces ¿cuándo?

—Cuando tú quieras.

Aquello era demasiado razonable para un hombre supuestamente peligroso.

—No sé si es una buena idea.

—Probablemente no.

Liya soltó una carcajada.

—Vaya forma de convencerme.

—Estoy intentando ser honesto.

—Lo pensaré.

—Eso es suficiente.


Mientras Liya pensaba, otras personas tomaban decisiones por ellos.

Lorenzo Moretti llevaba cuarenta años dentro de la familia.

Había enseñado a Adrian a disparar antes de enseñarle a conducir.

Había estado junto a su padre cuando murió.

Y creía firmemente en una regla:

Nada valía más que la supervivencia del apellido.

Cuando recibió las fotografías de Adrian saliendo de la gala con Liya, no vio una historia romántica.

Vio una vulnerabilidad.

—Una camarera —dijo mirando la imagen.

Bruno Costa, jefe de seguridad de Adrian, no respondió.

—¿Después de rechazar a Bellini, Romano, Kareem, Arden y Hale?

—No ha rechazado a nadie todavía.

Lorenzo miró hacia él.

—Ya lo ha hecho.

Dejó la fotografía sobre la mesa.

—Solo que aún no lo sabe.


Dos semanas más tarde, Liya regresó al Carrington.

Eleanor había comenzado el nuevo tratamiento.

Las facturas seguían existiendo.

La vida también.

Aquella noche se celebraba otra recepción privada.

Liya descubrió quién la organizaba cuando ya llevaba puesto el uniforme.

Fundación Moretti.

—Perfecto —murmuró.

El salón era el mismo.

Las lámparas.

Las mesas.

El cuarteto.

Y las cinco mujeres.

Bianca.

Victoria.

Celeste.

Nadia.

Sofia.

Todas estaban allí.

Adrian también.

Cuando la vio entrar con una bandeja, dejó de escuchar al hombre que hablaba a su lado.

Liya lo notó.

También lo notaron las cinco mujeres.

Bianca fue la primera en sonreír.

—Así que ella es Liya.

Adrian la miró.

—No empieces.

—No he dicho nada.

Sofia Romano tomó una copa.

—No hace falta.

Liya se acercó a la mesa.

—Champán.

Adrian la observó.

—Hola.

—Señor Moretti.

—Eso ha dolido.

—Estoy trabajando.

Bianca ocultó una sonrisa.

Victoria dijo:

—Relájate, Adrian. No vamos a devorarla.

Liya levantó una ceja.

—Eso sería incómodo para el servicio.

Celeste soltó una carcajada.

Adrian tuvo que mirar hacia otro lado para ocultar la sonrisa.

Aquello duró cinco segundos.

Entonces un camarero se acercó a Liya.

—Te han dejado esto.

Era un sobre.

Sin nombre.

Liya lo abrió discretamente.

Dentro había una fotografía.

Eleanor saliendo de la clínica aquella mañana.

En la parte posterior había una frase:

ALGUNOS HOMBRES CUESTAN DEMASIADO. ALÉJATE ANTES DE QUE PAGUE TU MADRE.

El mundo se detuvo.

Adrian vio inmediatamente su rostro.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Liya.

Ella guardó el papel.

—Estoy trabajando.

Intentó marcharse.

Adrian le sujetó suavemente la muñeca.

No con fuerza.

Solo para detenerla.

—Mírame.

Liya lo hizo.

Adrian vio miedo.

No tristeza.

Miedo.

Soltó su muñeca.

—¿Qué te han dado?

Liya sacó la fotografía.

La expresión de Adrian desapareció.

Por completo.

Bianca se levantó.

—¿Qué ocurre?

Adrian entregó la fotografía a Bruno.

—Quiero saber quién la trajo.

Liya negó.

—No.

—Liya—

—No convierta esto en una guerra.

—Han fotografiado a tu madre.

—Precisamente.

Adrian se acercó.

—No voy a permitir—

—Eso es lo que usted siempre dice.

Liya tenía lágrimas en los ojos.

—Que va a proteger. Que va a controlar. Que va a resolver.

—Porque puedo.

—¿Y sabe qué no puede hacer?

Adrian quedó callado.

—No puede darme una vida normal mientras siga siendo el hombre al que todo el mundo quiere atacar a través de cualquiera que le importe.

Aquello le atravesó.

Las cinco mujeres guardaron silencio.

Cientos de invitados continuaban hablando alrededor.

Pero en aquel pequeño círculo nadie se movía.

Liya se quitó el delantal.

Lo colocó sobre la bandeja.

—No puedo hacer esto.

—¿Qué cosa?

Ella lo miró.

—Convertirme en otra cosa que puedan usar contra usted.

Adrian bajó la voz.

—Tú no eres una cosa.

—Entonces demuéstrelo.

—¿Cómo?

Liya respiró con dificultad.

—No me elija delante de ellos si mañana va a seguir eligiendo este mundo.

Y se marchó.

Adrian permaneció inmóvil.

Lorenzo, desde el otro lado del salón, lo estaba observando.

Esperaba que Adrian corriera tras ella.

No lo hizo.

Adrian miró primero a las cinco mujeres.

Después a su tío.

Y finalmente a los cientos de invitados que habían esperado durante meses una decisión.

Bianca Bellini dejó su copa sobre la mesa.

—Creo que por fin entendiste la pregunta correcta.

Adrian la miró.

—¿Cuál?

—No se trata de cuál de nosotras vas a elegir.

Bianca señaló discretamente la puerta por la que Liya acababa de salir.

—Se trata de qué clase de hombre quieres ser cuando lo hagas.

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Aquella noche Adrian Moretti tomó la primera decisión que verdaderamente puso en peligro su imperio.

Y no tuvo nada que ver con una mujer.

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