PARTE II — EL HOMBRE QUE TUVO QUE PERDER SU IMPERIO ANTES DE PODER ELEGIRLA

Adrian no persiguió a Liya.
Por primera vez, entendió que hacerlo habría sido exactamente lo contrario de escucharla.
En lugar de eso subió al último piso del Carrington.
Lorenzo lo esperaba en una sala privada.
—Una escena magnífica —dijo su tío.
Adrian cerró la puerta.
—¿Fuiste tú?
Lorenzo ni siquiera fingió no comprender.
—¿La fotografía?
Silencio.
Aquello fue suficiente.
Adrian sintió que algo dentro de él se enfriaba.
—Fotografiaste a una mujer enferma.
—Mandé un mensaje.
—Amenazaste a Eleanor Hart.
—No.
Lorenzo sirvió whisky.
—Recordé a una camarera que jugar con hombres como nosotros tiene consecuencias.
Adrian avanzó un paso.
—Vuelve a acercarte a ellas y olvidaré que eres hermano de mi padre.
Lorenzo sonrió.
—Ahí está.
—¿Qué?
—El hombre que todos necesitamos que seas.
Adrian lo miró.
—Ese es el problema.
Lorenzo frunció el ceño.
—¿Cuál?
—Que ya no estoy seguro de querer seguir siendo ese hombre.
La sonrisa desapareció.
—No seas ridículo.
—¿Quieres saber qué vi esta noche?
—Una camarera humillándote delante de tus aliados.
—No.
Adrian se acercó a la ventana.
Washington brillaba a lo lejos.
—Vi cinco mujeres con más poder que la mayoría de los hombres de esa sala sentadas como si fueran opciones de un catálogo porque tú y otras familias decidieron que nuestros apellidos necesitaban cruzarse.
Lorenzo soltó una risa.
—Así funciona el mundo.
—Nuestro mundo.
—El único que importa.
Adrian negó.
—Eso es lo que mi padre decía.
—Tu padre murió siendo respetado.
—Mi padre murió sin saber quién de sus amigos esperaba quedarse con su territorio.
Lorenzo apretó la mandíbula.
—Cuidado.
Adrian se giró.
—He pasado seis años limpiando empresas que él dejó contaminadas.
—Has pasado seis años volviéndote débil.
—No.
Adrian sonrió sin humor.
—Solo tardé seis años en comprender que miedo y respeto no son la misma cosa.
A la mañana siguiente, Adrian reunió a sus abogados.
Después a los responsables de las empresas legales.
Luego a Bruno.
—Quiero separar completamente las compañías limpias de cualquier operación de la familia.
Bruno lo observó.
—Eso no será rápido.
—No me importa.
—Lorenzo se opondrá.
—Lo sé.
—Algunas personas dependen del sistema actual.
Adrian cerró una carpeta.
—Entonces empezaremos por ellos.
Bruno entendió.
Durante semanas revisaron sociedades, contratos y cuentas.
No para ocultarlas.
Para exponerlas a sus propios abogados.
Adrian comenzó a cerrar rutas que su padre había utilizado durante años.
Canceló acuerdos.
Vendió activos.
Bloqueó intermediarios.
Se negó a autorizar amenazas contra empresarios que abandonaban el grupo.
Aquello que no podía convertirse en legal desaparecía.
Cada decisión le costaba dinero.
Y enemigos.
Muchos.
Pero también produjo algo inesperado.
Las cinco mujeres que supuestamente debían competir por él empezaron a tomar sus propias decisiones.
Bianca Bellini fue la primera.
Entró en el despacho de Adrian sin cita.
—Mi padre está furioso contigo.
—Lo imaginaba.
—La alianza portuaria dependía de nuestro compromiso.
—Nunca hubo compromiso.
—Para nosotros, no.
Bianca dejó una carpeta.
—Para nuestros padres, sí.
Adrian la abrió.
Dentro había documentos.
Propuestas de Lorenzo.
Distribuciones territoriales.
Porcentajes.
Y una página especialmente desagradable.
Matrimonio Bellini-Moretti: estabilización de intereses comunes.
Adrian levantó la mirada.
—¿Por qué me das esto?
—Porque estoy cansada de que hombres mayores escriban mi nombre en una hoja como si fuera un contenedor del puerto.
Adrian sonrió.
—Nunca quise casarme contigo.
—Gracias. Siempre soñé con escuchar eso.
Ambos rieron.
Después Bianca se puso seria.
—Y otra cosa.
—¿Qué?
—Liya tenía razón.
Adrian bajó la mirada.
—Lo sé.
—Elegirla públicamente no habría significado nada si seguías siendo un hombre del que ella tuviera que esconder a su madre.
Aquella frase permaneció con él.
Victoria Hale ayudó a revisar las estructuras jurídicas de varias sociedades.
Celeste Arden se negó a publicar las historias que Lorenzo intentó filtrar sobre Liya.
Nadia Kareem suspendió una inversión hasta que las cuentas fueran completamente auditadas.
Sofia Romano canceló un acuerdo que su familia llevaba años manteniendo con Lorenzo.
No porque amaran a Adrian.
Ni porque quisieran ayudar a la camarera.
Lo hicieron porque, por primera vez, alguien había dicho en voz alta que ellas tampoco eran premios.
La mesa de las cinco mujeres se convirtió en algo que Lorenzo jamás había previsto:
Cinco puertas cerrándose delante de él.
Liya no sabía nada de aquello.
No hablaba con Adrian.
Se concentró en Eleanor.
El nuevo tratamiento fue duro.
Hubo días buenos.
Otros en que Eleanor no podía levantarse.
Una noche, mientras Liya le cambiaba las sábanas después de otra crisis de náuseas, su madre dijo:
—Lo echas de menos.
—Mamá.
—Puedes decirme que no.
—No.
—Muy bien.
Eleanor sonrió débilmente.
—Pero seguirás mintiendo.
Liya se sentó en el borde de la cama.
—No puedo estar con alguien así.
—¿Así cómo?
—Peligroso.
—¿Lo es contigo?
Liya pensó.
—No.
—¿Entonces?
—El peligro lo sigue.
Eleanor guardó silencio.
—Eso es diferente.
—No lo suficiente.
—Quizá.
Eleanor tomó la mano de su hija.
—Pero no cometas el error de pensar que amar a alguien significa aceptar todo de él.
—No estoy enamorada.
Su madre levantó una ceja.
Liya suspiró.
—No me mires así.
—Tengo cáncer, no soy ciega.
Liya comenzó a reír.
Después lloró.
Eleanor la abrazó.
—Si vuelve —dijo—, no preguntes qué está dispuesto a darte.
—¿Qué debería preguntar?
—Qué está dispuesto a dejar.
Tres semanas después, Adrian apareció.
No en la casa.
En la clínica.
Esperó en la cafetería hasta que Liya terminó de acompañar a Eleanor.
Cuando ella lo vio, se detuvo.
Adrian parecía cansado.
Había perdido peso.
—Hola.
—Hola.
—No sabía si vendrías si te llamaba.
—Probablemente no.
—Por eso vine aquí.
Liya cruzó los brazos.
—Eso no es mucho mejor.
—Puedo irme.
Él lo dijo en serio.
Liya señaló la silla.
—Siéntate.
Adrian obedeció.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Mi tío envió la fotografía —dijo él.
Liya lo miró.
—Lo imaginaba.
—Ya no tiene acceso a ninguna operación del grupo.
—¿Qué significa eso?
Adrian abrió una carpeta.
Liya no la tocó.
—No quiero documentos.
—Entonces no los mires.
Él cerró la carpeta.
—He cerrado las operaciones que no podía defender delante de un tribunal. Estamos auditando todas las demás.
Liya frunció el ceño.
—¿Por mí?
Adrian negó.
—Empezó por ti.
Aquello era distinto.
—¿Y ahora?
—Ahora porque debería haberlo hecho hace seis años.
Liya bajó lentamente los brazos.
—¿Qué va a pasar?
—Voy a perder mucho dinero.
—Adrian...
—También influencia. Algunos hombres que me llamaban hermano dejarán de hacerlo.
—¿Y su familia?
—Parte me odiará.
—¿Y Lorenzo?
—Probablemente intentará destruirme.
Liya sintió miedo.
—Entonces ¿por qué?
Adrian la miró.
—Porque me preguntaste cómo podía demostrar que no eras una cosa que otros pudieran utilizar contra mí.
Pausa.
—La respuesta no era protegerte mejor.
Liya sintió que se le humedecían los ojos.
—Era dejar de vivir de una forma que hiciera necesario protegerte de mi propio mundo.
Ninguno habló.
Liya miró hacia la ventana.
—Eso no borra lo que ha hecho.
—Lo sé.
—No convierte su pasado en bueno.
—Lo sé.
—Y no significa que vaya a estar con usted.
Adrian sonrió ligeramente.
—También lo sé.
—Entonces ¿qué quiere?
Él respiró.
—Invitarte a un café.
Liya miró el vaso que tenía delante.
—Ya estamos tomando café.
Adrian observó su taza.
—Entonces está funcionando mejor de lo que esperaba.
Liya soltó una risa.
Pequeña.
Involuntaria.
Adrian la miró como si acabara de ganar algo que ningún negocio podía comprar.
Lorenzo Moretti no aceptó perder.
Dos semanas después filtró documentos antiguos de la familia a varios medios.
Algunos eran reales.
Otros estaban manipulados.
El nombre de Adrian apareció en titulares.
Empresas cancelaron reuniones.
Socios retiraron capital.
El consejo del Grupo Moretti convocó una reunión extraordinaria.
Lorenzo esperaba obligar a Adrian a recuperar el control por la fuerza.
Adrian hizo lo contrario.
Entregó voluntariamente a sus abogados toda la documentación interna relacionada con las operaciones que estaba cerrando.
Aceptó investigaciones.
Renunció temporalmente a ciertos cargos ejecutivos.
Vendió propiedades.
Creó un fondo independiente para compensar a pequeños negocios perjudicados por prácticas antiguas del grupo.
Lorenzo lo llamó loco.
Adrian respondió:
—Quizá.
Pero no dio marcha atrás.
Entonces llegó el último golpe.
Un hombre desconocido intentó entrar en la planta de oncología donde estaba Eleanor utilizando el nombre de un servicio privado de seguridad.
No consiguió pasar de recepción.
La clínica llamó a Liya.
Ella llamó a Adrian.
Fue la primera vez que lo hacía desde aquella noche.
—¿Ha sido Lorenzo?
—No lo sé todavía.
—Tengo miedo.
Adrian cerró los ojos al escuchar esas palabras.
—Voy hacia allí.
—No.
Se detuvo.
—¿No?
—No traigas veinte hombres.
Adrian entendió.
—¿Qué necesitas?
Liya respiró.
—Que te quedes al teléfono hasta que llegue la policía.
—De acuerdo.
Eso hizo.
Nada más.
Durante catorce minutos.
Liya escuchó su respiración mientras seguridad revisaba el edificio.
Cuando finalmente le dijeron que no había peligro inmediato, Liya se apoyó contra una pared.
—Ya está.
—¿Eleanor?
—Durmiendo.
—¿Y tú?
—Temblando.
—Respira.
—No me digas que respire.
Adrian casi sonrió.
—De acuerdo.
Silencio.
Liya cerró los ojos.
—Gracias por no venir con un ejército.
—Estuve tentado.
—Lo sé.
—Estoy aprendiendo.
—Muy despacio.
—Extremadamente.
Liya rio.
Y aquel sonido, en mitad del miedo, cambió algo entre ellos.
Finalmente Bruno descubrió que el hombre de la clínica no había sido enviado para hacer daño a Eleanor.
Su función era asustar.
Crear exactamente el miedo que Liya había sentido.
El dinero conducía a una empresa vinculada con Lorenzo.
Esta vez Adrian no fue a verlo.
Sus abogados lo hicieron.
Después las autoridades.
La misma red financiera que Lorenzo había utilizado durante años para mover favores reveló demasiadas cosas.
Fraudes.
Sociedades fantasma.
Coacciones empresariales.
No cayó de una sola vez.
Los hombres como Lorenzo raramente lo hacían.
Pero perdió algo más importante antes que la libertad:
el control.
Dos meses después, el Carrington celebró otra gala.
La misma sala.
Los mismos candelabros.
El mismo suelo brillante.
Pero aquella noche Adrian no estaba sentado rodeado de cinco posibles esposas.
Las cinco mujeres estaban presentes.
Cada una por su propio motivo.
Bianca con un acuerdo empresarial independiente.
Victoria como asesora legal de una fundación.
Celeste cubriendo el evento para uno de sus medios.
Nadia como inversora.
Sofia acompañando a su abuela.
Adrian permanecía solo cerca de la mesa central.
Bruno se acercó.
—Llegó.
Adrian levantó la mirada.
Liya entró.
Pero no llevaba uniforme.
Vestía un sencillo vestido azul oscuro.
No había diamantes.
No había un diseñador famoso.
No los necesitaba.
Adrian dejó de escuchar el resto del salón.
Liya caminó hacia él.
—Está mirando.
—Sí.
—Es incómodo.
—Puedo mirar hacia otro lado.
—No.
Él sonrió.
—Entonces tenemos un problema.
Liya observó la sala.
—¿Dónde están sus cinco prometidas?
Bianca, que estaba suficientemente cerca para escuchar, levantó su copa.
—Ninguna de nosotras ha aceptado ese cargo.
Liya se echó a reír.
Adrian negó.
—Gracias, Bianca.
—De nada.
Liya volvió a mirarlo.
—¿Por qué me invitó?
—Porque esta noche anunciamos el nuevo programa de la fundación.
—¿Cuál?
Adrian señaló el escenario.
—Ayuda para familias que abandonan estudios o trabajos para cuidar a familiares con cáncer.
Liya quedó inmóvil.
—Adrian...
—Antes de que te enfades, no lleva tu nombre.
Ella lo miró.
—Bien.
—Ni el de mi familia.
—Mejor.
—Será administrado por el hospital y una organización independiente.
—Está aprendiendo.
—Me lo han dicho.
Liya sonrió.
—¿Cómo está todo lo demás?
—Más pequeño.
—¿El imperio?
—Sí.
—¿Le molesta?
Adrian observó la sala.
—Duermo mejor.
Liya lo estudió.
El hombre frente a ella seguía siendo Adrian Moretti.
Seguía teniendo pasado.
Seguía cargando errores.
No se había convertido mágicamente en otro ser humano.
Pero había hecho algo que muy poca gente poderosa estaba dispuesta a hacer.
Había aceptado perder poder para dejar de ser esclavo de él.
El cuarteto comenzó a tocar una pieza lenta.
Adrian extendió la mano.
—¿Bailas?
Liya miró su mano.
—No sé bailar.
—Yo sí.
—Eso no me tranquiliza.
—Puedo seguirte.
Liya arqueó una ceja.
—¿El gran Adrian Moretti siguiéndome a mí?
—Estoy probando cosas nuevas.
Ella tomó su mano.
Lorenzo apareció antes de que llegaran a la pista.
Nadie esperaba verlo.
Dos agentes y su abogado estaban en la entrada.
Había acudido para una declaración relacionada con el consejo de administración y todavía conservaba suficiente orgullo como para entrar en la gala.
Adrian se tensó.
Liya sintió su mano endurecerse.
—No —susurró ella.
Él la miró.
—No le dé esto.
Adrian respiró.
Lorenzo caminó directamente hacia ellos.
—Qué escena tan bonita.
Adrian no respondió.
Lorenzo miró a Liya.
—Espero que valga la pena.
Ella sostuvo su mirada.
—¿Qué cosa?
—Todo lo que ha perdido por ti.
Liya sintió que Adrian iba a hablar.
Lo detuvo.
—No perdió nada por mí.
Lorenzo sonrió.
—¿No?
—No.
Liya miró a Adrian.
Después volvió hacia Lorenzo.
—Perdió aquello que necesitaba perder para poder mirarse al espejo.
El salón había empezado a quedarse en silencio.
Lorenzo soltó una risa amarga.
—Una camarera dando lecciones sobre poder.
Liya negó.
—Ya no trabajo como camarera.
—¿Ah, no?
—Volví a la universidad hace tres semanas.
Adrian la miró sorprendido.
Ella no se lo había contado.
—¿Qué estudias?
Liya sonrió.
—Administración sanitaria.
Los ojos de Adrian se iluminaron.
—Liya...
—Después.
Lorenzo observó a su sobrino.
—Todo esto por una mujer que ni siquiera pertenece a nuestro mundo.
Adrian habló finalmente.
—Ese fue siempre tu error.
—¿Cuál?
—Pensar que nuestro mundo era algo a lo que los demás debían querer pertenecer.
Lorenzo miró alrededor.
Las cinco mujeres poderosas estaban allí.
Ninguna junto a él.
Los antiguos aliados estaban alejándose.
El apellido seguía siendo Moretti.
Pero el miedo ya no funcionaba de la misma manera.
—Te arrepentirás —dijo.
Adrian respondió con calma.
—Quizá.
Luego tomó la mano de Liya.
—Pero será mi error.
Lorenzo se marchó.
Nadie intentó detenerlo.
No hacía falta.
Había perdido mucho antes de salir por la puerta.
Meses después, Eleanor recibió resultados que mostraban una respuesta favorable al tratamiento.
No era una cura.
Nadie utilizó aquella palabra.
Había todavía pruebas.
Hospitales.
Miedo.
Pero también había tiempo.
Más del que habían temido.
Una tarde de primavera, Eleanor estaba sentada en el pequeño jardín detrás de su casa cuando Adrian apareció con una bolsa de comida.
—¿Qué has traído?
—Cena.
Eleanor miró el contenido.
—Esto cuesta demasiado.
—Liya dice lo mismo.
—Mi hija es inteligente.
—Eso también lo dice.
Liya apareció desde la casa.
—No digo eso.
—Lo piensas.
—Entra antes de que cambie de opinión.
Adrian obedeció.
Eleanor observó a su hija.
Después a él.
—¿Sabes? —dijo—, cuando eras niña siempre decías que ibas a casarte con un príncipe.
Liya palideció.
—Mamá.
Adrian levantó una ceja.
—Esto me interesa.
—Tenía seis años.
—¿Príncipe?
—Cállate.
Eleanor sonrió.
—Luego cumplió doce y dijo que prefería un hombre con trabajo estable.
Adrian hizo una mueca.
—Eso me perjudica.
—Muchísimo —respondió Liya.
Los tres empezaron a reír.
Era algo pequeño.
Una tarde cualquiera.
Precisamente por eso Adrian la valoró más que muchas de las noches lujosas de su vida.
Un año después de la primera gala del Carrington, Adrian volvió al mismo salón.
El hotel había cambiado muy poco.
Las mismas lámparas.
Las mismas escaleras.
Incluso algunos camareros eran los mismos.
Se detuvo exactamente en el lugar donde Liya había estado aquella noche.
Ella apareció detrás.
—¿Qué haces?
—Recordando.
—Mala costumbre.
—A veces.
Adrian la miró.
—La primera vez que te vi estabas intentando no llorar.
—Y usted me dijo que estaba llorando.
—No fue mi mejor frase.
—Definitivamente no.
—Después intenté arreglar tu vida en cinco minutos.
—Típico.
Adrian sonrió.
—Y tú me dijiste que la gente como yo nunca hacía nada gratis.
—Sigo creyendo que normalmente es cierto.
Él asintió.
—Yo también.
Liya se quedó frente a él.
—¿Te arrepientes?
—¿De qué?
—De haber salido de aquella mesa.
Adrian miró hacia el lugar donde un año antes habían estado sentadas Bianca, Victoria, Celeste, Nadia y Sofia.
Cinco mujeres brillantes.
Poderosas.
Capaces.
Mujeres a las que otros hombres habían intentado utilizar igual que habían intentado utilizarlo a él.
—No.
—Podrías haber tenido una alianza enorme.
—Sí.
—Más dinero.
—Sí.
—Más poder.
—Probablemente.
Liya levantó la mirada.
—¿Y qué elegiste?
Adrian no respondió inmediatamente.
Le tocó suavemente la mejilla.
Exactamente como aquella noche en el vídeo que muchos invitados todavía recordaban.
Pero esta vez Liya no estaba llorando.
—No te elegí a ti en lugar de cinco mujeres.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿No?
—No.
Adrian bajó la mano.
—Elegí dejar de vivir como si cada persona que entraba en mi vida tuviera que convertirse en una alianza, una deuda, un riesgo o una propiedad.
Liya guardó silencio.
—Y después —continuó él— tuve la suerte de que tú todavía estuvieras allí cuando terminé de entenderlo.
Los ojos de Liya se humedecieron.
—Eso ha sido peligrosamente romántico.
—Estoy mejorando.
—Muy despacio.
—Me lo recuerdas constantemente.
Liya sonrió.
Adrian sacó algo del bolsillo.
Ella inmediatamente dio un paso atrás.
—No.
Él se quedó inmóvil.
—Ni siquiera sabes qué es.
—Si es un anillo, todavía no.
Adrian la observó unos segundos.
Después empezó a reír.
Abrió la mano.
Era una pequeña llave.
—La llave de mi apartamento.
Liya cerró los ojos.
—Dios mío.
—El anillo está mucho más adelante.
—Bien.
—Aunque tenía preparado un discurso bastante bueno.
—Guárdalo.
Adrian extendió la llave.
—No significa que tengas que mudarte.
—¿Entonces?
—Significa que ya no quiero que necesites pedir permiso para entrar en mi vida.
Liya miró la llave.
Después a él.
—Eres consciente de que eso ha vuelto a sonar romántico.
—Empiezo a preocuparme.
Ella tomó la llave.
—No te acostumbres.
Adrian acercó la frente a la suya.
—Nunca.
Durante mucho tiempo la gente contó la historia de manera equivocada.
Decían que cinco mujeres poderosas habían querido a Adrian Moretti y que él había rechazado riqueza, conexiones y prestigio por una camarera.
Era una historia atractiva.
Fácil de repetir.
Pero no era verdad.
Bianca Bellini nunca necesitó que un hombre la escogiera para darle poder.
Victoria Hale tenía su propia carrera.
Celeste Arden dirigía un imperio mediático.
Nadia Kareem manejaba inversiones que superaban el valor de muchas de las empresas de los Moretti.
Sofia Romano terminó rompiendo con varias de las viejas reglas de su propia familia.
Ninguna de ellas perdió porque Adrian eligiera a Liya.
Y Liya tampoco ganó porque un hombre poderoso la sacara de una vida humilde.
Ella jamás había pedido ser rescatada.
Trabajaba once horas porque amaba a su madre.
Había abandonado la universidad para cuidar de ella.
Había soportado negativas, facturas y noches sin dormir.
Y cuando el hombre más poderoso de la sala intentó resolver su problema con dinero, fue capaz de mirarlo a los ojos y decirle que no.
Eso fue lo que Adrian nunca olvidó.
Había vivido rodeado de personas que querían algo de él.
Dinero.
Protección.
Un apellido.
Un contrato.
Una alianza.
Liya había sido la primera persona que, teniendo una razón desesperada para aceptar cualquier cosa, todavía había puesto límites.
Ella no lo hizo sentirse poderoso.
Lo obligó a preguntarse si la manera en que utilizaba ese poder merecía respeto.
Por eso, cuando alguien le preguntó años después por qué había elegido a una camarera entre tantas mujeres ricas e influyentes, Adrian corrigió la pregunta.
—Nunca elegí a una camarera.
El periodista frunció el ceño.
—¿Entonces a quién eligió?
Adrian miró hacia Liya, que hablaba con Eleanor al otro lado de la sala.
Sonrió.
—A la única mujer que, cuando todo mi mundo intentó convencerla de que debía impresionarse conmigo, me preguntó primero si yo era un hombre del que valía la pena acercarse.
Hizo una pausa.
—Y casi no lo era.
—¿Qué cambió?
Adrian volvió a mirarla.
—Ella no me pidió que cambiara.
—¿Entonces?
—Me dejó claro que, si no lo hacía, tendría que vivir sin ella.
Y para un hombre que había pasado toda su vida creyendo que podía conseguir cualquier cosa...
descubrir que había una persona que podía levantarse y marcharse fue la primera lección de libertad que había recibido.
Liya levantó la cabeza y encontró su mirada desde el otro extremo del salón.
Adrian sonrió.
Ella también.
May you like
Y esta vez él no tuvo que abandonar ninguna mesa para seguirla.
Porque finalmente había construido una vida a la que ella podía acercarse sin miedo.